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Final de la 2ª conferencia de
Ginebra en enero de 1971.
"Nada es más difícil
que emprender una reforma si no se la emprende radicalmente en el fondo de uno
mismo. Si uno se libera, y en la
medida en que uno se libera, podrá ser un mensajero reformador que sacuda las
esclerosis que hay en el fondo de cada uno de nosotros y pueda transformar poco
a poco las estructuras, aunque no me ilusiono mucho sobre este punto ya que,
finalmente remplazan una cosa (?) por otra, un comité por otro, una comisión
por otra, y terminan siempre con una estructura cualquiera que sea, si se
esclerosa, se vuelve obstáculo, y todas las estructuras serán obstáculos en la
medida justamente en que los hombres cesen de reformarse.
Por eso es tan difícil hoy en día
de entrar en la humanidad contestataria sin aportar nuevos elementos de
contestación, sin acentuar las separaciones, sin elevar los muros que impiden a
los hombres comunicar entre ellos, y por eso, para repetirlo una vez más, es en la medida en que volvamos al misterio
de la Iglesia vivido como sacramento, como estaremos en mejor posición para
reformar lo que debe ser reformado sin
tocar a las posiciones esenciales que nos garantizan la Presencia permanente de
Jesucristo.
Por eso, por mi parte, siento un total respeto por la jerarquía,
sea cual fuere, es decir sean cuales fueren los hombres que la representan,
porque voy inmediatamente al sacramento y tengo perfecta seguridad de que la supresión de la jerarquía sería el fin
del misterio de la Iglesia y de que recaeríamos entonces en una especie de
academia cristiana donde se sometería a voto lo que conviene pensar de la
Persona de Jesucristo, de su acción y de su obra en medio de nosotros.
Estamos pues invitados a una
total fidelidad sin ninguna ceguera y, si tenemos que trabajar, quiero decir, trabajar
en una colectividad, animar un grupo, lo haremos tanto mejor cuanto más preservados
estemos de todo fanatismo, sabiendo que nuestro
testimonio cristiano no puede ser sino la transmisión de la Presencia y de la
Persona de Jesucristo. Ahí no hay riesgo de suscitar opciones pasionales,
muy al contrario, así se apaciguarán las opciones pasionales y finalmente los
grupos, sean cuales fueren, volverán a encontrar el sentido de lo humano en el
sentido de la universalidad.
Gandhi había logrado en su
empresa justamente, en su lucha por la independencia de su patria, conservar
ese maravilloso equilibrio: reconocer en el adversario a un hombre, tratar de
convencer al ocupante tratándolo como hombre, apelando a su dignidad humana
para que tomara conciencia de la injusticia de la situación. Y esa fue su mejor
arma! Si finalmente triunfó, lo hizo por sus ayunos, con su voluntad de
respetar al adversario tratándolo como hombre, y así, naturalmente Inglaterra
fue llevada a prometer dar la independencia que Gandhi deseaba provocar en el
respeto del hombre, fuere cual fuere.
Pues bien, con mayor razón
nosotros, si estamos entados en Cristo, si estamos enraizados en Su Persona,
sólo podemos, y debemos, dirigirnos en la misma dirección. Donde quiera que estemos, debemos llevar el fermento de humanidad que
sacamos finalmente del corazón de la Trinidad, sólo tenemos que aportar esa
libertad creadora viviéndola en nosotros como experiencia misma de nuestra
humanidad.
Si estuviéramos desapropiados de
nosotros hasta ese punto, todas las colectividades que podamos in-formar, en
las cuales tengamos que trabajar, estarían inmediatamente elevadas a un nivel
superior y, en vez de oponerse unas a otras, podrían unirse en la dimensión
vertical en que el hombre llega por fin a sí mismo.
En todo caso, Cristo-Iglesia es para nosotros la única
visión posible de la Iglesia, y sin ser solidarios, una vez más con el
deslizamiento del hombre que podemos desgraciadamente percibir todos los días
en nosotros mismos, podemos adherir plenamente al misterio que es nuestra
liberación, y, si la liberación se realiza en nosotros, estaremos en tanto
mejor posición de ayudar a los jerarcas mismos a reformarse todo lo necesario,
y a expresar no solamente en su función sacramental sino en su propia vida la
condición de dimisión total que es la suya.
Pero creo que todos los
sacerdotes que se inquietan actualmente con generosidad, que se plantean la
cuestión de su misión, pienso que serían infinitamente reconfortados si
volvieran a esa fuente y vieran que tienen justamente que responder a ese llamado que hace indispensable su presencia,
trasmitir a Jesucristo en persona, para darle a todo ser humano la posibilidad de
encontrar al Señor en persona.
Yo pienso que una obra tan
admirable e inspirada como la de Taizé realiza esos valores, y me impresiona
ver cómo el prior Schutz insiste sobre el
amor de la Iglesia; es un dato nuevo y extremadamente precioso, el amor de
la Iglesia.
Este testimonio es importantísimo
porque emana de una comunidad cuya autenticidad cristiana es indudable y donde
el Espíritu de Dios está ciertamente a la obra para bien del mundo entero.
Entonces creo que este testimonio nos
invita a recuperar el amor por la Iglesia, no a esconderla, disimularla,
criticarla, sino justamente a comprenderla en su misterio en un acto de fe en
el amor del Señor que derribó a San Pablo en el camino de Damasco, al
encontrarse en un mismo movimiento y en la misma luz, con Jesús en la Iglesia,
y con la Iglesia en Jesús, recibiendo del Señor mismo la más alta teología del
misterio de la Iglesia: Yo soy Jesús a
quien tú persigues". (Fin de la 2ª conferencia)