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Nuestra Sra. del
Valentín, Lausana, 21de enero de 1960. 3r domingo después de Epifanía: domingo de la Unidad.
El anuncio de un Concilio, como ustedes saben,
ha despertado inmensas esperanzas, y un inmenso movimiento
de oraciones de todas partes ha hecho converger una multitud de almas de buena
voluntad en intercesión por la Unidad de la Cristiandad. Nosotros, en el
seno de la Iglesia Católica, lo más útil que podemos hacer para sostener esas
esperanzas y realizarlas, es meditar el capítulo 16 de San Mateo.
El cap. 16 de San Mateo
contiene las famosas palabras repetidas con tanta frecuencia: "Tú eres
Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia". Pero, unos versículos después, el mismo capítulo
contiene las palabras sorprendentes que Jesús dirige
a Pedro: "Lejos de mí, Satanás, porque tienes pensamientos de hombre y no
de Dios". Nada más patético que poner juntas esas dos frases: "Tú
eres Pedro" y "Lejos de mí, Satanás". ¿Cómo puede el mismo
hombre ser a la vez Pedro, es decir la Roca, el símbolo de todo lo más firme,
inconmovible que existe, y al mismo tiempo ser Satanás, símbolo de todo lo que hay
de más inestable y tenebroso?
Nuestro Señor fue el que le
dio a Pedro el sobrenombre de Pedro, pues en realidad se llamaba Simón, Simón,
hijo de Jonás. Jesús lo llamó Pedro para significar el papel que debería jugar,
pero no se hacía ilusiones sobre su valor y sus debilidades, y sabía
perfectamente bien que como todo hombre, era capaz a la vez de bien y de mal.
Si lo llamó Pedro, si hizo de él la roca, fue en el sentido extremamente
preciso de querer preservar a los demás de las fallas de Pedro, o mejor, de
Simón, hijo de Jonás. Simón, hijo de Jonás es un hombre como los demás. Simón,
hijo de Jonás, si sigue sus negocios, si quiere realizar sus propias
ambiciones, pues soñaba justamente con sentarse en un trono y participar con
Jesús en una conquista maravillosa en que estaría en primera línea, Simón hijo
de Jonás puede alimentar esos pensamientos… Pedro será preservado de ello, es
decir que en su función apostólica, no podrá jamás arrastrar a los demás en sus
fallas, no podrá jamás disminuir y limitar por sus propias fallas toda la
amplitud y toda la belleza y toda la santidad del mensaje y de la presencia de
Jesús.
Y llegamos a descubrir aquí
un extraño poder, que es todo el poder de la Iglesia en cuanto que la Iglesia
está compuesta de hombres, todo el poder de la Iglesia es no poder nada, no
poder nada contra Cristo, no poder nada para disminuir la luz y la belleza y la
grandeza de Cristo, no poder sino rendir indefectiblemente testimonio a Jesús.
Y aunque es miserable, aunque es pecador, aunque quisiera, el hombre no puede
arrastrar a los demás en sus fallas porque en su función de Pedro está constituido
como puro sacramento. Ese es todo el misterio de la Iglesia.
En la Iglesia está Jesús.
Jesús que se presenta a Saulo a las puertas de Damasco, que se identifica con
la Comunidad de los Apóstoles, diciendo: "Yo soy Jesús". Esta
comunidad soy yo. Y esencialmente eso es lo que hay que retener: La Iglesia es
Jesús. Y todo lo que no es Jesús es únicamente Sacramento, que representa y
comunica a Jesús. Y si el sacramento es infalible, eso quiere decir justamente
que los hombres de Iglesia, los papas y los obispos, los sacerdotes, los
confirmados, los bautizados, los comulgantes, todos los miembros de la Iglesia
como tales no son nada, no pueden nada, es decir que no tienen jamás poder de
limitar, de disminuir y falsear el mensaje de Jesús porque son meros sacramentos.
Y no tendrán dificultad de
comprenderlo si recuerdan que el sacerdote que celebra la Misa, sea cual fuere,
si es realmente sacerdote, puede actuar en nombre de la Comunidad, puede
válidamente pronunciar las palabras de la Consagración, puede darles la
Eucaristía, aunque no la viva; y desgraciadamente podemos suponerlo, hay casos,
los hubo ciertamente como Santa Catalina de Siena nos lo revela de manera tan
patética, puede que el sacerdote sea indigno, puede que el fiel que comulga de
su mano esté mucho más cerca de Dios, porque cada uno está cerca de Dios en la
medida de su fidelidad y de su amor. Entonces si el sacerdote es indigno, o si
es menos digno que el fiel, el fiel no debe tener cuenta de él. No está ligado
a las fallas del sacerdote ni a sus límites, porque el sacerdote en la Misa es
mero sacramento.
Pues bien, vale lo mismo
para todos los grados de la jerarquía. Cuando los obispos se reúnen en Concilio
en presencia de Pedro, o cuando Pedro mismo, es decir el Papa, promulga un
dogma en unión, claro está, con toda la Iglesia, los obispos o el Papa son
meros sacramentos y no comprenden el dogma que promulgan mejor que el último de
los fieles, si no tienen una fe y un amor más grandes que él.
