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18,19/08/09 - La reforma de la Iglesia, comenzando por nosotros mismos.

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4ª parte de la 2ª conferencia de Ginebra en enero de 1971.

Retoma: "La solidaridad continuó entonces (entre el emperador y los obispos) y tendió naturalmente a hacer de la jerarquía un organismo, si no integrado en el Estado, al menos aliado con el Estado, que el Estado debía consultar, que el Estado tenía interés en poner de su lado, como también los hombres de Iglesia pensaban que la protección del Estado podía ser garantía de la eficacia de sus funciones"

Continuación: "Esta situación no ha terminado todavía ya que continúa (por ejemplo) en nuestro país (Suiza), donde el Estado está unido a la Iglesia y el aburguesamiento del clero es un hecho, no específico del clero además, ya que el aburguesamiento es una tendencia universal, la reivindicación del confort, del automóvil, de la televisión, de la máquina lavadora: todo eso aparece como imagen de un bien común al que todos deben acceder, aunque tenga muy poco que ver con el valor del hombre. Es pues incontestable que existe cierta esclerosis de los hombres de Iglesia, que la esclerosis sigue afectándolos también es innegable, que tienen que reformarse todos los días, como todo miembro de la Iglesia; ese es el primer deber, pero a la mirada de la fe eso no impide el carácter sacramental de su misión. Si quisiéramos esperar que todo miembro de la Iglesia o de la jerarquía esté al nivel de santidad de un San Juan de la Cruz, tendríamos que esperar mucho tiempo.

Y lo que nos da la fe, justamente, es poder vivir la división, saber que la fe sólo está vinculada con Cristo en el misterio de la Iglesia-sacramento, y que los hombres de Iglesia individualmente están llamados a conquistar su libertad, como los demás hombres, pero en condiciones particularmente difíciles ya que tienen que recordarse sin cesar su estado de dimisión que es un estado de pobreza radical que no debería manifestarse solamente en su vida exterior, sino ante todo en su persona.

Hoy en día existe evidentemente una tendencia enérgica a sacudirlos, a llamarlos a la pobreza evangélica, (eso no está mal, ¡muy al contrario!), y a denunciar su esclerosis y a reclamar su apertura al mundo: se desea absolutamente que se impliquen en la política, que tomen partido, se desea que conozcan las preocupaciones del trabajo y se les invita con frecuencia a asumir las preocupaciones de una familia.

Todo eso, todas esas corrientes son dignas de interés puesto que existen; se trata de examinarlas sin temblar pero sin olvidar jamás que la misión del sacerdote no puede ser sino esta: ser sacramento de la Presencia de Jesucristo en persona. Que se haga sacerdote obrero si vive en un medio esencialmente obrero, a condición de que no le dé al Evangelio un carácter obrerista, que no monopolice el Evangelio al servicio de una clase como si esa fuera la única que existe, aunque, claro está, el Evangelio vivido nos colocaría inmediatamente más allá de todas las clases y haría imposible el carácter esclerosado que es precisamente en el que se oponen unas a otras, ya no habría sino funciones diferentes que serían complementarias.

Habría el riesgo de que el sacerdote se comprometa exclusivamente con una categoría de personas, con intereses que son necesariamente limitados, tan legítimos como fueren. Es necesario que el sacerdote, dondequiera que aparezca, dondequiera que se ejerza su ministerio, lleve a Cristo en persona – y esa será además la única manera como haga estallar las fronteras de razas, de pueblos y naciones y clases, porque si lleva al corazón de los hombres la dimisión radical, la libertad eterna que brilla en el corazón de la Trinidad, aporta el concurso más eficaz a la fraternidad humana que sólo podrá realizarse en el interior del misterio divino.

Se puede entonces, y se debe, considerar muy bien hoy en día una reforma de la Iglesia, quiero decir de los miembros de la Iglesia; debe mantenerse continuamente en la brecha, velando por que el testimonio que debe dar, y Cristo, a quien debe transmitir, no sean ensombrecidos por culpa de los hombres. Ese debe ser, evidentemente, su primera preocupación, aunque, como lo decía yo a propósito de la unión de la Iglesia y el Estado, es necesario que eso se haga con voluntad de comprender el contexto en que se integra la acción de la Iglesia, con sentido muy delicado de lo que es necesario suprimir para reconstruir y de lo que es necesario conservar para mejor construir cuando las fundaciones haya sido puestas con mayor cuidado.

Comprendemos pues muy bien la contestación y sus fundamentos, pero pensamos justamente que la contestación misma recibirá más luz si volvemos a la fuente del misterio de la Iglesia. Porque entonces se separa espontáneamente lo que es de Cristo, lo que es Cristo y lo que no lo es. Entonces, en cuanto estemos unidos a Él, podremos prescindir de lo que no es Él, y estaremos abiertos a las reformas siempre necesarias, comenzando por nosotros mismos. Si somos tan severos con nosotros mismos como deseamos serlo con el mundo de la jerarquía, habrá una ventaja evidente. El misterio de la Iglesia a través de nosotros será cada vez más luminoso y su aspecto sacramental se develará cada vez más profundamente.

¡Entonces, sí a la reforma! Pero siempre, en todos los siglos, que la reforma comience por nosotros mismos, y con prudencia, con un estudio profundo llevado a cabo en las condiciones en que se encuentra hoy la humanidad, evitando tomar posiciones sectarias, que opondrían definitivamente un grupo humano a otro como si hubiera una división definitiva de la humanidad entre buenos y malos, como si hubiera ya un infierno eterno para cierta categoría de personas anatematizadas por el resto de la humanidad.

Se necesita tacto, se necesita sobre todo vida interior, se necesita silencio para no tomar partido por falta del coraje más necesario: es fácil halagar a una muchedumbre y en el fondo, nada es más cobarde que divinizarla a sus propios ojos e impedirle ver todo lo que se le exige para que se humanice. Porque finalmente la misión de un hombre que se encuentra ante una multitud, es precisamente llevar a cada uno a su personalidad, ya que si se debe cumplir la justicia, es justamente en función de la dignidad humana que se esconde en el corazón de cada uno. No existe dignidad de la muchedumbre como tal, la dignidad del conjunto surgirá de la dignidad de cada uno, y en la medida en que cada uno sea universal, en la medida en que sea presencia para todos en el brillo mismo de su persona, en esa medida se podrá hablar de la dignidad del conjunto". (Continuará)

 

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