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2ª parte de la 3ª conferencia de Mauricio
Zundel en el Cairo, en marzo de 1961, en Santa María de la Paz.
En la relación es donde
alcanza su plenitud la existencia.
Retoma: " En esos momentos,
muy raros y tanto más preciosos, aparece el mundo casi desconocido, el mundo
lejanamente presentido, el mundo que añoramos, el mundo al que debe
introducirnos el nuevo nacimiento, el mundo que no existe todavía, el mundo que
solo hemos entrevisto por fugitivo relámpago. En ese mundo es donde se sitúa el
verdadero Dios".
Continuación: "Porque Él es
justamente su fuente, su espacio, su puerta, su clave. Mientras uno permanezca en el mundo de lágrimas y sangre, de
violencia y crimen, de injusticia y competición, no ha llegado aun a la verdadera creación, y no puede descubrir en
ella el verdadero rostro de Dios, a menos de ver en ella el Rostro Crucificado,
el rostro doloroso, el rostro ensangrentado de la víctima, puesto que todo lo
que Dios puede ser en ese mundo caricatural que es indigno de Él como de
nosotros.
Tenemos pues que
situarnos en el verdadero mundo y para ello tenemos que crearlo, y para crearlo
tenemos que crearnos, y para crearnos tenemos que dejar de mirarnos, tenemos que haber encontrado de qué maravillarnos. Porque no se puede
dejar de mirarse sino cuando se hace un encuentro que solicita, que imanta
todas las fuerzas de la mente y del corazón y que opera en nosotros la
liberación en que aprendemos por fin quien que podemos ser y cuál es la Presencia
que es la única que puede colmarnos.
Ustedes recuerdan las palabras
deliciosas de la niñita que el día de su primera comunión tradujo precisamente
esa experiencia esencial en la frasecita: "Él me eclipsa". "¡Él
me eclipsa!": así encontró ella a Dios como alguien que la eclipsa, que la
libera de ella misma, que la dispensa de mirarse, que la colma, porque
finalmente puede olvidarse por entero en
el impulso en que se da.
Y esa es precisamente la firma
de Dios en todos los que hacen el encuentro auténtico: los eclipsa, los hace
transparentes y eclipsándolos, eclipsa sus límites, eclipsa sus determinismos, eclipsa
todas sus esclavitudes, hace de ellos, en una transparencia que podemos sentir
inmediatamente, hace de ellos un espacio ilimitado.
Y en ese espacio ilimitado es
donde descubrimos, donde presentimos, donde encontramos la verdad que brilló
súbitamente en la mente de Rimbaud: "Yo es otro", "¡Yo es
Otro!" es decir que en la relación
es donde alcanza su plenitud la existencia.
Como para hacer música se
necesitan dos notas, y para constituir un mobiliario se necesitan varios
muebles, como se necesita un concierto de relaciones para hacer música y para
constituir la ciencia, y para engendrar el amor, aprendemos que la cumbre de la
existencia está en una relación, en una referencia a otro, que uno llega a ser uno mismo cuando deja
de gravitar alrededor de sí mismo, cuando
es promovido a otro nivel y llega de repente a la existencia que es puro
surgimiento de generosidad.
Porque así es como la persona se constituye como resonancia eterna, así es
como llegamos a ser origen, así llegamos a ser fuente de nuestras acciones,
responsables de nuestra conducta, y creándonos
a nosotros mismos en ese estado de don, promovemos todo el universo a una nueva
dimensión que hace de toda realidad un símbolo, un signo y un sacramento.
Pero vemos en seguida que aparece Dios, el Dios del universo interior,
el Dios al que Jesucristo quiere
llevarnos, el Dios cuyo secreto nos comunica, el Dios que justamente él nos
enseña a conocer como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y si nos enseña a
conocerlo, es porque él lo vive de manera única, es porque Él mismo no puede
gravitar alrededor de sí mismo, es porque Su
humanidad es puro sacramento, es porque es pura transparencia, es porque ella es pobreza esencial, porque puede
testimoniar de lo que hay que llamar la pobreza de Dios.
Y ahí justamente obtenemos la
respuesta definitiva, la respuesta a nuestra espera, la respuesta a nuestra
angustia, la respuesta a nuestro llamado, la respuesta a nuestra rebelión, ya
que no podíamos aceptar este mundo de lágrimas y sangre, de crímenes y
rivalidades, como el mundo creado por un Dios que merezca el nombre. Ahí es
donde vamos a obtener la respuesta, en esa revelación, en esa confidencia
ardiente, en esta verdad apasionante, incomparable, en que entramos por fin en el corazón de la divinidad porque la descubrimos
como eterna comunicación.
No hay que olvidar jamás que el
monoteísmo cristiano es un monoteísmo abierto, abierto, no cerrado, un
monoteísmo abierto en que justamente Dios, aunque es único no es solitario. Y
no hay que olvidar jamás que único no quiere decir solitario, único quiere
decir justamente lo contrario, porque un Dios solitario nos parece impensable.
¿Qué haría sino tornar en torno a
sí mismo y existir en forma de egocentrismo infinito? Imposible concebirlo bajo
esta forma ya que eso sería rehusarle la capacidad de amar, porque un Dios que
solo se ama a sí mismo, que torna en torno de sí mismo en una soledad infinita,
no podríamos reconocer en Él al que encontramos en todos los místicos, al que
pone su firma en todos los genios, en todos los héroes, en todos los santos, la
firma de la humildad, del eclipsamiento y del don total. Pues ¿a quién se daría
si no hay nadie?
Si Dios debiera esperar el mundo
para amar, el mundo sería necesario a Dios como Dios es necesario al mundo, es
decir que estaría exactamente en la misma situación que nosotros, incapaz de
bastarse para amar, incapaz de ser el amor-fuente, el amor eterno, el amor que
no es sino amor. Y ahí es justamente donde Jesús nos libera de esa pasadilla,
porque en esa unidad y unicidad de Dios, va a descubrirnos el secreto del
altruismo eterno".
(Continuará)
Comienzo del creo de mañana:
"Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra.
Él no creó el mundo en su estado actual, estropeado por el pecado del hombre y
convertido en un mundo de lágrimas y sangre. Creo en Jesucristo, el Hijo único,
que se hizo hombre para revelarnos el mundo querido por Dios, un mundo que no
existe todavía y que el hombre puede hacer existir. Vino a proclamar la
inocencia infinita de un Dios que sufre el mal hasta hacerse su primera
víctima".