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M. Zundel – Nuestra
Señora del Valentín, Lausana domingo 30 de diciembre de 1962
Todos ustedes han oído hablar de
esos sabios que exploran los fondos submarinos, los profesores Piccard, padre e
hijo, el comandante Cousteau, o el ingeniero Relier, todos esos hombres de
ciencia han tratado de escrutar los secretos del mar. Y lo que han podido ya
reportar nos deslumbra, nos fascina, nos maravilla: hay en el fondo de los
océanos una vida extraordinaria, hay unos colores increíbles, hay bellezas
indescriptibles.
Y sin embargo hay algo
infinitamente más patético que los fondos submarinos, y es el secreto de
nuestra vida. Porque no se ha ido jamás hasta el fondo el alma humana. Es al
hombre al que menos conocemos. Mientras estamos a punto de salir de la tierra,
de ir hacia los astros, de superar por todas partes nuestro pequeño planeta,
hay en este mundo, en este mundo de todos los días, en este mundo vivo, una
inmensa incógnita: nosotros. Y por no haber ido hacia el conocimiento de
nosotros mismos, ningún problema ha podido encontrar solución definitiva.
Decimos "Creo en Dios",
y ¿qué quiere decir creo en Dios si no podemos añadir "Creo en el
hombre"? ¿En efecto, dónde encontrar a Dios sino en el hombre, y cómo
descubrirlo en el hombre si no llegamos al hombre?
Había en Londres un dominicano
célebre, célebre por su humor, por su virtud, también por su sabiduría, y ese
dominicano tenía costumbre de exponer el Evangelio de Jesucristo cada domingo
en un parque de Londres. Es costumbre en Inglaterra, como ustedes saben, y en
Londres en particular, permitir a cualquiera levantar una tribuna en un parque
para anunciar sus convicciones. Aprovechando de esta libertad que tienen todos,
El P. Mac Nabb exponía domingo tras domingo el evangelio de Jesucristo. Y entre
el pequeño grupo de auditores reunidos alrededor de su cátedra, había un
delegado del librepensamiento que venía sólo para boicotearlo, es decir para
hacer ruido, para proponer objeciones a cada instante, a fin de impedirle
hablar y llegar hasta el final de su discurso. Naturalmente, no había modo de
deshacerse del contradictor pues la violencia habría sido un argumento
absolutamente contrario al evangelio que se trataba de exponer.
Llegando a Hyde Park, el P. Mac
Nabb apercibe al contradictor, ya en posición de contradicción. Entonces se le
acerca, se arrodilla ante él y le besa los pies. Era el gesto de nuestro Señor
después de la Cena. Ahí terminó una vez por todas: el contradictor no volvió
jamás. Hasta el fondo de su ser, había comprendido que lo anunciado por el P.
Mac Nabb no era un evangelio lejano, un evangelio extranjero al hombre, sino al
contrario un evangelio que concernía al hombre, que hacía descubrir en el
hombre un tesoro infinitamente más precioso que todo lo que podemos descubrir
en los fondos submarinos.
"El cielo, dice el Papa san
Gregorio, el cielo es el alma del justo". Qué asombrosas palabras y qué magníficas:
El cielo es el alma del justo. No se trata sino de descubrir precisamente
dentro de nosotros el cielo que llevamos y en el cual, si hacemos silencio
adentro, podemos encontrar el rostro adorable del eterno amor. Pero ahí está el
problema: pusimos a Dios más allá de las estrellas, vemos a Dios como un ser
lejano que nos aburre o nos da miedo y no sabemos que Dios es el secreto de
nuestro corazón. No podemos encontrarnos sin pasar por Él, no podemos llegar
hasta nosotros sin encontrarnos con Él. Y por eso, para el cristiano es lo
mismo decir "Creo en Dios" Y "Creo en el hombre", porque Dios
es la gloria del hombre como el hombre es la gloria de Dios. Dios no puede
revelarse, no puede manifestarse en nuestra historia sino a través de nosotros,
lo mismo que nosotros no podemos realizarnos, llegar hasta nosotros, sin pasar
por Él.
Cada día tengo más la impresión
de que somos idólatras, de que nuestra religión es totalmente exterior, que es
un tejido de costumbres, de tradiciones muertas y de vanas seguridades y de que
no sentimos todo lo que hay en el Evangelio de nuevo, de revolucionario, de
actual, de maravilloso, no percibimos en el mensaje de Jesucristo la dimensión
nueva que nos revela a nosotros mismos y permanecemos extranjeros a nuestro
corazón, como lo permanecemos para el corazón de los demás.
¿De qué nos sirve que Jesucristo
haya nacido en Belén si no nace dentro de nosotros? No vino a Belén para que se
perpetuara a lo largo de toda la historia de ese acontecimiento. Vino a Belén
para establecer su morada en lo más íntimo de nosotros, a fin de que cada uno
sea el santuario del Dios vivo.
Nos da espanto pensar que
mientras tenemos cierto respeto por la iglesia de piedras, por la Iglesia
edificio en que estamos ahora, nos da espanto pensar que tenemos menos respeto
por nosotros mismos que por un edificio. Pues finalmente el verdadero santuario
somos nosotros. El verdadero lugar del nacimiento de Jesús es nuestro corazón,
y el único modo de encontrar a Dios es recogernos hasta que lleguemos, en el
más profundo silencio, a lo más profundo de nosotros mismos. Ese es el gran
descubrimiento: Dios y el hombre constituyen una misma y única vida. Dios y el
hombre son inseparables. Y es imposible encontrar al hombre sin descubrir a
Dios, y viceversa.
Hay almas heroicas que dan su
vida para salvar la vida de sus hermanos. Recuerdo ese médico admirable de San
Esteban, cuyo hijo acababa de hacer la primera comunión, recuerdo la
conversación con ese médico la noche misma en que reunía a los familiares de
los niños comulgantes. Y tres días después, llamado a la cabecera de un enfermo
cuando él mismo ya no podía más tanto era el nivel de agotamiento a que había
llegado, fue donde el enfermo, le dio los remedios adecuados, hizo la pequeña
operación que se imponía, y habiendo terminado su trabajo cayó muerto a la
cabecera del enfermo que él mismo acababa de salvar. Acababa de salvarlo a él,
y ¿para qué? ¿Qué ha hecho de su vida ese enfermo desde entonces? El médico dio
su vida por una vida, porque veía en ella un tesoro infinito. Y eso es
justamente de lo que debemos tomar conciencia: nuestra vida es un tesoro
infinito, el cielo está en nuestra alma, y no podemos ser cristianos sino dando
a la vida una grandeza y una belleza tales que aparezca verdaderamente como el
santuario de Dios. Y eso es lo que debemos pedir esta mañana a nuestro Señor,
al Dios que vino a decirnos el secreto del hombre, queremos pedirle que nos
conduzca hasta nosotros mismos, que nos enseñe a descubrir todas las
dimensiones de la existencia para hacer de nuestra vida una obra maestra de luz
y de amor.
Así responderemos al regalo de
Dios, y el más hermoso aguinaldo que podamos dar al Señor es precisamente hacer
de nuestra vida algo suficientemente hermoso, algo suficientemente grande,
suficientemente noble, como para que sea digna de serle ofrecida a Él como
respuesta de amor al Amor infinito que es Él.
Mauricio Zundel, Nuestra Señora
de Lausana, 30 de diciembre de 1962. "Ta Parole comme une source" (Tu Palabra como
fuente),
Anne Sigier, p. 86-89.