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25/08/2009. Eso es lo que debería constituir el misterio de la Iglesia.

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La humanidad sólo será ella misma cuando todos los hombres formen una sola persona… La divinización del Universo es el sentido de la Creación...

"En el fondo nuestro hay pues un valor eterno que nos permite comulgar los unos con los otros en nuestra profundidad suprema, pero sin violar el secreto los unos de los otros.

No se trata de un Dios del que se habla, de un Dios que quisiera imponerse a los demás llevándolos a una fórmula que constituiría como un denominador, sino de otra cosa muy diferente! Podemos llevar a Dios hablando de futbol o de música de jazz, o de música pop, podemos llevar a Dios en cualquier situación, a condición de vivirlo, de estar centrados en un silencio suficientemente profundo para estar al origen del hombre. Hay una región de silencio donde todos tenemos raíces comunes y donde nos podemos encontrar sin decirlo, simplemente viviendo la presencia lo suficiente como para comunicar su irradiación.

Sería insoportable oír hablar desde la mañana hasta la tarde, porque las palabras se gastan y pierden su valor. La Presencia pasa mucho mejor cuando surge de lo profundo, cuando opera un contagio personal en la raíz del ser, cuando está formada ante todo de respeto hacia el otro en el silencio de sí mismo; entonces todo es posible. No se necesita estar de acuerdo con un programa, no se necesita un acuerdo de opiniones, ni de política, cuando hay primero esa raíz, porque todo cambiaría en la medida precisamente en que el hombre se preocupe por ese valor infinito que hace sagrado a todo hombre para todo hombre. El hombre es sagrado, claro está, y no hay nada más sagrado en la tierra, o mejor, todo es sagrado aquí, toda realidad, en la medida en que la tomamos en esta perspectiva, en la medida en que deseamos con todas las fuerzas la Encarnación de Dios, en la medida en que comprendemos que la divinización del universo es el sentido mismo de la Creación.

Eso supone una vida interior muy profunda. Eso supone un hábito de silencio. Eso supone una atención amorosa continuamente reactivada y sostenida porque es verdad que el otro me puede exasperar, hacer brotar en mí todas mis opciones pasionales en respuesta a las suyas y que, para evitar ese quiasma, esa catástrofe, es absolutamente necesario controlarme, perderme de vista, estar atento a la Presencia como si estuviera confiada a mi amor. Si soy consciente de ello, y en la medida en que lo sigo siendo, mis relaciones con los demás son relación con el Otro con mayúscula, y los encuentro en lo más íntimo de ellos pues ellos, como yo, no llegan a sí mismos sino por Él, haciendo de sí mismos, como tengo que hacerlo yo, una ofrenda de amor para el Amor que es nuestra fuente y origen.

Nuestro amor humano tiene pues raíz mística y no podemos constituir una humanidad auténtica sino en la superación y en el nivel de esta trascendencia, o para decirlo muy sencillamente, en el nivel de la Presencia divina.

La humanidad no existe todavía. Hasta ahora la humanidad sólo existe como especie biológica que se reproduce como todas las especies animales, sin ser consciente además del sentido mismo de la reproducción. La humanidad sólo será ella misma cuando todos los hombres formen una sola persona y en la medida en que formen una sola persona, y eso es posible sólo en la circulación de la presencia divina que es la respiración de nuestra libertad, de modo que cada uno de nosotros es portador de la humanidad que no desea constituirse sin Él porque, justamente, el fin está en nosotros, no en plural (ese era ya el error de Kant, es el error de Jeanson, el error de los comunistas más idealistas de hoy que oponen el "nosotros" colectivo al "yo" individualista. Si condenan el "yo" como fuente de división y de impotencia, si creen que el "nosotros" tiene toda la potencia y que los hombres juntos son capaces de realizar todo, es un profundo error si ese "nosotros" ¡es simplemente resultado de la biología colectiva! Juntos vamos a aglomerar la instintividad, el sentido del prestigio, de la posesión, de la dominación, si cada uno de nosotros no es trabajado por el fermento de desapropiación que es la condición de nuestra libertad. El "nosotros" no podrá hacer nada solo si no es sostenido por el fin que Kant sitúa a justo título en el interior de cada uno.

Además, eso es lo que debería constituir el misterio de la Iglesia, justamente porque la Iglesia tiene su sentido (su centro) en cada uno. Sólo existe verdadera comunidad a partir de la soledad de cada uno, como tampoco existe verdadera soledad sino abierta a todos". (Continuará)

 

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