Y puede que una mujer
iletrada, un hombre absolutamente ignorante, comprendan mucho más profundamente
el dogma que el Papa o los obispos, si están unidos a Dios de manera más
profunda e intensa. Porque justamente el Papa y los obispos en concilio, como
el sacerdote en la Misa, son meros sacramentos. No son nada por sí mismos,
desaparecen en la persona de Jesús, y su misión está fundada en una
dimisión.
Eso es lo magnífico que hay
en la Iglesia: estamos protegidos contra los límites del hombre, no dependemos
jamás de las fallas humanas, estamos siempre y únicamente orientados hacia
Jesucristo y a Él volvemos ya que la Iglesia es Jesucristo, y todo lo demás
sólo tiene valor de sacramento. Cuando reciben la Santa Comunión, ustedes no
preguntan de qué harina está hecha la hostia que lleva la Presencia de Jesús.
Pues bien, exactamente esa es la actitud de un cristiano ante la jerarquía: en
el fondo, qué importa que sea tal o cual hombre. Ninguno cuenta sino como
sacramento, signo vivo que representa y comunica a Jesucristo, que no puede
jamás imponer a Jesucristo sus límites y sus fallas, de suerte que en la
Iglesia sólo se trata de Jesucristo, siempre, porque en la Iglesia toda misión
se funda en la dimisión porque el poder de la Iglesia es el poder de no poder
nada, sino justamente testimoniar de Jesucristo y darlo.
Es muy importante
recordarnos estas verdades elementales porque es el papel que tenemos que jugar
particularmente: si la unión debe hacerse como lo deseamos con toda el alma,
primero habrá que dar a la jerarquía, dar al misterio de la Iglesia el puro
valor de sacramento. Si se sintiera en nosotros los católicos una dimisión
total, si se sintiera que toda la jerarquía es solo un ensanche inmenso de la
persona de Jesucristo, si se sintiera por doquiera la dimisión a través de la
cual se realiza la misión, si se sintiera que el poder de la Iglesia no es en
absoluto pretensión de nada, que es solo poder de no poder más que eclipsarse
en Jesús y dar testimonio de Él, entonces muchos problemas quedarían resueltos.
En cuanto a nosotros que
estamos aquí, ese es nuestro papel: tenemos que dar a la Iglesia en nuestra
vida el rostro de dimisión, el rostro de pobreza, el rostro de amor que les
permita a los demás sentirse inmediatamente, no delante de nosotros sino
siempre únicamente delante de Jesucristo.
Yo tuve el privilegio de
conocer una admirable priora dominicana, desgraciadamente fallecida este mismo
año, y que llevaba en todo su ser el brillo silencioso de la Presencia de Dios.
Y en su monasterio, dedicado parcialmente a la enseñanza, ella acogía a un profesor
ateo, porque era un ser leal, ella se apoyaba en su lealtad, y acogía
religiosas protestantes que venían a hacer su retiro, monjes ortodoxos que
venían a recogerse, y nunca jamás había en ella el más mínimo deseo de
interferir, de hacer ningún proselitismo, jamás hablaba de Dios, pero respiraba
de tal manera Su Presencia, era tan abierta que la casa parecía a todos los que
entraban como la morada de la luz y del Amor. Y ella hizo infinitamente más
para hacer caer todas las barreras, para superar todas las fronteras que si
hubiera querido afirmar algo. Ella era, en toda su vida, la afirmación de esa
dimisión, de esa transparencia, de esa pobreza.
Pidamos a Dios que los
católicos tengan ese cuidado de dimisión, de presentar al mundo un rostro de
pobreza, que nadie tenga el sentimiento de que pretendemos un poder, sino
justamente, únicamente el poder de no poder nada, que nos eclipsemos en Jesús
para que todo el mundo tenga acceso libre y personal a Él. Pidamos esta noche
esta gracia, y en esta ciudad donde cruzamos tantos amigos y hermanos que no
comparten exactamente nuestros pensamientos, que no se expresan con las mismas
palabras, que pueden estar más o menos cerca del corazón de Jesucristo, y que
están como nosotros animados del mismo espíritu de unidad, tratemos de darles,
mediante nuestra benevolencia, mediante nuestro silencio, mediante nuestro
respeto, nuestra caridad, esta visión del misterio de la Iglesia, a fin de que
sepan que la Iglesia es el corazón de Jesucristo que se da al mundo, que invita
a todos los hombres a devenir en Él una sola vida, una sola persona, que
nadie queda afuera, que todo el mundo está dentro y que la prueba es que
tratamos, muy humildemente, sin hacernos ilusiones respecto de nuestras fallas,
tratamos de seguir a Jesús.
No podemos, no nos
atrevemos a dar testimonio de Él sino no hablando, eclipsándonos en Él,
tratando de ser para los demás, como la admirable priora de que les hablaba, la
sonrisa de Su bondad.
Sí, no hay duda, estaremos
mucho más cerca de la unidad cuando cada uno de nosotros aquí presentes, y
todos los hermanos católicos, cuando cada uno de nosotros vaya al encuentro de
los demás llevando en su corazón el Corazón de Cristo, y llevando a cada uno la
Sonrisa de su bondad.