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Nuestra Señora del Valentín, Lausana, domingo 30 de diciembre de 1962.
(Grabación incompleta). “La noche
invita al sueño, también invita al silencio, y justamente la liturgia de hoy
comienza por una invitación al silencio: “Cuando toda la naturaleza, cuando
todo el Universo estaba en medio del silencio, Tu Palabra, Señor, se lanzó del
trono real”. Así, en el silencio estalla la revelación definitiva de la Sabiduría y del Amor de
Dios en el nacimiento de Jesucristo. En el silencio es donde la Palabra eterna, la Palabra que es el Verbo, la Palabra que es el Hijo,
una Palabra translúcida, una Palabra incorruptible, porque el Verbo se eclipsa
totalmente en el Padre, porque solo expresa al Padre, porque es lo “dicho” del
Padre, porque en Él solo está la
Luz del Padre. Y esta Palabra en estado de Pobreza, en estado
de dimisión, esta Palabra eternamente silenciosa es también la que contiene
toda Verdad. ¿Qué es, en efecto, la
Verdad sino la
Luz del Amor? En el Amor hay luz CUANDO EL AMOR ES REALMENTE
AMOR, cuando el amor es pura generosidad, cuando el amor no está apegado a sí
mismo, cuando el amor es espacio y acogida, entonces hay luz, y la Palabra eterna salida del
silencio en la eternidad de Dios puede expresarse en el silencio de la
humanidad de Jesús.
Porque la naturaleza humana de
Jesús es toda entera sacramento, es toda entera despojada de sí misma, no puede
guardar nada para sí misma, es totalmente la hostia viva, el signo en que Dios
se revela y se comunica personalmente. Y esta humanidad en estado de absoluta
pobreza, deja pasar la Palabra
eterna sin mezclarle nada de sí misma, sin disminuirla, sin limitarla, y a
través de ella somos introducidos en la luz del eterno Amor. A condición de
tomar las palabras del mismo Jesús como sacramentos, pues sus palabras no son
palabras cuyo sentido buscamos en el diccionario, sino palabras vivas, palabras
en las cuales percibimos los latidos de Su corazón, palabras que quieren
introducirnos en el diálogo del eterno amor.
Por eso la liturgia nos invita al
silencio, porque es para nosotros la condición de toda inteligencia y de toda
iniciación a la verdad. Santiago habla de la lengua como el timón de una nave:
el timón es de por sí un órgano muy pequeño en la inmensidad de la nave y sin
embargo es lo que le da dirección, y sin timón la nave estaría condenada a
perderse. La lengua es el timón, quiera el cielo que la controlemos
sólidamente, de lo contrario, la lengua se convierte, como dice Santiago, en
verdadero veneno.
Por eso nuestra palabra debe
nacer del silencio; por eso, como dice magníficamente san Ignacio de Antioquía,
“ser sin hablar es mejor que hablar sin ser”. Y él, estando en camino hacia el
martirio, pedía que lo dejaran convertirse por fin en verdadera palabra de Dios
por medio del martirio.
Ustedes son sensibles a la
música, sienten que en dos o tres medidas de Dinu Lipatti o de Clara Haskil, cada
nota es la joya del silencio, y respiran el silencio y se sienten bien en él, y
comunican a través de él con una Presencia que es la Vida de su vida. Y es
justamente a esas nupcias del silencio a lo que Dios nos invita.
Recuerdo siempre con admiración
que en Paris, al monasterio de las benedictinas venía gente de todas partes
para participar en la liturgia, en una capilla por otra parte totalmente
ordinaria y realmente sin belleza, pero donde los oficios eran verdaderamente
irradiación del silencio. Y cuando yo preguntaba “¿Porqué esta afluencia de
artistas, de escritores, de hombres de teatro, porqué vienen de todos los
horizontes a esta capilla?” la única respuesta que podía explicar ese milagro
era que en ese monasterio el silencio era Alguien. Era una Presencia porque
todo el mundo lo vivía, porque a través del silencio la liturgia se convertía
también en Alguien, se convertía en Presencia tan sensible que seres
completamente despegados de toda fe quedaba captados desde las primeras notas
porque se sentían introducidos en un diálogo conmovedor que los arrojaba al
centro de su intimidad profunda.
