Normal
0
21
false
false
false
MicrosoftInternetExplorer4
st1\:*{behavior:url(#ieooui) }
/* Style Definitions */
table.MsoNormalTable
{mso-style-name:"Tableau Normal";
mso-tstyle-rowband-size:0;
mso-tstyle-colband-size:0;
mso-style-noshow:yes;
mso-style-parent:"";
mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;
mso-para-margin:0cm;
mso-para-margin-bottom:.0001pt;
mso-pagination:widow-orphan;
font-size:10.0pt;
font-family:"Times New Roman";
mso-ansi-language:#0400;
mso-fareast-language:#0400;
mso-bidi-language:#0400;}
4ª parte de la 3ª conferencia de
Santa María de la Paz,
el Cairo, marzo de 1961.
El otro Dios...
“Eso es lo que envenena la vida
pretendidamente religiosa que quieren llevar tantos hombres cuya buena voluntad
no es posible acusar: ¡ese Dios faraón!
¿No es ese el gran obstáculo, un dios
bajo la forma de ese enorme faraón, de ese imposible Mullah, de ese déspota
de medida infinita? Y para los que tienen tentación de pensar que es un
obstáculo, un límite, una amenaza, un rival, ¡sería muy bien que no existiera!
Y tienen mucha razón de pensarlo: ¡ese falso dios no existe! Pero existe otro que no podemos negar, como
tampoco podemos demostrarlo porque hay que vivirlo, hay que encontrarlo, y no lo podemos encontrar sino cambiando de
yo, trascendiendo, superando el yo posesivo para llegar al yo altruista, haciéndonos relación viva, referencia
viva al centro interior, al dintel oculto en lo más íntimo de la conciencia,
haciéndonos referencia viva que proclama silenciosamente su luz y su alegría y las
comunica.
Jamás sabremos toda la
liberación que le debemos al
Evangelio de Jesucristo, al Evangelio eterno que es Jesucristo, a la
pobreza infinita de la santísima Humanidad de Jesucristo, porque es en ella donde brilla para nosotros la inmensa luz, es en ella donde aprendimos a conocer a
Dios como la eterna pobreza.
No queremos dueño, ¡no lo
queremos! porque es imposible que la mente sea súbdito de nadie.
Ustedes recuerdan la inscripción
que había en Munich, en 1944, recuerdan esa inscripción trazada con tiza sobre
los muros de Munich la noche de una ejecución capital en que cayeron bajo el
hacha nazi las cabezas de un profesor y de tres estudiantes de la universidad.
Recuerdan la inscripción tan emocionante y magnífica: “El espíritu sigue vivo!
¡El espíritu sigue vivo! ¡Justamente el espíritu sigue vivo! El hacha no puede
nada contra el espíritu, ¡no puede nada! El espíritu no puede someterse, puede
entregarse, puede darse, puede consentir y consintiendo deviene sí mismo, jamás
puede ser sujeto ni esclavo de nada ni de nadie.
Es una religión diferente
de aquella a que estamos acostumbrados. Es
un Dios totalmente nuevo, que la humanidad no había ni soñado todavía, pero del
que tenía nostalgia. ¡Ah, no! ¡Nada de esclavos postrados ante un poder que
puede aplastarlos! Eso es horrible, indigno, eso sería la muerte del espíritu,
la negación de la dimensión humana.
Y he aquí que Jesús hizo posible
ese sueño: podemos entrar hasta el fondo en la rebelión que es la prenda de
nuestra dignidad porque el “sí” en que debemos convertirnos es el “sí” de la
libertad, el “sí” del amor, el “sí” de la alegría, el “sí” de la generosidad
solicitada únicamente por el amor, por la pobreza que no puede poseer nada y
que no puede llegar hasta nosotros sino liberándonos y para liberarnos.
En fin, es evidente, ¿cómo
podríamos, en 1961, cuando la humanidad está en marcha hacia las estrellas,
cómo podríamos admitir que esta inmensa potencia técnica corresponda a un espíritu
esclavo de un dios déspota? ¡Es imposible! ¡Imposible! Jesús nos liberó de esa
pesadilla en la lectura apasionada que hizo del Evangelio, inscrita para
siempre en la cumbre de la santidad cristiana, la adhesión liberadora al Dios
incapaz de poseer nada y que nos cura, nos cura en la medida en que adherimos a
Él, nos cura de toda posesión”. (Continuará)