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Maurice Zundel – Nuestra Señora
del Valentín, Lausana, domingo 30 de dic. de 1962
Un gran místico del s. 17, Ángelo
Silecio, escribe en su Viaje Querúbico
un cuarteto sorprendente: "Soy tan grande como Dios y tan pequeño como yo,
Él no puede estar por encima de mí, ni yo por debajo de Él". Estas
palabras parecen "extrañas" y serían escandalosas si no las
escucháramos en el plano de la reciprocidad del amor que caracteriza el Nuevo
Testamento. Porque lo esencialmente precioso e irremplazable que Jesús nos
presenta es el situar las relaciones del hombre con Dios en un plano de
reciprocidad. Justamente, las cuestiones de grandeza y de pequeñez, de
dependencia y de dominación, ya no tienen sentido.
Ustedes conocen bien por
experiencia el reino de la reciprocidad ya que el matrimonio se funda
precisamente en el intercambio de igualdad de un SI que sella el contrato de matrimonio
y que es tan indispensable de una y otra parte: juntos e indivisiblemente, el
sí del esposo y el de la esposa fundan el matrimonio, y ese SÍ en igualdad no
implica ni sumisión ni dependencia, sino reciprocidad. Y en la reciprocidad uno
conoce al otro en la misma medida en que uno se da. Es la generosidad la que
crea aquí el nivel de conocimiento del uno por el otro, y el lazo nupcial
precisamente no cesa de crecer si los esposos crecen en generosidad y amor, de
la misma manera que se deteriora en la medida en que los esposos refluyen cada
uno hacia sí mismo y recaen en su egoísmo individual. En el terreno de la
reciprocidad todas las relaciones jurídicas ya no tienen ningún sentido porque
no se trata de estar sometido sino de ser interior el uno al otro. Lo mismo que
en el terreno de la verdad no tiene sentido finalmente decir que uno se somete
a la verdad como a un poder despótico, uno conoce la verdad haciéndose verdad;
uno conoce la verdad entrando en su luz, dejándola desarrollarse en uno porque,
repito, estamos aquí ante todo en el reino de la reciprocidad de amor.
Y lo que vale para la verdad, lo
que vale para la unión conyugal, vale de manera eminente – nos lo enseña Jesús
– para las relaciones del hombre con Dios y de Dios con el hombre.
Y si es así, es que precisamente
el secreto de la vida divina resplandeció en Jesucristo, y que Jesucristo nos
introdujo en el monoteísmo trinitario.
Jamás sabremos cuánta liberación,
cuánta grandeza, cuánta libertad, cuánta dignidad, cuánto esplendor, cuánta
belleza representa la iniciación al monoteísmo trinitario dada por Jesús.
El monoteísmo unitario, es decir
el monoteísmo en que Dios era considerado como un ser solitario, tenía algo de
desconcertante y, si nos atrevemos a decirlo, de casi escandaloso. Pues cómo
situar ese personaje que se contempla, que torna en torno de sí mismo, que solo
puede amar a sí mismo, que centran todo en sí mismo. ¿Qué semejanza puede tener
con los impulsos de la generosidad humana? Comparado con un dios solitario, el
hombre parece ser más perfecto que Dios, ya que el hombre es capaz de perderse
de vista y de vivir totalmente por otra persona y en ella. Jesús nos liberó de
esa pesadilla espantosa al dar testimonio del misterio que era el misterio
mismo de su vida, pues todo lo que Jesús nos dice de Dios, lo saca de su
experiencia; lo que expresa en su mensaje, es su vida, y justamente por estar
totalmente enraizado en el monoteísmo Trinitario puede revelárnoslo de manera
definitiva, imprimiendo en nuestras almas el sello de una libertad eterna.
Porque, decir que Dios no es solitario, es decirnos inmediatamente que la vida
de Dios va hacia Otro, que la vida de Dios es Caridad y, como dice el Papa San
Gregorio, que solo hay verdadera caridad cuando el amor va hacia Otro. La vida
divina aparece así totalmente concentrada, expresada, en el don mutuo del Padre
al Hijo, y del Hijo al Padre, en la unidad del Espíritu Santo. Eso quiere decir
que la existencia divina es existencia de don que tiene su fuente en las
relaciones intra-divinas. Gastón Bachelard, el gran filósofo, el gran sabio que
acaba de morir, comentando una novela admirable escribió un día: "En el
principio está la relación". Esta frase es de una magnificencia
inagotable, y se sitúa en pleno centro del misterio cristiano: "En el
principio esta la Relación". Eso es: en la medida en que no vivimos de
Jesucristo, teníamos tentación y la tenemos todavía, de hacer de nuestra
existencia una afirmación de nosotros mismos, estamos tentados todavía de
afirmarnos contra los demás, dominándolos, rivalizando con ellos,
disminuyéndolos o despreciándolos, porque la existencia toma en nosotros como
naturalmente la apariencia narcisista de retorno constante hacia sí mismo. El
yo es una pendiente hacia nosotros mismos, en que estamos continuamente pegados
a los automatismos pasionales y damos continuamente la espalda a nuestra
libertad y dignidad.
