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"Ama y haz lo que
quieres". Dios es el Corazón de nuestro corazón, la Vida de nuestra vida.
Lausana, 1955. Mauricio Zundel
La Casa del Señor
Cuando seguimos un partido en que
diez mil personas están atentas en la misma espera, hacen los mismos gestos,
gritan de la misma manera, nos preguntamos si realmente en cada uno de esos
seres fusionados juntos en la misma tensión existe un secreto único. ¿Tiene realmente
rostro cada uno? ¿Es cada uno verdaderamente único? ¿Es irremplazable cada uno?
Dudaríamos si no pensáramos que a
cada uno de esos seres lo esperan en su casa. Y si lo esperan en casa, es que
tiene rostro, es único, es pues irremplazable.
Lo esperan, y entonces, si lo
esperan en casa, es que en casa no son los muros lo que necesitamos para
abrigarnos aunque sean necesarios de manera ineluctable. Los muros no bastan,
los muros, sin un corazón, sin una presencia, sin un rostro, los muros son una
tumba.
En fin de cuentas, la casa es el
corazón. El corazón de la madre que espera al hijo que regresa del encarnizado partido,
que lo espera como hijo, que lo espera desde el interior de sí misma –incluso
como parte esencial de su propia vida y por eso ese joven adquiere un rostro
distinto, un rostro único, que su madre descubre y percibe solo a la luz de su
ternura.
La casa es alguien. La casa es
alguien que amamos, alguien a quien amar y ya no hay casa si falta ese rostro.
Ya no hay casa si no hay corazón, y la ley de la casa es el amor.
Cuando una mujer es infiel, puede
seguir en la casa. Puede realizar todos los trabajos. Puede ponerle más
atención si posible al orden material, a la preparación de las comidas. Nada
falta. Es irreprochable. Y sin embargo todo falta porque ella ya no está. Todo
falta porque su corazón está en otra parte. Todo falta porque desvió su rostro
del rostro de su marido el cual la busca, no le pide que sea una sirvienta que
prepara las comidas, sino que sea ante todo corazón para acoger el suyo.
Por eso, todas las obligaciones
de la casa ya no son obligaciones, sino actos de amor. En un hogar armonioso
(todavía los hay a veces, afortunadamente), en un hogar feliz (los hay), uno se
maravilla justamente de que cada gesto sea un gesto de amor. Mil detalles
domésticos, la disposición de un armario, un ramo de flores sobre la mesa, un
mantel bordado, la mínima actividad se viste de la dimensión del amor, lo
revela, lo alimenta y lo renueva. Y lo que constituye el precio de la vida de
pareja es que no hay nada material, es decir que todo lo material pierde peso,
queda sin fronteras, se despoja de sus límites, se abre como un sacramento en
que se intercambian las personas.
Sucede lo mismo, y con mayor
razón, en las relaciones con Dios. Entre Dios y nosotros no hay obligaciones.
Entre Dios y nosotros hay Amor. Dios es nuestra casa. Dios es el corazón de la
casa. Por eso, siempre somos esperados y siempre somos acogidos.
Y es necesario que nos lo
repitamos porque toda nuestra educación nos lleva a considerar a Dios como
rival, como alguien que manda, como alguien que exige, como alguien que
castiga, como alguien que perturba la espontaneidad de nuestro ser.
"¡Cuánto más cómodo sería si no existiera! Pero existe, desgraciadamente
existe. Entonces, hay que acordarse de Él de vez en cuando, recordar que
existen los mandamientos, pagar las deudas de vez en cuando, soldar de vez en
cuando las faltas, retomar la ascensión laboriosa e inútil hacia el deber
aburridor que limita la vida y apaga la alegría".
Esa es la más grave de todas las
tentaciones, la representación pagana y monstruosa de un Dios rival, de un Dios
en emboscada, de un Dios que nos vigila, de un Dios que nos tiene al ojo, de un
Dios que graba todas las deficiencias y las anota, y las recuerda cuando llega
el día. ¡Pide demasiado en fin de cuentas!
Y cuando uno ya no puede soportar
el peso de sus exigencias, pasa a otro extremo de idolatría. "En el fondo,
el buen Dios es buena gente, no exige todo eso… ¡Vamos! ¡Entiende! Es
inteligente, ¡no se va a encarnizar contra seres tan débiles como
nosotros!" (Continuará)