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Zundel

August 2009 - Posts

  • 31/08/2009. Sólo se puede ser casto cuando uno se hace hombre.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} 3ª parte de la 5ª conferencia del Cenáculo de París, el 23 de enero de 1966.

    Retoma: "Si existe una moral sexual, no puede consistir en un esfuerzo para satisfacer al máximo la unión carnal excluyendo la fecundidad por todos los medios que creamos legítimos. El problema está mal planteado, el verdadero problema está en saber si el sexo se debe humanizar en el hombre, si el sexo está llamado a personalizarse en el hombre, si el sexo debe afirmarse en el hombre en el nuevo universo que no existe todavía, pero que cada uno de nosotros está llamado a crear”.

    Continuación: "Si nos quedamos en el viejo universo de la especie con un psiquismo informado por la química orgánica, si nos quedamos en el impulso ciego de origen desconocido y cuyos resultados no dependen de nosotros, no hay duda de que nunca lograremos encontrar el infinito que había, o al menos lo creíamos, en los sueños del comienzo.

    Si queremos llegar a un infinito, tenemos que hacernos infinito, y justamente el amor nos brinda una ocasión única de superación y de ecumenismo, a partir de una visión perfectamente clara de sus responsabilidades creadoras. Es cierto, según mi experiencia, quiero decir las innumerables experiencias que he sacado de la vida de los demás, de sus sufrimientos, de sus desdichas, de sus separaciones, de sus divorcios, de sus desengaños, de sus esperanzas frustradas, es seguro que un hombre y una mujer sólo se encontrarán en un terreno de persona y de eternidad en la medida en que hayan triunfado del vértigo sexual, en la medida en que hayan comprendido que están dedicados a una creación divina, en la medida en que su cuerpo haya respetado la tercera persona que es un hijo posible, en la medida en que hayan sido padre y madre justamente mirando hacia esa tercera persona y no enceguecidos por el instinto.

    ¡Me sorprende la joven pareja que se casa, que toma de repente la decisión de casarse! ¿Porqué están tan de prisa? ¿Porqué esa decisión tan rápida? ¿Porqué? No estaban seguros, parecían vacilar todavía, parecía que no habían alcanzado todavía un grado de madurez en que una decisión pueda comprometer toda la vida… ¡es que un hijo está en camino! Un hijo está en camino, sin que lo quisieran, claro está, y como no quieren eliminarlo, no quieren matarlo, aceptan lo inevitable, se casan de prisa para legitimar al hijo y su vida queda comprometida toda en esa inclinación en que justamente la generación no ha sido obra de la libertad y del compromiso, sino simplemente el haberse abandonado a los instintos, lo cual los llevó a tomar decisiones que deberían haberse tomado con mayor madurez pero que fue necesario tomar de prisa, debido a un acontecimiento imprevisto que tienen que soportar.

    Eso sucede muchas veces, y no necesito decirlo: hoy en día son pocos los novios que llegan vírgenes al matrimonio. ¡Son muy pocos! La mayoría han experimentado, están en la corriente de la moral actual de la cual no quiero hablar mal porque es natural que vivamos conforme al instinto si no hemos entrado en el mundo nuevo que todavía no existe y que cada uno de nosotros debe crear si quiere hacerse hombre.

    Es imposible contentarse con medidas a medias. No se puede vivir bajo presiones sociales. No es posible contentarse con ese mundo abstracto cuando uno tiene un instinto que no entiende, cuando no se ha ido hasta el fondo, cuando no se ha visto el rostro de un hijo en el espermatozoide y el óvulo, cuando no se ha tomado conciencia de un amor trinitario, cuando no se ha comprendido que la proximidad absoluta se encuentra en la distancia infinita! Es entonces imposible, radicalmente imposible, mantenerse de pie y no sucumbir a la atracción psíquica tan fuerte, tan poderosa, tan total, que irradia en todas las fibras del ser.

    Dios me proteja de criticar a nadie, nada me sorprende, ¡yo sé que el sexo puede desarrollar todas las direcciones y dar lugar a todas las locuras! No hay aberración de que no sea capaz y no me sorprende que aparezca como una fuerza irresistible. En efecto, es una fuerza irresistible mientras nos quedemos en el terreno de la naturaleza prefabricada: no se puede ser casto, en el sentido de conquista y de libertad infinitas, sino cuando uno se haya hecho hombre, cuando haya hecho de todo su ser una ofrenda, cuando haya entrado en el diálogo de la persona con la persona, cuando rehúse justamente las facilidades engañosas del instinto que pone el infinito al alcance de la mano y que en realidad nos frustra porque es la naturaleza o la química la causante de todo". (Continuará)

     

  • 30/08/09. En el hombre, el sexo debe humanizarse, y humanizarse en el nuevo universo que aún no existe.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} 2ª parte de la 5ª conferencia del cenáculo de París el 23 de enero de 1966.

    “¿Porqué ha tomado esa importancia el sexo, y además en todas partes? ¿Porqué ha dado lugar a tantos dramas, tantas separaciones, tantas enemistades, tantos resentimientos, tantas corrupciones, a tantas promesas extáticas y trágicas decepciones?

    Evidentemente porque en la naturaleza el quimiotropismo de los primeros elementos ha llegado al plano psíquico. Si tomamos los primeros elementos por separado, si los cultivamos en laboratorio, vemos que el comportamiento del espermatozoide respecto del óvulo es gobernado por un quimiotropismo, es decir una especie de atracción química. El espermatozoide se pone en movimiento hacia el óvulo en virtud de esa atracción química.

    Es cierto que el primer tropismo, la primera polaridad ha llegado al nivel psíquico en todos los reinos de la naturaleza, y muy especialmente en los reinos más desarrollados, y más todavía en el hombre. En efecto, la química del ser vivo, como ya lo hemos señalado, está asociada a la afectividad que es una de las características del ser vivo.

    El ser vivo toma partido por sí mismo, se defiende, es cómplice de su existencia, el ser vivo defiende su vida contra todas las agresiones y se deja ir a todas las agresiones, indispensables además para asegurar su propia supervivencia. Y justamente, la complicidad del ser vivo, en materia de reproducción consiste en que la naturaleza, simbólicamente hablando, la naturaleza se las arregló para que el individuo confunda los intereses de la especie con los suyos, confunda el bien de la especie con el suyo y se imagine que se ocupa de sus propios intereses cuando se está ocupando de los de la especie, si no, claro está, ningún animal se reproduciría, si no tuviera el sentimiento, la conciencia oscura, de que la generación es su propio bien. Esto se acentúa con el progreso de la complejidad humana. Mientras más complejo sea el animal, mientras más perfecto, más se vuelve para él la generación un acto que le interesa, un acto que él desea monopolizar, un acto que se prohíbe compartir con los demás, como vemos en los combates de los machos unos contra otros cuando se disputan la misma hembra.

    La afectividad ha asumido pues la generación como bien del individuo y la naturaleza se las arregló precisamente para que esa identificación fuera tan perfecta como posible a fin de que la generación fuera perfectamente asegurada a pesar de los riesgos que corre todo ser vivo en su medio, la vida dura solamente en virtud de la voluntad tenaz, apasionada y feroz que empuja a los seres a reproducirse en un impulso que confunden ellos con su propio bien.

    El psiquismo está pues totalmente impregnado de sexualidad, con miras a los intereses de la especie y se puede decir que el quimiotropismo, el impulso del espermatozoide hacia el óvulo se transpone al nivel psíquico en el impulso del macho hacia la hembra, o a nuestro nivel, en el impulso del hombre hacia la mujer y recíprocamente.

    En el hombre esa transposición se realizó y está tan bien enraizada en el psiquismo humano que sobrevive a la extinción del poder reproductor. En la mujer, cuando llega a la menopausia, cuando ya no es posible la reproducción, el psiquismo sigue totalmente impregnado de sexualidad, con todas las demandas que esto puede implicar y los impulsos que puede producir.

    Esa es la dificultad, inmensa, pues cómo resistir a una atracción tan profundamente enraizada, que va hasta las raíces del ser, que colorea toda la afectividad, que implica toda la fisiología, y que crea en el ser un llamado, una necesidad y un vértigo. Parece imposible, ilusorio y absurdo escapar, ya que finalmente uno es lo que es, pues uno está totalmente in-formado, impregnado por ese impulso. Inclusive, en virtud del poder de ese impulso, uno puede olvidar completamente el elemento biológico, el espermatozoide al menos, ya que está siempre implicado en la situación. Uno lo puede olvidar ya que no ve sino al otro en el cual encuentra su realización. Sigue siendo cierto que a la base de ese impulso está el quimiotropismo original del espermatozoide y el óvulo. Tan psíquico como sea el impulso, tan difundido en todos los sectores del ser, sigue cierto que su primera impresión, su primer origen, es la química de los elementos complementarios, el espermatozoide y el óvulo, y la prueba de ello es que si se cambia la orientación hormonal, se logra cambiar el sexo o en todo caso los humores del sexo – se puede cambiar en gallo una gallina o viceversa, según las impregnaciones hormonales que se le den y no hay duda de que en el hombre y la mujer hay posibilidades de masculinización en la mujer o de feminización por parte del hombre, como se ve desafortunadamente cuando uno se ve obligado a administrar hormonas sexuales en particular para tratamiento de cáncer. Hay un cambio fisiológico aparente, puede cambiar la voz, pueden cambiar los humores. Si vamos hasta el final, (y ¿porqué no, en el futuro?), llegaríamos simple y llanamente a cambiar de sexo.

    No hay duda alguna de que ahí estamos en un contexto en que funciona la química y en que es imposible ignorar la filiación entre la unión sexual del uno con el otro y el impulso primero, puramente químico, del espermatozoide hacia el óvulo o viceversa. Desde luego, para seres constituidos sexualmente de manera normal, es decir con diferencias suficientemente marcadas para que no haya hibridación ni confusión, permanecerá hasta el final una sensibilidad femenina y una sensibilidad masculina, y la atracción sexual correspondiente.

    Pero sigue siendo cierto que el psiquismo es el reflejo de una química y que en virtud de los mismos orígenes mecánicos y materiales, puede haber cortocircuito, no controlamos ese impulso ya que lo sentimos en virtud de un quimiotropismo elemental, y, aunque lo sigamos con todo el impulso, no estamos seguros de que en el otro pasa lo mismo, ni de que dure tanto tiempo como en nosotros. Estamos ahí en un mundo que nos escapa, no percibimos ni su origen ni su fin, y tanto mejor si funciona, pero no es seguro que funcione siempre. Estamos en un terreno esencialmente oscuro, precisamente porque no somos su origen y que cediendo a un vértigo de origen químico, nos preparamos a trabacuentas infinitos, porque justamente si en su primer impulso el amor implica una promesa de infinito, de hecho ese infinito sigue siendo un sueño que la realidad no cesa de desmentir, pues para darse infinitamente sería necesario que seamos infinitos, y precisamente en este terreno ya que en él juega la naturaleza un papel primero, pues la especie también prosigue su propio interés a través de nosotros, pues todos nuestros deseos de infinito son perfectamente vanos si no nos transformamos en infinito, ¡si no nos hacemos fuente y origen! A causa de todo eso, el amor que comienza extático, bifurca con frecuencia hacia situaciones catastróficas, llega hasta negarse ya que habiendo utilizado todas sus posibilidades en una experiencia que no produjo infinito, vuelve a comenzar con la esperanza de descubrirlo en una nueva aventura.

