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4ª parte de la 2ª conferencia de
Ginebra en enero de 1971.
Retoma: "La solidaridad
continuó entonces (entre el emperador y
los obispos) y tendió
naturalmente a hacer de la jerarquía un organismo, si no integrado en el
Estado, al menos aliado con el Estado, que el Estado debía consultar, que el
Estado tenía interés en poner de su lado, como también los hombres de Iglesia
pensaban que la protección del Estado podía ser garantía de la eficacia de sus
funciones"
Continuación: "Esta
situación no ha terminado todavía ya que continúa (por ejemplo) en nuestro
país (Suiza), donde el Estado está
unido a la Iglesia y el aburguesamiento del clero es un hecho, no específico
del clero además, ya que el aburguesamiento es una tendencia universal, la
reivindicación del confort, del automóvil, de la televisión, de la máquina
lavadora: todo eso aparece como imagen de un bien común al que todos deben
acceder, aunque tenga muy poco que ver con el valor del hombre. Es pues incontestable que existe cierta esclerosis de los hombres de Iglesia,
que la esclerosis sigue afectándolos también es innegable, que tienen que
reformarse todos los días, como todo miembro de la Iglesia; ese es el primer
deber, pero a la mirada de la fe eso no
impide el carácter sacramental de su misión. Si quisiéramos esperar que
todo miembro de la Iglesia o de la jerarquía esté al nivel de santidad de un
San Juan de la Cruz, tendríamos que esperar mucho tiempo.
Y lo que nos da la fe, justamente,
es poder vivir la división, saber que la
fe sólo está vinculada con Cristo en el misterio de la Iglesia-sacramento,
y que los hombres de Iglesia
individualmente están llamados a conquistar su libertad, como
los demás hombres, pero en condiciones particularmente difíciles ya que tienen que recordarse
sin cesar su estado de dimisión que es un estado de pobreza radical que no debería
manifestarse solamente en su vida exterior, sino ante todo en su persona.
Hoy en día existe evidentemente
una tendencia enérgica a sacudirlos, a llamarlos a la pobreza evangélica, (eso
no está mal, ¡muy al contrario!), y a denunciar su esclerosis y a reclamar su
apertura al mundo: se desea absolutamente que se impliquen en la política, que
tomen partido, se desea que conozcan las preocupaciones del trabajo y se les
invita con frecuencia a asumir las preocupaciones de una familia.
Todo eso, todas esas corrientes
son dignas de interés puesto que existen; se trata de examinarlas sin temblar
pero sin olvidar jamás que la misión del
sacerdote no puede ser sino esta: ser sacramento de la Presencia de Jesucristo
en persona. Que se haga sacerdote obrero si vive en un medio esencialmente
obrero, a condición de que no le dé al Evangelio un carácter obrerista, que no
monopolice el Evangelio al servicio de una clase como si esa fuera la única que
existe, aunque, claro está, el Evangelio vivido nos colocaría inmediatamente
más allá de todas las clases y haría imposible el carácter esclerosado que es
precisamente en el que se oponen unas a otras, ya no habría sino funciones
diferentes que serían complementarias.
Habría el riesgo de que el sacerdote se comprometa exclusivamente con una
categoría de personas,
con intereses que son necesariamente limitados, tan legítimos como fueren. Es necesario que el sacerdote,
dondequiera que aparezca, dondequiera que se ejerza su ministerio, lleve a Cristo en persona – y esa será
además la única manera como haga estallar las fronteras de razas, de pueblos y
naciones y clases, porque si lleva al
corazón de los hombres la dimisión radical, la libertad eterna que brilla en el
corazón de la Trinidad, aporta el concurso más eficaz a la fraternidad humana
que sólo podrá realizarse en el interior del misterio divino.
Se puede entonces, y se debe,
considerar muy bien hoy en día una reforma de la Iglesia, quiero decir de los
miembros de la Iglesia; debe mantenerse continuamente en la brecha, velando por
que el testimonio que debe dar, y Cristo, a quien debe transmitir, no sean
ensombrecidos por culpa de los hombres. Ese debe ser, evidentemente, su primera
preocupación, aunque, como lo decía yo a propósito de la unión de la Iglesia y
el Estado, es necesario que eso se haga con voluntad de comprender el contexto
en que se integra la acción de la Iglesia, con sentido muy delicado de lo que
es necesario suprimir para reconstruir y de lo que es necesario conservar para
mejor construir cuando las fundaciones haya sido puestas con mayor cuidado.
Comprendemos pues muy bien la
contestación y sus fundamentos, pero pensamos justamente que la
contestación misma recibirá más luz si
volvemos a la fuente del misterio de la Iglesia. Porque entonces se separa
espontáneamente lo que es de Cristo, lo que es Cristo y lo que no lo es. Entonces,
en cuanto estemos unidos a Él, podremos prescindir de lo que no es Él, y
estaremos abiertos a las reformas siempre necesarias, comenzando por nosotros
mismos. Si somos tan severos con nosotros mismos como deseamos serlo con el
mundo de la jerarquía, habrá una ventaja evidente. El misterio de la Iglesia a
través de nosotros será cada vez más luminoso y su aspecto sacramental se develará
cada vez más profundamente.
¡Entonces, sí a la
reforma! Pero siempre, en todos los siglos, que la reforma comience por
nosotros mismos, y con prudencia, con un
estudio profundo llevado a cabo en las condiciones en que se encuentra hoy la
humanidad, evitando tomar posiciones sectarias, que opondrían definitivamente
un grupo humano a otro como si hubiera una división definitiva de la humanidad
entre buenos y malos, como si hubiera ya un infierno eterno para cierta
categoría de personas anatematizadas por el resto de la humanidad.
Se necesita tacto, se necesita
sobre todo vida interior, se necesita silencio para no tomar partido por falta del coraje más necesario: es fácil halagar
a una muchedumbre y en el fondo, nada es más cobarde que divinizarla a sus
propios ojos e impedirle ver todo lo que se le exige para que se humanice. Porque
finalmente la misión de un hombre que se encuentra ante una multitud, es
precisamente llevar a cada uno a su personalidad, ya que si se debe cumplir la
justicia, es justamente en función de la dignidad humana que se esconde en el
corazón de cada uno. No existe dignidad de la muchedumbre como tal, la dignidad
del conjunto surgirá de la dignidad de cada uno, y en la medida en que cada uno
sea universal, en la medida en que sea presencia para todos en el brillo mismo
de su persona, en esa medida se podrá hablar de la dignidad del conjunto".
(Continuará)