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22/07/09 – Darle nuestra vida a Dios que nos dio la Suya.

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M. Zundel – Nuestra Señora del Valentín, Lausana domingo 30 de diciembre de 1962 

Todos ustedes han oído hablar de esos sabios que exploran los fondos submarinos, los profesores Piccard, padre e hijo, el comandante Cousteau, o el ingeniero Relier, todos esos hombres de ciencia han tratado de escrutar los secretos del mar. Y lo que han podido ya reportar nos deslumbra, nos fascina, nos maravilla: hay en el fondo de los océanos una vida extraordinaria, hay unos colores increíbles, hay bellezas indescriptibles.

Y sin embargo hay algo infinitamente más patético que los fondos submarinos, y es el secreto de nuestra vida. Porque no se ha ido jamás hasta el fondo el alma humana. Es al hombre al que menos conocemos. Mientras estamos a punto de salir de la tierra, de ir hacia los astros, de superar por todas partes nuestro pequeño planeta, hay en este mundo, en este mundo de todos los días, en este mundo vivo, una inmensa incógnita: nosotros. Y por no haber ido hacia el conocimiento de nosotros mismos, ningún problema ha podido encontrar solución definitiva.

Decimos "Creo en Dios", y ¿qué quiere decir creo en Dios si no podemos añadir "Creo en el hombre"? ¿En efecto, dónde encontrar a Dios sino en el hombre, y cómo descubrirlo en el hombre si no llegamos al hombre?

Había en Londres un dominicano célebre, célebre por su humor, por su virtud, también por su sabiduría, y ese dominicano tenía costumbre de exponer el Evangelio de Jesucristo cada domingo en un parque de Londres. Es costumbre en Inglaterra, como ustedes saben, y en Londres en particular, permitir a cualquiera levantar una tribuna en un parque para anunciar sus convicciones. Aprovechando de esta libertad que tienen todos, El P. Mac Nabb exponía domingo tras domingo el evangelio de Jesucristo. Y entre el pequeño grupo de auditores reunidos alrededor de su cátedra, había un delegado del librepensamiento que venía sólo para boicotearlo, es decir para hacer ruido, para proponer objeciones a cada instante, a fin de impedirle hablar y llegar hasta el final de su discurso. Naturalmente, no había modo de deshacerse del contradictor pues la violencia habría sido un argumento absolutamente contrario al evangelio que se trataba de exponer.

Llegando a Hyde Park, el P. Mac Nabb apercibe al contradictor, ya en posición de contradicción. Entonces se le acerca, se arrodilla ante él y le besa los pies. Era el gesto de nuestro Señor después de la Cena. Ahí terminó una vez por todas: el contradictor no volvió jamás. Hasta el fondo de su ser, había comprendido que lo anunciado por el P. Mac Nabb no era un evangelio lejano, un evangelio extranjero al hombre, sino al contrario un evangelio que concernía al hombre, que hacía descubrir en el hombre un tesoro infinitamente más precioso que todo lo que podemos descubrir en los fondos submarinos.

"El cielo, dice el Papa san Gregorio, el cielo es el alma del justo". Qué asombrosas palabras y qué magníficas: El cielo es el alma del justo. No se trata sino de descubrir precisamente dentro de nosotros el cielo que llevamos y en el cual, si hacemos silencio adentro, podemos encontrar el rostro adorable del eterno amor. Pero ahí está el problema: pusimos a Dios más allá de las estrellas, vemos a Dios como un ser lejano que nos aburre o nos da miedo y no sabemos que Dios es el secreto de nuestro corazón. No podemos encontrarnos sin pasar por Él, no podemos llegar hasta nosotros sin encontrarnos con Él. Y por eso, para el cristiano es lo mismo decir "Creo en Dios" Y "Creo en el hombre", porque Dios es la gloria del hombre como el hombre es la gloria de Dios. Dios no puede revelarse, no puede manifestarse en nuestra historia sino a través de nosotros, lo mismo que nosotros no podemos realizarnos, llegar hasta nosotros, sin pasar por Él.

Cada día tengo más la impresión de que somos idólatras, de que nuestra religión es totalmente exterior, que es un tejido de costumbres, de tradiciones muertas y de vanas seguridades y de que no sentimos todo lo que hay en el Evangelio de nuevo, de revolucionario, de actual, de maravilloso, no percibimos en el mensaje de Jesucristo la dimensión nueva que nos revela a nosotros mismos y permanecemos extranjeros a nuestro corazón, como lo permanecemos para el corazón de los demás.

¿De qué nos sirve que Jesucristo haya nacido en Belén si no nace dentro de nosotros? No vino a Belén para que se perpetuara a lo largo de toda la historia de ese acontecimiento. Vino a Belén para establecer su morada en lo más íntimo de nosotros, a fin de que cada uno sea el santuario del Dios vivo.

Nos da espanto pensar que mientras tenemos cierto respeto por la iglesia de piedras, por la Iglesia edificio en que estamos ahora, nos da espanto pensar que tenemos menos respeto por nosotros mismos que por un edificio. Pues finalmente el verdadero santuario somos nosotros. El verdadero lugar del nacimiento de Jesús es nuestro corazón, y el único modo de encontrar a Dios es recogernos hasta que lleguemos, en el más profundo silencio, a lo más profundo de nosotros mismos. Ese es el gran descubrimiento: Dios y el hombre constituyen una misma y única vida. Dios y el hombre son inseparables. Y es imposible encontrar al hombre sin descubrir a Dios, y viceversa.

Hay almas heroicas que dan su vida para salvar la vida de sus hermanos. Recuerdo ese médico admirable de San Esteban, cuyo hijo acababa de hacer la primera comunión, recuerdo la conversación con ese médico la noche misma en que reunía a los familiares de los niños comulgantes. Y tres días después, llamado a la cabecera de un enfermo cuando él mismo ya no podía más tanto era el nivel de agotamiento a que había llegado, fue donde el enfermo, le dio los remedios adecuados, hizo la pequeña operación que se imponía, y habiendo terminado su trabajo cayó muerto a la cabecera del enfermo que él mismo acababa de salvar. Acababa de salvarlo a él, y ¿para qué? ¿Qué ha hecho de su vida ese enfermo desde entonces? El médico dio su vida por una vida, porque veía en ella un tesoro infinito. Y eso es justamente de lo que debemos tomar conciencia: nuestra vida es un tesoro infinito, el cielo está en nuestra alma, y no podemos ser cristianos sino dando a la vida una grandeza y una belleza tales que aparezca verdaderamente como el santuario de Dios. Y eso es lo que debemos pedir esta mañana a nuestro Señor, al Dios que vino a decirnos el secreto del hombre, queremos pedirle que nos conduzca hasta nosotros mismos, que nos enseñe a descubrir todas las dimensiones de la existencia para hacer de nuestra vida una obra maestra de luz y de amor.

Así responderemos al regalo de Dios, y el más hermoso aguinaldo que podamos dar al Señor es precisamente hacer de nuestra vida algo suficientemente hermoso, algo suficientemente grande, suficientemente noble, como para que sea digna de serle ofrecida a Él como respuesta de amor al Amor infinito que es Él.

Mauricio Zundel, Nuestra Señora de Lausana, 30 de diciembre de 1962. "Ta Parole comme une source" (Tu Palabra como fuente), Anne Sigier, p. 86-89.

 

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