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Zundel

July 2009 - Posts

  • 31/07/09 – Ama y haz lo que quieres

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    "Ama y haz lo que quieres". Dios es el Corazón de nuestro corazón, la Vida de nuestra vida.

    Lausana, 1955. Mauricio Zundel

    La Casa del Señor

    Cuando seguimos un partido en que diez mil personas están atentas en la misma espera, hacen los mismos gestos, gritan de la misma manera, nos preguntamos si realmente en cada uno de esos seres fusionados juntos en la misma tensión existe un secreto único. ¿Tiene realmente rostro cada uno? ¿Es cada uno verdaderamente único? ¿Es irremplazable cada uno?

    Dudaríamos si no pensáramos que a cada uno de esos seres lo esperan en su casa. Y si lo esperan en casa, es que tiene rostro, es único, es pues irremplazable.

    Lo esperan, y entonces, si lo esperan en casa, es que en casa no son los muros lo que necesitamos para abrigarnos aunque sean necesarios de manera ineluctable. Los muros no bastan, los muros, sin un corazón, sin una presencia, sin un rostro, los muros son una tumba.

    En fin de cuentas, la casa es el corazón. El corazón de la madre que espera al hijo que regresa del encarnizado partido, que lo espera como hijo, que lo espera desde el interior de sí misma –incluso como parte esencial de su propia vida y por eso ese joven adquiere un rostro distinto, un rostro único, que su madre descubre y percibe solo a la luz de su ternura.

    La casa es alguien. La casa es alguien que amamos, alguien a quien amar y ya no hay casa si falta ese rostro. Ya no hay casa si no hay corazón, y la ley de la casa es el amor.

    Cuando una mujer es infiel, puede seguir en la casa. Puede realizar todos los trabajos. Puede ponerle más atención si posible al orden material, a la preparación de las comidas. Nada falta. Es irreprochable. Y sin embargo todo falta porque ella ya no está. Todo falta porque su corazón está en otra parte. Todo falta porque desvió su rostro del rostro de su marido el cual la busca, no le pide que sea una sirvienta que prepara las comidas, sino que sea ante todo corazón para acoger el suyo.

    Por eso, todas las obligaciones de la casa ya no son obligaciones, sino actos de amor. En un hogar armonioso (todavía los hay a veces, afortunadamente), en un hogar feliz (los hay), uno se maravilla justamente de que cada gesto sea un gesto de amor. Mil detalles domésticos, la disposición de un armario, un ramo de flores sobre la mesa, un mantel bordado, la mínima actividad se viste de la dimensión del amor, lo revela, lo alimenta y lo renueva. Y lo que constituye el precio de la vida de pareja es que no hay nada material, es decir que todo lo material pierde peso, queda sin fronteras, se despoja de sus límites, se abre como un sacramento en que se intercambian las personas.

    Sucede lo mismo, y con mayor razón, en las relaciones con Dios. Entre Dios y nosotros no hay obligaciones. Entre Dios y nosotros hay Amor. Dios es nuestra casa. Dios es el corazón de la casa. Por eso, siempre somos esperados y siempre somos acogidos.

    Y es necesario que nos lo repitamos porque toda nuestra educación nos lleva a considerar a Dios como rival, como alguien que manda, como alguien que exige, como alguien que castiga, como alguien que perturba la espontaneidad de nuestro ser. "¡Cuánto más cómodo sería si no existiera! Pero existe, desgraciadamente existe. Entonces, hay que acordarse de Él de vez en cuando, recordar que existen los mandamientos, pagar las deudas de vez en cuando, soldar de vez en cuando las faltas, retomar la ascensión laboriosa e inútil hacia el deber aburridor que limita la vida y apaga la alegría".

    Esa es la más grave de todas las tentaciones, la representación pagana y monstruosa de un Dios rival, de un Dios en emboscada, de un Dios que nos vigila, de un Dios que nos tiene al ojo, de un Dios que graba todas las deficiencias y las anota, y las recuerda cuando llega el día. ¡Pide demasiado en fin de cuentas!

    Y cuando uno ya no puede soportar el peso de sus exigencias, pasa a otro extremo de idolatría. "En el fondo, el buen Dios es buena gente, no exige todo eso… ¡Vamos! ¡Entiende! Es inteligente, ¡no se va a encarnizar contra seres tan débiles como nosotros!" (Continuará)

     

  • 30/07/09 - Dios es Amor.

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    Tenemos que reformar completamente nuestras ideas sobre Dios…: Dios es Amor, y nada más que Amor. Dios se da y no puede hacer nada más que darse.

    Ser Dios ya no significa dominar y tener poder de aplastar a los demás, ser Dios significa darse sin medida, despojarse eternamente… Es porque Dios no guarda nada, porque es todo Amor, porque la respiración de su ser es la generosidad, por eso surge la Creación y constituye a la vez un secreto inagotable y una invitación infinita al amor.

    Dios subsiste totalmente en estado de don… Es Dios porque no puede sino darse… En la Trinidad, Dios es libre de sí mismo, ya que no está apegado a sí mismo, porque es única y eternamente comunicación total de sí mismo.

    En esta perspectiva, Jesús es más actual que nunca porque nada puede ser más catastrófico que la falsa orientación del hombre hacia una falsa divinización.

    Lo que nos inquieta no es que el hombre quiera hacerse Dios, esa es su vocación misma, sino que haga de Dios un falso dios.

    Y Jesús, que nos revela al verdadero Dios, es el único que puede conducirnos a la verdadera grandeza, la cual consiste en devenir "nosotros" en el Otro, en tener todo de nosotros, pero dándonos por entero al Otro…

    A la raíz del ser uno debe darse para ser uno mismo y no puede ser uno mismo sino mediante la ofrenda de sí mismo, como Dios es Él sólo en y por medio de su perfecta ofrenda en la eterna Trinidad.

     

  • 29/07/09 - La Fe: Luz del Amor.

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    Nuestra Señora del Valentín, Lausana, domingo de sexagésima, 17 de febrero de 1963

    Queridos Amigos,

    Un cuentista ruso escribió un cuento que se llama "El verde y el azul", y en el cuento figura una pareja muy joven, un muchacho de 18 y una joven de 17 años, que creen amarse con amor eterno. Y luego el tiempo pasa, finalmente se comparan con otros, son como otros, como tantos otros, como millones de otros. Ella es como otras, como tantas otras, como millones de otras, y se separan. Y el cuentista concluye: nada es eterno.

    Nada es eterno, claro está, en un amor que jamás ha sido verdadero amor, porque es evidente que los jóvenes del relato se gustaban por motivos exteriores y no fueron hasta el centro del alma, no descubrieron el misterio, es decir la fuente que nunca se agota, es decir que no vieron la persona a la luz de la persona. No vieron la luz interior, la luz de adentro, la luz de amor que al mismo tiempo revela la persona y la hace existir. Para amar eternamente es necesario justamente ir hasta la fuente, hasta el origen, hasta la identidad profunda, esencial del ser y eso sólo se da en un amor que ha vencido las primeras impresiones superficiales, que ha superado todos los automatismos pasionales, y que se funda sobre el intercambio de Dios, como lo muestra admirablemente San Pablo en la Epístola a los Efesios.

    Pues bien, lo que desgraciadamente se puede comprobar con mucha frecuencia en el amor humano que termina con tanta frecuencia en divorcio y separación, en que cada uno concluye que nada es eterno, también se verifica en el terreno de la Fe. La fe que corresponde a la Palabra de Dios que acabamos de evocar en la parábola evangélica. Ahí también estamos ante innumerables ilusiones, porque no vemos que la fe es precisamente una luz interior, una luz de amor que nos hace entrar en la intimidad de una persona. La fe es una luz de amor que nos hace conocer una persona a la luz de esa persona.

    Por eso hemos confundido la fe con una especie de obligación que nos somete a objetos. "Hay que admitir cierto número de proposiciones, extremamente difíciles de concebir además, ¡hay que suscribir a ellas porque se nos imponen por autoridad divina!" Todas estas son palabras que hieren, y estropean el alma, como las que pretenden definir el misterio como enigma incomprensible, como rompe-cabezas chino, en que tratamos en vano de entender algo.

    Esa es una espantosa caricatura del misterio y de la fe, porque el misterio que afronta la fe, como el que afronta el amor humano, es precisamente ese misterio, esa fuente de luz que jamás se agota. Es lo contrario de un límite impuesto a la inteligencia, es un horizonte ilimitado que le prohíbe a la mente limitarse.

    Se trata de conocer una persona, de entrar en su intimidad, y puesto que se trata de una persona, no hay otro modo de conocerla sino viéndola en su luz, haciéndose luz en ella, cambiándose con ella, en una vida de luz. Nada es más sencillo justamente, cuando el conocimiento se hace nacimiento, cuando el conocimiento es un acontecimiento espiritual, cuando el conocimiento requiere la pureza del corazón, cuando es compromiso, cuando es promoción de vida, cuando es diálogo con la verdad; el conocimiento supone necesariamente el don de sí mismo, supone la promoción personal, supone el intercambio de sí mismo con otro en la luz del amor, en la claridad que ilumina todas las cosas por dentro, como solo puede hacerlo el amor.

    Y esto vale en todos los dominios, El sabio no llega a la contemplación, no conoce, no degusta plenamente el gozo del conocimiento sino en el momento preciso en que ya no ve las cosas desde afuera, en que las capta con la mente y el corazón, en que comienza a vivir en él como una fuente de luz y en que su mirada ya no se limita a un objeto porque está en presencia de alguien con quien se intercambia. Esa es justamente la característica esencial de la fe que corresponde a la Palabra de Dios, es una iluminación interior, una iluminación de amor que revela un rostro que nos introduce en la intimidad de alguien, sacándonos de nuestros límites y haciéndonos transformar en luz en ese alguien.

    Cuantas sandeces se han dicho sobre la Trinidad, tratando de mostrar que la Trinidad, tres personas en un solo Dios, es algo a la vez incomprensible y no contradictorio, sobre lo cual es necesario establecer laboriosamente la no contradicción, mientras que para la fe, es decir para la experiencia mística, nada es más sencillo: la Trinidad significa que Dios no es alguien que se mira a sí mismo, que torna sobre sí mismo, que está lleno de sí mismo, sino al contrario, alguien que se da. Eso quiere decir que Dios no es solitario, no está ante un rostro en el que se repetiría en un narcisismo pavoroso.