    ¿Qué quiere decir eso? Eso quiere decir que si existe una moral, si existe una moral sexual, no puede consistir en un esfuerzo para satisfacer al máximo la unión carnal excluyendo la fecundidad por todos los medios que creamos legítimos. El problema está mal planteado, el verdadero problema está en saber si el sexo se debe humanizar en el hombre, si el sexo está llamado a personalizarse en el hombre, si el sexo debe afirmarse en el hombre en el nuevo universo que no existe todavía, pero que cada uno de nosotros está llamado a crear”. (Continuará)

     

  • 29/08/09 - ¿Qué significan ese espermatozoide y ese óvulo?

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    1ª parte de la 5ª conferencia en el Cenáculo de Paris, el 23 de enero de 1966.

    Considerar la moral del vacío en el plano sexual.

    "Si el Evangelio es la religión del vacío en el sentido en que lo hemos dicho, es ciertamente la religión de la pobreza, según el espíritu de la desapropiación, la que condiciona además el advenimiento de un personalismo auténtico, ya que uno se hace persona en la medida exacta en que se deshace de todo límite y de toda opacidad. Si se necesita esa evacuación para hacerse verdaderamente alguien, para ser fuente y origen, la moral evangélica será también moral del vacío, moral de la desapropiación, que terminará a la máxima personalización del hombre y del universo.

    Kierkegaard escribió estas palabras, que podrían encabezar esta meditación: "La proximidad absoluta está en la distancia infinita". Se necesita una distancia respetuosa para abordar lo real, y en la medida en que uno hace de sí mismo un espacio ilimitado se llega a la plenitud de la realidad. Naturalmente hay que experimentar esa moral del vacío ya que no tenemos otra fuente de conocimiento que la luz que sólo se puede adquirir en el devenir; haciéndose hombre, haciéndose fuente y origen, haciéndose espacio ilimitado, se puede a la vez conocer a Dios y a la creación en su origen auténtico y en su desarrollo integral, es pues únicamente mediante un proceso experimental como podremos volver a descubrir la moral evangélica como moral del vacío".

     

    Primera parte: Moral del Vacío y Moral Sexual:

    "Se puede considerar la moral del vacío en el plano sexual por ejemplo, ya que es uno de los problemas que concierne todos los hombres y que toma actualmente una importancia capital por el hecho de disociar cada vez más el amor y la fecundidad. El Concilio trató este problema. ¡Vimos Padres (conciliares) más que octogenarios martillar en favor del amor, disociar la generación! Me pregunto si es lo apropiado. De todos modos el problema se plantea universalmente y asistimos a una especie de inmoralismo cada vez más difundido, en que justamente, porque la disociación se convirtió en una especie de convicción general, porque se piensa que en efecto la fecundidad y el amor son dos cosas diferentes, que por eso se puede conocer la unión carnal excluyendo deliberadamente la fecundidad pero satisfaciendo lo que pide el amor. Es urgente más que nunca plantear el problema e iluminarlo precisamente en la perspectiva de una moral del vacío.

    No es novedad para ustedes si les digo que al origen del problema del amor, tal como se plantea en la vida conyugal o fuera de ella, pues finalmente el amor no surge necesaria e inevitablemente entre seres capaces de desposarse. Cuando el amor tiene esa característica de hombre-mujer, cuando implica unión sexual, supone siempre, tiene en sus fundamentos, es decir en sus orígenes más profundos, la voluntad de la naturaleza de reproducirse y por eso en el intercambio conyugal hay siempre, al menos por parte del hombre, hay siempre ese elemento que es la primera célula de la vida humana. Todos fuimos, todos comenzamos nuestra vida bajo forma de un espermatozoide y de un óvulo. Esos son los primeros elementos de nuestra vida y siguen presentes en los intercambios del amor cuando esos intercambios implican precisamente unión carnal. Es imposible hacer abstracción de ellos si queremos permanecer en la realidad simplemente biológica.

    ¿Qué significa el espermatozoide? ¿Qué significa el óvulo? ¿Podemos pasarlos en silencio, o es necesario tomar posición al respecto? ¿Constituyen para nosotros un llamado a una responsabilidad universal? Dicho de otro modo, ¿son ya una persona el espermatozoide y el óvulo? ¿Pueden ellos en todo caso indicar una persona posible? Esto es incontestable. Todos los hombres, en cuanto capaces de engendrar, todas las mujeres en cuanto capaces de concebir, llevan en sí una posibilidad de vida, una posibilidad de vida humana, y están confrontados uno con otro como creadores del hombre.

    Esto es algo tan enorme que el primer movimiento de un ser que es consciente de ese poder sería, debería ser ponerse de rodillas ante ese poder creador que se dirige al hombre, que lleva el destino de una persona, de una tercera persona que no existe todavía pero que está presente ya en la posibilidad actualizada, en los gérmenes que pueden llegar a ser un hijo, un ser humano, como sucedió con nosotros cuando se reunieron las dos primeras células que constituyeron el comienzo de nuestra existencia.

    El primer acto de un ser inteligente ante el poder de concebir o de engendrar debería ser un acto de respeto. Si es cierto que esos elementos están al origen de la vida, si es verdad que contienen virtualmente una persona, nos encontramos inmediatamente en el terreno más sagrado. Qué más sagrado que una tercera persona que depende de nosotros y cuyo destino está suspendido a nuestra decisión, y cuyo crecimiento dependerá naturalmente de nuestra propia actitud pues sólo hay una educación posible, la constituida por la influencia de los padres.

    Biológicamente hablando, es muy claro que, si uno es consciente, no se pueden concebir estos elementos primeros que constituyen el comienzo de una vida humana sin respeto precisamente porque ya está presente alguien que tiene rostro de niño, hay en nosotros alguien que es un hijo posible y que justamente constituye el amor como realidad trinitaria. No hay dos personas sino tres.

    Cuando se percibe la calidad trinitaria del amor, cuando lo vemos abrirse al tercero posible, entramos inmediatamente en el terreno sagrado. Imposible imaginar no sé que oscuridad fangosa, no sé qué vértigo malsano y sucio cuando se ha entrevisto que uno se encuentra en el campo mismo de una creación del hombre por el hombre.

    Y sin embargo, ¡qué pocos son los que logran dominar esa fuerza en su virginidad, quiero decir en su apertura a la tercera persona, qué pocos son los que llegan a desapropiar esa función, es decir a consagrarla en vez de hacer de ella el objeto de un placer personal!" (Continuará)

     

  • 28/08/2009. El sentido de la Creación.

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    Fiesta de San Agustín. Reflexiones de P. Debains.

    Con vacilación.

    Estamos poco acostumbrados a hablar de la fragilidad de Dios, magníficamente expuesta en los textos publicados en este sitio en los últimos días. Si comenzamos a comprenderlos de modo no intelectual, ya hemos comenzado a hacernos santos. Se trata siempre de lo mismo, del nivel a donde nos elevamos, se trata de otro nivel donde uno comienza a devenir semejante a Dios y a donde hay que llegar para comprender estas cosas de otra manera que con la inteligencia o con la mente.

    Para Zundel "el amor de los hombres sólo puede sostenerse a partir de la raíz divina (en todos nosotros) y sólo puede perpetuarse gracias a una compasión constantemente renovada ante la fragilidad divina expuesta a todos los golpes".

    El sentido de la creación es para Dios comunicarse Él mismo, hacer que repercuta en el otro, humano, creado, el don supremo de Su Amor, y eso es posible solamente si el otro, el hombre, consiente en recibirlo, si el hombre está dispuesto a vivir heroicamente, como cada persona divina vive heroicamente en Dios, tengo tentación de decirlo, en la desapropiación. Porque podemos pensar que para ser vivida perfectamente, la desapropiación supone en Dios un heroísmo eterno e infinito.

    Hay que recordar aquí lo ya dicho muchas veces: el verdadero amor, y Dios ama verdaderamente, no puede soportar que el amado permanezca inferior a él. No se puede pensar entonces que nuestro Dios pueda no querer "igualar" su criatura.

    Y la inmensa dificultad, que nace entonces con todo el engranaje del pecado posible, abre toda la historia de la redención. Prestarse a esa igualación es muy difícil en un mundo en que el mal ha hecho irrupción. Más difícil todavía por el hecho de que el hombre sólo puede ser salvo junto con todos los demás. Se trata entonces mucho más de la calidad de nuestra relación con los demás que de la calidad de nuestra relación con Dios. El segundo mandamiento es tan importante como el primero, e inclusive todavía más cuando vemos que el amor del prójimo es también amor de Dios presente realmente en el corazón de todo prójimo. La práctica del segundo mandamiento es también práctica del primero…

     

  • 27/08/09. La ecuación "Dios iguala al hombre" funda la caridad, funda el amor del hombre.

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    Final de la 3ª conferencia de Ginebra, en enero de 1971.

    Los hombres tienen lazos entre sí sólo en la medida en que Dios circula entre ellos…

    "De hecho el Señor mismo estableció esta ecuación: Dios iguala al hombre. Puesto que Jesús da su vida por el hombre, es que a los ojos de Dios la vida del hombre iguala a la Suya, iguala a la Suya porque el sentido de la Creación es comunicarse a Sí mismo, y se trata de hacer brotar en el otro, como don supremo de Su Amor – lo cual sólo es posible si el otro consiente en recibirlo. Entonces esta ecuación es la que funda la caridad, funda el amor del hombre, y, como el Dios que se revela en el hombre es un Dios que puede ser cubierto continuamente por los límites humanos y desfigurado por ellos, ese es un motivo constante para superarnos.

    ¡Es difícil! A cada instante nos sorprendemos juzgando a los demás por lo menos interiormente, criticándolos, comparándonos con ellos, justificándonos por comparación con ellos, a cada instante nos incomodamos con sus límites y, si podemos trascender todos los malestares que sentimos ante el hombre, como también los demás deben encontrarlos, sentirlos en nosotros, en la medida en que, regresando al silencio interior veamos que finalmente se trata de Dios, Dios más íntimo en nosotros que lo más íntimo nuestro, Dios vida de nuestra vida, Dios espacio en que respira nuestra libertad, Dios fundamento de nuestra dignidad, Dios que es el bien universal que hace de cada uno un fin.

    Entonces ¡sí!"Ama a tu prójimo como a ti mismo", porque si te amas por el Otro con mayúscula, encuentras en ti mismo en Él y, encontrándote en Él encuentras al otro que es interior en ti porque tiene las mismas raíces que tú en el mismo Dios Vivo.

    Ahí vemos justamente que la oración, en lo que tiene de más constante, más surgente, más vital, más indispensable, es la atención de amor a la Presencia Infinita que nos está confiada en el interior de cada uno. Pues nada hay más necesario para tomar contacto con los demás, si el contacto ha de ser pacífico, si ha de ser a base de respeto, si no ha de degenerar en conflicto, si no debe poner barreras entre razas, clases, naciones, tradiciones y situaciones, el contacto sólo es posible finalmente si encontramos en el corazón del silencio el mismo Rostro que transfigura el rostro humano y que le da a toda vida una posibilidad infinita de brillar.

