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M. Zundel – Nuestra Sra.
del Valentín, Lausana, domingo 30 de diciembre de 1962
"EL GRAN MÍSTICO ÁNGELO
SILESIO, sacerdote del s. 17, escribe en uno de sus cuartetos célebres estas
palabras admirables: "Si yo pudiera recibir de Dios tanto como Cristo, Él
me lo daría en el mismo instante". Este gran místico quiere decir que todo
depende de la receptividad. Es decir que Dios es como una estación emisora que eternamente
emite luz y amor, es decir que por parte de Dios todo está hecho, todo está
dado, porque Dios se comunica eternamente. Todas las oraciones están ya
escuchadas, todas las gracias están dadas, todas las revelaciones están hechas,
en Dios no hay nada que se pueda añadir al don eterno que es Él. Es nuestra
receptividad la que limita la efusión de su luz y de su amor, es porque
nosotros somos un receptor mal sintonizado y lleno de parásitos que recibimos
mal el don infinito e inagotable de Dios.
Esto es de capital importancia
porque nada puede hacernos comprender mejor el curso de la historia que el
hecho de que por el lado de Dios todo está dado, que por parte de Dios todo
está terminado en un amor eterno, y que, si los acontecimientos no son felices,
si hay catástrofes, eso no viene de Dios sino de que nuestra receptividad es
limitada, de que nuestros receptores están mal sintonizados.
Por eso en este fin de año cuando
vamos a dar gracias a Dios por sus beneficios, no debemos olvidar que hemos
casi siempre rechazado el bien esencial que Dios no cesa de ofrecernos y que es
Él mismo.
Porque ese es el comienzo y el
final, ese es el sentido mismo de la Creación y de toda nuestra existencia, que
Dios quiere introducirnos en su intimidad haciendo nuestra su vida, dando así a
nuestra vida una dimensión infinita y un alcance eterno.
Cuando hablamos de los beneficios
de Dios, es muy raro que pensemos en el beneficio capital y esencial, el único
digno de Dios digno de nosotros después de todo, que es la comunión de amistad,
la efusión de la vida divina en nosotros para que Dios y nosotros formemos
verdaderamente una unidad indisociable y eterna.
Pensamos más bien en la salud,
pensamos en mejores situaciones, pensamos en las catástrofes a que hemos
escapado, y con mucha frecuencia damos gracias por haber escapado a las desgracias
que han sucedido a los demás, sin pensar que los demás también son amados por
Dios tanto como nosotros.
Es que, justamente, si el curso
de la historia no siempre es feliz, y está lejos de serlo, si asistimos a una
serie de catástrofes naturales que tienen de qué aterrorizarnos, que devastan
regiones enteras, si somos testigos de enfermedades infecciosas que se
introducen en el organismo y hieren la vida de los seres que más queremos, nos
es imposible reconciliarnos con el sentimiento cierto que tenemos de la bondad
de Dios sin recordar que, del lado de Dios, el don es perfecto y la
comunicación sin interrupción, y que si el mundo no es ordenado, si está
esperando, si está, como dice San Pablo, sufriendo los dolores del parto, eso
depende justamente de que la receptividad de la criatura racional, sea nosotros
u otras criaturas en el Universo del que hacemos parte, eso depende de que la
criatura racional limita, se cierra y rehúsa la invitación eterna del Amor de
Dios.
Y por eso el Dios Vivo, el Dios Amor,
es eternamente un Dios crucificado, como lo comprendió tan magníficamente
Pascal cuando escribió en "el misterio de Jesús": "Jesús está en
agonía hasta el fin del mundo, no hay que dormir durante ese tiempo".