    El Padre está ante el Hijo, el Hijo ante el Padre, en el beso del Espíritu Santo. Es decir que la Vida de Dios es comunión, respiración de amor, despojamiento, inocencia, infancia eterna, nacimiento inagotable, novedad que brota sin cesar, pobreza insuperable en fin como lo adivinó tan maravillosamente San Francisco. Se ha hecho de la fe una obligación. ¡Y no! No es obligación, es exigencia, y eso es totalmente diferente.

    Cuando Ansermet dice que una obra de arte supone el don de sí mismo, quiere decir en efecto precisamente que es imposible ser artista auténtico mirándose a sí mismo, alimentándose de sí mismo, gozándose de su reputación. Un artista solo es verdaderamente tal si se pierde de vista para expresar la eterna belleza. Hay una exigencia consustancial al arte, hay una exigencia consustancial al amor, e igualmente, es finalmente lo mismo, hay una exigencia consustancial a la fe.

    La fe es una luz del corazón, es una luz de amor, como la palabra creer lo significa, dar su corazón. Entonces en vano buscamos el sentido del Evangelio, el sentido de la experiencia cristiana, en razonamientos hechos del exterior, como andamios de conceptos. Solo encontraremos la comprensión del Evangelio en esa luz interior, en la luz del amor que nos pone ante un rostro, ante una persona, ante una vida, un corazón que late en el nuestro. En este camino entonces jamás encontraremos obstáculos porque no tendremos que explicarnos a propósito de palabras, creceremos en la luz de la persona según la afirmación admirable del Salmo 36 que dice:

    "En tu luz, en tu luz, veremos la luz" (Ps. 36/10).

    Tenemos ahí una especie de magnífica tautología: "En tu luz veremos la luz", y la fe justamente es la luz que nos hace ver la persona, en la luz de la persona, haciéndonos devenir luz nosotros mismos en ella. Nada es más sencillo para un corazón que está armonizado con los latidos del corazón de Dios, y es por eso que solo podemos hundirnos en el misterio de la fe, es decir en la claridad que jamás se agotará, invocando sin cesar la luz como lo hace el himno de la liturgia de los lunes en los Laudes –uno de los más grandes poemas del mundo –que dice magníficamente:

    "Esplendor de la gloria del Padre,
    Tú que haces brotar la luz de la luz,
    Luz de luz y fuente de Luz,
    ¡Oh día que ilumina el día!"

    Eso es lo que deseamos pedir esta noche para liberar nuestra mente, para respirar dilatando el corazón en la infinidad de Dios, queremos pedir la Luz, queremos implorar la luz interior, la luz de amor, repitiendo precisamente este himno magnífico:

    "Esplendor de la gloria del Padre, Tú que haces brotar la Luz de la Luz, Luz de Luz y fuente de Luz, Día que iluminas el día".

     

    Texto latino del Himno de Laudes para el Lunes:

    "Splendor paternae gloriae De luce lucem proferens Lux lucis, et fons luminis, Diem dies illuminans..."

     

  • 28/07/09 – Juntos y solo con la Iglesia, Una.

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    La verdadera reunión humana no es la coagulación, el aglutinamiento que funde los hombres como una masa gelatinosa, viscosa, en que se eclipsa la individualidad, en que se ignora y se pisotea la personalidad; la verdadera unidad de los hombres se funda en la soledad. Juntos y solo, justamente porque la verdadera sociedad humana tiene sus bases en la conciencia de cada uno; cuando cada uno está abierto, abierto al Bien supremo, abierto a la Presencia divina, abierto al Amor universal que es el Dios Vivo. Entonces cada uno está tanto más presente y más interior a todos los demás, cuanto más profundamente religado esté con Dios. Eso es justamente lo que realiza la unidad sacramental que es la de la Iglesia: estamos juntos, juntos confesamos la misma fe, juntos decimos el mismo credo, juntos recibimos la misma Eucaristía, pero cada uno permanece solo, pues ¿qué sucede en la Eucaristía, qué sucede en la intimidad de cada uno con el Señor? Solo Dios lo sabe, y el que lo recibe. Así, estando juntos, permanecemos en la soledad inviolada en que cada uno es único para Dios y con Dios. Es la obra maestra de la reunión que no interfiere, sino que al contrario, exige el máximo de soledad, el máximo de unicidad, el máximo de intimidad con el Único que es el centro en que todos se reúnen y en que todos comunican en el silencio infinito.

    "En la Iglesia somos pues infinitamente libres porque solo comulgamos por el centro interior, porque solo comunicamos por medio de Cristo que se intercambia y que es la única Palabra siempre viva, que nunca puede nadie limitar. Y por eso nadie puede decirnos el sentido del credo sino con palabras que son sacramentos, palabras que no tienen sentido para el que no las vive en la intimidad del Señor, porque son confidencias de su propia intimidad y no pueden ser escuchadas en el mundo de la reciprocidad, en el mundo del "TÚ", sino justamente en la identificación con Él. Y la inteligencia de estos secretos, o mejor, del único secreto que es el Verbo de Dios, esa inteligencia es tanto más profunda cuanto más despojados estemos de nosotros mismos. Una vez más, en la pobreza, en la pobreza de un alma que no se apega a sí misma es donde se manifiesta la verdad, ya que la verdad es la luz de la llama de amor"

    Mauricio ZUNDEL. Esquisse pour un portrait (Bosquejo para un retrato), Claire Lucques, - Retiro a Franciscanas, en Ghazir (Líbano), pp. 174-175)

    .7.

     

  • 27/07/09 – La Iglesia Sacramento, Fuente de Unidad en su pobreza misma.

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    Nuestra Sra. del Valentín, Lausana, 21de enero de 1960. 3r domingo después de Epifanía: domingo de la Unidad.

    El anuncio de un Concilio, como ustedes saben, ha despertado inmensas esperanzas, y un inmenso movimiento de oraciones de todas partes ha hecho converger una multitud de almas de buena voluntad en intercesión por la Unidad de la Cristiandad. Nosotros, en el seno de la Iglesia Católica, lo más útil que podemos hacer para sostener esas esperanzas y realizarlas, es meditar el capítulo 16 de San Mateo.

    El cap. 16 de San Mateo contiene las famosas palabras repetidas con tanta frecuencia: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia". Pero, unos versículos después, el mismo capítulo contiene las palabras sorprendentes que Jesús dirige a Pedro: "Lejos de mí, Satanás, porque tienes pensamientos de hombre y no de Dios". Nada más patético que poner juntas esas dos frases: "Tú eres Pedro" y "Lejos de mí, Satanás". ¿Cómo puede el mismo hombre ser a la vez Pedro, es decir la Roca, el símbolo de todo lo más firme, inconmovible que existe, y al mismo tiempo ser Satanás, símbolo de todo lo que hay de más inestable y tenebroso?

    Nuestro Señor fue el que le dio a Pedro el sobrenombre de Pedro, pues en realidad se llamaba Simón, Simón, hijo de Jonás. Jesús lo llamó Pedro para significar el papel que debería jugar, pero no se hacía ilusiones sobre su valor y sus debilidades, y sabía perfectamente bien que como todo hombre, era capaz a la vez de bien y de mal. Si lo llamó Pedro, si hizo de él la roca, fue en el sentido extremamente preciso de querer preservar a los demás de las fallas de Pedro, o mejor, de Simón, hijo de Jonás. Simón, hijo de Jonás es un hombre como los demás. Simón, hijo de Jonás, si sigue sus negocios, si quiere realizar sus propias ambiciones, pues soñaba justamente con sentarse en un trono y participar con Jesús en una conquista maravillosa en que estaría en primera línea, Simón hijo de Jonás puede alimentar esos pensamientos… Pedro será preservado de ello, es decir que en su función apostólica, no podrá jamás arrastrar a los demás en sus fallas, no podrá jamás disminuir y limitar por sus propias fallas toda la amplitud y toda la belleza y toda la santidad del mensaje y de la presencia de Jesús.

    Y llegamos a descubrir aquí un extraño poder, que es todo el poder de la Iglesia en cuanto que la Iglesia está compuesta de hombres, todo el poder de la Iglesia es no poder nada, no poder nada contra Cristo, no poder nada para disminuir la luz y la belleza y la grandeza de Cristo, no poder sino rendir indefectiblemente testimonio a Jesús. Y aunque es miserable, aunque es pecador, aunque quisiera, el hombre no puede arrastrar a los demás en sus fallas porque en su función de Pedro está constituido como puro sacramento. Ese es todo el misterio de la Iglesia.

    En la Iglesia está Jesús. Jesús que se presenta a Saulo a las puertas de Damasco, que se identifica con la Comunidad de los Apóstoles, diciendo: "Yo soy Jesús". Esta comunidad soy yo. Y esencialmente eso es lo que hay que retener: La Iglesia es Jesús. Y todo lo que no es Jesús es únicamente Sacramento, que representa y comunica a Jesús. Y si el sacramento es infalible, eso quiere decir justamente que los hombres de Iglesia, los papas y los obispos, los sacerdotes, los confirmados, los bautizados, los comulgantes, todos los miembros de la Iglesia como tales no son nada, no pueden nada, es decir que no tienen jamás poder de limitar, de disminuir y falsear el mensaje de Jesús porque son meros sacramentos.

    Y no tendrán dificultad de comprenderlo si recuerdan que el sacerdote que celebra la Misa, sea cual fuere, si es realmente sacerdote, puede actuar en nombre de la Comunidad, puede válidamente pronunciar las palabras de la Consagración, puede darles la Eucaristía, aunque no la viva; y desgraciadamente podemos suponerlo, hay casos, los hubo ciertamente como Santa Catalina de Siena nos lo revela de manera tan patética, puede que el sacerdote sea indigno, puede que el fiel que comulga de su mano esté mucho más cerca de Dios, porque cada uno está cerca de Dios en la medida de su fidelidad y de su amor. Entonces si el sacerdote es indigno, o si es menos digno que el fiel, el fiel no debe tener cuenta de él. No está ligado a las fallas del sacerdote ni a sus límites, porque el sacerdote en la Misa es mero sacramento.