En este año que termina, en este
año que ha visto crecer magníficamente el movimiento ecuménico por impulso del
gran Papa que es Juan XXIII, no podríamos mejor entrar en el año nuevo que bajo
los auspicios del silencio. Porque como vimos, no fue con discusiones como los
cristianos de diferentes denominaciones se acercaron, sino orando juntos,
escuchando juntos, dejándose instruir directamente por el Verbo de Dios, por la Palabra eterna que brota
del silencio.
Es muy difícil retirar una
palabra que se ha dicho, por eso es mejor, es más seguro escuchar, como decía
el gran cardenal Newman: “Jamás me arrepentí de haber callado, pero a veces sí
de haber hablado”.
Si queremos pues entrar al centro
de la verdad, si queremos recibir toda la luz del nacimiento de Cristo, debemos
reservar cada día un momento de recogimiento, escuchando un hermoso disco,
escuchando el murmullo de la naturaleza, escuchando las risas de un niño,
escuchando el ruido de las olas al bordo del lago, dejándonos invadir por los
espectáculos de belleza que se nos prodigan tan frecuentemente en este
magnífico país, debemos darnos cada día al menos cinco minutos de silencio.
Porque si sabemos escuchar, aprenderemos infinitamente, y nuestra mente,
nuestro corazón, será un espacio capaz de escuchar la palabra de los demás sin
limitarla ni deformarla.
Jamás sabremos todos los milagros
que puede realizar el silencio que es justamente espacio de generosidad y de
amor. Y puesto que la liturgia en que participamos esta noche nos encamina
hacia el encuentro…”. (Incompleto) (M. ZUNDEL, Lausana 30 de diciembre de
1962).
21/07/09 - La PALABRA nace del SILENCIO.
Nuestra Señora del Valentín, Lausana, domingo 30 de diciembre de 1962
(Grabación incompleta). “La noche
invita al sueño, también invita al silencio, y justamente la liturgia de hoy
comienza por una invitación al silencio: “Cuando toda la naturaleza, cuando
todo el Universo estaba en medio del silencio, Tu Palabra, Señor, se lanzó del
trono real”. Así, en el silencio estalla la revelación definitiva de la Sabiduría y del Amor de
Dios en el nacimiento de Jesucristo. En el silencio es donde la Palabra eterna, la Palabra que es el Verbo, la Palabra que es el Hijo,
una Palabra translúcida, una Palabra incorruptible, porque el Verbo se eclipsa
totalmente en el Padre, porque solo expresa al Padre, porque es lo “dicho” del
Padre, porque en Él solo está la
Luz del Padre. Y esta Palabra en estado de Pobreza, en estado
de dimisión, esta Palabra eternamente silenciosa es también la que contiene
toda Verdad. ¿Qué es, en efecto, la
Verdad sino la
Luz del Amor? En el Amor hay luz CUANDO EL AMOR ES REALMENTE
AMOR, cuando el amor es pura generosidad, cuando el amor no está apegado a sí
mismo, cuando el amor es espacio y acogida, entonces hay luz, y la Palabra eterna salida del
silencio en la eternidad de Dios puede expresarse en el silencio de la
humanidad de Jesús.
Porque la naturaleza humana de
Jesús es toda entera sacramento, es toda entera despojada de sí misma, no puede
guardar nada para sí misma, es totalmente la hostia viva, el signo en que Dios
se revela y se comunica personalmente. Y esta humanidad en estado de absoluta
pobreza, deja pasar la Palabra
eterna sin mezclarle nada de sí misma, sin disminuirla, sin limitarla, y a
través de ella somos introducidos en la luz del eterno Amor. A condición de
tomar las palabras del mismo Jesús como sacramentos, pues sus palabras no son
palabras cuyo sentido buscamos en el diccionario, sino palabras vivas, palabras
en las cuales percibimos los latidos de Su corazón, palabras que quieren
introducirnos en el diálogo del eterno amor.
