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2ª parte de la 2ª conferencia de
Santa María de la Pas, el martes santo, en marzo de 1961.
"Es vano pues preguntarse
porqué los muertos no vuelven. Eso no quiere decir nada porque en el mundo del
espíritu, el conocimiento es nacimiento, supone intimidad, comunicación,
identificación y existe tanta nada en las conversaciones que ocupan la mayor
parte de nuestros días, hay tanta nada, tanta ausencia, que es imposible que a
través de las palabras, de las palabras que vienen solas, de las palabras
pasionales, de las palabras que son solo expresión de todos nuestros límites y
por tanto de todas nuestras esclavitudes, hay tanta nada en todo eso que el
rostro humano no puede revelarse en ellas.
Y de hecho hay seres que parecen enmascarados
en un grado increíble, parece que lo único que hacen es ocultar su verdadero
ser! Parece que solo piensan en camuflarse porque no tienen confianza, no
confían en la mirada de los demás.
Y sucede a veces que de repente uno
de esos rostros se manifiesta, la máscara se desgarra y detrás de sus
apariencias, detrás de sus artificios, uno descubre por fin la autenticidad desgarradora de un alma,
de una vida, de una mente, de un corazón, en fin de una existencia en que la
dimensión humana surge por fin en la angustia, en la soledad, en el llamado, en
la noche. Por fin uno la siente, ahí está y de repente descubrimos en esa
inmensa ausencia la presencia que casi la había colmado y, en ese "de
profundis", como en el de Oscar Wilde escrito en prisión, encontramos por
fin la Presencia única que es la Vida de nuestra vida.
Se trata pues de vencer
la muerte, de vencerla hoy: el
Cielo no está allá arriba, está aquí. El más allá no está detrás de las nubes, sino
dentro de nosotros. El más allá está adentro y el Cielo está aquí ahora, porque hoy es cuando la vida debe
hacerse eterna, hoy estamos llamados a vencer la muerte, hoy tenemos que
devenir fuente y origen, hoy tenemos que recoger toda la historia para que a
través de nosotros comience de nuevo, hoy tenemos que dar a toda realidad una
dimensión humana para que el mundo sea habitable, para que sea digno de
nosotros y digno de Dios.
Pero el testimonio de Agustín va más lejos. "Tú estabas dentro, y
yo estaba afuera. Tú estabas siempre conmigo pero yo no estaba contigo".
El testimonio significa, y eso tiene consecuencias infinitas, el testimonio significa que Dios es nuestra libertad
(porque nos desaliena de nosotros mismos),
justamente porque mientras no lo hayamos encontrado estamos alienados,
alienados de nosotros mismos, somos extranjeros para nosotros mismos, estamos fuera
de nosotros, somos incapaces de llegar hasta nosotros, esclavos por lo mismo de
nuestra biología, porque hay tantas esclavitudes de fuerzas físico-químicas y
las corrientes del psiquismo animal que se prolongan en nosotros.
Pero cuando el hombre llega a su
interior, cuando reconoce inmediatamente la Presencia que es clave de su
intimidad, comprende en seguida que ese es el sello de Dios. No se puede alcanzar a Dios por el exterior,
Dios no puede forzarnos, Dios no puede imponernos nada porque justamente el
signo de su paso, la firma de su acción,
la prenda infalible de su presencia, es que pasamos de afuera, es que pasamos de afuera a dentro.
¿Que es ese adentro sino una
autonomía inviolable? ¿Cuál es el gozo del amor de la verdad, de la verdad que
es tan rara y tanto más preciosa, cuál es el gozo del verdadero amor, sino
justamente el ser encuentro interior, tan delicado, tan respetuoso, tan de
rodillas, tan silencioso que ninguna obligación sea imaginable ya que, cuando
la obligación entra en el amor, el amor es devastado?
El amor respira en la
libertad. El amor es autonomía inviolable. El amor es un secreto que no puede vivir
sino por vía de identificación: hay
que hacerse otro para llegar a sí mismo, hay que eclipsarse, salir de sí mismo,
ampliarse, hacerse inmenso, hacerse para él espacio ilimitado, por fin, hay que
llevarle la presencia infinita en que pueda ser él, en que respire a pleno
pulmón, en que pueda quitarse la máscara y revelar su verdadero rostro.