    Pues bien, vale lo mismo para todos los grados de la jerarquía. Cuando los obispos se reúnen en Concilio en presencia de Pedro, o cuando Pedro mismo, es decir el Papa, promulga un dogma en unión, claro está, con toda la Iglesia, los obispos o el Papa son meros sacramentos y no comprenden el dogma que promulgan mejor que el último de los fieles, si no tienen una fe y un amor más grandes que él.

    Y puede que una mujer iletrada, un hombre absolutamente ignorante, comprendan mucho más profundamente el dogma que el Papa o los obispos, si están unidos a Dios de manera más profunda e intensa. Porque justamente el Papa y los obispos en concilio, como el sacerdote en la Misa, son meros sacramentos. No son nada por sí mismos, desaparecen en la persona de Jesús, y su misión está fundada en una dimisión.

    Eso es lo magnífico que hay en la Iglesia: estamos protegidos contra los límites del hombre, no dependemos jamás de las fallas humanas, estamos siempre y únicamente orientados hacia Jesucristo y a Él volvemos ya que la Iglesia es Jesucristo, y todo lo demás sólo tiene valor de sacramento. Cuando reciben la Santa Comunión, ustedes no preguntan de qué harina está hecha la hostia que lleva la Presencia de Jesús. Pues bien, exactamente esa es la actitud de un cristiano ante la jerarquía: en el fondo, qué importa que sea tal o cual hombre. Ninguno cuenta sino como sacramento, signo vivo que representa y comunica a Jesucristo, que no puede jamás imponer a Jesucristo sus límites y sus fallas, de suerte que en la Iglesia sólo se trata de Jesucristo, siempre, porque en la Iglesia toda misión se funda en la dimisión porque el poder de la Iglesia es el poder de no poder nada, sino justamente testimoniar de Jesucristo y darlo.

    Es muy importante recordarnos estas verdades elementales porque es el papel que tenemos que jugar particularmente: si la unión debe hacerse como lo deseamos con toda el alma, primero habrá que dar a la jerarquía, dar al misterio de la Iglesia el puro valor de sacramento. Si se sintiera en nosotros los católicos una dimisión total, si se sintiera que toda la jerarquía es solo un ensanche inmenso de la persona de Jesucristo, si se sintiera por doquiera la dimisión a través de la cual se realiza la misión, si se sintiera que el poder de la Iglesia no es en absoluto pretensión de nada, que es solo poder de no poder más que eclipsarse en Jesús y dar testimonio de Él, entonces muchos problemas quedarían resueltos.

    En cuanto a nosotros que estamos aquí, ese es nuestro papel: tenemos que dar a la Iglesia en nuestra vida el rostro de dimisión, el rostro de pobreza, el rostro de amor que les permita a los demás sentirse inmediatamente, no delante de nosotros sino siempre únicamente delante de Jesucristo.

    Yo tuve el privilegio de conocer una admirable priora dominicana, desgraciadamente fallecida este mismo año, y que llevaba en todo su ser el brillo silencioso de la Presencia de Dios. Y en su monasterio, dedicado parcialmente a la enseñanza, ella acogía a un profesor ateo, porque era un ser leal, ella se apoyaba en su lealtad, y acogía religiosas protestantes que venían a hacer su retiro, monjes ortodoxos que venían a recogerse, y nunca jamás había en ella el más mínimo deseo de interferir, de hacer ningún proselitismo, jamás hablaba de Dios, pero respiraba de tal manera Su Presencia, era tan abierta que la casa parecía a todos los que entraban como la morada de la luz y del Amor. Y ella hizo infinitamente más para hacer caer todas las barreras, para superar todas las fronteras que si hubiera querido afirmar algo. Ella era, en toda su vida, la afirmación de esa dimisión, de esa transparencia, de esa pobreza.

    Pidamos a Dios que los católicos tengan ese cuidado de dimisión, de presentar al mundo un rostro de pobreza, que nadie tenga el sentimiento de que pretendemos un poder, sino justamente, únicamente el poder de no poder nada, que nos eclipsemos en Jesús para que todo el mundo tenga acceso libre y personal a Él. Pidamos esta noche esta gracia, y en esta ciudad donde cruzamos tantos amigos y hermanos que no comparten exactamente nuestros pensamientos, que no se expresan con las mismas palabras, que pueden estar más o menos cerca del corazón de Jesucristo, y que están como nosotros animados del mismo espíritu de unidad, tratemos de darles, mediante nuestra benevolencia, mediante nuestro silencio, mediante nuestro respeto, nuestra caridad, esta visión del misterio de la Iglesia, a fin de que sepan que la Iglesia es el corazón de Jesucristo que se da al mundo, que invita a todos los hombres a devenir en Él una sola vida, una sola persona, que nadie queda afuera, que todo el mundo está dentro y que la prueba es que tratamos, muy humildemente, sin hacernos ilusiones respecto de nuestras fallas, tratamos de seguir a Jesús.

    No podemos, no nos atrevemos a dar testimonio de Él sino no hablando, eclipsándonos en Él, tratando de ser para los demás, como la admirable priora de que les hablaba, la sonrisa de Su bondad.

    Sí, no hay duda, estaremos mucho más cerca de la unidad cuando cada uno de nosotros aquí presentes, y todos los hermanos católicos, cuando cada uno de nosotros vaya al encuentro de los demás llevando en su corazón el Corazón de Cristo, y llevando a cada uno la Sonrisa de su bondad.

     

  • 26/07/09 – El Misterio de la Eucaristía.

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    Cristo está presente, somos nosotros los ausentes.

    El misterio de la Eucaristía,

    es abrirnos a esa presencia

    y hacerla circular entre nosotros.

    La Realidad de la Presencia de Nuestro Señor,

    es la realidad más formidable que existe,

    pero nos pide crecer para alcanzarla,

    y que nuestro corazón se haga tan vasto como el Suyo.

                                                                                

    Mauricio Zundel. Avec Dieu dans le quotidien (Con Dios en lo cotidiano) p. 114-117

  • 25/07/09 - ¡Que viva la VIDA!

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    Nuestra Señora del Valentín, Lausana, domingo 30 de diciembre de 1962. (Fin)

    ¡Cuando vemos la Cruz no debemos olvidar el precio infinito que Cristo le pone a nuestra vida! Todo el cristianismo es esto: la afirmación colosal de la grandeza y de la dignidad de la vida. Y el arrodillamiento de Cristo para el lavatorio de los pies es precisamente la canonización de la libertad humana, libertad siempre posible y que se debe realizar para llegar hasta nosotros mismos y para establecer el Reino de Dios. Hay en nosotros tanta grandeza que Dios mismo no podría disponer de ella, pues Dios solo puede dar Su Vida para hacernos conocer esa grandeza e invitarnos a realizarla.

    Por eso es imposible que abordemos el año nuevo, habiendo asumido la responsabilidad de todas nuestras derrotas y de todas nuestras ausencias, nos parece imposible abordar el año nuevo sin desear alcanzar por fin la grandeza humana. Es la única manera que tenemos de entrar en la Historia como creadores de la Historia, la única manera de responder a la invitación de Jesucristo el cual nos hace el crédito formidable de su Pasión y mide nuestra libertad a la medida de Su Cruz.

    No se trata pues de refugiarnos en nuestros infantilismos, de hacernos pequeños y miserables, ni siquiera delante de Dios, como si el gozo de Dios estuviera en vernos reducidos a nada, sino al contario, se trata de vernos como el papa San León nos exhorta en la noche de Navidad, se trata de reconocer nuestra dignidad y de no volver a la cobardía de nuestra antigua manera de vivir.

    En el centro del Evangelio hay un inmenso llamado a la grandeza, y respondiendo a este llamado podremos considerar un porvenir humano digno de Dios y digno de nosotros.

    Pero queda perfectamente claro que no podemos esperar la paz si no la merecemos, es decir, si mantenemos en nuestra vida personal, en el medio familiar o profesional los fermentos de odios, de rivalidades, de oposición, de ambiciones que, a escala internacional, se traducen inevitablemente por la guerra.

    En la medida en que nuestra vida sea garantía de la paz, en la medida en que la paz irradie a través de todo nuestro ser, en la medida en que los que nos rodean puedan respirar en nosotros la paz de Dios, en esa medida estará asegurada verdaderamente la paz del mundo, porque no podrá depender siempre de la prudencia, de la sabiduría, de la virtud o de la simple habilidad de dos hombres que son más clarividentes sobre el peligro de una guerra total. Será necesario que los hombres todos juntos tomen en mano su destino, hagan la guerra totalmente imposible por haber dado a la vida un rostro de belleza, de dignidad y de nobleza tales que se imponga a todos como un tesoro inalienable que es el bien común entre todos.

    Delante de Dios esa me parece que debería ser la conclusión de este año y el comienzo del año que viene. Ya no podemos simplemente gloriarnos de los acontecimientos felices, de los descubrimientos geniales, de las acciones heroicas realizadas por otros, sin asumir la responsabilidad de toda la sangre derramada, de todos los crímenes cometidos, de todas las catástrofes que han caído sobre otros y que nos fueron ahorradas. Somos solidarios del mal tanto como del bien, y somos particularmente responsables a título de cristianos y de corredentores, pero, como ya no se trata de lamentarnos por lo que no hemos hecho, sino de cambiar de actitud, nuestra contrición solo tendrá sentido si se transforma en un propósito de grandeza y si entramos en el año nuevo con la firme resolución de ser finalmente hombres, de ser fuente y origen, de ser creadores y de transfigurar la vida en nosotros, alrededor de nosotros, en el hogar, en la profesión, en la ciudad, para que aparezca a todos como el don más alto de Dios, como la comunicación misma de Su Luz, como el don de Su Amor.

    Que esa sea nuestra ofrenda en esta liturgia en que el Señor se ofrece con y por nosotros, que sea esa nuestra súplica, pero que sea sobre todo esa nuestra decisión: Señor, ayúdame a ser por fin hombre, a hacer de mi vida un espacio ilimitado en que el mundo entero pueda ser acogido, donde toda criatura se sienta ennoblecida, donde se respire finalmente Tu Presencia".

    (Ta Parole comme une source" Anne Sigier, pp. 90-94)

     

  • 24/07/09 - ¡Que viva la VIDA!

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Nuestra Señora del Valentín, Lausana, domingo 30 de diciembre de 1962.