    ¿Dónde está el prójimo? Esa es, me parece, la respuesta a este problema tan difícil. Porque se habla de amar a los demás, de amar al hombre, y es fácil de hacer de ello un tema de discursos, pero es imposible hacerlo realidad de cada día y de cada instante cuando uno no se ha encontrado en el Único que hace que todos seamos uno. Ese es el gran espacio del amor humano justamente: el amor humano quisiera penetrar en la intimidad del otro, el amor humano está tentado a forzar la intimidad, profanando la propia intimidad.

    Recuerdan ustedes que en "El nudo de víboras" la mujer perdió todo, la mujer que creyó tener que confiarse, no dejar ignorar nada a su marido y tuvo la imprudencia de contarle que había estado prometida y que su compromiso había sido roto, lo cual le hizo pensar a él que era "el segundo". ¡¿Entonces lo habían elegido porque querían casarla a toda costa para no deshonrar la familia!? Y se echó a perder todo con esa confidencia indiscreta que no respetaba la intimidad del otro, creyendo al contrario entrar en ella de manera definitiva.

    El amor humano quiere alcanzar la intimidad con el otro, pero para ello es necesario que el otro esté de acuerdo, hay que concurrir entonces a su nacimiento en el respeto y en el silencio de sí mismo, y entonces la comunicación se hará espontáneamente. Una madre no puede conocer a su hijo simplemente obligándolo a hablar, a confiarse a ella, a decir lo que hace, ella sólo podrá penetrar en esa intimidad concurriendo a formarla, respetándola como santuario de Dios y si madre e hijo comulgan en la misma presencia infinita.

    Y es lo mismo en todas partes: finalmente los hombres sólo tienen lazos entre sí, lazos realmente humanos, en la medida en que Dios circula entre ellos, pero es un Dios que no se puede nombrar sin vivirlo, es un Dios que es necesario conquistar cada día conquistándose a sí mismo, y es un Dios que uno pierde al renunciar a crearse.

    Pero queda la inmensa esperanza de llegar al hombre, y la posibilidad de alcanzarlo en efecto, en la medida en que lo tomamos en sus raíces divinas. La persona nunca podrá impedir que penetre el amor, una madre podrá siempre recuperar al hijo que se aleja, aunque él muera, una mujer al marido, un amigo al amigo, y los vivos a los difuntos. Siempre hay posibilidad de comunicación si se hace por medio de ese Centro que es nuestro único origen.

    Es, pues, muy cierto que el primer prójimo es Dios, y que debido a ese primer prójimo somos prójimos, y tanto más prójimos en la medida en que estemos más cerca de Dios. Y entonces, es finalmente la Encarnación de Dios lo que está en nuestras manos, su Reino en la humanidad y en todo el universo, Su Presencia detrás de cada rostro, Su Amor en el fondo de cada uno, la transfiguración de todo el cosmos en que, como decía Patmore, toda realidad está llamada a cantar, porque todo cantará, toda realidad cantará y nada más cantará.

    Pero todo eso comienza por el silencio y es cierto que, si nos esforzamos por mantenerlo y volverlo a encontrar, es en el recogimiento donde haremos el descubrimiento esencial y nos uniremos a todos los hombres, inclusive a los más distantes, inclusive a los muertos más lejanos, nos uniremos con ellos porque en Dios no hay ausencia, no hay ausentes, no hay pasado ni futuro, porque en Dios estamos en el eterno presente de una presencia que es el regalo infinito del eterno Amor. Ahí salimos de las banalidades del humanitarismo, del discurso sobre el amor de los demás ya que es la vida de Dios lo que está en nuestras manos. ¿Qué haremos de Él? Esa es la pregunta que se nos plantea: ¿Qué vamos a hacer de ese Dios que nos está confiado? ¿Qué Le va a suceder en nuestra vida? Cuando decimos: "Venga tu reino", pues bien, Su reino sólo puede llegar por medio de nosotros. Entonces, ¿qué le va a suceder en nosotros? Es la pregunta que vamos a conservar". (Fin de la conferencia y del encuentro)

     

  • 26/08/09 - La caridad se hace posible en una meditación continua sobre la vida.

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    6ª parte de la 3ª conferencia de Ginebra, en enero de 1971.

    Retoma: "Además, eso es lo que debería constituir el misterio de la Iglesia, justamente porque la Iglesia tiene su sentido (su centro) en cada uno. Sólo existe verdadera comunidad a partir de la soledad de cada uno, como tampoco existe verdadera soledad sino abierta a todos".

    Continuación: "Es pues seguro que la búsqueda del prójimo y el amor de los hombres, que no es nada natural, digan lo que dijeren, el amor de los hombres no puede sostenerse finalmente sino a partir de esa raíz divina y no se puede perpetuar sino gracias a una compasión continuamente renovada hacia la fragilidad divina expuesta a todos los golpes y víctima de todos los males.

    Pues, evidentemente, si se aplasta al hombre, se pisotea a Dios en él y eso es lo horrible de esta situación, que precisamente el más alto valor, que es Dios mismo, que sólo puede afirmarse en nuestra Historia a través del hombre, sea ignorado y que se pisotee al hombre por no verlo precisamente como el santuario de la Presencia Divina.

    Es imposible salir de ahí si volvemos a caer al nivel del yo pasional. Se ama a los seres que hacen parte de nuestro espacio vital. Hay seres indispensables a la vida cotidiana, que tapan los huecos y nos hacen escapar al sentimiento desesperante de una soledad que nada puede colmar. Cuando ellos desaparecen nos apresuramos a remplazarlos en cuanto posible, pero ese amor no es amor universal, lejos de ello. Sin duda tenemos momentos de compasión cuando tenemos noticia de una gran catástrofe, pero nos es imposible mantenernos a un nivel de presencia universal si no tomamos la humanidad por su centro, por su origen mismo, donde efectivamente somos uno porque nuestra vida brota de una misma Presencia y de una misma Fuente.

    Entonces finalmente, en una oración continua sobre la vida como portadora de la presencia divina es como la caridad encuentra su posibilidad, es decir que el hombre puede llegar a ser prójimo para el hombre. Y precisamente, porque si Dios sabe que no somos perfectos, sabe que tenemos que ponernos en la forma (?) cada día, ¡Dios sabe que a cada instante podemos recaer en el yo propietario y carnal! Entonces lo que nos permitirá emerger es justamente el sentimiento de que no podemos abandonar a Dios, porque abandonar al hombre y abandonar a Dios es lo mismo ya que el reino de Dios está esencialmente unido a la realización del hombre y que la realización del hombre sólo se puede realizar mediante el reino de Dios en el hombre. La simbiosis es total, la comunión de vida es absoluta: sin Dios no hay hombre y sin el hombre no hay Dios en nuestra historia.

    En la vida de cada día, donde justamente los límites de los que nos rodean son tanto más sensibles cuanto más los conocemos, en la vida de cada día sólo podremos superar esos límites justamente en un sentido cada vez más agudo del peligro que corre Dios a causa del hombre, ya que si recaemos en nuestras oscuridades, Dios pierde terreno, Dios se oscurece, Dios se vuelve caricatura, misterio inaceptable e impotable, y justamente porque Dios está siempre en peligro podemos renovar incesantemente el esfuerzo en la medida en que somos sensibles a Su fragilidad.

    No veo otra posibilidad para el hombre de amar al hombre, porque si no se centra el amor del hombre en esa Presencia que hace de cada uno de nosotros un fin último y un bien universal que toda la humanidad tiene interés de defender, recaemos en una comunidad que puede tener sus ventajas, pero que finalmente no pude resistir a ciertos instintos que no hay razón alguna ni posibilidad de superar si no vemos que el sentido de la vida es justamente hacer de todo nuestro ser un don transparente y virginal para esa Presencia que sólo puede transmitirse a través de nuestra autenticidad.

    ¿Quién es mi prójimo? Primero Dios, siempre Dios, Dios en el hombre, Dios en el universo, Dios en toda criatura que sería indigno profanar precisamente porque lleva en sí el resplandor del rostro de Dios.

    Es pues esencial no salir de esta perspectiva. Porque es lo mismo socialmente como individualmente: cuando dejamos a Dios recaemos en nosotros mismos, en un yo que puede ser individual o colectivo, pero que no es menos una realidad biológica, una realidad cósmica, una realidad de la jungla.

    Es imposible conservar el equilibrio humano en ninguna situación, individual o colectiva, sin referirse al primer Prójimo, al Prójimo con mayúscula que es Dios que vive en nosotros. Eso no debe impedir – y acaban de recordármelo de manera muy pertinente – eso no debe impedir crear estructuras que faciliten la humanización del hombre.

    Con frecuencia he hablado aquí mismo de la propiedad como fundada solamente en la dignidad humana. He dicho que ningún derecho de propiedad puede afirmarse sino de la persona humana e indiqué sus límites diciendo justamente que sólo podemos apropiarnos lo que nos es necesario y que el resto, en justicia, pertenece a los demás. Transformar una fábrica en república, como lo propongo, que cada trabajador sea propietario y co-responsable, y co-gerente, me parece evidente precisamente en el plano donde la humanidad debe ser la realización de la persona humana. Todo eso se debe hacerse, pero todo eso puede ser eficaz y puede subsistir sólo en la medida en que tales estructuras han sido inventadas por personas preocupadas de hacer circular los valores humanos, lo cual, una vez más, sólo es posible si cada uno de los miembros, o en todo caso los que son los más responsables, animan toda la estructura con esa presencia, única que pueda vivificarlos y darles importancia creadora.

    Cuando dejamos a Dios, todo vuelve necesariamente al nivel de una biología colectiva o individual cuyas raíces finalmente están en el inconsciente. Por eso la caridad, la justicia, el respeto del hombre, el reconocimiento del hombre por el hombre, son esencialmente solidarios de este encuentro con esta presencia infinita al más íntimo nuestro, y creo, basado en la experiencia además, que la caridad es radicalmente imposible, quiero decir el amor al prójimo, es radicalmente imposible, digo de todo prójimo, no digo de los que forman parte de nuestro espacio vital, el amor de los cuales por otra parte es un amor muy interesado, hablo del amor verdadero del hombre, es radicalmente imposible si no se inscribe en la perspectiva de la encarnación de Dios. En efecto, es esto nuestra gran esperanza, podemos amar al hombre, amarlo a fondo, amarlo hasta morir por él eventualmente como lo hace Cristo, si vemos en el hombre la única realización posible de Dios". (Continuará)

     

  • 25/08/2009. Eso es lo que debería constituir el misterio de la Iglesia.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} 5ª parte de la 3ª conferencia de Ginebra en enero de 1971.

    La humanidad sólo será ella misma cuando todos los hombres formen una sola persona… La divinización del Universo es el sentido de la Creación...

    "En el fondo nuestro hay pues un valor eterno que nos permite comulgar los unos con los otros en nuestra profundidad suprema, pero sin violar el secreto los unos de los otros.

