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Final de la 2ª conferencia de
Santa María de la Paz, en marzo de 1961.
"OH vida, decía Nietzsche,
¡OH vida! ¡En tus ojos hundí mi mirada y me pareció penetrar en un abismo!
"Sentimos que aquí, en la admiración, estamos en plena vida,
¡en plena vida! Y ahí es donde Jesús quería llevarnos: "Yo vine para tengan vida y que su vida sea
desbordante".
"Oh vida, decía Nietzsche, ¡Oh
vida, en tus ojos hundí la mirada y me pareció penetrar en un abismo!" Eso
es justamente lo que quiere el Señor. No
se trata de restringir o de limitar la vida, ¡se trata de que tome todas sus
dimensiones! Y el verdadero cristiano no es el que se humilla sintiéndose
en perpetua mendicidad sino el que no mirándose ya por estar perdido en la
eterna belleza, solo piensa, como Francisco, en cantar, en cantar la tierra, en
cantar el sol, en cantar la luz, en cantar las estrellas, en cantar los
colores, en cantar las flores, porque el mundo se ha hecho infinito, aparece
como el don de una ternura incomparable que se intercambia con nosotros, porque
en adelante ya no estamos fuera de casa, hemos encontrado por fin el hogar, y
en el hogar, el Corazón que late en el nuestro, el Corazón que es el Dios Vivo,
el Corazón del primer amor que es también el origen y la fuente, y las prendas
y el faro de nuestra grandeza y libertad (1).
Grabemos pues en la mente el
itinerario de San Agustín, conservemos como polos de luz estas dos palabras tan
sencillas: afuera, adentro. "¡Tú estabas adentro y yo, afuera! ¡Tú estabas
siempre conmigo pero yo no estaba contigo!".
Y conservemos el criterio de la Presencia Divina, es
el único criterio: cuando uno es libre, cuando ya no se mira, cuando no ronda
alrededor de sí mismo, cuando uno se desenreda consigo mismo, cuando no desea
forzar a nadie ni a sí mismo, cuando uno es un espacio donde respira la vida en
sí mismo y alrededor, cuando el mundo es
más bello, entonces ahí está Dios, está pasando, todo vuelve a su origen y se
pone a cantar.
Hay una inmensa poesía en el
libro que justamente Agustín llamaba – hablando del Verbo – la eterna poesía
del Padre, ¡la eterna poesía del Padre! Sí, esa poesía viva y vivificante que
transforma, que hace de toda realidad un símbolo y sacramento porque ¡el verdadero mundo no existe todavía!
El mundo eterno todavía no existe, a no
ser como esperanza, como llamado, como
un signo incomparable en la inmensa procesión de las obras de arte.
Pero finalmente toda esa
procesión va hacia un santuario interior
en nosotros, hacia el tabernáculo en que debemos convertirnos, pues
"¿no sabéis, clama el apóstol, que vuestros cuerpos son templos de Dios y
que el Espíritu habita en vosotros? ¿No sabéis que vuestros cuerpos son
miembros de Jesucristo?"
Dejemos un poco de espacio
alrededor del inmenso poema de la Creación que vuelve a su origen, dejemos un
poco de espacio para que el poema se organice en nosotros y llegue a ser
realmente el cántico de nuestra vida.
¿Porqué seguir haciendo
daño a la vida? ¿Porque
jugar el juego de la muerte? ¿Porqué entregarse a la aterosclerosis de la mente
y del corazón, que transforma a tantos seres en viejos precoces? ¿Porqué no ir hacia el Dios de la eterna
juventud y de la eterna belleza? ¿Porqué no dar a la existencia todas las
dimensiones, puesto que el Evangelio nos muestra su inmensidad, puesto que Dios
nos está esperando en el corazón de nuestra intimidad, puesto que la gloria de
Dios es que nuestra vida sea inmensa, y por fin, puesto que Jesús vino
para que tengamos vida, y vida desbordante?
(Fin de la 2ª conferencia)
(1) Ante todo, ¡no se trata de
pensar que solo los "poetas" se salvan! Lo que es cierto es que en la
eternidad todos seremos poetas, creadores, aunque aparentemente no lo seamos
aquí en esta vida. Nietzsche, el arcángel de la negación, también conoció
momentos de admiración fulgurante ante la vida.