    (2ª parte)

    ¿Tenemos nosotros un papel esencial que jugar? ¡Sin duda alguna! ¿Y qué papel? El papel de dar a la vida todo su valor, de modo que aparezca como inviolable, que sea reconocida de todos, que siendo revelada por nosotros sea reconocida de todos como un tesoro que interesa a todo el mundo, que es tan sagrada en cada uno que cada uno se vuelva intocable.

    Es claro que si continuamos así, si permanecemos encerrados en nuestros horizontes limitados, si continuamos alimentando el amor propio y ostentándolo, si fomentamos rivalidades y ambiciones, ¿porqué escaparía la vida, una vida de la que no hacemos nada? ¿Qué importa que desaparezca la humanidad si no crea nada, si no va jamás hasta el final de sus posibilidades, si no surge nunca de la libertad posible una creación que imponga respeto y que aparezca evidentemente a todos como beneficio para todos los hombres?

    Ese es el problema con que estamos confrontados al iniciar el nuevo año: ¿Qué vamos a hacer de nuestra vida? ¿Qué importancia le vamos a dar? Por suerte escapamos a la catástrofe. No es seguro que escapemos, y por otra parte no merecemos escapar.

    Ante todas las desigualdades humanas, ante los resentimientos seculares grabados en la memoria de los pueblos, ante el crecimiento biológico colectivo e individual, ¿cómo podría ser necesaria la paz, cómo podría parecer exigencia imprescriptible, si la vida no toma su verdadero rostro, si no aparece en toda su dignidad, en toda su grandeza y su belleza?

    Pero ese es justamente nuestro trabajo, esa es nuestra vocación, la vocación de hombres y doblemente la vocación de cristianos, dar a la vida toda su dignidad y toda su nobleza.

    Un solo hombre, Gandhi, pudo tener en la mano durante 50 años 500 millones de hombres que aspiraban a la libertad, que la deseaban ardientemente, sometidos a una fuerza casi ridícula, si pensamos que había quizá cien o 150000 ingleses solamente para controlarlos, cierto con la ayuda de una técnica de que no disponían los indios.

    Gandhi logró dirigir durante cerca de 50 años esos 500 millones de hombres, prohibirles toda violencia e imponerles el respeto del adversario simplemente con la luz de su caridad, de su dignidad y de su generosidad. Y fue él, finalmente, él solo el que hizo retroceder el Imperio Británico, el que llevó la India a su madurez, el que la hizo digna de una libertad que se hacía necesaria precisamente porque se apoyaba en ese corazón inmenso, en la generosidad incomparable de un solo hombre que se entregaba por todos.

    Ahí tienen pues un hecho incontestable: basta que un hombre vaya hasta el final de sí mismo para imponer el respeto de la vida, para contener el desencadenamiento de las pasiones, para hacer retroceder la fuerza, para hacer retroceder un imperio. No tenemos pues excusa si no ponemos a ala obra para hacer de nuestra vida algo grande y bello, si no nos convertimos a lo humano, si no entramos en la catolicidad del amor, si no justificamos nuestro nombre que significa ser universales.

    Y no tendremos que quejarnos si la guerra estalla si no hemos hecho nada para hacerla retroceder, si no hemos impuesto el respeto de la vida, si en nosotros mismos no ha mostrado su verdadero rostro". (Continuará)

     

      "Ta Parole comme une source"  Anne Sigier, p90-94.

     

     

  • 23/07/09 - ¡Que viva la VIDA!

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Nuestra Señora del Valentín, Lausana, domingo 30 de diciembre de 1962

    Votos de Año Nuevo para 1963

    Sartre observa con profundidad que la mayoría de los hombres, es decir que prácticamente todos nosotros estamos inclinados a glorificarnos por los grandes descubrimientos realizados por la humanidad o por los hechos heroicos en que se distinguieron seres de excepción, es decir que estamos de acuerdo con aceptar toda la herencia positiva de los que nos precedieron, asumir eventualmente toda la grandeza de nuestros contemporáneos, pero hay algo que rehusamos, son los crímenes de la humanidad, todos los errores, todos los actos que deshonran la especie humana. Y Sartre piensa con razón que no debemos rehusar nada de lo que es humano y que debemos aceptar y llevar la responsabilidad de los crímenes, tanto como de las virtudes.

    De hecho, además, cuando estudiamos el origen de los crímenes nos damos cuenta que no son generaciones espontáneas: un hombre no se vuelve criminal en un segundo, hay todo un proceso, un conjunto de circunstancias al que no habríamos probablemente resistido nosotros tampoco si hubiéramos estado en la situación. De todos modos, somos solidarios y es imposible que cristianos que creen en la comunión de los santos no se sientan responsables de los errores de sus hermanos. Si no pudieron evitarlos, al menos deberían expiarlos, si quieren ser fieles al Evangelio de Jesucristo.

    Pero somos en realidad tan irresponsables en nuestra vida que nos parece irreal asumir la responsabilidad de los demás y precisamente al finalizar el año podemos resaltar la dimisión colosal de que somos todos culpables concretizando nuestra cobardía en el acontecimiento de Cuba que casi desencadena la guerra atómica. Qué cosa tan absolutamente extraordinaria, increíble, inaudita, que los hombres, más de dos mil millones de hombres, hayan dejado que Kruschev y Kennedy se afrontaran, como si de esos dos hombres dependiera el destino de toda la humanidad, como si fuera problema de ellos y no de todos, o esperaran que ellos lo quisieran decidir; y por fortuna, uno de ellos fue suficientemente sano de juicio como para retroceder ante la solución extrema, y es por eso que todavía gozamos de una paz relativa. ¿Qué habría sido de nosotros, dónde estaríamos ahora si hubiera estallado la guerra atómica? Es casi imposible imaginarlo, tanto habría sido el cambio de las condiciones a que estamos acostumbrados.

    Y sin embargo es verdad: no hicimos nada, no movimos un dedo para cambiar la situación, esperamos a que dos hombres decidan y seguimos llevando la vida con todos sus límites, todos sus prejuicios, todas sus ambiciones, todas sus reivindicaciones, todos sus resentimientos, todas las pequeñas guerras de provocaciones verbales o de partido. En este balance no hay de qué enorgullecerse. Y todos podemos asumir nuestra responsabilidad, y tanta irresponsabilidad, y clausurar el año con un acto de contrición por todos los acontecimientos internacionales o individuales sucedidos porque todos somos responsables de ellos, por nuestra omisión, por nuestra carencia, responsables porque estábamos absortos en nuestros pequeños problemas que nos impedían ver los grandes.

    Todavía estamos en paz por algún tiempo, con toda la incógnita de la China que, según Nehru, no retrocederá ante la guerra atómica, pues con cerca de ochocientos millones de habitantes puede alegremente sacrificar 400 millones de ellos y tener la seguridad de tener finalmente la última palabra.

    Entramos pues en el Año Nuevo, vamos a entrar en él y vamos a preguntarnos qué vamos a hacer para salvar la paz. ¿Podemos nosotros hacer algo?"  (Continuará)

    Mauricio Zundel, Nuestra Señora de Lausana, 30 de diciembre de 1962. "Ta Parole comme une source" Anne Sigier, pp. 90-94.

     

  • 22/07/09 – Darle nuestra vida a Dios que nos dio la Suya.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    M. Zundel – Nuestra Señora del Valentín, Lausana domingo 30 de diciembre de 1962 

    Todos ustedes han oído hablar de esos sabios que exploran los fondos submarinos, los profesores Piccard, padre e hijo, el comandante Cousteau, o el ingeniero Relier, todos esos hombres de ciencia han tratado de escrutar los secretos del mar. Y lo que han podido ya reportar nos deslumbra, nos fascina, nos maravilla: hay en el fondo de los océanos una vida extraordinaria, hay unos colores increíbles, hay bellezas indescriptibles.

    Y sin embargo hay algo infinitamente más patético que los fondos submarinos, y es el secreto de nuestra vida. Porque no se ha ido jamás hasta el fondo el alma humana. Es al hombre al que menos conocemos. Mientras estamos a punto de salir de la tierra, de ir hacia los astros, de superar por todas partes nuestro pequeño planeta, hay en este mundo, en este mundo de todos los días, en este mundo vivo, una inmensa incógnita: nosotros. Y por no haber ido hacia el conocimiento de nosotros mismos, ningún problema ha podido encontrar solución definitiva.

    Decimos "Creo en Dios", y ¿qué quiere decir creo en Dios si no podemos añadir "Creo en el hombre"? ¿En efecto, dónde encontrar a Dios sino en el hombre, y cómo descubrirlo en el hombre si no llegamos al hombre?

    Había en Londres un dominicano célebre, célebre por su humor, por su virtud, también por su sabiduría, y ese dominicano tenía costumbre de exponer el Evangelio de Jesucristo cada domingo en un parque de Londres. Es costumbre en Inglaterra, como ustedes saben, y en Londres en particular, permitir a cualquiera levantar una tribuna en un parque para anunciar sus convicciones. Aprovechando de esta libertad que tienen todos, El P. Mac Nabb exponía domingo tras domingo el evangelio de Jesucristo. Y entre el pequeño grupo de auditores reunidos alrededor de su cátedra, había un delegado del librepensamiento que venía sólo para boicotearlo, es decir para hacer ruido, para proponer objeciones a cada instante, a fin de impedirle hablar y llegar hasta el final de su discurso. Naturalmente, no había modo de deshacerse del contradictor pues la violencia habría sido un argumento absolutamente contrario al evangelio que se trataba de exponer.

    Llegando a Hyde Park, el P. Mac Nabb apercibe al contradictor, ya en posición de contradicción. Entonces se le acerca, se arrodilla ante él y le besa los pies. Era el gesto de nuestro Señor después de la Cena. Ahí terminó una vez por todas: el contradictor no volvió jamás. Hasta el fondo de su ser, había comprendido que lo anunciado por el P. Mac Nabb no era un evangelio lejano, un evangelio extranjero al hombre, sino al contrario un evangelio que concernía al hombre, que hacía descubrir en el hombre un tesoro infinitamente más precioso que todo lo que podemos descubrir en los fondos submarinos.

