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2ª parte de la 2ª conferencia de
Ginebra, en enero de 1971.
Es imposible mayorar la
importancia de las palabras que siguen, difíciles de aceptar bien en la
Iglesia. En la Iglesia el apóstol, el que tiene misión en ella, es una
presencia real, sacramental, de Jesucristo (y eso no quita la presencia real de
la humanidad de Jesucristo en todo hombre).
El misterio de la
Iglesia significa la permanencia de Jesucristo en medio de nosotros y dentro de
nosotros hasta el fin de la historia.
Retoma: "Si
queremos obtener una revelación definitiva, es decir que no esté limitada por
los hombres que la trasmiten, necesitaríamos un contacto inmediato y personal
con Jesucristo mismo y eso constituye
precisamente el misterio de la Iglesia".
Continuación:
"El misterio de la Iglesia no está constituido por una revelación escrita
que sería inmutable, transmitida en documentos estáticos que simplemente
podríamos limitarnos a comentar, con riesgo de diluir el texto en los
comentarios como sucede casi siempre: los comentarios debilitan el texto la
mayor parte del tiempo, lo diluyen, lo reducen a los límites del comentador y
nos alejan más aún de la fuente.
Los documentos son necesariamente
incompletos como acabamos de verlo, precisamente en la medida en que reflejan
por una parte el diálogo de Cristo con sus auditores y por otra parte la
experiencia que los Apóstoles y los discípulos tuvieron del Señor.
De ahí que la revelación perfecta
sólo será comunicada al mundo si Cristo mismo permanece para que cada uno tenga
ocasión de encontrarlo sin las trabas de los límites humanos de los trasmisores
y los comentadores. Entonces, el Misterio de la Iglesia nos interesa en el más
alto grado, es en la medida en que el
Misterio de la Iglesia significa la permanencia de Jesucristo mismo en medio de
nosotros y dentro de nosotros hasta el fin de la historia.
Y así se presenta en efecto el
Misterio de la Iglesia el primer día de su nacimiento, como lo indica la
transformación prodigiosa de los Apóstoles, que todavía la víspera estaban
encerrados en el miedo y con esperanzas limitadas; lo muestra su audacia, su
salida ante la muchedumbre y su confrontación heroica con las autoridades
porque tienen el sentimiento muy claro, tienen conciencia de que no los mueve
su propia voluntad, o al menos su propia espontaneidad, de estar habitados por
Cristo, de que es Cristo el que se expresa a través de ellos y de que es Su Presencia y Su Persona lo que están
encargados de trasmitir.
¡Si la Iglesia fuera menos que
eso, no tendría razón de interesarnos! Sería simplemente una etapa en la
historia de la transmisión de otra historia que sería la historia de Jesús al
cual no llegaríamos jamás sino a través de documentos, a través de testigos de
una experiencia actual pero que ninguno nos daría a Cristo integralmente, en su
totalidad. Y eso, me parece, es lo que
implanta el Misterio de la Iglesia en el corazón de nuestra vida, que en la Iglesia se trata de la Presencia de Jesús mismo en persona.
Todo lo que hemos meditado sobre
la Trinidad, la visión de una libertad total, original y eterna en el Corazón
de Dios, es evidentemente una riqueza inmensa, pero no ha sido desarrollada en
verdad, sólo ha tomado todo su vigor en la vida eclesial. La meditación de la
Trinidad ocupó los tres o cuatro primeros siglos de la vida de la Iglesia y fue
de fecundidad extraordinaria. No hay duda de que el pensamiento cristiano se
profundizó ejercitándose en este tema, y la Presencia de Cristo orientó la
meditación que quedó plasmada en las grandes definiciones conciliares y no cesa
de iluminar el corazón de nuestra vida espiritual.
En el fondo, entonces el problema
es éste: o bien perdimos la Presencia de Jesucristo y no tenemos ya sino su
rastro en la historia, recuerdos, evocaciones de su Palabra, sabiendo además
que su Palabra está voluntariamente limitada al auditorio al que se dirige, y
en lo que respecta el fondo de las cosas, las raíces de su Personalidad, todo
se logra sólo a través de la meditación de los hombres que nos hablan , o bien
tratamos con Jesucristo en persona y
Él es precisamente la vida divina que
sobreabunda en el corazón de la Iglesia y que no cesa de sernos comunicada.