El interior o la autonomía, el
interior o la inviolabilidad, el interior o la espontaneidad, el interior o la
libertad absoluta, todo eso es lo mismo. Y justamente Agustín nos lo dice en
los términos más formales: Dios está en el interior, nosotros estamos afuera, y
cuando cesamos de estar afuera es porque a través de Él, en Él, imantados por
Él, liberados por Él, "intensificados" por Él, en ese momento nos
hemos hecho intimidad inviolable.
¿Cómo podría Dios interferir con
nuestra libertad? ¿Cómo podría predestinarnos para algo? ¿Cómo podría decidir
de nuestra suerte si el verdadero Dios, el único que sea cognoscible, el único
que se nos revela en el corazón de la intimidad, el único que haya decidido de
la conversión de Agustín y que le haya dictado esas palabras eternas, el único
Dios cognoscible es justamente El que sella nuestra intimidad y consagra su
dignidad y la hace eternamente inviolable.
Es pues todo lo contrario de lo
que se podía imaginar. ¿Está alienado el
hombre? Sí, está alienado de sí mismo mientras no sea sino biología que se
deja llevar por fuerzas ciegas que actúan en el universo. En efecto, está
fundamentalmente alienado, es solo
candidato a su humanidad, posibilidad de humanidad, todavía no es hombre,
lo será solo y en la medida en que bajo la imantación de la Presencia que no
cesa de velar dentro de nosotros, solo
será hombre en la medida en que, respondiendo a esa imantación, se haga por fin intimidad en que nadie
pueda penetrar sin su consentimiento, intimidad que será tan bien defendida que Dios permanecerá arrodillado,
arrodillado ante ella en el lavatorio de los pies porque no puede forzarla,
solo puede invitarla, sólo puede
entablar con ella un diálogo de reciprocidad, el diálogo de generosidad, en fin
el diálogo nupcial que han cantado todos los místicos, el diálogo de amor
de que habla el Apóstol cuando dice: "Os he desposado con un esposo único
para presentaros a Cristo como una virgen pura".
Es pues perfectamente claro que al encontrar a Dios no encontramos un
dueño, un poder despótico, una dominación, una prohibición, un límite sino, al
contrario, al encontrarlo nos encontramos, al encontrarlo accedemos a nuestra
intimidad, al encontrarlo sellamos nuestra dignidad, al encontrarlo descubrimos nuestra libertad.
La inmensa mayoría de los
hombres no lo saben, la inmensa mayoría
de los creyentes no lo saben porque justamente ¡en su inmensa mayoría, los
creyentes están aun orientados hacia un falso Dios,
un Dios exterior, un Dios en el espacio atmosférico, un Dios que obliga, un
Dios que limita, un Dios que amenaza, un Dios que aterroriza, un Dios que mata!
Mientras que Agustín lo encontraba como la Vida, la Vida de la vida, ¡la Vida
de su vida!
Tenemos pues que deshacernos de esta
idolatría tan frecuente entre nosotros y en la cual recaemos cuando cesamos de
escuchar, cuando cesamos de maravillarnos. ¡Dios es cuando uno se maravilla! Dios, podríamos decir, es cuando
uno se maravilla. Dios es cuando uno se maravilla. ¡Dios es cuando de repente
uno descubre el rostro de la belleza! ¡Dios es cuando uno percibe un valor
infinito! ¡Dios es cuando resuena la música de la eternidad! Dios es cuando el
hombre ya no se ve porque no es sino mirada hacia la Presencia que lo llama, lo
imanta, lo orienta, lo libera al colmarlo.
Y eso es todo: se trata de recrear todas las ocasiones de
maravillarse que han suscitado la inmensa procesión de las obras de arte.
En la medida en que estemos centrados sobre la belleza siempre desconocida y
siempre reconocida, en la medida en que salgamos de nosotros sin pensarlo y
accedamos de nuevo a nosotros mismos pasando de afuera a dentro y respondamos a
la espera eterna de Dios que está ahí desde siempre, aunque nosotros estemos
tanto tiempo distraídos, ausentes y desatentos". (Continuará).