    "El cielo, dice el Papa san Gregorio, el cielo es el alma del justo". Qué asombrosas palabras y qué magníficas: El cielo es el alma del justo. No se trata sino de descubrir precisamente dentro de nosotros el cielo que llevamos y en el cual, si hacemos silencio adentro, podemos encontrar el rostro adorable del eterno amor. Pero ahí está el problema: pusimos a Dios más allá de las estrellas, vemos a Dios como un ser lejano que nos aburre o nos da miedo y no sabemos que Dios es el secreto de nuestro corazón. No podemos encontrarnos sin pasar por Él, no podemos llegar hasta nosotros sin encontrarnos con Él. Y por eso, para el cristiano es lo mismo decir "Creo en Dios" Y "Creo en el hombre", porque Dios es la gloria del hombre como el hombre es la gloria de Dios. Dios no puede revelarse, no puede manifestarse en nuestra historia sino a través de nosotros, lo mismo que nosotros no podemos realizarnos, llegar hasta nosotros, sin pasar por Él.

    Cada día tengo más la impresión de que somos idólatras, de que nuestra religión es totalmente exterior, que es un tejido de costumbres, de tradiciones muertas y de vanas seguridades y de que no sentimos todo lo que hay en el Evangelio de nuevo, de revolucionario, de actual, de maravilloso, no percibimos en el mensaje de Jesucristo la dimensión nueva que nos revela a nosotros mismos y permanecemos extranjeros a nuestro corazón, como lo permanecemos para el corazón de los demás.

    ¿De qué nos sirve que Jesucristo haya nacido en Belén si no nace dentro de nosotros? No vino a Belén para que se perpetuara a lo largo de toda la historia de ese acontecimiento. Vino a Belén para establecer su morada en lo más íntimo de nosotros, a fin de que cada uno sea el santuario del Dios vivo.

    Nos da espanto pensar que mientras tenemos cierto respeto por la iglesia de piedras, por la Iglesia edificio en que estamos ahora, nos da espanto pensar que tenemos menos respeto por nosotros mismos que por un edificio. Pues finalmente el verdadero santuario somos nosotros. El verdadero lugar del nacimiento de Jesús es nuestro corazón, y el único modo de encontrar a Dios es recogernos hasta que lleguemos, en el más profundo silencio, a lo más profundo de nosotros mismos. Ese es el gran descubrimiento: Dios y el hombre constituyen una misma y única vida. Dios y el hombre son inseparables. Y es imposible encontrar al hombre sin descubrir a Dios, y viceversa.

    Hay almas heroicas que dan su vida para salvar la vida de sus hermanos. Recuerdo ese médico admirable de San Esteban, cuyo hijo acababa de hacer la primera comunión, recuerdo la conversación con ese médico la noche misma en que reunía a los familiares de los niños comulgantes. Y tres días después, llamado a la cabecera de un enfermo cuando él mismo ya no podía más tanto era el nivel de agotamiento a que había llegado, fue donde el enfermo, le dio los remedios adecuados, hizo la pequeña operación que se imponía, y habiendo terminado su trabajo cayó muerto a la cabecera del enfermo que él mismo acababa de salvar. Acababa de salvarlo a él, y ¿para qué? ¿Qué ha hecho de su vida ese enfermo desde entonces? El médico dio su vida por una vida, porque veía en ella un tesoro infinito. Y eso es justamente de lo que debemos tomar conciencia: nuestra vida es un tesoro infinito, el cielo está en nuestra alma, y no podemos ser cristianos sino dando a la vida una grandeza y una belleza tales que aparezca verdaderamente como el santuario de Dios. Y eso es lo que debemos pedir esta mañana a nuestro Señor, al Dios que vino a decirnos el secreto del hombre, queremos pedirle que nos conduzca hasta nosotros mismos, que nos enseñe a descubrir todas las dimensiones de la existencia para hacer de nuestra vida una obra maestra de luz y de amor.

    Así responderemos al regalo de Dios, y el más hermoso aguinaldo que podamos dar al Señor es precisamente hacer de nuestra vida algo suficientemente hermoso, algo suficientemente grande, suficientemente noble, como para que sea digna de serle ofrecida a Él como respuesta de amor al Amor infinito que es Él.

    Mauricio Zundel, Nuestra Señora de Lausana, 30 de diciembre de 1962. "Ta Parole comme une source" (Tu Palabra como fuente), Anne Sigier, p. 86-89.

     

  • 21/07/09 - La PALABRA nace del SILENCIO.

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    (Grabación incompleta). “La noche invita al sueño, también invita al silencio, y justamente la liturgia de hoy comienza por una invitación al silencio: “Cuando toda la naturaleza, cuando todo el Universo estaba en medio del silencio, Tu Palabra, Señor, se lanzó del trono real”. Así, en el silencio estalla la revelación definitiva de la Sabiduría y del Amor de Dios en el nacimiento de Jesucristo. En el silencio es donde la Palabra eterna, la Palabra que es el Verbo, la Palabra que es el Hijo, una Palabra translúcida, una Palabra incorruptible, porque el Verbo se eclipsa totalmente en el Padre, porque solo expresa al Padre, porque es lo “dicho” del Padre, porque en Él solo está la Luz del Padre. Y esta Palabra en estado de Pobreza, en estado de dimisión, esta Palabra eternamente silenciosa es también la que contiene toda Verdad. ¿Qué es, en efecto, la Verdad sino la Luz del Amor? En el Amor hay luz CUANDO EL AMOR ES REALMENTE AMOR, cuando el amor es pura generosidad, cuando el amor no está apegado a sí mismo, cuando el amor es espacio y acogida, entonces hay luz, y la Palabra eterna salida del silencio en la eternidad de Dios puede expresarse en el silencio de la humanidad de Jesús.

    Porque la naturaleza humana de Jesús es toda entera sacramento, es toda entera despojada de sí misma, no puede guardar nada para sí misma, es totalmente la hostia viva, el signo en que Dios se revela y se comunica personalmente. Y esta humanidad en estado de absoluta pobreza, deja pasar la Palabra eterna sin mezclarle nada de sí misma, sin disminuirla, sin limitarla, y a través de ella somos introducidos en la luz del eterno Amor. A condición de tomar las palabras del mismo Jesús como sacramentos, pues sus palabras no son palabras cuyo sentido buscamos en el diccionario, sino palabras vivas, palabras en las cuales percibimos los latidos de Su corazón, palabras que quieren introducirnos en el diálogo del eterno amor.

    Por eso la liturgia nos invita al silencio, porque es para nosotros la condición de toda inteligencia y de toda iniciación a la verdad. Santiago habla de la lengua como el timón de una nave: el timón es de por sí un órgano muy pequeño en la inmensidad de la nave y sin embargo es lo que le da dirección, y sin timón la nave estaría condenada a perderse. La lengua es el timón, quiera el cielo que la controlemos sólidamente, de lo contrario, la lengua se convierte, como dice Santiago, en verdadero veneno.

    Por eso nuestra palabra debe nacer del silencio; por eso, como dice magníficamente san Ignacio de Antioquía, “ser sin hablar es mejor que hablar sin ser”. Y él, estando en camino hacia el martirio, pedía que lo dejaran convertirse por fin en verdadera palabra de Dios por medio del martirio.

    Ustedes son sensibles a la música, sienten que en dos o tres medidas de Dinu Lipatti o de Clara Haskil, cada nota es la joya del silencio, y respiran el silencio y se sienten bien en él, y comunican a través de él con una Presencia que es la Vida de su vida. Y es justamente a esas nupcias del silencio a lo que Dios nos invita.

     

    Recuerdo siempre con admiración que en Paris, al monasterio de las benedictinas venía gente de todas partes para participar en la liturgia, en una capilla por otra parte totalmente ordinaria y realmente sin belleza, pero donde los oficios eran verdaderamente irradiación del silencio. Y cuando yo preguntaba “¿Porqué esta afluencia de artistas, de escritores, de hombres de teatro, porqué vienen de todos los horizontes a esta capilla?” la única respuesta que podía explicar ese milagro era que en ese monasterio el silencio era Alguien. Era una Presencia porque todo el mundo lo vivía, porque a través del silencio la liturgia se convertía también en Alguien, se convertía en Presencia tan sensible que seres completamente despegados de toda fe quedaba captados desde las primeras notas porque se sentían introducidos en un diálogo conmovedor que los arrojaba al centro de su intimidad profunda.

    En este año que termina, en este año que ha visto crecer magníficamente el movimiento ecuménico por impulso del gran Papa que es Juan XXIII, no podríamos mejor entrar en el año nuevo que bajo los auspicios del silencio. Porque como vimos, no fue con discusiones como los cristianos de diferentes denominaciones se acercaron, sino orando juntos, escuchando juntos, dejándose instruir directamente por el Verbo de Dios, por la Palabra eterna que brota del silencio.

    Es muy difícil retirar una palabra que se ha dicho, por eso es mejor, es más seguro escuchar, como decía el gran cardenal Newman: “Jamás me arrepentí de haber callado, pero a veces sí de haber hablado”.

    Si queremos pues entrar al centro de la verdad, si queremos recibir toda la luz del nacimiento de Cristo, debemos reservar cada día un momento de recogimiento, escuchando un hermoso disco, escuchando el murmullo de la naturaleza, escuchando las risas de un niño, escuchando el ruido de las olas al bordo del lago, dejándonos invadir por los espectáculos de belleza que se nos prodigan tan frecuentemente en este magnífico país, debemos darnos cada día al menos cinco minutos de silencio. Porque si sabemos escuchar, aprenderemos infinitamente, y nuestra mente, nuestro corazón, será un espacio capaz de escuchar la palabra de los demás sin limitarla ni deformarla.

    Jamás sabremos todos los milagros que puede realizar el silencio que es justamente espacio de generosidad y de amor. Y puesto que la liturgia en que participamos esta noche nos encamina hacia el encuentro…”. (Incompleto) (M. ZUNDEL, Lausana 30 de diciembre de 1962).

     

    21/07/09 - La PALABRA nace del SILENCIO.

