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Nuestra Señora del
Valentín, Lausana, domingo 30 de diciembre de 1962. (Fin)
¡Cuando vemos la Cruz no debemos
olvidar el precio infinito que Cristo le pone a nuestra vida! Todo el
cristianismo es esto: la afirmación colosal de la grandeza y de la dignidad de
la vida. Y el arrodillamiento de Cristo
para el lavatorio de los pies es
precisamente la canonización de la libertad humana, libertad siempre
posible y que se debe realizar para llegar hasta nosotros mismos y para
establecer el Reino de Dios. Hay en nosotros tanta grandeza que Dios mismo no
podría disponer de ella, pues Dios solo puede dar Su Vida para hacernos conocer
esa grandeza e invitarnos a realizarla.
Por eso es imposible que abordemos
el año nuevo, habiendo asumido la responsabilidad de todas nuestras derrotas y
de todas nuestras ausencias, nos parece imposible abordar el año nuevo sin
desear alcanzar por fin la grandeza humana. Es la única manera que tenemos de
entrar en la Historia como creadores de la Historia, la única manera de
responder a la invitación de Jesucristo el cual nos hace el crédito formidable
de su Pasión y mide nuestra libertad a la medida de Su Cruz.
No se trata pues de
refugiarnos en nuestros infantilismos, de hacernos pequeños y miserables, ni siquiera delante de Dios, como si el gozo de Dios estuviera en
vernos reducidos a nada, sino al contario, se trata de vernos como el papa San
León nos exhorta en la noche de Navidad, se trata de reconocer nuestra dignidad
y de no volver a la cobardía de nuestra antigua manera de vivir.
En el centro del Evangelio hay un
inmenso llamado a la grandeza, y respondiendo a este llamado podremos considerar
un porvenir humano digno de Dios y digno de nosotros.
Pero queda perfectamente claro
que no podemos esperar la paz si no la merecemos, es decir, si mantenemos en
nuestra vida personal, en el medio familiar o profesional los fermentos de
odios, de rivalidades, de oposición, de ambiciones que, a escala internacional,
se traducen inevitablemente por la guerra.
En la medida en que nuestra vida
sea garantía de la paz, en la medida en que la paz irradie a través de todo
nuestro ser, en la medida en que los que
nos rodean puedan respirar en nosotros la paz de Dios, en esa medida estará
asegurada verdaderamente la paz del mundo, porque no podrá depender siempre
de la prudencia, de la sabiduría, de la virtud o de la simple habilidad de dos
hombres que son más clarividentes sobre el peligro de una guerra total. Será
necesario que los hombres todos juntos tomen en mano su destino, hagan la
guerra totalmente imposible por haber dado a la vida un rostro de belleza, de
dignidad y de nobleza tales que se imponga a todos como un tesoro inalienable
que es el bien común entre todos.
Delante de Dios esa me parece que
debería ser la conclusión de este año y el comienzo del año que viene. Ya no
podemos simplemente gloriarnos de los acontecimientos felices, de los
descubrimientos geniales, de las acciones heroicas realizadas por otros, sin
asumir la responsabilidad de toda la sangre derramada, de todos los crímenes
cometidos, de todas las catástrofes que han caído sobre otros y que nos fueron
ahorradas. Somos solidarios del mal tanto como del bien, y somos
particularmente responsables a título de cristianos y de corredentores, pero,
como ya no se trata de lamentarnos por lo que no hemos hecho, sino de cambiar
de actitud, nuestra contrición solo tendrá sentido si se transforma en un
propósito de grandeza y si entramos en el año nuevo con la firme resolución de ser finalmente hombres, de ser fuente y origen, de
ser creadores y de transfigurar la vida en nosotros, alrededor de nosotros,
en el hogar, en la profesión, en la ciudad, para que aparezca a todos como el
don más alto de Dios, como la comunicación misma de Su Luz, como el don de Su
Amor.
Que esa sea nuestra ofrenda en
esta liturgia en que el Señor se ofrece con y por nosotros, que sea esa nuestra
súplica, pero que sea sobre todo esa nuestra decisión: Señor, ayúdame a ser por fin hombre, a hacer de mi vida un espacio
ilimitado en que el mundo entero pueda ser acogido, donde toda criatura se
sienta ennoblecida, donde se respire finalmente Tu Presencia".
(Ta
Parole comme une source" Anne Sigier, pp. 90-94)