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La Iglesia entrará en la historia sin
renunciar a trasmitir a Cristo en persona. No confundir los miembros de la
Iglesia con la Iglesia misma. ¿Solidaridad entre la Iglesia y el Estado?
3ª parte de la 2ª conferencia de
Ginebra, en enero de 1971.
"Con una visión de fe tanto
más profunda, es necesario rebasar a los hombres para encontrar el sacramento
de Jesucristo, sabiendo justamente que el
inmenso beneficio de la Iglesia y su papel esencial y ÚNICO consiste en
ponernos en contacto inmediato con la Presencia misma de Jesucristo.
Entonces no se trata de laicizar
el apostolado, de laicizar la jerarquía eclesiástica haciendo de la Iglesia una
especie de democracia en que la consulta popular decida lo que se debe creer,
pensar y hacer: eso sería también la negación de Cristo como Presencia
permanente y totalmente ofrecida a cada uno. Eso no impediría desde luego
que cada miembro de la Iglesia sea solidario de su misión, que cada uno tenga
que inscribir en su propia personalidad la vida de Cristo y dar testimonio de
ella en la misma medida de su liberación.
Los cristianos no tienen otra
cosa qué hacer claro está, sino vivir de Cristo y testimoniar de Él, pero como
nadie, ni siquiera los Apóstoles, puede vivir totalmente de Cristo hasta
igualarlo, si queremos que cada uno esté en contacto inmediato con Cristo sólo
tenemos el recurso del misterio de la
Iglesia en cuanto sacramento
permanente de Su Presencia à través de toda la Historia.
Eso, claro está, no quiere decir
que haya que permanecer pasivos ante las imperfecciones de los miembros de la
Iglesia, ¡inclusive de la jerarquía apostólica! Es evidente que con el correr
del tiempo, ya en la época de la Iglesia naciente, los miembros de la Iglesia o los jefes de la Iglesia están expuestos a
todas las flaquezas humanas. Vemos cómo San Pablo debió poner orden en la
Iglesia de Corinto, como tuvo que poner orden en esa comunidad donde la
Eucaristía era ocasión de borracheras más o menos escandalosas y todo estaba
lejos de corresponder al ideal de la santidad evangélica. La santidad
evangélica, en la política de Pablo, es Jesús y los miembros de la Iglesia
deben imitarlo pero cada uno Lo imita en la medida de su generosidad. No se trata
pues de tomar partido por las fallas sino de no confundir a los miembros de la Iglesia en sus fallas con la Iglesia misma que es un sacramento
en que justamente el hombre no cuenta para nada y sólo actúa en estado de
dimisión absoluta, y toda la acción es
totalmente acción de Cristo a través de él.
Ahora, naturalmente, en la
inserción temporal del misterio de la Iglesia a través de los siglos habrá
forzosamente escorias, habrá fallas, habrá límites, pero es necesario tener en cuenta
una vez más la pedagogía, porque la
Iglesia se va a inscribir en la historia como debía hacerlo Jesús, y en cierto modo, sin renunciar a trasmitir a
Cristo en persona (lo cual significaría su muerte), es necesario que se adapte
también a las poblaciones a las cuales se dirige.
Cuando los bárbaros entran en la
Iglesia – eso no quiere decir que los que los precedieron hayan sido
necesariamente mejores – pero cuando entran en la Iglesia y son bautizados en
masa y se convierte todo un reino de una vez, no podemos imaginar que todos
fueran santos de primera talla. Hay mucho desecho y naturalmente una conversión
más o menos impuesta y sospechosa bajo más de un aspecto, inclusive sin ver las
manchas de pecado que harían de la Iglesia, como se ha dicho, "un cuerpo
de pecado", hay que ver también la evolución, o mejor el medio en que la
Iglesia debe evolucionar arriesgaba llevar compromisos inevitables, y uno de
los primeros compromisos, que dura todavía, es inevitablemente su asociación
con el Estado.
