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Zundel

27/06/09 – La Humanidad ha hecho de Dios ordinariamente una explicación del mundo tal como es, suponiendo que es el mundo querido por Dios!...

Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} 1ª parte de la 3ª conferencia de M. Zundel en marzo de 1961 en Santa María de la Paz. Miércoles santo.

¿Cuál es la verdadera dificultad de tantas mentes para reconocer a Dios? Es que hicimos de Dios una explicación del mundo tal como es, suponiendo que así es como Dios lo quiere y como Dios lo conduce, y que por consiguiente Dios es responsable.

El mundo tal como es no es lo que Dios quería. El Dios de Jesucristo nos llama a crear un mundo que no existe todavía y en el cual no podemos entrar, para crearlo, sino mediante el segundo nacimiento. En ese mundo es donde se sitúa el verdadero Dios.

"Como hemos visto, Jesús nos lleva, Jesús nos lleva al hombre. Así nos libera de todos los ídolos que mantenemos en nosotros sin saberlo ni quererlo porque bajo el nombre de Dios ponemos la mayor parte del tiempo la ignorancia, los límites y parcialidades nuestros.

Entonces, ¿cuál es la verdadera dificultad que se plantea hoy a tantas mentes para el reconocimiento de un Dios? Es que hicimos de Dios generalmente – y la humanidad lo ha hecho siempre – una explicación del mundo tal como es, suponiendo que el mundo tal como es, es el mundo que Dios quiere, conducido por Él, y cuya responsabilidad tiene Él.

Justamente, Jesús nos conduce al encuentro de un Dios que es la clave de un mundo que no existe todavía. Y quizás es ahí precisamente donde los debates se sitúan con mayor claridad: Si Dios es la explicación de un mundo de lágrimas y sangre, de un mundo de torturas e injusticias, entonces Él participa necesariamente en todos los horrores e injusticias. Pero el Dios que se revela en Jesucristo, es el grito de la inocencia infinita de un Dios que sufre el mal y que es su primera víctima, de un Dios que nos invita a crear otro mundo que este, un mundo que no existe todavía, un mundo cuya dimensión será humana, o por lo menos sería humana si nosotros cumpliéramos con nuestra vocación, un mundo en que el espíritu podría afirmarse, un mundo del que el amor sería la ley, un mundo en que la dignidad de cada uno sería realmente inviolable.

Y de eso tenemos la prueba, la prueba de que es ese mundo del que Jesucristo quiere hablarnos, de que ese mundo es al que quiere introducirnos, la prueba la tenemos en las palabras dichas a Nicodemo.

Nicodemo, el Doctor, Nicodemo que se ha inclinado tanto sobre las Escrituras, Nicodemo inquieto, Nicodemo ansioso por obtener el conocimiento de los secretos del Reino, Nicodemo prudente que viene a encontrarlo durante la noche, que Lo trata con respeto, que lo interroga con humildad, que Lo cumplimenta por Su acción en que está de acuerdo con ver en ella una manifestación de la Presencia Divina, se inclina ante Jesús, pero Jesús le corta su reverencia en dos y le dice simplemente, poniendo el debate donde se debe: "Nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo" (Juan, 3,3).

Hay pues que nacer de nuevo, hay que nacer de arriba. El primer nacimiento no basta, es un nacimiento que debe tanto a la biología, que está enraizado en la especie y que, a través de la especie, está enraizado en el universo animal, y más profundamente todavía, en el universo físico-químico. ¡No es mediante ese nacimiento como llegará el hombre a sí mismo! El hombre tiene que nacer de nuevo, nacer de arriba, y cuando haya nacido de nuevo se conocerá a sí mismo y conocerá a Dios, como sucede que descubramos a través de un rostro, hasta ahora desconocido, el secreto de un alma cercana a la nuestra.

Y sabemos bien que, fuera del conocimiento por intimidad, fuera del conocimiento por identificación, fuera del conocimiento por intercambio que supera toda palabra, no existe conocimiento del hombre.

Ustedes saben muy bien, ustedes que son padres, ustedes que son madres sobre todo, ustedes saben qué difícil es llegar al secreto de un hijo, qué inaccesible se vuelve ese secreto a medida que el hijo crece, y que hay que esperar las horas privilegiadas, las horas estrelladas, las horas tan raras como preciosas en que la comunicación se hace de repente por el interior, en que las almas circulan la una en la otra, el alma del hijo y el alma de la madre, porque juntos respiran la misma presencia Divina.

En esos momentos, muy raros y tanto más preciosos, aparece el mundo casi desconocido, el mundo lejanamente presentido, el mundo del que tenemos nostalgia, el mundo al que debe introducirnos el nuevo nacimiento, el mundo que no existe todavía, el mundo que solo hemos entrevisto por fugitivo relámpago. En ese mundo es donde se sitúa el verdadero Dios".

 

 

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