No olvidemos pues, en el momento
de cantar el Te Deum, hacer un acto de confianza y amor para con Dios, pidiendo
perdón por no haber recibido su beneficio esencial, que es Él mismo. Porque es
claro que si hubiéramos recibido ese bien esencial, toda la historia del mundo
sería esencialmente distinta. Hay seguramente esta noche gente que tiene frío,
gente amenazada de morir porque no tienen albergue, gente que tiene hambre,
seres que gimen en la soledad de una prisión, seres que sufren de debilidad
mental y que son más o menos conscientes de su degradación, y ¿podría toda esa
gente estar dando gracias esta noche? ¿Cómo podrían ver el rostro de Dios como
rostro de amor si justamente ninguna de esas desgracias hubiera herido la
humanidad, si los hombres hubieran recibido el beneficio esencial que es Dios
mismo, porque si Dios habita en nuestros corazones, si estuviéramos en perpetua
comunión de amor con Él, si nuestra vida fuera un SÍ continuamente renovado, un
SÍ de aceptación y de amor, seríamos fraternales unos para otros, sentiríamos
verdaderamente como nuestra la miseria de nuestros hermanos y habríamos hecho
todos los esfuerzos indispensables para cambiar la cara de la historia.
Es pues muy cierto que el primer
mal, el mal original, es rehusar amar, y de eso es de lo que vamos a pedir
perdón, viendo en la Cruz del Señor la afirmación de ese amor desarmado,
descuidado, abandonado, que está indefenso ya que, aunque se propone
eternamente, jamás puede imponerse.
No hay nada más evidente, y es el
corazón mismo del Evangelio, como también el acento más conmovedor del misterio
de Navidad, no hay nada más evidente que la fragilidad de Dios. Dios no hace
ruido. Dios habla en lo íntimo de los corazones con un lenguaje silencioso, no
puede hacerse oír si los oídos del corazón están tapados y si nosotros estamos
sistemáticamente distraídos y dispersos en la superficie de nosotros mismos.
Por eso, pidamos los unos por los
otros la gracia de hacernos presentes a Dios, la gracia de comprender que nuestra
misión es descrucificarlo, hacer de nosotros un Dios Vivo y resucitado, ya que
la Cruz es justamente una invitación del amor, es el de profundis de una
ternura que no puede sino esperarnos siempre, pero que es incapaz de forzar el
bloqueo de nuestros corazones. Y para el año que viene, nada más esencial podemos
proponernos que entrar más adentro, más auténticamente, más generosamente, en
la amistad con Dios que se nos propone tan generosamente. Porque en la medida
en que aceptemos la compañía de Dios, en la medida en que hagamos de Cristo el
amigo de todos los días y de todo el día, nuestra vida será conforme a nuestra
dignidad, a nuestra vocación y a lo que el eterno amor quiere para nosotros.
Pues ¿qué puede el amor sino
darse? Pero es necesario el SÍ de una respuesta enteramente espontánea, sin la
cual no puede cerrarse el anillo de oro de las bodas eternas.
Ustedes lo saben además, todos
los que son padres saben muy bien que su entrega más profunda, más generosa,
más auténtica, más constante, no puede forzar el corazón de sus hijos. Entre
ellos y ustedes hay un diálogo misterioso y, sea cual fuere la intimidad que
tienen con ellos, ustedes no pueden penetrar en los secretos de su corazón sin
su consentimiento. Así sucede a Dios con nosotros, su Amor no falla jamás, pero
el nuestro puede fallar, y por eso tenemos que pedir perdón esta noche por
todas nuestras faltas de amor y suplicar al Señor que suscite en nuestros
corazones una fe tan profunda en su ternura que entremos en el año que viene
con el deseo de no romper jamás la amistad con Él.
Ahí está todo, en efecto. La
santidad no es otra cosa, y la virtud más heroica no puede situarse en otra
dirección que la fidelidad constantemente reafirmada en la ternura de Dios.
Dios no está lejos de nosotros. No está ausente de nuestra vida. No tenemos que
buscarlo en lo profundo de la tierra ni en lo alto del cielo, como dice el
Apóstol Pablo, para encontrarlo basta recogernos y visitarlo en la intimidad
del corazón, según las admirables palabras del gran místico que tanto me gusta
citar y que responde tan bien a esta meditación de fin de año y de año nuevo:
"Hay quienes van en peregrinajes lejanos, que hacen procesión alrededor
del templo y no entran en el santuario, pero yo voy en peregrinaje hacia el
amigo que vive en mí".
(M. Zundel, Nuestra Sra. de
Lausana, 30 de diciembre de 1962.) "Ta Parole comme une source"-
Tu Palabra como fuente - Anne Sigier, p.79-82.