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4ª parte de la 3ª conferencia de Ginebra, en enero
de 1971.
El sentido de la Historia es ser
la encarnación de Dios.
"Entonces la Encarnación
sólo revelará toda su fecundidad al invadir toda la humanidad, y primero a
nosotros mismos que debemos ser los instrumentos de su irradiación. Y eso en
efecto es lo capital: que el progreso de
Dios a través de la historia pasa por nosotros. Es imposible que el reino de
Dios se extienda de otro modo que por nuestra transformación en Él.
Y ése es el fermento de una
caridad clarividente que no descuida ningún dato del psicoanálisis, ningún dato
de lo que podemos saber del inconsciente que conocemos cada vez mejor como una
jungla pavorosa donde se reúnen todas las posibilidades maléficas. Podemos amar
al hombre, sin ilusiones sobre los impulsos provenientes del cosmos,
precisamente porque eso no es lo único que hay en el hombre. Hay eso, pero
también la posibilidad de hacerse hombre, de emerger de la jungla, y más, de
transformarla, de disciplinarla, de hacerla euritmia y música, como nos lo
enseña la música por otra parte, pero siempre en la medida en que la
orientación esté decididamente hacia la Presencia adorable que está escondida
en lo más íntimo de nosotros, ya que es
sólo respecto de esa Presencia universal, espacio en que respira nuestra
libertad, como el hombre se hace de verdad él mismo y es digno de amor.
Eso no quiere decir que el ser
más degradado no pueda ser amado. El Evangelio nos muestra a Jesús rodeado de
los seres más frágiles e indefensos, más culpables según una ley extremamente
rígida y exterior, pero que Él eleva, a veces inmediatamente mediante una
conversión a veces repentina, Él los eleva hasta la más alta contemplación.
Pero en la medida en que, en
medio de lo que parece degradación, se percibe una chispa divina, en la medida
en que uno es consciente de que todo eso no puede ser sólo fenómeno pasajero,
en la medida en que uno se da cuenta de que cada uno está llamado a realizar en sí mismo el reino de Dios, en
la medida en que se percibe aún más profundamente que Dios está en peligro en
todos y cada uno ya que la Creación sólo
puede terminarse por la divinización de todos y de cada uno.
Pues una criatura que no logre
divinizarse aquí o en otra parte, en este mundo o más allá, una criatura que no
logre divinizarse es el fracaso de Dios, y ese fracaso, ya sea en un ser o en
un millón, es siempre un fracaso infinito ya que Dios es un valor infinito y si
no puede penetrar una criatura, esa criatura introduce en el universo una
especie de muerte o de punto ciego que proyecta sobre todo el universo su
propia oscuridad. Y esa es justamente la
articulación más esencial de la caridad, del amor del prójimo, esa toma de conciencia que hay en el otro
de posibilidades divinas de las que es portador.
Yo sé que si les hablo mal de los
demás extingo a Dios. Yo sé que si voluntariamente, voluntariamente, no presto
atención a los demás, extingo a Dios. Yo sé que si lo hiero, lo movilizo contra
Dios porque todo su amor propio, en su desesperación, se va a volver contra mí
y contra el Amor que podría hacernos solidarios y trasformarnos en una sola
vida, en una sola persona.
Y finalmente, la
solicitud por la Vida de Dios es el centro de donde brota un amor humano
ilimitado, pues entonces no se trata de
cultura, ni de raza, ni de situación, sino en verdad del hombre mismo en su
vocación esencial, en sus posibilidades más profundas, ¡y es imposible decretar
que un ser no se abrirá nunca! ¡Es imposible! Eso sería rehusarle el rango de
criatura, es decir, rehusarle su estatuto de hijo de Dios, eso sería excluirlo del
Amor infinito. Si participa en ese Amor infinito, participa en la vocación
divina y esa vocación divina es lo que se trata de reconocer, de preservar, de
desarrollar, desarrollando naturalmente primero la nuestra.
La Encarnación de Dios es toda la
Historia. El único sentido de la
Historia está en ser Encarnación de Dios. Nos dimos cuenta de ello desde
luego porque Dios parece tan terriblemente ausente y toda la vida de hoy se
construye sin Él si no contra Él, pero así es: si de verdad el hombre debe ser
tratado como fin, es en la medida en que comparte un valor universal que es el
único bien verdaderamente común. Pues, ¿qué otro bien común habría fuera de
ése?
Todo pueblo tiene su tradición.
Cada uno tiene su lengua. Cada uno tiene su estética. Cada uno está apegado a
costumbres que le son consustanciales. Y ésas son riquezas en el sentido que
reuniendo todas las tradiciones, toda las literaturas, todas las músicas, se
puede hacer algo magníficamente humano en efecto, a condición de que todo se
articule en la Presencia. Pues ¿qué es
el arte sino la sugestión de una Presencia Infinita a través de la música
de las palabras y de los actos? Sin esa Presencia Infinita sólo queda la
humanidad entregada a sí misma, a su mortalidad, y que debe perecer como lo
entreveía Russel diciendo que de todas las civilizaciones, de toda la ciencia
nada subsistirá, precisamente porque la humanidad misma está destinada a
desaparecer". (Continuará)