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16/08/09. Mientras dure el mundo, en su historia estarán mezclados el Estado y la religión.

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La Iglesia entrará en la historia sin renunciar a trasmitir a Cristo en persona. No confundir los miembros de la Iglesia con la Iglesia misma. ¿Solidaridad entre la Iglesia y el Estado?

3ª parte de la 2ª conferencia de Ginebra, en enero de 1971.

"Con una visión de fe tanto más profunda, es necesario rebasar a los hombres para encontrar el sacramento de Jesucristo, sabiendo justamente que el inmenso beneficio de la Iglesia y su papel esencial y ÚNICO consiste en ponernos en contacto inmediato con la Presencia misma de Jesucristo.

Entonces no se trata de laicizar el apostolado, de laicizar la jerarquía eclesiástica haciendo de la Iglesia una especie de democracia en que la consulta popular decida lo que se debe creer, pensar y hacer: eso sería también la negación de Cristo como Presencia permanente y totalmente ofrecida a cada uno. Eso no impediría desde luego que cada miembro de la Iglesia sea solidario de su misión, que cada uno tenga que inscribir en su propia personalidad la vida de Cristo y dar testimonio de ella en la misma medida de su liberación.

Los cristianos no tienen otra cosa qué hacer claro está, sino vivir de Cristo y testimoniar de Él, pero como nadie, ni siquiera los Apóstoles, puede vivir totalmente de Cristo hasta igualarlo, si queremos que cada uno esté en contacto inmediato con Cristo sólo tenemos el recurso del misterio de la Iglesia en cuanto sacramento permanente de Su Presencia à través de toda la Historia.

Eso, claro está, no quiere decir que haya que permanecer pasivos ante las imperfecciones de los miembros de la Iglesia, ¡inclusive de la jerarquía apostólica! Es evidente que con el correr del tiempo, ya en la época de la Iglesia naciente, los miembros de la Iglesia o los jefes de la Iglesia están expuestos a todas las flaquezas humanas. Vemos cómo San Pablo debió poner orden en la Iglesia de Corinto, como tuvo que poner orden en esa comunidad donde la Eucaristía era ocasión de borracheras más o menos escandalosas y todo estaba lejos de corresponder al ideal de la santidad evangélica. La santidad evangélica, en la política de Pablo, es Jesús y los miembros de la Iglesia deben imitarlo pero cada uno Lo imita en la medida de su generosidad. No se trata pues de tomar partido por las fallas sino de no confundir a los miembros de la Iglesia en sus fallas con la Iglesia misma que es un sacramento en que justamente el hombre no cuenta para nada y sólo actúa en estado de dimisión absoluta, y toda la acción es totalmente acción de Cristo a través de él.

Ahora, naturalmente, en la inserción temporal del misterio de la Iglesia a través de los siglos habrá forzosamente escorias, habrá fallas, habrá límites, pero es necesario tener en cuenta una vez más la pedagogía, porque la Iglesia se va a inscribir en la historia como debía hacerlo Jesús, y en cierto modo, sin renunciar a trasmitir a Cristo en persona (lo cual significaría su muerte), es necesario que se adapte también a las poblaciones a las cuales se dirige.

Cuando los bárbaros entran en la Iglesia – eso no quiere decir que los que los precedieron hayan sido necesariamente mejores – pero cuando entran en la Iglesia y son bautizados en masa y se convierte todo un reino de una vez, no podemos imaginar que todos fueran santos de primera talla. Hay mucho desecho y naturalmente una conversión más o menos impuesta y sospechosa bajo más de un aspecto, inclusive sin ver las manchas de pecado que harían de la Iglesia, como se ha dicho, "un cuerpo de pecado", hay que ver también la evolución, o mejor el medio en que la Iglesia debe evolucionar arriesgaba llevar compromisos inevitables, y uno de los primeros compromisos, que dura todavía, es inevitablemente su asociación con el Estado.