Es evidente que sólo esta última visión de la Iglesia puede
reconciliarnos con ella, más aún, puede integrarnos en su misterio,
apegarnos a ella como a Él mismo ya que finalmente es Él a quien tenemos en
mira en ella.
Los Apóstoles, los
enviados, los discípulos de la primera hora, los llamados a tomar la releva, no
son pues solamente predicadores encargados de un mensaje que interpretan según
la experiencia que tengan de él, son
mucho más sacramentos, es decir signos
visibles de una realidad invisible, y esa realidad invisible no es nada menos
que Cristo en persona. Esto es absolutamente fundamental.
Es evidente que cualquier
sacerdote que dé la absolución hace esta experiencia. Cualquier sacerdote que celebre la Eucaristía debe convencerse de
ello: está ahí sólo a título de
instrumento. Pero justamente esta experiencia es de riqueza inmensa, ya que
tomando conciencia de su realidad de
instrumento, toma conciencia también de la Presencia Infinita de Jesucristo y
experimenta en su vida que en efecto está ahí sólo a título de su propia
dimisión: por estar totalmente eclipsado en la Presencia de Jesucristo
puede decir: "Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre", o puede decir:
"Yo te absuelvo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo".
Todo sacerdote puede hacer esta
experiencia, está llamado a hacerla y ella lo sitúa en el centro mismo de su
misión, nos hace sentir perfectamente el Misterio de la Iglesia en la jerarquía apostólica en la cual ciertos
hombres han sido llamados por el Señor a eclipsarse totalmente en Su Persona
a fin de realizar su misión en estado de puro sacramento, es decir sin tener nada más que hacer en su misión sino
comunicar la Presencia y la Persona misma de Jesucristo para que cada uno,
cada hombre, tenga la gracia de encontrarse en la Presencia personal del Señor,
ya que eso es justamente lo que permitirá a todos los miembros de la Iglesia,
que son virtualmente todos los miembros de la humanidad, encontrarse no ante un
comentario, una revelación filtrada por experiencias siempre fragmentarias e
incompletas, sino encontrarse cada uno delante del Señor mismo.
Si la Iglesia no es eso no es
nada, y no nos interesa en lo más mínimo. Si eso es la Iglesia, se encuentra en
nuestra vida y tiene para nosotros tanto interés como Cristo mismo, ya que está
sólo como sacramento que debe transmitírnoslo.
Ver la Iglesia como una especie
de democracia en que se vota lo que conviene aceptar y hacer, donde se podría
escoger al gusto del día, es destruir la noción misma de la Iglesia, es
desarraigar el misterio de la Persona de Cristo, es hacer de ella una especie
de asamblea en que cada uno aporta su opinión, y con ella, sus riquezas pero
también sus límites.
No se trata, desde luego, de afirmar un clericalismo que es la
deformación más profunda que se pueda concebir del Misterio de la Iglesia, sino
de encontrar la visión de una realidad
sacramental que es un misterio de fe al que no entramos sino en una experiencia
de unión con Dios (1). Pero es claro que la distinción entre Iglesia
docente e Iglesia enseñada debe ser mantenida al menos bajo la forma de Iglesia
servidora e Iglesia servida. Porque justamente la Iglesia jerárquica es
esencialmente una Iglesia servidora por su naturaleza misma pues tiene
solamente carácter de sacramento (1) y debe eclipsarse totalmente en la Persona
de Jesucristo y sólo tiene valor, desde el punto de vista de la fe, en la
medida de ese eclipse.
Eso es además lo que significa el
"¡retírate de mí, Satanás!" arrojado a la cara de Pedro cuando quiso
desviar de la Cruz a Jesús. Eso es: sólo
es Pedro cuando se eclipsa totalmente en la Persona de Jesús, y se
convierte en adversario, en Satanás, cuando contradice las intenciones del
Señor.