Esta asociación que recibirá
consagración evidente en tiempos de Constantino y Teodosio, la unión de la
Iglesia y el Estado sólo es concebible en la medida en que el Estado mismo
tiene religión. Y, lo hemos visto centenares de veces, el Estado siempre tuvo
religión hasta la Revolución francesa (y mucho más allá, pues Napoleón retomó
la unión de la Iglesia y el Estado), hasta la revolución soviética podemos
decir, hasta la proclamación de Albania como estado ateo, es decir muy cerca de
nosotros, la historia del mundo,
mientras dure, es una historia en que la religión ha estado mezclada al estado,
por razones no desdeñables además, en la medida en que la vida era colectiva,
en la medida en que no estaba centrada en la persona, en la medida en que no se
veía en la persona misma el valor supremo.
Era natural que el valor supremo
que era la ciudad con todas sus organizaciones, la ciudad de la que nuestra
vida depende, la ciudad con todas sus funciones, la ciudad que representa una
especie de totalidad y de unidad con relación a los individuos entre los que
cada uno es sólo una paja en la colectividad inmensa, pues bien es natural que cuando
la colectividad tenía el valor supremo que, como lo imaginaba Platón por otra
parte al describir su República, donde finalmente quería que la unidad del
Estado fuera considerada como el valor absoluto y que todas las actividades
concurrieran a esa unidad, él quería mantener a cada uno en su función, el
alfarero debía quedar alfarero y el agricultor, agricultor, para que,
justamente, los oficios no fueran confundidos, para que no hubiera competencia
mortal entre los diferentes ciudadanos. Dejándolos cada uno en su lugar y
situación, quería hacerlos concurrir a la unidad del todo.
Entonces, si la colectividad era
más importante que la persona, y eso sucedió siempre, era natural que el
destino del hombre fuera colectivo, que la religión tuviera el mismo carácter y
que Dios fuera el Dios de la Ciudad, de la Nación, del Estado, del Imperio o
del Reino. Y en esas estamos todavía. ¿Es una situación esclerosada? ¿Es necesario
introducir la laicidad en todos los estados, en todas las cuentas en Suiza, por
ejemplo? ¿Es necesario que no haya más
solidaridad de la Iglesia y el Estado? Es un problema grave: arrancar la
gente de sus tradiciones, radicalmente, sin estar seguro de llevarlos a una
vida personal en que puedan ser ellos mismos árbitros de toda su existencia,
sin el apoyo de una colectividad que los rodee, es extremadamente difícil
pronunciarse sobre estos problemas.
Es seguro, en todo caso, que a
medida que la Iglesia sale de la sombra, a medida que accede a una vida
pública, a medida que puede mostrarse a la luz del día y, con mayor razón,
cuando el Imperio cambie y el cristianismo sea la religión oficial, esta
solidaridad se hace totalmente inevitable. Y
habrá naturalmente contaminación de la Iglesia por el estado o del estado por
la Iglesia, pero más bien de la Iglesia por el estado y es seguro que la
jerarquía, o los dirigentes de la Iglesia tendrán tendencia o serán inclusive
invitados primero por Constantino a ejercer una especie de magistratura civil.
Siendo los jefes de la comunidad,
de la comunidad eclesial, teniendo cierta influencia, pues la fe es un lazo
entre todos los miembros de la comunidad, el emperador esperaba que los obispos
serían excelentes ejecutores de sus órdenes, buscando la unidad del imperio y
la unidad de la fe en el imperio. Nada le parecía más terrible que las
separaciones en el seno de la Iglesia y por eso fue el emperador el que convocó
el Primer Concilio, uno de los más fecundos y admirables, a pesar de la
mediocridad posible de algunos de sus miembros.
La solidaridad continuó entonces
y tendió naturalmente a hacer de la jerarquía un organismo, si no inferido en
el Estado, al menos aliado con el Estado, que el Estado debía consultar, que el
Estado tenía interés en poner de su lado, como los hombres de Iglesia pensaban
que la protección del Estado podía ser garantía de la eficacia de sus
funciones". (Continuará)