Esta asociación que recibirá consagración evidente en tiempos de Constantino y Teodosio, la unión de la Iglesia y el Estado sólo es concebible en la medida en que el Estado mismo tiene religión. Y, lo hemos visto centenares de veces, el Estado siempre tuvo religión hasta la Revolución francesa (y mucho más allá, pues Napoleón retomó la unión de la Iglesia y el Estado), hasta la revolución soviética podemos decir, hasta la proclamación de Albania como estado ateo, es decir muy cerca de nosotros, la historia del mundo, mientras dure, es una historia en que la religión ha estado mezclada al estado, por razones no desdeñables además, en la medida en que la vida era colectiva, en la medida en que no estaba centrada en la persona, en la medida en que no se veía en la persona misma el valor supremo.

Era natural que el valor supremo que era la ciudad con todas sus organizaciones, la ciudad de la que nuestra vida depende, la ciudad con todas sus funciones, la ciudad que representa una especie de totalidad y de unidad con relación a los individuos entre los que cada uno es sólo una paja en la colectividad inmensa, pues bien es natural que cuando la colectividad tenía el valor supremo que, como lo imaginaba Platón por otra parte al describir su República, donde finalmente quería que la unidad del Estado fuera considerada como el valor absoluto y que todas las actividades concurrieran a esa unidad, él quería mantener a cada uno en su función, el alfarero debía quedar alfarero y el agricultor, agricultor, para que, justamente, los oficios no fueran confundidos, para que no hubiera competencia mortal entre los diferentes ciudadanos. Dejándolos cada uno en su lugar y situación, quería hacerlos concurrir a la unidad del todo.

Entonces, si la colectividad era más importante que la persona, y eso sucedió siempre, era natural que el destino del hombre fuera colectivo, que la religión tuviera el mismo carácter y que Dios fuera el Dios de la Ciudad, de la Nación, del Estado, del Imperio o del Reino. Y en esas estamos todavía. ¿Es una situación esclerosada? ¿Es necesario introducir la laicidad en todos los estados, en todas las cuentas en Suiza, por ejemplo? ¿Es necesario que no haya más solidaridad de la Iglesia y el Estado? Es un problema grave: arrancar la gente de sus tradiciones, radicalmente, sin estar seguro de llevarlos a una vida personal en que puedan ser ellos mismos árbitros de toda su existencia, sin el apoyo de una colectividad que los rodee, es extremadamente difícil pronunciarse sobre estos problemas.

Es seguro, en todo caso, que a medida que la Iglesia sale de la sombra, a medida que accede a una vida pública, a medida que puede mostrarse a la luz del día y, con mayor razón, cuando el Imperio cambie y el cristianismo sea la religión oficial, esta solidaridad se hace totalmente inevitable. Y habrá naturalmente contaminación de la Iglesia por el estado o del estado por la Iglesia, pero más bien de la Iglesia por el estado y es seguro que la jerarquía, o los dirigentes de la Iglesia tendrán tendencia o serán inclusive invitados primero por Constantino a ejercer una especie de magistratura civil.

Siendo los jefes de la comunidad, de la comunidad eclesial, teniendo cierta influencia, pues la fe es un lazo entre todos los miembros de la comunidad, el emperador esperaba que los obispos serían excelentes ejecutores de sus órdenes, buscando la unidad del imperio y la unidad de la fe en el imperio. Nada le parecía más terrible que las separaciones en el seno de la Iglesia y por eso fue el emperador el que convocó el Primer Concilio, uno de los más fecundos y admirables, a pesar de la mediocridad posible de algunos de sus miembros.

La solidaridad continuó entonces y tendió naturalmente a hacer de la jerarquía un organismo, si no inferido en el Estado, al menos aliado con el Estado, que el Estado debía consultar, que el Estado tenía interés en poner de su lado, como los hombres de Iglesia pensaban que la protección del Estado podía ser garantía de la eficacia de sus funciones". (Continuará)

 

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