    Nuestra Señora del Valentín, Lausana, domingo 30 de diciembre de 1962

    (Grabación incompleta). “La noche invita al sueño, también invita al silencio, y justamente la liturgia de hoy comienza por una invitación al silencio: “Cuando toda la naturaleza, cuando todo el Universo estaba en medio del silencio, Tu Palabra, Señor, se lanzó del trono real”. Así, en el silencio estalla la revelación definitiva de la Sabiduría y del Amor de Dios en el nacimiento de Jesucristo. En el silencio es donde la Palabra eterna, la Palabra que es el Verbo, la Palabra que es el Hijo, una Palabra translúcida, una Palabra incorruptible, porque el Verbo se eclipsa totalmente en el Padre, porque solo expresa al Padre, porque es lo “dicho” del Padre, porque en Él solo está la Luz del Padre. Y esta Palabra en estado de Pobreza, en estado de dimisión, esta Palabra eternamente silenciosa es también la que contiene toda Verdad. ¿Qué es, en efecto, la Verdad sino la Luz del Amor? En el Amor hay luz CUANDO EL AMOR ES REALMENTE AMOR, cuando el amor es pura generosidad, cuando el amor no está apegado a sí mismo, cuando el amor es espacio y acogida, entonces hay luz, y la Palabra eterna salida del silencio en la eternidad de Dios puede expresarse en el silencio de la humanidad de Jesús.

    Porque la naturaleza humana de Jesús es toda entera sacramento, es toda entera despojada de sí misma, no puede guardar nada para sí misma, es totalmente la hostia viva, el signo en que Dios se revela y se comunica personalmente. Y esta humanidad en estado de absoluta pobreza, deja pasar la Palabra eterna sin mezclarle nada de sí misma, sin disminuirla, sin limitarla, y a través de ella somos introducidos en la luz del eterno Amor. A condición de tomar las palabras del mismo Jesús como sacramentos, pues sus palabras no son palabras cuyo sentido buscamos en el diccionario, sino palabras vivas, palabras en las cuales percibimos los latidos de Su corazón, palabras que quieren introducirnos en el diálogo del eterno amor.

    Por eso la liturgia nos invita al silencio, porque es para nosotros la condición de toda inteligencia y de toda iniciación a la verdad. Santiago habla de la lengua como el timón de una nave: el timón es de por sí un órgano muy pequeño en la inmensidad de la nave y sin embargo es lo que le da dirección, y sin timón la nave estaría condenada a perderse. La lengua es el timón, quiera el cielo que la controlemos sólidamente, de lo contrario, la lengua se convierte, como dice Santiago, en verdadero veneno.

    Por eso nuestra palabra debe nacer del silencio; por eso, como dice magníficamente san Ignacio de Antioquía, “ser sin hablar es mejor que hablar sin ser”. Y él, estando en camino hacia el martirio, pedía que lo dejaran convertirse por fin en verdadera palabra de Dios por medio del martirio.

    Ustedes son sensibles a la música, sienten que en dos o tres medidas de Dinu Lipatti o de Clara Haskil, cada nota es la joya del silencio, y respiran el silencio y se sienten bien en él, y comunican a través de él con una Presencia que es la Vida de su vida. Y es justamente a esas nupcias del silencio a lo que Dios nos invita.

     

    Recuerdo siempre con admiración que en Paris, al monasterio de las benedictinas venía gente de todas partes para participar en la liturgia, en una capilla por otra parte totalmente ordinaria y realmente sin belleza, pero donde los oficios eran verdaderamente irradiación del silencio. Y cuando yo preguntaba “¿Porqué esta afluencia de artistas, de escritores, de hombres de teatro, porqué vienen de todos los horizontes a esta capilla?” la única respuesta que podía explicar ese milagro era que en ese monasterio el silencio era Alguien. Era una Presencia porque todo el mundo lo vivía, porque a través del silencio la liturgia se convertía también en Alguien, se convertía en Presencia tan sensible que seres completamente despegados de toda fe quedaba captados desde las primeras notas porque se sentían introducidos en un diálogo conmovedor que los arrojaba al centro de su intimidad profunda.

    En este año que termina, en este año que ha visto crecer magníficamente el movimiento ecuménico por impulso del gran Papa que es Juan XXIII, no podríamos mejor entrar en el año nuevo que bajo los auspicios del silencio. Porque como vimos, no fue con discusiones como los cristianos de diferentes denominaciones se acercaron, sino orando juntos, escuchando juntos, dejándose instruir directamente por el Verbo de Dios, por la Palabra eterna que brota del silencio.

    Es muy difícil retirar una palabra que se ha dicho, por eso es mejor, es más seguro escuchar, como decía el gran cardenal Newman: “Jamás me arrepentí de haber callado, pero a veces sí de haber hablado”.

    Si queremos pues entrar al centro de la verdad, si queremos recibir toda la luz del nacimiento de Cristo, debemos reservar cada día un momento de recogimiento, escuchando un hermoso disco, escuchando el murmullo de la naturaleza, escuchando las risas de un niño, escuchando el ruido de las olas al bordo del lago, dejándonos invadir por los espectáculos de belleza que se nos prodigan tan frecuentemente en este magnífico país, debemos darnos cada día al menos cinco minutos de silencio. Porque si sabemos escuchar, aprenderemos infinitamente, y nuestra mente, nuestro corazón, será un espacio capaz de escuchar la palabra de los demás sin limitarla ni deformarla.

    Jamás sabremos todos los milagros que puede realizar el silencio que es justamente espacio de generosidad y de amor. Y puesto que la liturgia en que participamos esta noche nos encamina hacia el encuentro…”. (Incompleto) (M. ZUNDEL, Lausana 30 de diciembre de 1962).

     

  • 19/07/09 – Historia de las grabaciones

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    El P. de Boissière nos dio gentilmente ciertas precisiones sobre el origen de las grabaciones que nos permiten escuchar la voz de Mauricio Zundel en este sitio.

    Cuando quiso reunir la obra del P. Zundel, sólo quedaban algunos libros no agotados. ¡Era todo!

    Lo esencial estaba en otra parte.

    Hubo que ir a los lugares donde el P. Zundel había predicado, encontrar a los que lo habían escuchado. Algunos tenían grabaciones en cintas magnéticas, de las que no deseaban separarse. Convencerlos que aceptaran dejar hacer copias no fue cosa sencilla y exigió que permaneciera cerca de ellos.

    En esa época era difícil realizar copias. Se necesitaban dos grabadoras de gran tamaño, había que sincronizarlas para que funcionaran a la misma velocidad.

    Raros fueron los que, como el P. Bulliard, dieron espontáneamente sus propias cintas magnéticas. A él le debemos el placer de descubrir la serie de las cinco conferencias que ustedes escuchan actualmente.

    El P. Bulliard era un gran amigo de Mauricio Zundel y de Bernard de Boissière. ¡Y qué fiel, incluso en la adversidad! Sus grabaciones son de excelente calidad, como pudieron comprobar. 

    El P. de Boissière publicó dos libros de homilías, a partir de esas grabaciones, "Ta Parole comme une source"(= Tu Palabra como fuente) y "Ton visage ma lumière" (Tu Rostro, mi luz) en las ediciones Anne Sigier.

    La primera de las cinco homilías, que publicamos el 18/07/09, y las que siguen fueron pronunciadas en un mismo domingo, el último del año de 1962, o sea el 30 de diciembre, en Lausana, en la Iglesia de Nuestra Señora del Valentín, cerca de su domicilio.

    El P. Zundel fue pues allá cinco veces para pronunciar cinco homilías con acentos diferentes, cuya profundidad admiramos y cuyo entusiasmo conmueve nuestro corazón. 

    Gracias, P. de Boissière, por su apoyo, gracias, padre, por su vida dedicada a llevar al conocimiento del mayor número de personas el pensamiento de M. Zundel que alimenta nuestra oración y nos acerca al Señor...

    (P. Debains)

     

     

  • 19/07/09 - Invitación a la Intimidad Divina

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} M. Zundel – Nuestra Sra. del Valentín, Lausana, domingo 30 de diciembre de 1962

    "EL GRAN MÍSTICO ÁNGELO SILESIO, sacerdote del s. 17, escribe en uno de sus cuartetos célebres estas palabras admirables: "Si yo pudiera recibir de Dios tanto como Cristo, Él me lo daría en el mismo instante". Este gran místico quiere decir que todo depende de la receptividad. Es decir que Dios es como una estación emisora que eternamente emite luz y amor, es decir que por parte de Dios todo está hecho, todo está dado, porque Dios se comunica eternamente. Todas las oraciones están ya escuchadas, todas las gracias están dadas, todas las revelaciones están hechas, en Dios no hay nada que se pueda añadir al don eterno que es Él. Es nuestra receptividad la que limita la efusión de su luz y de su amor, es porque nosotros somos un receptor mal sintonizado y lleno de parásitos que recibimos mal el don infinito e inagotable de Dios.

    Esto es de capital importancia porque nada puede hacernos comprender mejor el curso de la historia que el hecho de que por el lado de Dios todo está dado, que por parte de Dios todo está terminado en un amor eterno, y que, si los acontecimientos no son felices, si hay catástrofes, eso no viene de Dios sino de que nuestra receptividad es limitada, de que nuestros receptores están mal sintonizados.

    Por eso en este fin de año cuando vamos a dar gracias a Dios por sus beneficios, no debemos olvidar que hemos casi siempre rechazado el bien esencial que Dios no cesa de ofrecernos y que es Él mismo.

    Porque ese es el comienzo y el final, ese es el sentido mismo de la Creación y de toda nuestra existencia, que Dios quiere introducirnos en su intimidad haciendo nuestra su vida, dando así a nuestra vida una dimensión infinita y un alcance eterno.

    Cuando hablamos de los beneficios de Dios, es muy raro que pensemos en el beneficio capital y esencial, el único digno de Dios digno de nosotros después de todo, que es la comunión de amistad, la efusión de la vida divina en nosotros para que Dios y nosotros formemos verdaderamente una unidad indisociable y eterna.

    Pensamos más bien en la salud, pensamos en mejores situaciones, pensamos en las catástrofes a que hemos escapado, y con mucha frecuencia damos gracias por haber escapado a las desgracias que han sucedido a los demás, sin pensar que los demás también son amados por Dios tanto como nosotros.