Hay pues una visión de fe que va
inmediatamente a través del sacramento eclesial a la persona mima de Jesucristo, que tiene en mira inmediatamente
la Persona misma de Jesús. El contacto inmediato a través del
sacramento, el contacto inmediato con Jesús constituye el precio del misterio
de la Iglesia (1). Si no se acepta este punto de vista no nos queda nada y de hecho
perdemos contacto con la experiencia espiritual más profunda.
Toda la dogmática de la
Iglesia, la
dogmática inspirada, es también un
sacramento admirable que nos inicia cada vez más
profundamente en la pobreza de Dios porque no es un dogma que no hunde sus raíces finalmente en la libertad
original, no es un dogma que no nos virginiza, que no nos lleva a la fuente y
no nos enraíza en la Persona misma de Jesús.
Pero, claro está, semejante visión supone una experiencia
interior, una mirada de fe, sin la cual sólo encontramos estructuras esclerosadas
carentes de todo interés. Pero hay que distinguir lo que es del hombre y lo que
es de Cristo.
Es evidente que inclusive el Apóstol
que es Pedro, o Pablo, o Santiago, o Juan, el mismo Apóstol puede ser sacramento
en estado de eclipse total en que sólo comunica a Cristo, y puede ser hombre
con sus flaquezas, como lo vemos en San Pedro por ejemplo en el momento de la
disputa de Antioquía, donde aparece a la vez en su timidez y en su amor, vacilando,
cambianso de actitud porque le hacen corto circuito los emisarios de Jerusalén
y ya no se atreve a sentarse a la mesa de los convertidos del paganismo. Y el
mismo hombre puede en efecto ser Pedro, la roca sobre la cual está edificada la
Iglesia, sin que eso le impida presentar en su vida personal ciertos límites y
ciertas flaquezas inherentes a la naturaleza humana.
Pablo lo expresa magníficamente
en la primera a los Corintios cuando trata de cismas en Corinto, de divisiones
en que unos se reclaman de él, otros de Apolos, otros de Cefas, es decir Pedro,
otros de Cristo: les pregunta si Cristo está dividido o si fue Pablo el
crucificado por ellos y si fueron bautizados en nombre de Pablo, rehusando
precisamente toda especie de intrusión de parte suya en la vida de fe que se
articula en la Presencia y la Persona misma de Jesucristo.
No cabe duda de que los Apóstoles
vivieron esa distinción. Sabían por una parte que eran sacramentos del Señor –
basta escuchar a Pablo en su carta a
los gálatas, con qué firmeza defiende su apostolado, yendo hasta excomulgar a
un ángel del cielo que viniera a traer otro evangelio que el suyo, porque su
evangelio no es de él, no es de la carne y la sangre de Pablo, sino que le fue comunicado por Jesús y él es enviado
justamente como sacramento de Jesús para poner a los hombres en comunicación
con Él.
No hay pues duda de que la
Iglesia naciente se presentó bajo este aspecto: por una parte, ella es Cristo
en cuanto sacramento de Cristo en una
dimisión total de los hombres, es decir de los enviados, en la persona de Jesús, y por otra
están los mismos hombres que, fuera de su misión apostólica, están como todo el
mundo llamados a liberarse de sí mismos, a superar sus propios límites y
finalmente a tolerare como tenemos que hacerlo nosotros.
Entonces no hay que rechazar el
misterio de la Iglesia por el hecho de que los Apóstoles de hoy, los sucesores
de los Apóstoles, sean limitados e imperfectos como lo son naturalmente todos
los hombres: eso sería separarnos de Cristo mismo". (Continuará)
(1) Si me es difícil asimilar el
sentido profundo y la verdad de esta doctrina sobre el misterio de la Iglesia,
es ciertamente porque mi vida interior no está a la altura. La iniciación en la
pobreza de Dios es capital: "no hay dogma que no hunda finalmente sus raíces en esta libertad
original", en la libertad divina
inherente a la pobreza divina original…"