    No se trata de un Dios del que se habla, de un Dios que quisiera imponerse a los demás llevándolos a una fórmula que constituiría como un denominador, sino de otra cosa muy diferente! Podemos llevar a Dios hablando de futbol o de música de jazz, o de música pop, podemos llevar a Dios en cualquier situación, a condición de vivirlo, de estar centrados en un silencio suficientemente profundo para estar al origen del hombre. Hay una región de silencio donde todos tenemos raíces comunes y donde nos podemos encontrar sin decirlo, simplemente viviendo la presencia lo suficiente como para comunicar su irradiación.

    Sería insoportable oír hablar desde la mañana hasta la tarde, porque las palabras se gastan y pierden su valor. La Presencia pasa mucho mejor cuando surge de lo profundo, cuando opera un contagio personal en la raíz del ser, cuando está formada ante todo de respeto hacia el otro en el silencio de sí mismo; entonces todo es posible. No se necesita estar de acuerdo con un programa, no se necesita un acuerdo de opiniones, ni de política, cuando hay primero esa raíz, porque todo cambiaría en la medida precisamente en que el hombre se preocupe por ese valor infinito que hace sagrado a todo hombre para todo hombre. El hombre es sagrado, claro está, y no hay nada más sagrado en la tierra, o mejor, todo es sagrado aquí, toda realidad, en la medida en que la tomamos en esta perspectiva, en la medida en que deseamos con todas las fuerzas la Encarnación de Dios, en la medida en que comprendemos que la divinización del universo es el sentido mismo de la Creación.

    Eso supone una vida interior muy profunda. Eso supone un hábito de silencio. Eso supone una atención amorosa continuamente reactivada y sostenida porque es verdad que el otro me puede exasperar, hacer brotar en mí todas mis opciones pasionales en respuesta a las suyas y que, para evitar ese quiasma, esa catástrofe, es absolutamente necesario controlarme, perderme de vista, estar atento a la Presencia como si estuviera confiada a mi amor. Si soy consciente de ello, y en la medida en que lo sigo siendo, mis relaciones con los demás son relación con el Otro con mayúscula, y los encuentro en lo más íntimo de ellos pues ellos, como yo, no llegan a sí mismos sino por Él, haciendo de sí mismos, como tengo que hacerlo yo, una ofrenda de amor para el Amor que es nuestra fuente y origen.

    Nuestro amor humano tiene pues raíz mística y no podemos constituir una humanidad auténtica sino en la superación y en el nivel de esta trascendencia, o para decirlo muy sencillamente, en el nivel de la Presencia divina.

    La humanidad no existe todavía. Hasta ahora la humanidad sólo existe como especie biológica que se reproduce como todas las especies animales, sin ser consciente además del sentido mismo de la reproducción. La humanidad sólo será ella misma cuando todos los hombres formen una sola persona y en la medida en que formen una sola persona, y eso es posible sólo en la circulación de la presencia divina que es la respiración de nuestra libertad, de modo que cada uno de nosotros es portador de la humanidad que no desea constituirse sin Él porque, justamente, el fin está en nosotros, no en plural (ese era ya el error de Kant, es el error de Jeanson, el error de los comunistas más idealistas de hoy que oponen el "nosotros" colectivo al "yo" individualista. Si condenan el "yo" como fuente de división y de impotencia, si creen que el "nosotros" tiene toda la potencia y que los hombres juntos son capaces de realizar todo, es un profundo error si ese "nosotros" ¡es simplemente resultado de la biología colectiva! Juntos vamos a aglomerar la instintividad, el sentido del prestigio, de la posesión, de la dominación, si cada uno de nosotros no es trabajado por el fermento de desapropiación que es la condición de nuestra libertad. El "nosotros" no podrá hacer nada solo si no es sostenido por el fin que Kant sitúa a justo título en el interior de cada uno.

    Además, eso es lo que debería constituir el misterio de la Iglesia, justamente porque la Iglesia tiene su sentido (su centro) en cada uno. Sólo existe verdadera comunidad a partir de la soledad de cada uno, como tampoco existe verdadera soledad sino abierta a todos". (Continuará)

     

  • 24/08/09 – El reino de Dios no puede extenderse sino por medio de nuestra transformación en Él.

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    4ª parte de la 3ª conferencia de Ginebra, en enero de 1971.

    El sentido de la Historia es ser la encarnación de Dios.

    "Entonces la Encarnación sólo revelará toda su fecundidad al invadir toda la humanidad, y primero a nosotros mismos que debemos ser los instrumentos de su irradiación. Y eso en efecto es lo capital: que el progreso de Dios a través de la historia pasa por nosotros. Es imposible que el reino de Dios se extienda de otro modo que por nuestra transformación en Él.

    Y ése es el fermento de una caridad clarividente que no descuida ningún dato del psicoanálisis, ningún dato de lo que podemos saber del inconsciente que conocemos cada vez mejor como una jungla pavorosa donde se reúnen todas las posibilidades maléficas. Podemos amar al hombre, sin ilusiones sobre los impulsos provenientes del cosmos, precisamente porque eso no es lo único que hay en el hombre. Hay eso, pero también la posibilidad de hacerse hombre, de emerger de la jungla, y más, de transformarla, de disciplinarla, de hacerla euritmia y música, como nos lo enseña la música por otra parte, pero siempre en la medida en que la orientación esté decididamente hacia la Presencia adorable que está escondida en lo más íntimo de nosotros, ya que es sólo respecto de esa Presencia universal, espacio en que respira nuestra libertad, como el hombre se hace de verdad él mismo y es digno de amor.

    Eso no quiere decir que el ser más degradado no pueda ser amado. El Evangelio nos muestra a Jesús rodeado de los seres más frágiles e indefensos, más culpables según una ley extremamente rígida y exterior, pero que Él eleva, a veces inmediatamente mediante una conversión a veces repentina, Él los eleva hasta la más alta contemplación.

    Pero en la medida en que, en medio de lo que parece degradación, se percibe una chispa divina, en la medida en que uno es consciente de que todo eso no puede ser sólo fenómeno pasajero, en la medida en que uno se da cuenta de que cada uno está llamado a realizar en sí mismo el reino de Dios, en la medida en que se percibe aún más profundamente que Dios está en peligro en todos y cada uno ya que la Creación sólo puede terminarse por la divinización de todos y de cada uno.

    Pues una criatura que no logre divinizarse aquí o en otra parte, en este mundo o más allá, una criatura que no logre divinizarse es el fracaso de Dios, y ese fracaso, ya sea en un ser o en un millón, es siempre un fracaso infinito ya que Dios es un valor infinito y si no puede penetrar una criatura, esa criatura introduce en el universo una especie de muerte o de punto ciego que proyecta sobre todo el universo su propia oscuridad. Y esa es justamente la articulación más esencial de la caridad, del amor del prójimo, esa toma de conciencia que hay en el otro de posibilidades divinas de las que es portador.

    Yo sé que si les hablo mal de los demás extingo a Dios. Yo sé que si voluntariamente, voluntariamente, no presto atención a los demás, extingo a Dios. Yo sé que si lo hiero, lo movilizo contra Dios porque todo su amor propio, en su desesperación, se va a volver contra mí y contra el Amor que podría hacernos solidarios y trasformarnos en una sola vida, en una sola persona.

    Y finalmente, la solicitud por la Vida de Dios es el centro de donde brota un amor humano ilimitado, pues entonces no se trata de cultura, ni de raza, ni de situación, sino en verdad del hombre mismo en su vocación esencial, en sus posibilidades más profundas, ¡y es imposible decretar que un ser no se abrirá nunca! ¡Es imposible! Eso sería rehusarle el rango de criatura, es decir, rehusarle su estatuto de hijo de Dios, eso sería excluirlo del Amor infinito. Si participa en ese Amor infinito, participa en la vocación divina y esa vocación divina es lo que se trata de reconocer, de preservar, de desarrollar, desarrollando naturalmente primero la nuestra.

    La Encarnación de Dios es toda la Historia. El único sentido de la Historia está en ser Encarnación de Dios. Nos dimos cuenta de ello desde luego porque Dios parece tan terriblemente ausente y toda la vida de hoy se construye sin Él si no contra Él, pero así es: si de verdad el hombre debe ser tratado como fin, es en la medida en que comparte un valor universal que es el único bien verdaderamente común. Pues, ¿qué otro bien común habría fuera de ése?

    Todo pueblo tiene su tradición. Cada uno tiene su lengua. Cada uno tiene su estética. Cada uno está apegado a costumbres que le son consustanciales. Y ésas son riquezas en el sentido que reuniendo todas las tradiciones, toda las literaturas, todas las músicas, se puede hacer algo magníficamente humano en efecto, a condición de que todo se articule en la Presencia. Pues ¿qué es el arte sino la sugestión de una Presencia Infinita a través de la música de las palabras y de los actos? Sin esa Presencia Infinita sólo queda la humanidad entregada a sí misma, a su mortalidad, y que debe perecer como lo entreveía Russel diciendo que de todas las civilizaciones, de toda la ciencia nada subsistirá, precisamente porque la humanidad misma está destinada a desaparecer". (Continuará)

  • 23/08/09. Es a través de nuestra existencia como Dios se convierte en realidad de la historia humana.

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    3ª parte de la tercera conferencia de Ginebra, en enero de 1971.

    Sólo hay prójimo con minúscula debido al Prójimo con mayúscula que es Dios mismo. Es a través de nuestra existencia como Dios se convierte en realidad de la historia humana.

    Retoma: "Queda entonces la única solución que es nacer a nosotros mismos en el encuentro en lo más íntimo nuestro con la Presencia Única más íntima a nosotros que lo más íntimo nuestro".

    Continuación: "Así es posible encontrar al otro a través del Otro con mayúscula. Si encontramos al otro sin verlo en su vocación divina, sin verlo como portador posible de un valor universal, chocamos inevitablemente con sus límites que no podemos amar como tales. Se puede amar a alguien a través de sus límites claro está, pero por lo que va a ser – y es necesario hacerlo constantemente.

    Si sólo pudiéramos amar los hombres perfectos (y tampoco lo somos nosotros), nunca sería posible amar al prójimo. Pero todos tenemos justamente la posibilidad de devenir otros, la posibilidad de liberarnos y devenir santuario de la presencia infinita. Y así podemos amarnos sin reserva como amamos a Dios mismo, de tal modo que finalmente, Dios mismo es el primer prójimo.

    Sólo existe prójimo humano, con minúscula, debido al Prójimo con mayúscula que es Dios oculto en lo más íntimo de nosotros, y esto es importantísimo porque el amor del prójimo de que nos hablaba San Pablo esta mañana de manera tan magnífica, ese amor que es el único valor, la única virtud, la única santidad preferible a todos los heroísmos, a todas las profecías, a todos los milagros, ese amor sólo tiene sentido si se funda en esa Presencia.

    Si luchamos por amar a los demás por lo que son, estaríamos lejos de la cuenta porque inmediatamente deberíamos tomar conciencia de que es imposible amar lo que contradice a la grandeza humana. Si el hombre es un fin, no lo es por su biología y como animal, sino precisamente por lo que puede llegar a ser al lograr todo su tamaño mediante una trasformación que el evangelio llama el nuevo nacimiento.

