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Nuestra
Señora del Valentín, Lausana, domingo de sexagésima, 17 de febrero de 1963
Queridos Amigos,
Un cuentista ruso escribió un
cuento que se llama "El verde y el azul", y en el cuento figura una
pareja muy joven, un muchacho de 18 y una joven de 17 años, que creen amarse
con amor eterno. Y luego el tiempo pasa, finalmente se comparan con otros, son
como otros, como tantos otros, como millones de otros. Ella es como otras, como
tantas otras, como millones de otras, y se separan. Y el cuentista concluye:
nada es eterno.
Nada es eterno, claro está, en un
amor que jamás ha sido verdadero amor, porque es evidente que los jóvenes del
relato se gustaban por motivos exteriores y no fueron hasta el centro del alma,
no descubrieron el misterio, es decir la fuente que nunca se agota, es decir
que no vieron la persona a la luz de la persona. No vieron la luz interior, la
luz de adentro, la luz de amor que al mismo tiempo revela la persona y la hace
existir. Para amar eternamente es necesario justamente ir hasta la fuente,
hasta el origen, hasta la identidad profunda, esencial del ser y eso sólo se da
en un amor que ha vencido las primeras impresiones superficiales, que ha
superado todos los automatismos pasionales, y que se funda sobre el intercambio
de Dios, como lo muestra admirablemente San Pablo en la Epístola a los Efesios.
Pues bien, lo que
desgraciadamente se puede comprobar con mucha frecuencia en el amor humano que
termina con tanta frecuencia en divorcio y separación, en que cada uno concluye
que nada es eterno, también se verifica en el terreno de la Fe. La fe que
corresponde a la Palabra de Dios que acabamos de evocar en la parábola
evangélica. Ahí también estamos ante innumerables ilusiones, porque no vemos
que la fe es precisamente una luz interior, una luz de amor que nos hace entrar
en la intimidad de una persona. La fe es una luz de amor que nos hace conocer
una persona a la luz de esa persona.
Por eso hemos confundido la fe
con una especie de obligación que nos somete a objetos. "Hay que admitir
cierto número de proposiciones, extremamente difíciles de concebir además, ¡hay
que suscribir a ellas porque se nos imponen por autoridad divina!" Todas
estas son palabras que hieren, y estropean el alma, como las que pretenden definir
el misterio como enigma incomprensible, como rompe-cabezas chino, en que tratamos
en vano de entender algo.
Esa es una espantosa caricatura
del misterio y de la fe, porque el misterio que afronta la fe, como el que
afronta el amor humano, es precisamente ese misterio, esa fuente de luz que
jamás se agota. Es lo contrario de un límite impuesto a la inteligencia, es un
horizonte ilimitado que le prohíbe a la mente limitarse.
Se trata de conocer una persona,
de entrar en su intimidad, y puesto que se trata de una persona, no hay otro
modo de conocerla sino viéndola en su luz, haciéndose luz en ella, cambiándose
con ella, en una vida de luz. Nada es más sencillo justamente, cuando el
conocimiento se hace nacimiento, cuando el conocimiento es un acontecimiento
espiritual, cuando el conocimiento requiere la pureza del corazón, cuando es
compromiso, cuando es promoción de vida, cuando es diálogo con la verdad; el
conocimiento supone necesariamente el don de sí mismo, supone la promoción
personal, supone el intercambio de sí mismo con otro en la luz del amor, en la
claridad que ilumina todas las cosas por dentro, como solo puede hacerlo el
amor.
Y esto vale en todos los
dominios, El sabio no llega a la contemplación, no conoce, no degusta
plenamente el gozo del conocimiento sino en el momento preciso en que ya no ve
las cosas desde afuera, en que las capta con la mente y el corazón, en que
comienza a vivir en él como una fuente de luz y en que su mirada ya no se
limita a un objeto porque está en presencia de alguien con quien se
intercambia. Esa es justamente la característica esencial de la fe que
corresponde a la Palabra de Dios, es una iluminación interior, una iluminación
de amor que revela un rostro que nos introduce en la intimidad de alguien,
sacándonos de nuestros límites y haciéndonos transformar en luz en ese alguien.