Por eso la liturgia nos invita al
silencio, porque es para nosotros la condición de toda inteligencia y de toda
iniciación a la verdad. Santiago habla de la lengua como el timón de una nave:
el timón es de por sí un órgano muy pequeño en la inmensidad de la nave y sin
embargo es lo que le da dirección, y sin timón la nave estaría condenada a
perderse. La lengua es el timón, quiera el cielo que la controlemos
sólidamente, de lo contrario, la lengua se convierte, como dice Santiago, en
verdadero veneno.
Por eso nuestra palabra debe
nacer del silencio; por eso, como dice magníficamente san Ignacio de Antioquía,
“ser sin hablar es mejor que hablar sin ser”. Y él, estando en camino hacia el
martirio, pedía que lo dejaran convertirse por fin en verdadera palabra de Dios
por medio del martirio.
Ustedes son sensibles a la
música, sienten que en dos o tres medidas de Dinu Lipatti o de Clara Haskil, cada
nota es la joya del silencio, y respiran el silencio y se sienten bien en él, y
comunican a través de él con una Presencia que es la Vida de su vida. Y es
justamente a esas nupcias del silencio a lo que Dios nos invita.
Recuerdo siempre con admiración
que en Paris, al monasterio de las benedictinas venía gente de todas partes
para participar en la liturgia, en una capilla por otra parte totalmente
ordinaria y realmente sin belleza, pero donde los oficios eran verdaderamente
irradiación del silencio. Y cuando yo preguntaba “¿Porqué esta afluencia de
artistas, de escritores, de hombres de teatro, porqué vienen de todos los
horizontes a esta capilla?” la única respuesta que podía explicar ese milagro
era que en ese monasterio el silencio era Alguien. Era una Presencia porque
todo el mundo lo vivía, porque a través del silencio la liturgia se convertía
también en Alguien, se convertía en Presencia tan sensible que seres
completamente despegados de toda fe quedaba captados desde las primeras notas
porque se sentían introducidos en un diálogo conmovedor que los arrojaba al
centro de su intimidad profunda.
En este año que termina, en este
año que ha visto crecer magníficamente el movimiento ecuménico por impulso del
gran Papa que es Juan XXIII, no podríamos mejor entrar en el año nuevo que bajo
los auspicios del silencio. Porque como vimos, no fue con discusiones como los
cristianos de diferentes denominaciones se acercaron, sino orando juntos,
escuchando juntos, dejándose instruir directamente por el Verbo de Dios, por la Palabra eterna que brota
del silencio.
Es muy difícil retirar una
palabra que se ha dicho, por eso es mejor, es más seguro escuchar, como decía
el gran cardenal Newman: “Jamás me arrepentí de haber callado, pero a veces sí
de haber hablado”.
Si queremos pues entrar al centro
de la verdad, si queremos recibir toda la luz del nacimiento de Cristo, debemos
reservar cada día un momento de recogimiento, escuchando un hermoso disco,
escuchando el murmullo de la naturaleza, escuchando las risas de un niño,
escuchando el ruido de las olas al bordo del lago, dejándonos invadir por los
espectáculos de belleza que se nos prodigan tan frecuentemente en este
magnífico país, debemos darnos cada día al menos cinco minutos de silencio.
Porque si sabemos escuchar, aprenderemos infinitamente, y nuestra mente,
nuestro corazón, será un espacio capaz de escuchar la palabra de los demás sin
limitarla ni deformarla.
Jamás sabremos todos los milagros
que puede realizar el silencio que es justamente espacio de generosidad y de
amor. Y puesto que la liturgia en que participamos esta noche nos encamina
hacia el encuentro…”. (Incompleto) (M. ZUNDEL, Lausana 30 de diciembre de
1962).