    En el nuevo nacimiento es como llega a ser él mismo y a tener valor infinito, a ser digno de un amor incondicional, pero antes de que lo sea, podemos amarlo en esperanza y amarlo precisamente porque es la condición de la manifestación de Dios en la Historia y en el universo.

    La suerte de Dios en la humanidad es lo que conduce la humanidad a lo más alto de ella misma, o lo que la llevaría a lo más alto de ella misma si fuera consciente del depósito que se le ha confiado, ya que precisamente por no ser objeto, Dios no puede estar en ningún lugar sino dentro de nosotros, no puede brillar sino desde el fondo de nuestra intimidad, y a través de nuestra existencia es como se convierte en realidad de la historia humana, es decir, finalmente, que la Encarnación continúa, la Encarnación no se limita a Cristo como si Él fuera una especie de cumbre que emerge de la historia sin tener que trasformar la humanidad en sí misma. Él es Cristo precisamente para los demás a fin de llevarlos a la divinización, para que lleguen a tener el valor infinito en que Cristo tiene la subsistencia personal". (Continuará)

     

  • 22/08/09. ¿Como amar a los demás?

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    2ª parte de la 3ª conferencia de Ginebra en enero de 1971.

    "¿Cómo entonces amar a los demás? ¿Cómo amar al otro, inclusive dentro de una pareja que comenzó por lo que creían un gran amor y que termina destruyéndola yendo hacia otros, hacia otros amores que parecen llenos de nuevas promesas? ¿Cómo salir del impase? ¿Cómo llegar al amor universal sin enceguecerse sobre lo que es uno mismo y lo que son los demás?

    Y de hecho, mientras más observamos, más percibimos la nada del ser humano, más sentimos su aspecto superficial, lo hueco de sus palabras, pues ¿de qué están hechas las conversaciones? La mayor parte del tiempo tienen por finalidad llenar un vacío insoportable, pues afrontarse a sí mismo es evidentemente lo más insoportable y exigiría el mayor heroísmo. Entonces hablamos para hacer ruido, para olvidar quiénes somos, para no escrutar las propias profundidades y para olvidarse de sí mismo en ese juego superficial, aunque eso no impida que uno adivine al mismo tiempo el vacío de los demás.

    Y es verdad que para el que sabe escuchar y poner atención, amar a los demás es difícil, no vemos muy bien lo que se pueda amar en ellos, o en todo caso lo que se pueda amar de manera que haya compromiso de vida. Los podemos soportar – ¡ya es mucho! Podemos evitar hablar mal de ellos - ¡es una excelente disciplina! – pero al fin de cuentas, amarlos, amarlos de verdad por lo que son, eso es mucho pedir porque, justamente, no son como nosotros. Y ahí es donde está la dificultad.

    ¡El prójimo está con frecuencia tan lejos de nosotros! Sentados con alguien en el mismo banco, en proximidad física inmediata, podemos estar en los antípodas los unos de los otros porque cada uno tiene su mundo, en especial tiene el mundo de su inconsciente de donde brotan la mayoría de sus impulsos.

    ¿De qué están hechas las opiniones? La mayoría, de impulsos pasionales. Tomamos partido no por amor de la verdad sino por ciertos intereses, de clase, de grupo, intereses confesionales, intereses de raza, en fin, intereses que proceden del inconsciente, del ser biológico que somos, que concuerda con ciertas tendencias y nos lleva a emitir ciertas afirmaciones.

    Y de ahí surgen todas las disputas, cuando vamos más allá de las discusiones sobre el tiempo que hará mañana, las cuales no son generalmente muy peligrosas. Desde que la vida se compromete, desde abordamos una situación en que debemos tener cuenta de la existencia, inmediatamente vemos oponerse las divergencias – y en tonos cada vez más apasionados – pues naturalmente cada uno habla a partir del fondo personal y es imposible que hable de otra manera, a menos que se transforme.

    Y ahí está justamente todo el problema: ¿puede trasformarse el hombre y encontrar al prójimo en un nivel donde haya realmente un prójimo, es decir un ser idéntico a nosotros, más aún, interior a nosotros?

    Evidentemente, en ese nivel es donde se puede hablar de amar al prójimo, y eventualmente de amarlo como a sí mismo. En efecto, si el yo llega a purificarse, si pasamos del yo posesivo al yo oblativo, si "yo es otro", en fin, si dentro de nosotros ya no somos sino ofrenda para el amor que nos solicita y nos está esperando en nuestra intimidad profunda, en ese nivel, sí, es posible experimentar al otro como interior a nosotros porque es portador del mismo valor, de la misma Presencia, de la misma grandeza, de la misma santidad. Pero esa es la condición fundamental.

    Es claro que, más allá de todas las razas, de todas las clases, de todas las tradiciones históricas de todas las naciones, más allá de todos los partidos, puede haber proximidad absoluta si estamos enraizados juntos en el mismo centro, si somos uno en una Presencia única, si en medio del silencio nos encontramos en esa Persona, si Él nos está confiado a todos y cada uno tenemos efectivamente un terreno común donde encontrarnos. Si no, no veo que haya un terreno incontestable. El culto de la humanidad "gran ser" tiene limitaciones porque la humanidad terrestre es mortal y debe terminar un día. El mesianismo marxista acepta sacrificar a los hombres de hoy para preparar el terreno para una humanidad futura que no existirá quizá nunca. El principio de Kant es mucho más cercano ya que, justamente, pone la finalidad dentro de nosotros mismos, aunque queda por determinarla, y es lo que tenemos que hacer. Y Nietzsche representa evidentemente un ideal que vale para algunos, a condición de estar dispuestos a sacrificar la masa inmensa de los hombres a la eclosión de los pocos genios que constituyen la gloria del género humano.

    Queda entonces la única solución que es nacer a nosotros mismos en el encuentro en lo más íntimo nuestro con la Presencia Única más íntima a nosotros que lo más íntimo nuestro". (Continuará)

     

  • 21/08/09. ¿Cómo amar a los demás? Desde el punto de vista biológico, el amor del prójimo es imposible.

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    1ª parte de la 3ª conferencia de Ginebra, en enero de 1971.

    "¿Dónde está el prójimo y cómo encontrarlo? ¿Cómo puede el hombre encontrar al hombre? Hay sistemas diferentes, diferentes experiencias. Podemos enumerar algunas.

    Comencemos por Comte, por ejemplo, por el positivismo humanitario de Comte que es una experiencia interesante en que Comte, partiendo de un positivismo integral, únicamente de los hechos y de las leyes naturales, trató de constituir una moral válida para todos los hombres, haciendo de la humanidad la divinidad del hombre. Es decir que el gran ser es la humanidad, tanto la humanidad del pasado como la del presente; la humanidad está constituida más por los muertos que por los vivos, la humanidad que avanza, la humanidad que transmite sus adquisiciones, la humanidad que es ilustrada por los genios a tal punto que organizó el culto de los genios, instituyó un calendario litúrgico para conmemorarlos y fundó finalmente una iglesia positivista que debía remplazar el catolicismo, una iglesia cuyo dios es la humanidad, entendiendo por humanidad no a ustedes y a mí, sino el conjunto a través de toda la historia y hasta el final de ella.

    Esa tentativa, inspirada en parte por un gran amor hacia su mujer llamada Clotilde de Vaux, esa religión es conmovedora pero, evidentemente, limitada ya que está finalmente destinada a desaparecer: un día se enfriará la tierra, un día cesará de existir la humanidad, y será el final de la historia y será el final de ese gran ser en el cual quedaremos perdidos para perdernos finalmente de manera definitiva, pues no quedará nada. Es una tentativa que merece en todo caso ser mencionada: la veneración de la humanidad a la cual debemos dedicarnos, perdernos en ella, haciéndonos herederos del pasado para trasmitirnos al futuro en una devoción religiosa que remplace las religiones difuntas.

    Existe, en la misma época, una tentativa que dio otros frutos y es infinitamente más importante, el marxismo: la humanidad, es el proletario – o el prójimo – el proletario es el portador de la humanidad porque no tiene nada más que su humanidad. Tiene el puesto mesiánico en el sentido de que es portador del futuro y sólo puede preparar el futuro apoderándose del poder e instaurando la dictadura del proletariado.

    Y en esa fase estamos (en 1971), al menos eso es lo que querían establecer los países comunistas. La dictadura del proletariado es ejercida de hecho por jefes, por una minoría que somete necesariamente al conjunto a una disciplina muy rigurosa en vista de un futuro incierto además, en que el hombre reconocerá finalmente al hombre.

    Lenín mismo sabía que la última fase del comunismo en que el Estado desaparecería, en que ya no habría necesidad de sanciones, en que cada uno iría benévolamente a trabajar en beneficio de todos y cada uno recibiría según sus necesidades y trabajaría conforme a sus capacidades, Lenín sabía que eso era una esperanza, y por eso el comunismo es finalmente un mesianismo, es decir una religión que mira hacia un porvenir incierto además, que debemos pagar con el precio de la dictadura de la cual vemos que ni ha producido todavía todos sus efectos ni conquistado tampoco la humanidad a la cual debía prepararnos, o mejor, en la cual debía instalarnos.

    Pero es evidente que es imposible negar la importancia inmensa de ese movimiento ya que cubre la mitad de la tierra o casi (en 1971), y propone en el fondo una de las soluciones en que el proletario pueda sentirse implicado ya que lo pone en primer plano, después de haber estado injustamente relegado al último.

    Existe otra moral, otro sistema revestido de autoridad moral muy grande, el sistema de Kant en que la humanidad aparece como valor interior a cada uno: "Actúa de tal modo que trates siempre a la humanidad en tu persona y en la de los demás como fin y jamás como medio".

    Es quizás algo muy conmovedor, porque la persona aparece como teniendo todo el valor y, en el precepto en que la humanidad jamás debe ser tratada como medio, reconocemos precisamente la percepción de la inviolabilidad de que hablábamos esta mañana.

    Es cierto que si el fin está en nosotros, en cada uno, eso supone que la sociedad entera debería reposar sobre la persona, eso supone que la sociedad entera debería tener su centro en cada uno, es decir, eso supone que cada uno debería ser universal, porque ésa es la única manera de ser universal, de llevar en sí mismo toda la humanidad, pero eso justamente supone que la humanidad es un valor supremo en cada uno. Volveremos a esto en seguida, pues encontraremos esos valores al tratar de construir nuestra propia visión del mundo.

    Hay otra filosofía, la de Nietzsche que es una filosofía de aristócrata: "En el fondo, ¡mata al mediocre! ¡Sírvele al genio, si tú no puedes ser genio!" Pero lo que importa son las cumbres: la inmensa mayoría de los hombres son mediocres, es inútil detenerse en ellos, es necesario trabajar por el genio, sin saber muy bien además en qué momento llegamos a ese estadio. En Nietzsche vemos el desprecio de la mediocridad y la voluntad heroica de superarla mejor que el objetivo que se propone alcanzar y que, además, nunca logró pues murió loco.

