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5ª parte de la 3ª conferencia de
Ginebra en enero de 1971.
La humanidad sólo será ella
misma cuando todos los hombres formen una sola persona… La divinización del
Universo es el sentido de la Creación...
"En el fondo nuestro hay
pues un valor eterno que nos permite comulgar los unos con los otros en nuestra
profundidad suprema, pero sin violar el secreto los unos de los otros.
No se trata de un Dios del que se
habla, de un Dios que quisiera imponerse a los demás llevándolos a una fórmula
que constituiría como un denominador, sino de otra cosa muy diferente! Podemos
llevar a Dios hablando de futbol o de música de jazz, o de música pop, podemos llevar a Dios en cualquier
situación, a condición de vivirlo, de estar centrados en un silencio
suficientemente profundo para estar al origen del hombre. Hay una región de
silencio donde todos tenemos raíces comunes y donde nos podemos encontrar sin
decirlo, simplemente viviendo la presencia lo suficiente como para comunicar su
irradiación.
Sería insoportable oír hablar
desde la mañana hasta la tarde, porque las palabras se gastan y pierden su
valor. La Presencia pasa mucho mejor cuando surge de lo profundo, cuando opera
un contagio personal en la raíz del ser, cuando está formada ante todo de
respeto hacia el otro en el silencio de sí mismo; entonces todo es posible. No
se necesita estar de acuerdo con un programa, no se necesita un acuerdo de
opiniones, ni de política, cuando hay primero esa raíz, porque todo cambiaría
en la medida precisamente en que el hombre se preocupe por ese valor infinito
que hace sagrado a todo hombre para todo hombre. El hombre es sagrado, claro
está, y no hay nada más sagrado en la tierra, o mejor, todo es sagrado aquí, toda
realidad, en la medida en que la tomamos en esta perspectiva, en la medida en
que deseamos con todas las fuerzas la Encarnación de Dios, en la medida en que
comprendemos que la divinización del
universo es el sentido mismo de la Creación.
Eso supone una vida
interior muy profunda. Eso supone un hábito de
silencio. Eso supone una atención amorosa continuamente reactivada y sostenida
porque es verdad que el otro me puede exasperar, hacer brotar en mí todas mis
opciones pasionales en respuesta a las suyas y que, para evitar ese quiasma,
esa catástrofe, es absolutamente necesario controlarme, perderme de vista,
estar atento a la Presencia como si
estuviera confiada a mi amor. Si soy consciente de ello, y en la medida en
que lo sigo siendo, mis relaciones con los demás son relación con el Otro con
mayúscula, y los encuentro en lo más íntimo de ellos pues ellos, como yo, no
llegan a sí mismos sino por Él, haciendo de sí mismos, como tengo que hacerlo
yo, una ofrenda de amor para el Amor que es nuestra fuente y origen.
Nuestro amor humano tiene
pues raíz mística y no podemos constituir una
humanidad auténtica sino en la superación y en el nivel de esta trascendencia,
o para decirlo muy sencillamente, en el nivel de la Presencia divina.
La humanidad no existe
todavía. Hasta ahora la humanidad sólo existe como especie biológica que se reproduce como todas las especies animales, sin ser consciente
además del sentido mismo de la reproducción. La humanidad sólo será ella misma cuando
todos los hombres formen una sola persona y en la medida en que formen una sola
persona, y eso es posible sólo en la circulación de la presencia divina
que es la respiración de nuestra libertad, de
modo que cada uno de nosotros es portador de la humanidad que no desea
constituirse sin Él porque, justamente, el fin está en nosotros, no en plural
(ese era ya el error de Kant, es el error de Jeanson, el error de los comunistas más idealistas de hoy que oponen el
"nosotros" colectivo al "yo" individualista. Si condenan el
"yo" como fuente de división y de impotencia, si creen que el
"nosotros" tiene toda la potencia y que los hombres juntos son
capaces de realizar todo, es un profundo error si ese "nosotros" ¡es
simplemente resultado de la biología colectiva! Juntos vamos a aglomerar la
instintividad, el sentido del prestigio, de la posesión, de la dominación, si
cada uno de nosotros no es trabajado por el fermento de desapropiación que es
la condición de nuestra libertad. El "nosotros" no podrá hacer nada
solo si no es sostenido por el fin que Kant sitúa a justo título en el interior
de cada uno.
Además, eso es lo que debería
constituir el misterio de la Iglesia, justamente porque la Iglesia tiene su sentido (su centro) en cada uno. Sólo
existe verdadera comunidad a partir de la soledad de cada uno, como tampoco
existe verdadera soledad sino abierta a todos". (Continuará)