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"La moral evangélica nos coloca
ante un Corazón. Nos coloca ante Alguien que nos está confiado, que quiere vivir
en nosotros, que no puede revelarse sino por medio nuestro, que tiene absoluta necesidad
de nosotros para ser Presencia real en la Historia.
Por eso la moral evangélica supone
a cada instante un nuevo retorno a Dios, una conversión nueva y radical.
Eso es lo que le da toda su belleza,
toda su grandeza. Ella es siempre nueva. Siendo fuente de novedad, no es, jamás
puede ser ley, obligación, prohibición.
La moral evangélica es siempre el
Rostro amado, el Rostro frágil, el Rostro inefable que nos llama, que viene a transparentar
a través del nuestro y que quiere comunicarse a los demás a través de nuestra generosidad".
le Bien : Quelqu'un à aimer,
(El Bien, Alguien a quien amar)
Lausana, 21 de noviembre de 1965, p. 306-307.