    Es que, justamente, si el curso de la historia no siempre es feliz, y está lejos de serlo, si asistimos a una serie de catástrofes naturales que tienen de qué aterrorizarnos, que devastan regiones enteras, si somos testigos de enfermedades infecciosas que se introducen en el organismo y hieren la vida de los seres que más queremos, nos es imposible reconciliarnos con el sentimiento cierto que tenemos de la bondad de Dios sin recordar que, del lado de Dios, el don es perfecto y la comunicación sin interrupción, y que si el mundo no es ordenado, si está esperando, si está, como dice San Pablo, sufriendo los dolores del parto, eso depende justamente de que la receptividad de la criatura racional, sea nosotros u otras criaturas en el Universo del que hacemos parte, eso depende de que la criatura racional limita, se cierra y rehúsa la invitación eterna del Amor de Dios.

    Y por eso el Dios Vivo, el Dios Amor, es eternamente un Dios crucificado, como lo comprendió tan magníficamente Pascal cuando escribió en "el misterio de Jesús": "Jesús está en agonía hasta el fin del mundo, no hay que dormir durante ese tiempo".

    No olvidemos pues, en el momento de cantar el Te Deum, hacer un acto de confianza y amor para con Dios, pidiendo perdón por no haber recibido su beneficio esencial, que es Él mismo. Porque es claro que si hubiéramos recibido ese bien esencial, toda la historia del mundo sería esencialmente distinta. Hay seguramente esta noche gente que tiene frío, gente amenazada de morir porque no tienen albergue, gente que tiene hambre, seres que gimen en la soledad de una prisión, seres que sufren de debilidad mental y que son más o menos conscientes de su degradación, y ¿podría toda esa gente estar dando gracias esta noche? ¿Cómo podrían ver el rostro de Dios como rostro de amor si justamente ninguna de esas desgracias hubiera herido la humanidad, si los hombres hubieran recibido el beneficio esencial que es Dios mismo, porque si Dios habita en nuestros corazones, si estuviéramos en perpetua comunión de amor con Él, si nuestra vida fuera un SÍ continuamente renovado, un SÍ de aceptación y de amor, seríamos fraternales unos para otros, sentiríamos verdaderamente como nuestra la miseria de nuestros hermanos y habríamos hecho todos los esfuerzos indispensables para cambiar la cara de la historia.

    Es pues muy cierto que el primer mal, el mal original, es rehusar amar, y de eso es de lo que vamos a pedir perdón, viendo en la Cruz del Señor la afirmación de ese amor desarmado, descuidado, abandonado, que está indefenso ya que, aunque se propone eternamente, jamás puede imponerse.

    No hay nada más evidente, y es el corazón mismo del Evangelio, como también el acento más conmovedor del misterio de Navidad, no hay nada más evidente que la fragilidad de Dios. Dios no hace ruido. Dios habla en lo íntimo de los corazones con un lenguaje silencioso, no puede hacerse oír si los oídos del corazón están tapados y si nosotros estamos sistemáticamente distraídos y dispersos en la superficie de nosotros mismos.

    Por eso, pidamos los unos por los otros la gracia de hacernos presentes a Dios, la gracia de comprender que nuestra misión es descrucificarlo, hacer de nosotros un Dios Vivo y resucitado, ya que la Cruz es justamente una invitación del amor, es el de profundis de una ternura que no puede sino esperarnos siempre, pero que es incapaz de forzar el bloqueo de nuestros corazones. Y para el año que viene, nada más esencial podemos proponernos que entrar más adentro, más auténticamente, más generosamente, en la amistad con Dios que se nos propone tan generosamente. Porque en la medida en que aceptemos la compañía de Dios, en la medida en que hagamos de Cristo el amigo de todos los días y de todo el día, nuestra vida será conforme a nuestra dignidad, a nuestra vocación y a lo que el eterno amor quiere para nosotros.

    Pues ¿qué puede el amor sino darse? Pero es necesario el SÍ de una respuesta enteramente espontánea, sin la cual no puede cerrarse el anillo de oro de las bodas eternas.

    Ustedes lo saben además, todos los que son padres saben muy bien que su entrega más profunda, más generosa, más auténtica, más constante, no puede forzar el corazón de sus hijos. Entre ellos y ustedes hay un diálogo misterioso y, sea cual fuere la intimidad que tienen con ellos, ustedes no pueden penetrar en los secretos de su corazón sin su consentimiento. Así sucede a Dios con nosotros, su Amor no falla jamás, pero el nuestro puede fallar, y por eso tenemos que pedir perdón esta noche por todas nuestras faltas de amor y suplicar al Señor que suscite en nuestros corazones una fe tan profunda en su ternura que entremos en el año que viene con el deseo de no romper jamás la amistad con Él.

    Ahí está todo, en efecto. La santidad no es otra cosa, y la virtud más heroica no puede situarse en otra dirección que la fidelidad constantemente reafirmada en la ternura de Dios. Dios no está lejos de nosotros. No está ausente de nuestra vida. No tenemos que buscarlo en lo profundo de la tierra ni en lo alto del cielo, como dice el Apóstol Pablo, para encontrarlo basta recogernos y visitarlo en la intimidad del corazón, según las admirables palabras del gran místico que tanto me gusta citar y que responde tan bien a esta meditación de fin de año y de año nuevo: "Hay quienes van en peregrinajes lejanos, que hacen procesión alrededor del templo y no entran en el santuario, pero yo voy en peregrinaje hacia el amigo que vive en mí".

    (M. Zundel, Nuestra Sra. de Lausana, 30 de diciembre de 1962.) "Ta Parole comme une source"- Tu Palabra como fuente - Anne Sigier, p.79-82.

     

  • 18/07/09 - En el principio está la relación.

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    Un gran místico del s. 17, Ángelo Silecio, escribe en su Viaje Querúbico un cuarteto sorprendente: "Soy tan grande como Dios y tan pequeño como yo, Él no puede estar por encima de mí, ni yo por debajo de Él". Estas palabras parecen "extrañas" y serían escandalosas si no las escucháramos en el plano de la reciprocidad del amor que caracteriza el Nuevo Testamento. Porque lo esencialmente precioso e irremplazable que Jesús nos presenta es el situar las relaciones del hombre con Dios en un plano de reciprocidad. Justamente, las cuestiones de grandeza y de pequeñez, de dependencia y de dominación, ya no tienen sentido.

    Ustedes conocen bien por experiencia el reino de la reciprocidad ya que el matrimonio se funda precisamente en el intercambio de igualdad de un SI que sella el contrato de matrimonio y que es tan indispensable de una y otra parte: juntos e indivisiblemente, el sí del esposo y el de la esposa fundan el matrimonio, y ese SÍ en igualdad no implica ni sumisión ni dependencia, sino reciprocidad. Y en la reciprocidad uno conoce al otro en la misma medida en que uno se da. Es la generosidad la que crea aquí el nivel de conocimiento del uno por el otro, y el lazo nupcial precisamente no cesa de crecer si los esposos crecen en generosidad y amor, de la misma manera que se deteriora en la medida en que los esposos refluyen cada uno hacia sí mismo y recaen en su egoísmo individual. En el terreno de la reciprocidad todas las relaciones jurídicas ya no tienen ningún sentido porque no se trata de estar sometido sino de ser interior el uno al otro. Lo mismo que en el terreno de la verdad no tiene sentido finalmente decir que uno se somete a la verdad como a un poder despótico, uno conoce la verdad haciéndose verdad; uno conoce la verdad entrando en su luz, dejándola desarrollarse en uno porque, repito, estamos aquí ante todo en el reino de la reciprocidad de amor.

    Y lo que vale para la verdad, lo que vale para la unión conyugal, vale de manera eminente – nos lo enseña Jesús – para las relaciones del hombre con Dios y de Dios con el hombre.

    Y si es así, es que precisamente el secreto de la vida divina resplandeció en Jesucristo, y que Jesucristo nos introdujo en el monoteísmo trinitario.

    Jamás sabremos cuánta liberación, cuánta grandeza, cuánta libertad, cuánta dignidad, cuánto esplendor, cuánta belleza representa la iniciación al monoteísmo trinitario dada por Jesús.

    El monoteísmo unitario, es decir el monoteísmo en que Dios era considerado como un ser solitario, tenía algo de desconcertante y, si nos atrevemos a decirlo, de casi escandaloso. Pues cómo situar ese personaje que se contempla, que torna en torno de sí mismo, que solo puede amar a sí mismo, que centran todo en sí mismo. ¿Qué semejanza puede tener con los impulsos de la generosidad humana? Comparado con un dios solitario, el hombre parece ser más perfecto que Dios, ya que el hombre es capaz de perderse de vista y de vivir totalmente por otra persona y en ella. Jesús nos liberó de esa pesadilla espantosa al dar testimonio del misterio que era el misterio mismo de su vida, pues todo lo que Jesús nos dice de Dios, lo saca de su experiencia; lo que expresa en su mensaje, es su vida, y justamente por estar totalmente enraizado en el monoteísmo Trinitario puede revelárnoslo de manera definitiva, imprimiendo en nuestras almas el sello de una libertad eterna. Porque, decir que Dios no es solitario, es decirnos inmediatamente que la vida de Dios va hacia Otro, que la vida de Dios es Caridad y, como dice el Papa San Gregorio, que solo hay verdadera caridad cuando el amor va hacia Otro. La vida divina aparece así totalmente concentrada, expresada, en el don mutuo del Padre al Hijo, y del Hijo al Padre, en la unidad del Espíritu Santo. Eso quiere decir que la existencia divina es existencia de don que tiene su fuente en las relaciones intra-divinas. Gastón Bachelard, el gran filósofo, el gran sabio que acaba de morir, comentando una novela admirable escribió un día: "En el principio está la relación". Esta frase es de una magnificencia inagotable, y se sitúa en pleno centro del misterio cristiano: "En el principio esta la Relación". Eso es: en la medida en que no vivimos de Jesucristo, teníamos tentación y la tenemos todavía, de hacer de nuestra existencia una afirmación de nosotros mismos, estamos tentados todavía de afirmarnos contra los demás, dominándolos, rivalizando con ellos, disminuyéndolos o despreciándolos, porque la existencia toma en nosotros como naturalmente la apariencia narcisista de retorno constante hacia sí mismo. El yo es una pendiente hacia nosotros mismos, en que estamos continuamente pegados a los automatismos pasionales y damos continuamente la espalda a nuestra libertad y dignidad.