    Frente a los sistemas que acabo de resumir, muy someramente claro está, frente a todos esos sistemas está siempre la famosa máxima cristiana y bíblica: "Ama a tu prójimo como a ti mismo". Esta fórmula está llena de ambigüedades porque "¿Cómo me amo a mí mismo? ¿Y quién soy yo?" Es evidente que según me cree en cierto nivel, o no me cree, dejándome llevar por el universo y obedeciendo a mis instintos, llegaré a la imposibilidad de amar al prójimo como a mí mismo ya que el amor instintivo y primitivo de sí mismo es un amor que no tiene nada de altruista, es un amor fundado en determinismos, en hormonas, en la herencia, en factores psicológicos hundidos en el inconsciente, ¡y no se ve cómo un ser gobernado por el inconsciente, un ser que no sabe quién es, y que es simple apéndice de sus instintos, cómo podría amar a los demás como a sí mismo! Se aferrará naturalmente a su yo biológico, ampliará lo más posible su espacio y su dominación, ejercerá al máximo su apetito de placer y de explotar a los demás. Nada es más normal si seguimos la pista del yo carnal y posesivo.

    Y de hecho, cuando estudiamos los basamentos del ser humano, cuando tenemos en cuenta sus instintos, no estamos en el altruismo, tenemos la impresión clara de que el hombre está en la jungla, que es parte del universo, que es un animal como los demás, más feroz que los demás y que hace de todos los demás su presa pues no hay realidad que él respete en el mundo; si le interesa, está listo a explotar los astros y lo hará en cuanto le sea posible, porque es un ser necesitado, tiene necesidad de préstamos, no puede subsistir sin préstamos, y si agota una cantera está obligado a abrir otra.

    ¿Cómo amar al prójimo como a sí mismo? Desde el punto de vista biológico, eso es pues algo imposible precisamente porque el yo es una prisión en la cual estamos encerrados todos y en el yo biológico no hay ventana abierta hacia los demás sino para explotarlos, para aprovechar de los demás, anexándoselos.

    Todo va pues a depender de lo que hagamos de nosotros y de si alcanzamos un estadio en que sea posible amar al prójimo, sin estar ciegos además a sus límites, porque, claro está, como tenemos límites que nos ocultamos a nosotros mismos, de los que somos inconscientes la mayor parte del tiempo mientras los límites ajenos nos saltan a los ojos, y nada nos es más fácil que criticarlos, porque sus defectos nos son atrozmente visibles. Entonces, ¿cómo amar a los demás?" (Continuará)

     

  • 20 08 2009. Cristo-Iglesia es para nosotros la única visión posible de la Iglesia.

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    Final de la 2ª conferencia de Ginebra en enero de 1971.

    "Nada es más difícil que emprender una reforma si no se la emprende radicalmente en el fondo de uno mismo. Si uno se libera, y en la medida en que uno se libera, podrá ser un mensajero reformador que sacuda las esclerosis que hay en el fondo de cada uno de nosotros y pueda transformar poco a poco las estructuras, aunque no me ilusiono mucho sobre este punto ya que, finalmente remplazan una cosa (?) por otra, un comité por otro, una comisión por otra, y terminan siempre con una estructura cualquiera que sea, si se esclerosa, se vuelve obstáculo, y todas las estructuras serán obstáculos en la medida justamente en que los hombres cesen de reformarse.

    Por eso es tan difícil hoy en día de entrar en la humanidad contestataria sin aportar nuevos elementos de contestación, sin acentuar las separaciones, sin elevar los muros que impiden a los hombres comunicar entre ellos, y por eso, para repetirlo una vez más, es en la medida en que volvamos al misterio de la Iglesia vivido como sacramento, como estaremos en mejor posición para reformar lo que debe ser reformado sin tocar a las posiciones esenciales que nos garantizan la Presencia permanente de Jesucristo.

    Por eso, por mi parte, siento un total respeto por la jerarquía, sea cual fuere, es decir sean cuales fueren los hombres que la representan, porque voy inmediatamente al sacramento y tengo perfecta seguridad de que la supresión de la jerarquía sería el fin del misterio de la Iglesia y de que recaeríamos entonces en una especie de academia cristiana donde se sometería a voto lo que conviene pensar de la Persona de Jesucristo, de su acción y de su obra en medio de nosotros.

    Estamos pues invitados a una total fidelidad sin ninguna ceguera y, si tenemos que trabajar, quiero decir, trabajar en una colectividad, animar un grupo, lo haremos tanto mejor cuanto más preservados estemos de todo fanatismo, sabiendo que nuestro testimonio cristiano no puede ser sino la transmisión de la Presencia y de la Persona de Jesucristo. Ahí no hay riesgo de suscitar opciones pasionales, muy al contrario, así se apaciguarán las opciones pasionales y finalmente los grupos, sean cuales fueren, volverán a encontrar el sentido de lo humano en el sentido de la universalidad.

    Gandhi había logrado en su empresa justamente, en su lucha por la independencia de su patria, conservar ese maravilloso equilibrio: reconocer en el adversario a un hombre, tratar de convencer al ocupante tratándolo como hombre, apelando a su dignidad humana para que tomara conciencia de la injusticia de la situación. Y esa fue su mejor arma! Si finalmente triunfó, lo hizo por sus ayunos, con su voluntad de respetar al adversario tratándolo como hombre, y así, naturalmente Inglaterra fue llevada a prometer dar la independencia que Gandhi deseaba provocar en el respeto del hombre, fuere cual fuere.

    Pues bien, con mayor razón nosotros, si estamos entados en Cristo, si estamos enraizados en Su Persona, sólo podemos, y debemos, dirigirnos en la misma dirección. Donde quiera que estemos, debemos llevar el fermento de humanidad que sacamos finalmente del corazón de la Trinidad, sólo tenemos que aportar esa libertad creadora viviéndola en nosotros como experiencia misma de nuestra humanidad.

    Si estuviéramos desapropiados de nosotros hasta ese punto, todas las colectividades que podamos in-formar, en las cuales tengamos que trabajar, estarían inmediatamente elevadas a un nivel superior y, en vez de oponerse unas a otras, podrían unirse en la dimensión vertical en que el hombre llega por fin a sí mismo.

    En todo caso, Cristo-Iglesia es para nosotros la única visión posible de la Iglesia, y sin ser solidarios, una vez más con el deslizamiento del hombre que podemos desgraciadamente percibir todos los días en nosotros mismos, podemos adherir plenamente al misterio que es nuestra liberación, y, si la liberación se realiza en nosotros, estaremos en tanto mejor posición de ayudar a los jerarcas mismos a reformarse todo lo necesario, y a expresar no solamente en su función sacramental sino en su propia vida la condición de dimisión total que es la suya.

    Pero creo que todos los sacerdotes que se inquietan actualmente con generosidad, que se plantean la cuestión de su misión, pienso que serían infinitamente reconfortados si volvieran a esa fuente y vieran que tienen justamente que responder a ese llamado que hace indispensable su presencia, trasmitir a Jesucristo en persona, para darle a todo ser humano la posibilidad de encontrar al Señor en persona.

    Yo pienso que una obra tan admirable e inspirada como la de Taizé realiza esos valores, y me impresiona ver cómo el prior Schutz insiste sobre el amor de la Iglesia; es un dato nuevo y extremadamente precioso, el amor de la Iglesia.

    Este testimonio es importantísimo porque emana de una comunidad cuya autenticidad cristiana es indudable y donde el Espíritu de Dios está ciertamente a la obra para bien del mundo entero. Entonces creo que este testimonio nos invita a recuperar el amor por la Iglesia, no a esconderla, disimularla, criticarla, sino justamente a comprenderla en su misterio en un acto de fe en el amor del Señor que derribó a San Pablo en el camino de Damasco, al encontrarse en un mismo movimiento y en la misma luz, con Jesús en la Iglesia, y con la Iglesia en Jesús, recibiendo del Señor mismo la más alta teología del misterio de la Iglesia: Yo soy Jesús a quien tú persigues". (Fin de la 2ª conferencia)

     

  • 18,19/08/09 - La reforma de la Iglesia, comenzando por nosotros mismos.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    4ª parte de la 2ª conferencia de Ginebra en enero de 1971.

    Retoma: "La solidaridad continuó entonces (entre el emperador y los obispos) y tendió naturalmente a hacer de la jerarquía un organismo, si no integrado en el Estado, al menos aliado con el Estado, que el Estado debía consultar, que el Estado tenía interés en poner de su lado, como también los hombres de Iglesia pensaban que la protección del Estado podía ser garantía de la eficacia de sus funciones"

    Continuación: "Esta situación no ha terminado todavía ya que continúa (por ejemplo) en nuestro país (Suiza), donde el Estado está unido a la Iglesia y el aburguesamiento del clero es un hecho, no específico del clero además, ya que el aburguesamiento es una tendencia universal, la reivindicación del confort, del automóvil, de la televisión, de la máquina lavadora: todo eso aparece como imagen de un bien común al que todos deben acceder, aunque tenga muy poco que ver con el valor del hombre. Es pues incontestable que existe cierta esclerosis de los hombres de Iglesia, que la esclerosis sigue afectándolos también es innegable, que tienen que reformarse todos los días, como todo miembro de la Iglesia; ese es el primer deber, pero a la mirada de la fe eso no impide el carácter sacramental de su misión. Si quisiéramos esperar que todo miembro de la Iglesia o de la jerarquía esté al nivel de santidad de un San Juan de la Cruz, tendríamos que esperar mucho tiempo.

    Y lo que nos da la fe, justamente, es poder vivir la división, saber que la fe sólo está vinculada con Cristo en el misterio de la Iglesia-sacramento, y que los hombres de Iglesia individualmente están llamados a conquistar su libertad, como los demás hombres, pero en condiciones particularmente difíciles ya que tienen que recordarse sin cesar su estado de dimisión que es un estado de pobreza radical que no debería manifestarse solamente en su vida exterior, sino ante todo en su persona.

    Hoy en día existe evidentemente una tendencia enérgica a sacudirlos, a llamarlos a la pobreza evangélica, (eso no está mal, ¡muy al contrario!), y a denunciar su esclerosis y a reclamar su apertura al mundo: se desea absolutamente que se impliquen en la política, que tomen partido, se desea que conozcan las preocupaciones del trabajo y se les invita con frecuencia a asumir las preocupaciones de una familia.

    Todo eso, todas esas corrientes son dignas de interés puesto que existen; se trata de examinarlas sin temblar pero sin olvidar jamás que la misión del sacerdote no puede ser sino esta: ser sacramento de la Presencia de Jesucristo en persona. Que se haga sacerdote obrero si vive en un medio esencialmente obrero, a condición de que no le dé al Evangelio un carácter obrerista, que no monopolice el Evangelio al servicio de una clase como si esa fuera la única que existe, aunque, claro está, el Evangelio vivido nos colocaría inmediatamente más allá de todas las clases y haría imposible el carácter esclerosado que es precisamente en el que se oponen unas a otras, ya no habría sino funciones diferentes que serían complementarias.

    Habría el riesgo de que el sacerdote se comprometa exclusivamente con una categoría de personas, con intereses que son necesariamente limitados, tan legítimos como fueren. Es necesario que el sacerdote, dondequiera que aparezca, dondequiera que se ejerza su ministerio, lleve a Cristo en persona – y esa será además la única manera como haga estallar las fronteras de razas, de pueblos y naciones y clases, porque si lleva al corazón de los hombres la dimisión radical, la libertad eterna que brilla en el corazón de la Trinidad, aporta el concurso más eficaz a la fraternidad humana que sólo podrá realizarse en el interior del misterio divino.

