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2ª
parte de la 3ª conferencia de Ginebra en enero de 1971.
"¿Cómo
entonces amar a los demás? ¿Cómo amar al otro, inclusive dentro de una pareja
que comenzó por lo que creían un gran amor y que termina destruyéndola yendo hacia
otros, hacia otros amores que parecen llenos de nuevas promesas? ¿Cómo salir
del impase? ¿Cómo llegar al amor universal sin enceguecerse sobre lo que es uno
mismo y lo que son los demás?
Y de hecho, mientras
más observamos, más percibimos la nada del ser humano, más sentimos su aspecto
superficial, lo hueco de sus palabras, pues ¿de qué están hechas las
conversaciones? La mayor parte del tiempo tienen por finalidad llenar un vacío
insoportable, pues afrontarse a sí mismo es evidentemente lo más insoportable y
exigiría el mayor heroísmo. Entonces hablamos para hacer ruido, para olvidar
quiénes somos, para no escrutar las propias profundidades y para olvidarse de
sí mismo en ese juego superficial, aunque eso no impida que uno adivine al
mismo tiempo el vacío de los demás.
Y
es verdad que para el que sabe escuchar y poner atención, amar a los demás es
difícil, no vemos muy bien lo que se pueda amar en ellos, o en todo caso lo que
se pueda amar de manera que haya compromiso de vida. Los podemos soportar – ¡ya
es mucho! Podemos evitar hablar mal de ellos - ¡es una excelente disciplina! –
pero al fin de cuentas, amarlos, amarlos de verdad por lo que son, eso es mucho
pedir porque, justamente, no son como nosotros. Y ahí es donde está la
dificultad.
¡El
prójimo está con frecuencia tan lejos de nosotros! Sentados con alguien en el
mismo banco, en proximidad física inmediata, podemos estar en los antípodas los
unos de los otros porque cada uno tiene su mundo, en especial tiene el mundo de
su inconsciente de donde brotan la mayoría de sus impulsos.
¿De qué
están hechas las opiniones? La mayoría, de impulsos pasionales. Tomamos partido
no por amor de la verdad sino por ciertos intereses, de clase, de grupo,
intereses confesionales, intereses de raza, en fin, intereses que proceden del
inconsciente, del ser biológico que somos, que concuerda con ciertas tendencias
y nos lleva a emitir ciertas afirmaciones.
Y
de ahí surgen todas las disputas, cuando vamos más allá de las discusiones
sobre el tiempo que hará mañana, las cuales no son generalmente muy peligrosas.
Desde que la vida se compromete, desde abordamos una situación en que debemos tener
cuenta de la existencia, inmediatamente vemos oponerse las divergencias – y en
tonos cada vez más apasionados – pues naturalmente cada uno habla a partir del
fondo personal y es imposible que hable de otra manera, a menos que se
transforme.
Y
ahí está justamente todo el problema: ¿puede
trasformarse el hombre y encontrar al prójimo en un nivel donde haya realmente
un prójimo, es decir un ser idéntico
a nosotros, más aún, interior a nosotros?
Evidentemente,
en ese nivel es donde se puede hablar de amar al prójimo, y eventualmente de
amarlo como a sí mismo. En efecto, si el yo llega a purificarse, si pasamos del
yo posesivo al yo oblativo, si "yo es otro", en fin, si dentro de
nosotros ya no somos sino ofrenda para el amor que nos solicita y nos está
esperando en nuestra intimidad profunda, en ese nivel, sí, es posible experimentar al otro como interior a nosotros porque es
portador del mismo valor, de la misma Presencia, de la misma grandeza, de la
misma santidad. Pero esa es la condición fundamental.
Es
claro que, más allá de todas las razas, de todas las clases, de todas las
tradiciones históricas de todas las naciones, más allá de todos los partidos,
puede haber proximidad absoluta si estamos enraizados juntos en el mismo
centro, si somos uno en una Presencia única, si en medio del silencio nos encontramos
en esa Persona, si Él nos está confiado a todos y cada uno tenemos
efectivamente un terreno común donde encontrarnos. Si no, no veo que haya un
terreno incontestable. El culto de la humanidad "gran ser" tiene limitaciones
porque la humanidad terrestre es mortal y debe terminar un día. El mesianismo
marxista acepta sacrificar a los hombres de hoy para preparar el terreno para
una humanidad futura que no existirá quizá nunca. El principio de Kant es mucho
más cercano ya que, justamente, pone la finalidad dentro de nosotros mismos,
aunque queda por determinarla, y es lo que tenemos que hacer. Y Nietzsche representa
evidentemente un ideal que vale para algunos, a condición de estar dispuestos a
sacrificar la masa inmensa de los hombres a la eclosión de los pocos genios que
constituyen la gloria del género humano.
Queda
entonces la única solución que es nacer a nosotros mismos en el encuentro en lo
más íntimo nuestro con la Presencia Única más íntima a nosotros que lo más
íntimo nuestro". (Continuará)