Cuantas sandeces se han dicho
sobre la Trinidad, tratando de mostrar que la Trinidad, tres personas en un
solo Dios, es algo a la vez incomprensible y no contradictorio, sobre lo cual
es necesario establecer laboriosamente la no contradicción, mientras que para
la fe, es decir para la experiencia mística, nada es más sencillo: la Trinidad significa
que Dios no es alguien que se mira a sí mismo, que torna sobre sí mismo, que
está lleno de sí mismo, sino al contrario, alguien que se da. Eso quiere decir
que Dios no es solitario, no está ante un rostro en el que se repetiría en un
narcisismo pavoroso.
El Padre está ante el Hijo, el
Hijo ante el Padre, en el beso del Espíritu Santo. Es decir que la Vida de Dios
es comunión, respiración de amor, despojamiento, inocencia, infancia eterna,
nacimiento inagotable, novedad que brota sin cesar, pobreza insuperable en fin
como lo adivinó tan maravillosamente San Francisco. Se ha hecho de la fe una
obligación. ¡Y no! No es obligación, es exigencia, y eso es totalmente
diferente.
Cuando Ansermet dice que una obra
de arte supone el don de sí mismo, quiere decir en efecto precisamente que es
imposible ser artista auténtico mirándose a sí mismo, alimentándose de sí
mismo, gozándose de su reputación. Un artista solo es verdaderamente tal si se
pierde de vista para expresar la eterna belleza. Hay una exigencia
consustancial al arte, hay una exigencia consustancial al amor, e igualmente,
es finalmente lo mismo, hay una exigencia consustancial a la fe.
La fe es una luz del corazón, es
una luz de amor, como la palabra creer lo significa, dar su corazón. Entonces
en vano buscamos el sentido del Evangelio, el sentido de la experiencia
cristiana, en razonamientos hechos del exterior, como andamios de conceptos.
Solo encontraremos la comprensión del Evangelio en esa luz interior, en la luz
del amor que nos pone ante un rostro, ante una persona, ante una vida, un
corazón que late en el nuestro. En este camino entonces jamás encontraremos
obstáculos porque no tendremos que explicarnos a propósito de palabras,
creceremos en la luz de la persona según la afirmación admirable del Salmo 36
que dice:
"En tu luz, en tu luz,
veremos la luz" (Ps. 36/10).
Tenemos ahí una especie de magnífica
tautología: "En tu luz veremos la luz", y la fe justamente es la luz
que nos hace ver la persona, en la luz de la persona, haciéndonos devenir luz
nosotros mismos en ella. Nada es más sencillo para un corazón que está
armonizado con los latidos del corazón de Dios, y es por eso que solo podemos
hundirnos en el misterio de la fe, es decir en la claridad que jamás se
agotará, invocando sin cesar la luz como lo hace el himno de la liturgia de los
lunes en los Laudes –uno de los más grandes poemas del mundo –que dice
magníficamente:
"Esplendor de la gloria del Padre,
Tú que haces brotar la luz de la luz,
Luz de luz y fuente de Luz,
¡Oh día que ilumina el día!"
Eso es lo que deseamos pedir esta
noche para liberar nuestra mente, para respirar dilatando el corazón en la
infinidad de Dios, queremos pedir la Luz, queremos implorar la luz interior, la
luz de amor, repitiendo precisamente este himno magnífico:
"Esplendor de la gloria del
Padre, Tú que haces brotar la Luz de la Luz, Luz de Luz y fuente de Luz, Día
que iluminas el día".
Texto latino del Himno de Laudes para el Lunes:
"Splendor paternae gloriae De luce lucem proferens Lux lucis, et fons
luminis, Diem dies illuminans..."