El Dios solitario, al menos el
Dios concebido como solitario por los hombres, parecía confirmar ese narcisismo
y no se veía porqué el hombre saldría de sí mismo si Dios mismo está encerrado
en sí. Pero Jesús justamente, al presentarnos el monoteísmo trinitario, nos
coloca inmediatamente en el corazón de la caridad más ardiente y generosa, y
sabemos que en Dios hay una sola manera de existir, que es darse.
Y si Dios existe en forma de don,
si Dios solo tiene contacto con su ser comunicándolo, si en Él eternamente todo
es Amor, ¿qué lazos podría contraer con nosotros que pudieran significar sus
relaciones con la Creación, sino justamente una reciprocidad de amor?
Él no puede dominar, ¡eso no
tiene sentido! No puede aplastarnos, ¡es imposible! Solo puede querer entre Él
y nosotros las relaciones de libertad que contraemos además de manera
totalmente espontánea con la Verdad que es otro nombre de Dios. La Verdad no
nos aparece como amenaza, como obligación, sino al contrario, como libertad,
como espacio, ella nos colma; y los más grandes sabios conocen bien el gozo
maravilloso que ellos llaman el gozo de conocer, en el cual uno existe en otro
y para él.
Eso es lo que hace Dios
eternamente: es un eterno nacimiento de amor en perfecta y absoluta
comunicación, y nos introduce así en el secreto del ser. Nos arroja en el
corazón de la existencia tomada en su cumbre, enseñándonos que existir, en el
verdadero sentido, "ex istir" auténticamente es perderse de vista y
darse.
Eso es precisamente lo que
determina la revolución cristiana que enriquece a la vez de manera incomparable
las categorías de nuestra mente, ya que la relación es ahora lo esencial: "en
el principio está la relación"; al mismo tiempo que determina una
naturaleza esencialmente nueva del bien y de la virtud.
Ustedes han observado y no han
dejado de maravillarse leyendo a San Pablo, en el capítulo 13 de la primera a
los Corintios, que San Pablo va hasta el final, que lleva al extremo todo lo
que un hombre es capaz de hacer: "¡Aunque hablara la lengua de los ángeles
y de los hombres, aunque tuviera una fe capaz de transportar las montañas,
aunque distribuyera todos mis bienes a los pobres, aunque entregara mi cuerpo a
las llamas, si no tengo caridad no soy nada!" Es decir que en adelante la
grandeza, la virtud y la santidad no se sitúan en el orden del
"hacer", sino en el orden del amor, en el orden de la existencia. El
único bien según San Pablo, y con mayor razón según Jesucristo cuyo discípulo
es san Pablo, el único bien es existir en forma de don, como Dios mismo. Es
pues un bien que va hasta la raíz del ser, es un bien que nos asume por entero
en el ofertorio en que todos nuestros actos deben realizar la comunicación
total de nosotros mismos. Puede sorprendernos que nuestro Señor haya pasado
treinta años de su vida en una vida, o mejor, en un trabajo de artesano,
treinta años de su vida en la oscuridad de una aldea casi desconocida, treinta
años de su vida ganando su pan con el trabajo de sus manos, cuando Él era el
mayor de los profetas, y más que profeta, el Hijo del hombre en un sentido
único, y el hijo de Dios en un sentido único. Pero justamente era suficiente
para Él porque para Él el bien, la grandeza, no consistía en hacer algo sino en
ser una presencia dada, que era totalmente un acto de amor.
Y a eso precisamente estamos
llamados. Al liberarnos de la Ley, al introducirnos en la gracia, Jesús nos
introduce precisamente en el reino de la existencia pura, de la existencia
liberada, de la existencia creadora, de la existencia que es toda entera ofrenda
y don.
Y por eso la grandeza a la cual
estamos llamados, la grandeza que es para nosotros exigencia imprescriptible,
es una grandeza de humildad. No una grandeza humillada, lo que sería totalmente
diferente, sino una grandeza de humildad, una grandeza en que uno se pierde de
vista, como Dios, porque el Padre no se mira a sí mismo, Él no es sino mirada
hacia el Hijo, y el Hijo es solo mirada hacia el Padre, como el Espíritu Santo
es solo aspiración eterna hacia el Padre y el Hijo. La grandeza cristiana, la grandeza
a que estamos llamados y que es infinita, no es grandeza competitiva, no
constituye una rivalidad para con Dios, y por eso las palabras de Ángelo
Silecio que leíamos ahora, no constituyen una blasfemia, no representan, no
expresan en modo alguno rebelión del hombre contra Dios, rebelión del hombre
que no quiere soportar ningún dueño, sino expresan simplemente la relación
nupcial, el matrimonio de amor que es el único posible en el reino del
Espíritu.