    El Dios solitario, al menos el Dios concebido como solitario por los hombres, parecía confirmar ese narcisismo y no se veía porqué el hombre saldría de sí mismo si Dios mismo está encerrado en sí. Pero Jesús justamente, al presentarnos el monoteísmo trinitario, nos coloca inmediatamente en el corazón de la caridad más ardiente y generosa, y sabemos que en Dios hay una sola manera de existir, que es darse.

    Y si Dios existe en forma de don, si Dios solo tiene contacto con su ser comunicándolo, si en Él eternamente todo es Amor, ¿qué lazos podría contraer con nosotros que pudieran significar sus relaciones con la Creación, sino justamente una reciprocidad de amor?

    Él no puede dominar, ¡eso no tiene sentido! No puede aplastarnos, ¡es imposible! Solo puede querer entre Él y nosotros las relaciones de libertad que contraemos además de manera totalmente espontánea con la Verdad que es otro nombre de Dios. La Verdad no nos aparece como amenaza, como obligación, sino al contrario, como libertad, como espacio, ella nos colma; y los más grandes sabios conocen bien el gozo maravilloso que ellos llaman el gozo de conocer, en el cual uno existe en otro y para él.

    Eso es lo que hace Dios eternamente: es un eterno nacimiento de amor en perfecta y absoluta comunicación, y nos introduce así en el secreto del ser. Nos arroja en el corazón de la existencia tomada en su cumbre, enseñándonos que existir, en el verdadero sentido, "ex istir" auténticamente es perderse de vista y darse.

    Eso es precisamente lo que determina la revolución cristiana que enriquece a la vez de manera incomparable las categorías de nuestra mente, ya que la relación es ahora lo esencial: "en el principio está la relación"; al mismo tiempo que determina una naturaleza esencialmente nueva del bien y de la virtud.

    Ustedes han observado y no han dejado de maravillarse leyendo a San Pablo, en el capítulo 13 de la primera a los Corintios, que San Pablo va hasta el final, que lleva al extremo todo lo que un hombre es capaz de hacer: "¡Aunque hablara la lengua de los ángeles y de los hombres, aunque tuviera una fe capaz de transportar las montañas, aunque distribuyera todos mis bienes a los pobres, aunque entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad no soy nada!" Es decir que en adelante la grandeza, la virtud y la santidad no se sitúan en el orden del "hacer", sino en el orden del amor, en el orden de la existencia. El único bien según San Pablo, y con mayor razón según Jesucristo cuyo discípulo es san Pablo, el único bien es existir en forma de don, como Dios mismo. Es pues un bien que va hasta la raíz del ser, es un bien que nos asume por entero en el ofertorio en que todos nuestros actos deben realizar la comunicación total de nosotros mismos. Puede sorprendernos que nuestro Señor haya pasado treinta años de su vida en una vida, o mejor, en un trabajo de artesano, treinta años de su vida en la oscuridad de una aldea casi desconocida, treinta años de su vida ganando su pan con el trabajo de sus manos, cuando Él era el mayor de los profetas, y más que profeta, el Hijo del hombre en un sentido único, y el hijo de Dios en un sentido único. Pero justamente era suficiente para Él porque para Él el bien, la grandeza, no consistía en hacer algo sino en ser una presencia dada, que era totalmente un acto de amor.

    Y a eso precisamente estamos llamados. Al liberarnos de la Ley, al introducirnos en la gracia, Jesús nos introduce precisamente en el reino de la existencia pura, de la existencia liberada, de la existencia creadora, de la existencia que es toda entera ofrenda y don.

    Y por eso la grandeza a la cual estamos llamados, la grandeza que es para nosotros exigencia imprescriptible, es una grandeza de humildad. No una grandeza humillada, lo que sería totalmente diferente, sino una grandeza de humildad, una grandeza en que uno se pierde de vista, como Dios, porque el Padre no se mira a sí mismo, Él no es sino mirada hacia el Hijo, y el Hijo es solo mirada hacia el Padre, como el Espíritu Santo es solo aspiración eterna hacia el Padre y el Hijo. La grandeza cristiana, la grandeza a que estamos llamados y que es infinita, no es grandeza competitiva, no constituye una rivalidad para con Dios, y por eso las palabras de Ángelo Silecio que leíamos ahora, no constituyen una blasfemia, no representan, no expresan en modo alguno rebelión del hombre contra Dios, rebelión del hombre que no quiere soportar ningún dueño, sino expresan simplemente la relación nupcial, el matrimonio de amor que es el único posible en el reino del Espíritu.

    Porque el reino del Espíritu en que la intimidad del uno se enraíza en la intimidad del otro, en que el conocimiento es al precio de ese intercambio y crece en la medida de la generosidad, ese orden de grandeza no implica competición ni rivalidad. Justamente porque la grandeza está toda entera en la oblación y en el don de sí mismo, y nada es más necesario que inscribir en lo más profundo de nuestro ser la certeza de que estamos llamados a ser lo que es Dios, a hacer de nuestra existencia misma, toda entra, una relación de amor, y a superar los automatismos pasionales en una conversación retomada sin cesar con el Dios vivo que es la Vida de nuestra vida.

    La mayor trampa para nosotros es quedar bajo la Ley. Ver en la moral un código impuesto por una autoridad indiscutible que se reserva además el aplicarnos las sanciones más aterradoras si rehusamos someternos. Esa es la trampa más peligrosa porque, como lo expresó San Pablo de un modo tan potente, la Ley genera por sí misma la rebelión, la Ley provoca la desobediencia precisamente porque parece ser un límite impuesto a la voluntad desde afuera, a la voluntad que es una potencia del espíritu que solo puede ser tomada por el interior, que solo puede rendirse al amor. Y por eso somos tan lentos para convertirnos porque vemos constantemente en Dios un rival que se opone a nuestros deseos. En el fondo, cada uno de nosotros siente que lo que puede llamar pecado en nombre de la Ley sería su bien pero es un bien que le está prohibido por la Ley, y por eso finalmente la mayor parte del tiempo transgredimos porque esa es nuestra verdad; al nivel en que estamos, encontramos el gozo y el desarrollo provisorio en lo que la Ley llama pecado; el Evangelio de Jesucristo no se sitúa, en modo alguno, en esa dirección: Jesucristo nos enseña que, dado que nuestra vida debe ser semejante a la de Dios, visto que estamos llamados a una libertad divina y a una grandeza infinita, solo existe una existencia que es la de nuestra liberación, una sola exigencia que es la de realizar en todas nuestras actividades la ofrenda que hará totalmente de nosotros una existencia de don.

    Por tanto, no podemos repetirlo bastante, si queremos que este año sea fecundo, si queremos realizar nuestra vocación de grandeza, si queremos ser verdaderos cristianos, si queremos que el Evangelio sea por medio de nosotros la luz del mundo, es necesario que no dejemos de tomar contacto con el Dios de amor que es el tesoro escondido en lo más íntimo de nuestro corazón. Porque mientras dialoguemos con nosotros mismos, mientras estemos encerrados en un monólogo narcisista, todas las resoluciones serán vanas ya que no nos harán despegar de nosotros mismos. No se trata de renunciar a esto o aquello, sino de dar a toda nuestra actividad la dimensión de generosidad que la sitúa en el nivel del corazón, del Corazón de Dios y que le da radiación infinita y alcance eterno.

    Y por eso toda la santidad cristiana, justamente por deber fundarse en la reciprocidad de amor que Jesús nos presenta, toda la santidad cristiana tiene por alimento esencial el diálogo continuamente renovado con el Dios vivo.

    No se trata pues de rebajarnos delante de Dios, no se trata de condenar los instintos y de juzgar nuestra herencia, sino sobre todo de perdernos de vista, de mirar hacia el Rostro de luz y de amor que no cesa de esperarnos, y, dejándonos orientar por él ya que él es solo amor y generosidad, dejar madurar la acción como ofrenda de generosidad y amor. En esta dirección estamos absolutamente seguros de no equivocarnos, como podemos estar seguros de ir hacia el desaliento y la esterilidad si imponemos del exterior una Ley de la cual nos liberó Jesús, no para entregarnos a la anarquía y dar rienda suelta a todas las fantasías, sino porque Él viene a promovernos al plano de la edad adulta, al plano de la persona y de la dignidad, viene introducirnos en el circuito de las relaciones divinas donde la vida entera toma cuerpo de ofrenda y de don.

    Es necesario que sintamos todo el privilegio de haber recibido el mensaje de Jesucristo, y de ser introducidos por él en esta dimensión infinita que da por fin a la vida todo su valor y toda su belleza. Y es con entusiasmo que debemos entrar en este nuevo año si estamos resueltos a concentrarlo todo entero en la oración silenciosa, en la conversación íntima y sin palabras con el Dios Viviente cuyo corazón late en el nuestro.

    Y sabremos por experiencia que el medio más seguro de superar la tentación que no es más que una invitación a la mediocridad, es no mirar lo que debemos abandonar pues no hay que abandonar nada, sino trasfigurarlo todo, promoverlo, darle dimensión infinita; nos daremos cuenta de que el medio más seguro de vencer la tentación es simplemente hacerse mirada de amor hacia el Dios que es todo Amor y que nos da esta única consigna: sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto, es decir: haceos lo que Dios es".

    Mauricio Zundel, Nuestra Señora de Lausana, 30 de diciembre de 1962

     

  • 17/07/09 – Sobre el cristianismo.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} "La moral evangélica nos coloca ante un Corazón. Nos coloca ante Alguien que nos está confiado, que quiere vivir en nosotros, que no puede revelarse sino por medio nuestro, que tiene absoluta necesidad de nosotros para ser Presencia real en la Historia.

    Por eso la moral evangélica supone a cada instante un nuevo retorno a Dios, una conversión nueva y radical.

    Eso es lo que le da toda su belleza, toda su grandeza. Ella es siempre nueva. Siendo fuente de novedad, no es, jamás puede ser ley, obligación, prohibición.

    La moral evangélica es siempre el Rostro amado, el Rostro frágil, el Rostro inefable que nos llama, que viene a transparentar a través del nuestro y que quiere comunicarse a los demás a través de nuestra generosidad".

    le Bien : Quelqu'un à aimer,
    (El Bien, Alguien a quien amar)

    Lausana, 21 de noviembre de 1965, p. 306-307.

     

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