    Se puede entonces, y se debe, considerar muy bien hoy en día una reforma de la Iglesia, quiero decir de los miembros de la Iglesia; debe mantenerse continuamente en la brecha, velando por que el testimonio que debe dar, y Cristo, a quien debe transmitir, no sean ensombrecidos por culpa de los hombres. Ese debe ser, evidentemente, su primera preocupación, aunque, como lo decía yo a propósito de la unión de la Iglesia y el Estado, es necesario que eso se haga con voluntad de comprender el contexto en que se integra la acción de la Iglesia, con sentido muy delicado de lo que es necesario suprimir para reconstruir y de lo que es necesario conservar para mejor construir cuando las fundaciones haya sido puestas con mayor cuidado.

    Comprendemos pues muy bien la contestación y sus fundamentos, pero pensamos justamente que la contestación misma recibirá más luz si volvemos a la fuente del misterio de la Iglesia. Porque entonces se separa espontáneamente lo que es de Cristo, lo que es Cristo y lo que no lo es. Entonces, en cuanto estemos unidos a Él, podremos prescindir de lo que no es Él, y estaremos abiertos a las reformas siempre necesarias, comenzando por nosotros mismos. Si somos tan severos con nosotros mismos como deseamos serlo con el mundo de la jerarquía, habrá una ventaja evidente. El misterio de la Iglesia a través de nosotros será cada vez más luminoso y su aspecto sacramental se develará cada vez más profundamente.

    ¡Entonces, sí a la reforma! Pero siempre, en todos los siglos, que la reforma comience por nosotros mismos, y con prudencia, con un estudio profundo llevado a cabo en las condiciones en que se encuentra hoy la humanidad, evitando tomar posiciones sectarias, que opondrían definitivamente un grupo humano a otro como si hubiera una división definitiva de la humanidad entre buenos y malos, como si hubiera ya un infierno eterno para cierta categoría de personas anatematizadas por el resto de la humanidad.

    Se necesita tacto, se necesita sobre todo vida interior, se necesita silencio para no tomar partido por falta del coraje más necesario: es fácil halagar a una muchedumbre y en el fondo, nada es más cobarde que divinizarla a sus propios ojos e impedirle ver todo lo que se le exige para que se humanice. Porque finalmente la misión de un hombre que se encuentra ante una multitud, es precisamente llevar a cada uno a su personalidad, ya que si se debe cumplir la justicia, es justamente en función de la dignidad humana que se esconde en el corazón de cada uno. No existe dignidad de la muchedumbre como tal, la dignidad del conjunto surgirá de la dignidad de cada uno, y en la medida en que cada uno sea universal, en la medida en que sea presencia para todos en el brillo mismo de su persona, en esa medida se podrá hablar de la dignidad del conjunto". (Continuará)

     

  • 16/08/09. Mientras dure el mundo, en su historia estarán mezclados el Estado y la religión.

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    La Iglesia entrará en la historia sin renunciar a trasmitir a Cristo en persona. No confundir los miembros de la Iglesia con la Iglesia misma. ¿Solidaridad entre la Iglesia y el Estado?

    3ª parte de la 2ª conferencia de Ginebra, en enero de 1971.

    "Con una visión de fe tanto más profunda, es necesario rebasar a los hombres para encontrar el sacramento de Jesucristo, sabiendo justamente que el inmenso beneficio de la Iglesia y su papel esencial y ÚNICO consiste en ponernos en contacto inmediato con la Presencia misma de Jesucristo.

    Entonces no se trata de laicizar el apostolado, de laicizar la jerarquía eclesiástica haciendo de la Iglesia una especie de democracia en que la consulta popular decida lo que se debe creer, pensar y hacer: eso sería también la negación de Cristo como Presencia permanente y totalmente ofrecida a cada uno. Eso no impediría desde luego que cada miembro de la Iglesia sea solidario de su misión, que cada uno tenga que inscribir en su propia personalidad la vida de Cristo y dar testimonio de ella en la misma medida de su liberación.

    Los cristianos no tienen otra cosa qué hacer claro está, sino vivir de Cristo y testimoniar de Él, pero como nadie, ni siquiera los Apóstoles, puede vivir totalmente de Cristo hasta igualarlo, si queremos que cada uno esté en contacto inmediato con Cristo sólo tenemos el recurso del misterio de la Iglesia en cuanto sacramento permanente de Su Presencia à través de toda la Historia.

    Eso, claro está, no quiere decir que haya que permanecer pasivos ante las imperfecciones de los miembros de la Iglesia, ¡inclusive de la jerarquía apostólica! Es evidente que con el correr del tiempo, ya en la época de la Iglesia naciente, los miembros de la Iglesia o los jefes de la Iglesia están expuestos a todas las flaquezas humanas. Vemos cómo San Pablo debió poner orden en la Iglesia de Corinto, como tuvo que poner orden en esa comunidad donde la Eucaristía era ocasión de borracheras más o menos escandalosas y todo estaba lejos de corresponder al ideal de la santidad evangélica. La santidad evangélica, en la política de Pablo, es Jesús y los miembros de la Iglesia deben imitarlo pero cada uno Lo imita en la medida de su generosidad. No se trata pues de tomar partido por las fallas sino de no confundir a los miembros de la Iglesia en sus fallas con la Iglesia misma que es un sacramento en que justamente el hombre no cuenta para nada y sólo actúa en estado de dimisión absoluta, y toda la acción es totalmente acción de Cristo a través de él.

    Ahora, naturalmente, en la inserción temporal del misterio de la Iglesia a través de los siglos habrá forzosamente escorias, habrá fallas, habrá límites, pero es necesario tener en cuenta una vez más la pedagogía, porque la Iglesia se va a inscribir en la historia como debía hacerlo Jesús, y en cierto modo, sin renunciar a trasmitir a Cristo en persona (lo cual significaría su muerte), es necesario que se adapte también a las poblaciones a las cuales se dirige.

    Cuando los bárbaros entran en la Iglesia – eso no quiere decir que los que los precedieron hayan sido necesariamente mejores – pero cuando entran en la Iglesia y son bautizados en masa y se convierte todo un reino de una vez, no podemos imaginar que todos fueran santos de primera talla. Hay mucho desecho y naturalmente una conversión más o menos impuesta y sospechosa bajo más de un aspecto, inclusive sin ver las manchas de pecado que harían de la Iglesia, como se ha dicho, "un cuerpo de pecado", hay que ver también la evolución, o mejor el medio en que la Iglesia debe evolucionar arriesgaba llevar compromisos inevitables, y uno de los primeros compromisos, que dura todavía, es inevitablemente su asociación con el Estado.

    Esta asociación que recibirá consagración evidente en tiempos de Constantino y Teodosio, la unión de la Iglesia y el Estado sólo es concebible en la medida en que el Estado mismo tiene religión. Y, lo hemos visto centenares de veces, el Estado siempre tuvo religión hasta la Revolución francesa (y mucho más allá, pues Napoleón retomó la unión de la Iglesia y el Estado), hasta la revolución soviética podemos decir, hasta la proclamación de Albania como estado ateo, es decir muy cerca de nosotros, la historia del mundo, mientras dure, es una historia en que la religión ha estado mezclada al estado, por razones no desdeñables además, en la medida en que la vida era colectiva, en la medida en que no estaba centrada en la persona, en la medida en que no se veía en la persona misma el valor supremo.

    Era natural que el valor supremo que era la ciudad con todas sus organizaciones, la ciudad de la que nuestra vida depende, la ciudad con todas sus funciones, la ciudad que representa una especie de totalidad y de unidad con relación a los individuos entre los que cada uno es sólo una paja en la colectividad inmensa, pues bien es natural que cuando la colectividad tenía el valor supremo que, como lo imaginaba Platón por otra parte al describir su República, donde finalmente quería que la unidad del Estado fuera considerada como el valor absoluto y que todas las actividades concurrieran a esa unidad, él quería mantener a cada uno en su función, el alfarero debía quedar alfarero y el agricultor, agricultor, para que, justamente, los oficios no fueran confundidos, para que no hubiera competencia mortal entre los diferentes ciudadanos. Dejándolos cada uno en su lugar y situación, quería hacerlos concurrir a la unidad del todo.

    Entonces, si la colectividad era más importante que la persona, y eso sucedió siempre, era natural que el destino del hombre fuera colectivo, que la religión tuviera el mismo carácter y que Dios fuera el Dios de la Ciudad, de la Nación, del Estado, del Imperio o del Reino. Y en esas estamos todavía. ¿Es una situación esclerosada? ¿Es necesario introducir la laicidad en todos los estados, en todas las cuentas en Suiza, por ejemplo? ¿Es necesario que no haya más solidaridad de la Iglesia y el Estado? Es un problema grave: arrancar la gente de sus tradiciones, radicalmente, sin estar seguro de llevarlos a una vida personal en que puedan ser ellos mismos árbitros de toda su existencia, sin el apoyo de una colectividad que los rodee, es extremadamente difícil pronunciarse sobre estos problemas.

    Es seguro, en todo caso, que a medida que la Iglesia sale de la sombra, a medida que accede a una vida pública, a medida que puede mostrarse a la luz del día y, con mayor razón, cuando el Imperio cambie y el cristianismo sea la religión oficial, esta solidaridad se hace totalmente inevitable. Y habrá naturalmente contaminación de la Iglesia por el estado o del estado por la Iglesia, pero más bien de la Iglesia por el estado y es seguro que la jerarquía, o los dirigentes de la Iglesia tendrán tendencia o serán inclusive invitados primero por Constantino a ejercer una especie de magistratura civil.

    Siendo los jefes de la comunidad, de la comunidad eclesial, teniendo cierta influencia, pues la fe es un lazo entre todos los miembros de la comunidad, el emperador esperaba que los obispos serían excelentes ejecutores de sus órdenes, buscando la unidad del imperio y la unidad de la fe en el imperio. Nada le parecía más terrible que las separaciones en el seno de la Iglesia y por eso fue el emperador el que convocó el Primer Concilio, uno de los más fecundos y admirables, a pesar de la mediocridad posible de algunos de sus miembros.

    La solidaridad continuó entonces y tendió naturalmente a hacer de la jerarquía un organismo, si no inferido en el Estado, al menos aliado con el Estado, que el Estado debía consultar, que el Estado tenía interés en poner de su lado, como los hombres de Iglesia pensaban que la protección del Estado podía ser garantía de la eficacia de sus funciones". (Continuará)

     

  • 15/08/09 – El misterio de la Iglesia significa la permanencia de Jesucristo en medio de nosotros y dentro de nosotros hasta el fin de la historia.

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    2ª parte de la 2ª conferencia de Ginebra, en enero de 1971.

    Es imposible mayorar la importancia de las palabras que siguen, difíciles de aceptar bien en la Iglesia. En la Iglesia el apóstol, el que tiene misión en ella, es una presencia real, sacramental, de Jesucristo (y eso no quita la presencia real de la humanidad de Jesucristo en todo hombre).