Porque el reino del Espíritu en
que la intimidad del uno se enraíza en la intimidad del otro, en que el
conocimiento es al precio de ese intercambio y crece en la medida de la
generosidad, ese orden de grandeza no implica competición ni rivalidad.
Justamente porque la grandeza está toda entera en la oblación y en el don de sí
mismo, y nada es más necesario que inscribir en lo más profundo de nuestro ser
la certeza de que estamos llamados a ser lo que es Dios, a hacer de nuestra
existencia misma, toda entra, una relación de amor, y a superar los automatismos
pasionales en una conversación retomada sin cesar con el Dios vivo que es la
Vida de nuestra vida.
La mayor trampa para nosotros es quedar
bajo la Ley. Ver en la moral un código impuesto por una autoridad indiscutible
que se reserva además el aplicarnos las sanciones más aterradoras si rehusamos
someternos. Esa es la trampa más peligrosa porque, como lo expresó San Pablo de
un modo tan potente, la Ley genera por sí misma la rebelión, la Ley provoca la
desobediencia precisamente porque parece ser un límite impuesto a la voluntad desde
afuera, a la voluntad que es una potencia del espíritu que solo puede ser
tomada por el interior, que solo puede rendirse al amor. Y por eso somos tan
lentos para convertirnos porque vemos constantemente en Dios un rival que se
opone a nuestros deseos. En el fondo, cada uno de nosotros siente que lo que
puede llamar pecado en nombre de la Ley sería su bien pero es un bien que le
está prohibido por la Ley, y por eso finalmente la mayor parte del tiempo
transgredimos porque esa es nuestra verdad; al nivel en que estamos,
encontramos el gozo y el desarrollo provisorio en lo que la Ley llama pecado;
el Evangelio de Jesucristo no se sitúa, en modo alguno, en esa dirección:
Jesucristo nos enseña que, dado que nuestra vida debe ser semejante a la de
Dios, visto que estamos llamados a una libertad divina y a una grandeza
infinita, solo existe una existencia que es la de nuestra liberación, una sola
exigencia que es la de realizar en todas nuestras actividades la ofrenda que
hará totalmente de nosotros una existencia de don.
Por tanto, no podemos repetirlo
bastante, si queremos que este año sea fecundo, si queremos realizar nuestra
vocación de grandeza, si queremos ser verdaderos cristianos, si queremos que el
Evangelio sea por medio de nosotros la luz del mundo, es necesario que no
dejemos de tomar contacto con el Dios de amor que es el tesoro escondido en lo
más íntimo de nuestro corazón. Porque mientras dialoguemos con nosotros mismos,
mientras estemos encerrados en un monólogo narcisista, todas las resoluciones
serán vanas ya que no nos harán despegar de nosotros mismos. No se trata de
renunciar a esto o aquello, sino de dar a toda nuestra actividad la dimensión
de generosidad que la sitúa en el nivel del corazón, del Corazón de Dios y que
le da radiación infinita y alcance eterno.
Y por eso toda la santidad
cristiana, justamente por deber fundarse en la reciprocidad de amor que Jesús
nos presenta, toda la santidad cristiana tiene por alimento esencial el diálogo
continuamente renovado con el Dios vivo.
No se trata pues de rebajarnos
delante de Dios, no se trata de condenar los instintos y de juzgar nuestra
herencia, sino sobre todo de perdernos de vista, de mirar hacia el Rostro de
luz y de amor que no cesa de esperarnos, y, dejándonos orientar por él ya que
él es solo amor y generosidad, dejar madurar la acción como ofrenda de
generosidad y amor. En esta dirección estamos absolutamente seguros de no
equivocarnos, como podemos estar seguros de ir hacia el desaliento y la
esterilidad si imponemos del exterior una Ley de la cual nos liberó Jesús, no
para entregarnos a la anarquía y dar rienda suelta a todas las fantasías, sino
porque Él viene a promovernos al plano de la edad adulta, al plano de la
persona y de la dignidad, viene introducirnos en el circuito de las relaciones
divinas donde la vida entera toma cuerpo de ofrenda y de don.
Es necesario que sintamos todo el
privilegio de haber recibido el mensaje de Jesucristo, y de ser introducidos
por él en esta dimensión infinita que da por fin a la vida todo su valor y toda
su belleza. Y es con entusiasmo que debemos entrar en este nuevo año si estamos
resueltos a concentrarlo todo entero en la oración silenciosa, en la
conversación íntima y sin palabras con el Dios Viviente cuyo corazón late en el
nuestro.
Y sabremos por experiencia que el
medio más seguro de superar la tentación que no es más que una invitación a la
mediocridad, es no mirar lo que debemos abandonar pues no hay que abandonar
nada, sino trasfigurarlo todo, promoverlo, darle dimensión infinita; nos
daremos cuenta de que el medio más seguro de vencer la tentación es simplemente
hacerse mirada de amor hacia el Dios que es todo Amor y que nos da esta única
consigna: sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto, es decir: haceos
lo que Dios es".
Mauricio Zundel, Nuestra Señora de Lausana, 30 de diciembre de 1962