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1ª parte de la 3ª conferencia de M.
Zundel en marzo de 1961 en Santa María de la Paz. Miércoles santo.
¿Cuál es la verdadera
dificultad de tantas mentes para reconocer a Dios? Es que hicimos de Dios una
explicación del mundo tal como es, suponiendo que así es como Dios lo quiere y
como Dios lo conduce, y que por consiguiente Dios es responsable.
El mundo tal como es no es lo
que Dios quería. El Dios de Jesucristo nos llama a crear un mundo que no existe
todavía y en el cual no podemos entrar, para crearlo, sino mediante el segundo
nacimiento. En ese mundo es donde se sitúa el verdadero Dios.
"Como hemos visto, Jesús nos
lleva, Jesús nos lleva al hombre. Así nos libera de todos los ídolos que
mantenemos en nosotros sin saberlo ni quererlo porque bajo el nombre de Dios
ponemos la mayor parte del tiempo la ignorancia, los límites y parcialidades
nuestros.
Entonces, ¿cuál es la verdadera dificultad que se plantea hoy a tantas mentes para
el reconocimiento de un Dios? Es que hicimos
de Dios generalmente – y la humanidad lo ha hecho siempre – una explicación del mundo tal como es,
suponiendo que el mundo tal como es, es el mundo que Dios quiere, conducido
por Él, y cuya responsabilidad tiene Él.
Justamente, Jesús nos
conduce al encuentro de un Dios que es la clave de un mundo que no existe
todavía. Y quizás es
ahí precisamente donde los debates se sitúan con mayor claridad: Si Dios es la explicación
de un mundo de lágrimas y sangre, de un mundo de torturas e injusticias,
entonces Él participa necesariamente en todos los horrores e injusticias. Pero el Dios que se revela en Jesucristo, es el
grito de la inocencia infinita de un Dios que sufre el mal y que es su primera
víctima, de un Dios que nos invita a crear otro mundo que este, un mundo que no
existe todavía, un mundo cuya dimensión será humana, o por lo menos sería
humana si nosotros cumpliéramos con nuestra vocación, un mundo en que el
espíritu podría afirmarse, un mundo del que el amor sería la ley, un mundo en
que la dignidad de cada uno sería realmente inviolable.
Y de eso tenemos la prueba, la
prueba de que es ese mundo del que Jesucristo quiere hablarnos, de que ese mundo
es al que quiere introducirnos, la prueba la tenemos en las palabras dichas a
Nicodemo.
Nicodemo, el Doctor, Nicodemo que se ha inclinado tanto
sobre las Escrituras, Nicodemo inquieto, Nicodemo ansioso por obtener el
conocimiento de los secretos del Reino, Nicodemo prudente que viene a
encontrarlo durante la noche, que Lo trata con respeto, que lo interroga con
humildad, que Lo cumplimenta por Su acción en que está de acuerdo con ver en
ella una manifestación de la Presencia Divina, se inclina ante Jesús, pero Jesús le corta su reverencia en dos y
le dice simplemente, poniendo el debate donde se debe: "Nadie puede ver el
Reino de Dios si no nace de nuevo" (Juan, 3,3).
Hay pues que nacer de nuevo, hay que nacer de arriba. El primer nacimiento no basta, es un
nacimiento que debe tanto a la biología, que está enraizado en la especie y
que, a través de la especie, está enraizado en el universo animal, y más
profundamente todavía, en el universo físico-químico. ¡No es mediante ese
nacimiento como llegará el hombre a sí mismo! El hombre tiene que nacer de nuevo, nacer de arriba, y cuando haya
nacido de nuevo se conocerá a sí mismo y conocerá a Dios, como sucede que
descubramos a través de un rostro, hasta ahora desconocido, el secreto de un
alma cercana a la nuestra.
Y sabemos bien que, fuera del
conocimiento por intimidad, fuera del conocimiento por identificación, fuera del
conocimiento por intercambio que supera toda palabra, no existe conocimiento
del hombre.
Ustedes saben muy bien, ustedes
que son padres, ustedes que son madres sobre todo, ustedes saben qué difícil es
llegar al secreto de un hijo, qué inaccesible se vuelve ese secreto a medida
que el hijo crece, y que hay que esperar las horas privilegiadas, las horas
estrelladas, las horas tan raras como preciosas en que la comunicación se hace
de repente por el interior, en que las almas circulan la una en la otra, el
alma del hijo y el alma de la madre, porque juntos respiran la misma presencia
Divina.
En esos momentos, muy raros y
tanto más preciosos, aparece el mundo casi desconocido, el mundo lejanamente
presentido, el mundo del que tenemos nostalgia, el mundo al que debe
introducirnos el nuevo nacimiento, el mundo que no existe todavía, el mundo que
solo hemos entrevisto por fugitivo relámpago. En ese mundo es donde se sitúa el
verdadero Dios".