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30/06/09. En la humanidad de Jesucristo aprendimos a conocer a Dios como la eterna pobreza.

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El otro Dios...

“Eso es lo que envenena la vida pretendidamente religiosa que quieren llevar tantos hombres cuya buena voluntad no es posible acusar: ¡ese Dios faraón! ¿No es ese el gran obstáculo, un dios bajo la forma de ese enorme faraón, de ese imposible Mullah, de ese déspota de medida infinita? Y para los que tienen tentación de pensar que es un obstáculo, un límite, una amenaza, un rival, ¡sería muy bien que no existiera! Y tienen mucha razón de pensarlo: ¡ese falso dios no existe! Pero existe otro que no podemos negar, como tampoco podemos demostrarlo porque hay que vivirlo, hay que encontrarlo, y no lo podemos encontrar sino cambiando de yo, trascendiendo, superando el yo posesivo para llegar al yo altruista, haciéndonos relación viva, referencia viva al centro interior, al dintel oculto en lo más íntimo de la conciencia, haciéndonos referencia viva que proclama silenciosamente su luz y su alegría y las comunica.

Jamás sabremos toda la liberación que le debemos al Evangelio de Jesucristo, al Evangelio eterno que es Jesucristo, a la pobreza infinita de la santísima Humanidad de Jesucristo, porque es en ella donde brilla para nosotros la inmensa luz, es en ella donde aprendimos a conocer a Dios como la eterna pobreza.

No queremos dueño, ¡no lo queremos! porque es imposible que la mente sea súbdito de nadie.

Ustedes recuerdan la inscripción que había en Munich, en 1944, recuerdan esa inscripción trazada con tiza sobre los muros de Munich la noche de una ejecución capital en que cayeron bajo el hacha nazi las cabezas de un profesor y de tres estudiantes de la universidad. Recuerdan la inscripción tan emocionante y magnífica: “El espíritu sigue vivo! ¡El espíritu sigue vivo! ¡Justamente el espíritu sigue vivo! El hacha no puede nada contra el espíritu, ¡no puede nada! El espíritu no puede someterse, puede entregarse, puede darse, puede consentir y consintiendo deviene sí mismo, jamás puede ser sujeto ni esclavo de nada ni de nadie.

Es una religión diferente de aquella a que estamos acostumbrados. Es un Dios totalmente nuevo, que la humanidad no había ni soñado todavía, pero del que tenía nostalgia. ¡Ah, no! ¡Nada de esclavos postrados ante un poder que puede aplastarlos! Eso es horrible, indigno, eso sería la muerte del espíritu, la negación de la dimensión humana.

Y he aquí que Jesús hizo posible ese sueño: podemos entrar hasta el fondo en la rebelión que es la prenda de nuestra dignidad porque el “sí” en que debemos convertirnos es el “sí” de la libertad, el “sí” del amor, el “sí” de la alegría, el “sí” de la generosidad solicitada únicamente por el amor, por la pobreza que no puede poseer nada y que no puede llegar hasta nosotros sino liberándonos y para liberarnos.

En fin, es evidente, ¿cómo podríamos, en 1961, cuando la humanidad está en marcha hacia las estrellas, cómo podríamos admitir que esta inmensa potencia técnica corresponda a un espíritu esclavo de un dios déspota? ¡Es imposible! ¡Imposible! Jesús nos liberó de esa pesadilla en la lectura apasionada que hizo del Evangelio, inscrita para siempre en la cumbre de la santidad cristiana, la adhesión liberadora al Dios incapaz de poseer nada y que nos cura, nos cura en la medida en que adherimos a Él, nos cura de toda posesión”. (Continuará)

 

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