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25/07/09 - ¡Que viva la VIDA!

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Nuestra Señora del Valentín, Lausana, domingo 30 de diciembre de 1962. (Fin)

¡Cuando vemos la Cruz no debemos olvidar el precio infinito que Cristo le pone a nuestra vida! Todo el cristianismo es esto: la afirmación colosal de la grandeza y de la dignidad de la vida. Y el arrodillamiento de Cristo para el lavatorio de los pies es precisamente la canonización de la libertad humana, libertad siempre posible y que se debe realizar para llegar hasta nosotros mismos y para establecer el Reino de Dios. Hay en nosotros tanta grandeza que Dios mismo no podría disponer de ella, pues Dios solo puede dar Su Vida para hacernos conocer esa grandeza e invitarnos a realizarla.

Por eso es imposible que abordemos el año nuevo, habiendo asumido la responsabilidad de todas nuestras derrotas y de todas nuestras ausencias, nos parece imposible abordar el año nuevo sin desear alcanzar por fin la grandeza humana. Es la única manera que tenemos de entrar en la Historia como creadores de la Historia, la única manera de responder a la invitación de Jesucristo el cual nos hace el crédito formidable de su Pasión y mide nuestra libertad a la medida de Su Cruz.

No se trata pues de refugiarnos en nuestros infantilismos, de hacernos pequeños y miserables, ni siquiera delante de Dios, como si el gozo de Dios estuviera en vernos reducidos a nada, sino al contario, se trata de vernos como el papa San León nos exhorta en la noche de Navidad, se trata de reconocer nuestra dignidad y de no volver a la cobardía de nuestra antigua manera de vivir.

En el centro del Evangelio hay un inmenso llamado a la grandeza, y respondiendo a este llamado podremos considerar un porvenir humano digno de Dios y digno de nosotros.

Pero queda perfectamente claro que no podemos esperar la paz si no la merecemos, es decir, si mantenemos en nuestra vida personal, en el medio familiar o profesional los fermentos de odios, de rivalidades, de oposición, de ambiciones que, a escala internacional, se traducen inevitablemente por la guerra.

En la medida en que nuestra vida sea garantía de la paz, en la medida en que la paz irradie a través de todo nuestro ser, en la medida en que los que nos rodean puedan respirar en nosotros la paz de Dios, en esa medida estará asegurada verdaderamente la paz del mundo, porque no podrá depender siempre de la prudencia, de la sabiduría, de la virtud o de la simple habilidad de dos hombres que son más clarividentes sobre el peligro de una guerra total. Será necesario que los hombres todos juntos tomen en mano su destino, hagan la guerra totalmente imposible por haber dado a la vida un rostro de belleza, de dignidad y de nobleza tales que se imponga a todos como un tesoro inalienable que es el bien común entre todos.

Delante de Dios esa me parece que debería ser la conclusión de este año y el comienzo del año que viene. Ya no podemos simplemente gloriarnos de los acontecimientos felices, de los descubrimientos geniales, de las acciones heroicas realizadas por otros, sin asumir la responsabilidad de toda la sangre derramada, de todos los crímenes cometidos, de todas las catástrofes que han caído sobre otros y que nos fueron ahorradas. Somos solidarios del mal tanto como del bien, y somos particularmente responsables a título de cristianos y de corredentores, pero, como ya no se trata de lamentarnos por lo que no hemos hecho, sino de cambiar de actitud, nuestra contrición solo tendrá sentido si se transforma en un propósito de grandeza y si entramos en el año nuevo con la firme resolución de ser finalmente hombres, de ser fuente y origen, de ser creadores y de transfigurar la vida en nosotros, alrededor de nosotros, en el hogar, en la profesión, en la ciudad, para que aparezca a todos como el don más alto de Dios, como la comunicación misma de Su Luz, como el don de Su Amor.

Que esa sea nuestra ofrenda en esta liturgia en que el Señor se ofrece con y por nosotros, que sea esa nuestra súplica, pero que sea sobre todo esa nuestra decisión: Señor, ayúdame a ser por fin hombre, a hacer de mi vida un espacio ilimitado en que el mundo entero pueda ser acogido, donde toda criatura se sienta ennoblecida, donde se respire finalmente Tu Presencia".

(Ta Parole comme une source" Anne Sigier, pp. 90-94)

 

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