    El misterio de la Iglesia significa la permanencia de Jesucristo en medio de nosotros y dentro de nosotros hasta el fin de la historia.

    Retoma: "Si queremos obtener una revelación definitiva, es decir que no esté limitada por los hombres que la trasmiten, necesitaríamos un contacto inmediato y personal con Jesucristo mismo y eso constituye precisamente el misterio de la Iglesia".

    Continuación: "El misterio de la Iglesia no está constituido por una revelación escrita que sería inmutable, transmitida en documentos estáticos que simplemente podríamos limitarnos a comentar, con riesgo de diluir el texto en los comentarios como sucede casi siempre: los comentarios debilitan el texto la mayor parte del tiempo, lo diluyen, lo reducen a los límites del comentador y nos alejan más aún de la fuente.

    Los documentos son necesariamente incompletos como acabamos de verlo, precisamente en la medida en que reflejan por una parte el diálogo de Cristo con sus auditores y por otra parte la experiencia que los Apóstoles y los discípulos tuvieron del Señor.

    De ahí que la revelación perfecta sólo será comunicada al mundo si Cristo mismo permanece para que cada uno tenga ocasión de encontrarlo sin las trabas de los límites humanos de los trasmisores y los comentadores. Entonces, el Misterio de la Iglesia nos interesa en el más alto grado, es en la medida en que el Misterio de la Iglesia significa la permanencia de Jesucristo mismo en medio de nosotros y dentro de nosotros hasta el fin de la historia.

    Y así se presenta en efecto el Misterio de la Iglesia el primer día de su nacimiento, como lo indica la transformación prodigiosa de los Apóstoles, que todavía la víspera estaban encerrados en el miedo y con esperanzas limitadas; lo muestra su audacia, su salida ante la muchedumbre y su confrontación heroica con las autoridades porque tienen el sentimiento muy claro, tienen conciencia de que no los mueve su propia voluntad, o al menos su propia espontaneidad, de estar habitados por Cristo, de que es Cristo el que se expresa a través de ellos y de que es Su Presencia y Su Persona lo que están encargados de trasmitir.

    ¡Si la Iglesia fuera menos que eso, no tendría razón de interesarnos! Sería simplemente una etapa en la historia de la transmisión de otra historia que sería la historia de Jesús al cual no llegaríamos jamás sino a través de documentos, a través de testigos de una experiencia actual pero que ninguno nos daría a Cristo integralmente, en su totalidad. Y eso, me parece, es lo que implanta el Misterio de la Iglesia en el corazón de nuestra vida, que en la Iglesia se trata de la Presencia de Jesús mismo en persona.

    Todo lo que hemos meditado sobre la Trinidad, la visión de una libertad total, original y eterna en el Corazón de Dios, es evidentemente una riqueza inmensa, pero no ha sido desarrollada en verdad, sólo ha tomado todo su vigor en la vida eclesial. La meditación de la Trinidad ocupó los tres o cuatro primeros siglos de la vida de la Iglesia y fue de fecundidad extraordinaria. No hay duda de que el pensamiento cristiano se profundizó ejercitándose en este tema, y la Presencia de Cristo orientó la meditación que quedó plasmada en las grandes definiciones conciliares y no cesa de iluminar el corazón de nuestra vida espiritual.

    En el fondo, entonces el problema es éste: o bien perdimos la Presencia de Jesucristo y no tenemos ya sino su rastro en la historia, recuerdos, evocaciones de su Palabra, sabiendo además que su Palabra está voluntariamente limitada al auditorio al que se dirige, y en lo que respecta el fondo de las cosas, las raíces de su Personalidad, todo se logra sólo a través de la meditación de los hombres que nos hablan , o bien tratamos con Jesucristo en persona y Él es precisamente la vida divina que sobreabunda en el corazón de la Iglesia y que no cesa de sernos comunicada.

    Es evidente que sólo esta última visión de la Iglesia puede reconciliarnos con ella, más aún, puede integrarnos en su misterio, apegarnos a ella como a Él mismo ya que finalmente es Él a quien tenemos en mira en ella.

    Los Apóstoles, los enviados, los discípulos de la primera hora, los llamados a tomar la releva, no son pues solamente predicadores encargados de un mensaje que interpretan según la experiencia que tengan de él, son mucho más sacramentos, es decir signos visibles de una realidad invisible, y esa realidad invisible no es nada menos que Cristo en persona. Esto es absolutamente fundamental.

    Es evidente que cualquier sacerdote que dé la absolución hace esta experiencia. Cualquier sacerdote que celebre la Eucaristía debe convencerse de ello: está ahí sólo a título de instrumento. Pero justamente esta experiencia es de riqueza inmensa, ya que tomando conciencia de su realidad de instrumento, toma conciencia también de la Presencia Infinita de Jesucristo y experimenta en su vida que en efecto está ahí sólo a título de su propia dimisión: por estar totalmente eclipsado en la Presencia de Jesucristo puede decir: "Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre", o puede decir: "Yo te absuelvo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".

    Todo sacerdote puede hacer esta experiencia, está llamado a hacerla y ella lo sitúa en el centro mismo de su misión, nos hace sentir perfectamente el Misterio de la Iglesia en la jerarquía apostólica en la cual ciertos hombres han sido llamados por el Señor a eclipsarse totalmente en Su Persona a fin de realizar su misión en estado de puro sacramento, es decir sin tener nada más que hacer en su misión sino comunicar la Presencia y la Persona misma de Jesucristo para que cada uno, cada hombre, tenga la gracia de encontrarse en la Presencia personal del Señor, ya que eso es justamente lo que permitirá a todos los miembros de la Iglesia, que son virtualmente todos los miembros de la humanidad, encontrarse no ante un comentario, una revelación filtrada por experiencias siempre fragmentarias e incompletas, sino encontrarse cada uno delante del Señor mismo.

    Si la Iglesia no es eso no es nada, y no nos interesa en lo más mínimo. Si eso es la Iglesia, se encuentra en nuestra vida y tiene para nosotros tanto interés como Cristo mismo, ya que está sólo como sacramento que debe transmitírnoslo.

    Ver la Iglesia como una especie de democracia en que se vota lo que conviene aceptar y hacer, donde se podría escoger al gusto del día, es destruir la noción misma de la Iglesia, es desarraigar el misterio de la Persona de Cristo, es hacer de ella una especie de asamblea en que cada uno aporta su opinión, y con ella, sus riquezas pero también sus límites.

    No se trata, desde luego, de afirmar un clericalismo que es la deformación más profunda que se pueda concebir del Misterio de la Iglesia, sino de encontrar la visión de una realidad sacramental que es un misterio de fe al que no entramos sino en una experiencia de unión con Dios (1). Pero es claro que la distinción entre Iglesia docente e Iglesia enseñada debe ser mantenida al menos bajo la forma de Iglesia servidora e Iglesia servida. Porque justamente la Iglesia jerárquica es esencialmente una Iglesia servidora por su naturaleza misma pues tiene solamente carácter de sacramento (1) y debe eclipsarse totalmente en la Persona de Jesucristo y sólo tiene valor, desde el punto de vista de la fe, en la medida de ese eclipse.

    Eso es además lo que significa el "¡retírate de mí, Satanás!" arrojado a la cara de Pedro cuando quiso desviar de la Cruz a Jesús. Eso es: sólo es Pedro cuando se eclipsa totalmente en la Persona de Jesús, y se convierte en adversario, en Satanás, cuando contradice las intenciones del Señor.

    Hay pues una visión de fe que va inmediatamente a través del sacramento eclesial a la persona mima de Jesucristo, que tiene en mira inmediatamente la Persona misma de Jesús. El contacto inmediato a través del sacramento, el contacto inmediato con Jesús constituye el precio del misterio de la Iglesia (1). Si no se acepta este punto de vista no nos queda nada y de hecho perdemos contacto con la experiencia espiritual más profunda.

    Toda la dogmática de la Iglesia, la dogmática inspirada, es también un sacramento admirable que nos inicia cada vez más profundamente en la pobreza de Dios porque no es un dogma que no hunde sus raíces finalmente en la libertad original, no es un dogma que no nos virginiza, que no nos lleva a la fuente y no nos enraíza en la Persona misma de Jesús.

    Pero, claro está, semejante visión supone una experiencia interior, una mirada de fe, sin la cual sólo encontramos estructuras esclerosadas carentes de todo interés. Pero hay que distinguir lo que es del hombre y lo que es de Cristo.

    Es evidente que inclusive el Apóstol que es Pedro, o Pablo, o Santiago, o Juan, el mismo Apóstol puede ser sacramento en estado de eclipse total en que sólo comunica a Cristo, y puede ser hombre con sus flaquezas, como lo vemos en San Pedro por ejemplo en el momento de la disputa de Antioquía, donde aparece a la vez en su timidez y en su amor, vacilando, cambianso de actitud porque le hacen corto circuito los emisarios de Jerusalén y ya no se atreve a sentarse a la mesa de los convertidos del paganismo. Y el mismo hombre puede en efecto ser Pedro, la roca sobre la cual está edificada la Iglesia, sin que eso le impida presentar en su vida personal ciertos límites y ciertas flaquezas inherentes a la naturaleza humana.

    Pablo lo expresa magníficamente en la primera a los Corintios cuando trata de cismas en Corinto, de divisiones en que unos se reclaman de él, otros de Apolos, otros de Cefas, es decir Pedro, otros de Cristo: les pregunta si Cristo está dividido o si fue Pablo el crucificado por ellos y si fueron bautizados en nombre de Pablo, rehusando precisamente toda especie de intrusión de parte suya en la vida de fe que se articula en la Presencia y la Persona misma de Jesucristo.

    No cabe duda de que los Apóstoles vivieron esa distinción. Sabían por una parte que eran sacramentos del Señor – basta escuchar a Pablo en su carta a los gálatas, con qué firmeza defiende su apostolado, yendo hasta excomulgar a un ángel del cielo que viniera a traer otro evangelio que el suyo, porque su evangelio no es de él, no es de la carne y la sangre de Pablo, sino que le fue comunicado por Jesús y él es enviado justamente como sacramento de Jesús para poner a los hombres en comunicación con Él.

    No hay pues duda de que la Iglesia naciente se presentó bajo este aspecto: por una parte, ella es Cristo en cuanto sacramento de Cristo en una dimisión total de los hombres, es decir de los enviados, en la persona de Jesús, y por otra están los mismos hombres que, fuera de su misión apostólica, están como todo el mundo llamados a liberarse de sí mismos, a superar sus propios límites y finalmente a tolerare como tenemos que hacerlo nosotros.

    Entonces no hay que rechazar el misterio de la Iglesia por el hecho de que los Apóstoles de hoy, los sucesores de los Apóstoles, sean limitados e imperfectos como lo son naturalmente todos los hombres: eso sería separarnos de Cristo mismo". (Continuará)

    (1) Si me es difícil asimilar el sentido profundo y la verdad de esta doctrina sobre el misterio de la Iglesia, es ciertamente porque mi vida interior no está a la altura. La iniciación en la pobreza de Dios es capital: "no hay dogma que no hunda finalmente sus raíces en esta libertad original", en la libertad divina inherente a la pobreza divina original…"

     

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