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3ª
parte de la tercera conferencia de Ginebra, en enero de 1971.
Sólo hay prójimo con minúscula debido al Prójimo con mayúscula que es
Dios mismo. Es
a través de nuestra existencia como Dios se convierte en realidad de la
historia humana.
Retoma:
"Queda entonces la única solución
que es nacer a nosotros mismos en el encuentro en lo más íntimo nuestro con la
Presencia Única más íntima a nosotros que lo más íntimo nuestro".
Continuación:
"Así es posible encontrar al otro a través del Otro con mayúscula. Si
encontramos al otro sin verlo en su vocación divina, sin verlo como portador
posible de un valor universal, chocamos inevitablemente con sus límites que no podemos
amar como tales. Se puede amar a alguien
a través de sus límites claro está, pero por lo que va a ser – y es necesario
hacerlo constantemente.
Si
sólo pudiéramos amar los hombres perfectos (y tampoco lo somos nosotros), nunca
sería posible amar al prójimo. Pero todos
tenemos justamente la posibilidad de devenir otros, la posibilidad de
liberarnos y devenir santuario de la presencia infinita. Y así podemos amarnos sin reserva como amamos a Dios mismo, de tal modo
que finalmente, Dios mismo es el primer prójimo.
Sólo existe prójimo humano, con minúscula, debido al Prójimo con
mayúscula que es Dios oculto en lo más íntimo de nosotros, y esto es importantísimo porque el amor del
prójimo de que nos hablaba San Pablo esta mañana de manera tan magnífica, ese
amor que es el único valor, la única virtud, la única santidad preferible a
todos los heroísmos, a todas las profecías, a todos los milagros, ese amor sólo
tiene sentido si se funda en esa Presencia.
Si
luchamos por amar a los demás por lo que son, estaríamos lejos de la cuenta
porque inmediatamente deberíamos tomar conciencia de que es imposible amar lo
que contradice a la grandeza humana. Si el hombre es un fin, no lo es por su biología
y como animal, sino precisamente por lo que puede llegar a ser al lograr todo
su tamaño mediante una trasformación que el evangelio llama el nuevo nacimiento.
En
el nuevo nacimiento es como llega a ser él mismo y a tener valor infinito, a
ser digno de un amor incondicional, pero antes de que lo sea, podemos amarlo en
esperanza y amarlo precisamente porque es la condición de la manifestación de
Dios en la Historia y en el universo.
La suerte de Dios en la humanidad es lo que conduce
la humanidad a lo más alto de ella misma, o lo que la llevaría a lo más
alto de ella misma si fuera consciente del depósito que se le ha confiado, ya
que precisamente por no ser objeto, Dios no puede estar en ningún lugar sino
dentro de nosotros, no puede brillar sino desde el fondo de nuestra
intimidad, y a través de nuestra
existencia es como se convierte en realidad de la historia humana, es
decir, finalmente, que la Encarnación continúa, la Encarnación no se limita a
Cristo como si Él fuera una especie de cumbre que emerge de la historia sin
tener que trasformar la humanidad en sí misma. Él es Cristo precisamente para los demás a fin de llevarlos a la
divinización, para que lleguen a tener el valor infinito en que Cristo tiene la
subsistencia personal". (Continuará)