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26/08/09 - La caridad se hace posible en una meditación continua sobre la vida.

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6ª parte de la 3ª conferencia de Ginebra, en enero de 1971.

Retoma: "Además, eso es lo que debería constituir el misterio de la Iglesia, justamente porque la Iglesia tiene su sentido (su centro) en cada uno. Sólo existe verdadera comunidad a partir de la soledad de cada uno, como tampoco existe verdadera soledad sino abierta a todos".

Continuación: "Es pues seguro que la búsqueda del prójimo y el amor de los hombres, que no es nada natural, digan lo que dijeren, el amor de los hombres no puede sostenerse finalmente sino a partir de esa raíz divina y no se puede perpetuar sino gracias a una compasión continuamente renovada hacia la fragilidad divina expuesta a todos los golpes y víctima de todos los males.

Pues, evidentemente, si se aplasta al hombre, se pisotea a Dios en él y eso es lo horrible de esta situación, que precisamente el más alto valor, que es Dios mismo, que sólo puede afirmarse en nuestra Historia a través del hombre, sea ignorado y que se pisotee al hombre por no verlo precisamente como el santuario de la Presencia Divina.

Es imposible salir de ahí si volvemos a caer al nivel del yo pasional. Se ama a los seres que hacen parte de nuestro espacio vital. Hay seres indispensables a la vida cotidiana, que tapan los huecos y nos hacen escapar al sentimiento desesperante de una soledad que nada puede colmar. Cuando ellos desaparecen nos apresuramos a remplazarlos en cuanto posible, pero ese amor no es amor universal, lejos de ello. Sin duda tenemos momentos de compasión cuando tenemos noticia de una gran catástrofe, pero nos es imposible mantenernos a un nivel de presencia universal si no tomamos la humanidad por su centro, por su origen mismo, donde efectivamente somos uno porque nuestra vida brota de una misma Presencia y de una misma Fuente.

Entonces finalmente, en una oración continua sobre la vida como portadora de la presencia divina es como la caridad encuentra su posibilidad, es decir que el hombre puede llegar a ser prójimo para el hombre. Y precisamente, porque si Dios sabe que no somos perfectos, sabe que tenemos que ponernos en la forma (?) cada día, ¡Dios sabe que a cada instante podemos recaer en el yo propietario y carnal! Entonces lo que nos permitirá emerger es justamente el sentimiento de que no podemos abandonar a Dios, porque abandonar al hombre y abandonar a Dios es lo mismo ya que el reino de Dios está esencialmente unido a la realización del hombre y que la realización del hombre sólo se puede realizar mediante el reino de Dios en el hombre. La simbiosis es total, la comunión de vida es absoluta: sin Dios no hay hombre y sin el hombre no hay Dios en nuestra historia.

En la vida de cada día, donde justamente los límites de los que nos rodean son tanto más sensibles cuanto más los conocemos, en la vida de cada día sólo podremos superar esos límites justamente en un sentido cada vez más agudo del peligro que corre Dios a causa del hombre, ya que si recaemos en nuestras oscuridades, Dios pierde terreno, Dios se oscurece, Dios se vuelve caricatura, misterio inaceptable e impotable, y justamente porque Dios está siempre en peligro podemos renovar incesantemente el esfuerzo en la medida en que somos sensibles a Su fragilidad.

No veo otra posibilidad para el hombre de amar al hombre, porque si no se centra el amor del hombre en esa Presencia que hace de cada uno de nosotros un fin último y un bien universal que toda la humanidad tiene interés de defender, recaemos en una comunidad que puede tener sus ventajas, pero que finalmente no pude resistir a ciertos instintos que no hay razón alguna ni posibilidad de superar si no vemos que el sentido de la vida es justamente hacer de todo nuestro ser un don transparente y virginal para esa Presencia que sólo puede transmitirse a través de nuestra autenticidad.

¿Quién es mi prójimo? Primero Dios, siempre Dios, Dios en el hombre, Dios en el universo, Dios en toda criatura que sería indigno profanar precisamente porque lleva en sí el resplandor del rostro de Dios.

Es pues esencial no salir de esta perspectiva. Porque es lo mismo socialmente como individualmente: cuando dejamos a Dios recaemos en nosotros mismos, en un yo que puede ser individual o colectivo, pero que no es menos una realidad biológica, una realidad cósmica, una realidad de la jungla.

Es imposible conservar el equilibrio humano en ninguna situación, individual o colectiva, sin referirse al primer Prójimo, al Prójimo con mayúscula que es Dios que vive en nosotros. Eso no debe impedir – y acaban de recordármelo de manera muy pertinente – eso no debe impedir crear estructuras que faciliten la humanización del hombre.

Con frecuencia he hablado aquí mismo de la propiedad como fundada solamente en la dignidad humana. He dicho que ningún derecho de propiedad puede afirmarse sino de la persona humana e indiqué sus límites diciendo justamente que sólo podemos apropiarnos lo que nos es necesario y que el resto, en justicia, pertenece a los demás. Transformar una fábrica en república, como lo propongo, que cada trabajador sea propietario y co-responsable, y co-gerente, me parece evidente precisamente en el plano donde la humanidad debe ser la realización de la persona humana. Todo eso se debe hacerse, pero todo eso puede ser eficaz y puede subsistir sólo en la medida en que tales estructuras han sido inventadas por personas preocupadas de hacer circular los valores humanos, lo cual, una vez más, sólo es posible si cada uno de los miembros, o en todo caso los que son los más responsables, animan toda la estructura con esa presencia, única que pueda vivificarlos y darles importancia creadora.

Cuando dejamos a Dios, todo vuelve necesariamente al nivel de una biología colectiva o individual cuyas raíces finalmente están en el inconsciente. Por eso la caridad, la justicia, el respeto del hombre, el reconocimiento del hombre por el hombre, son esencialmente solidarios de este encuentro con esta presencia infinita al más íntimo nuestro, y creo, basado en la experiencia además, que la caridad es radicalmente imposible, quiero decir el amor al prójimo, es radicalmente imposible, digo de todo prójimo, no digo de los que forman parte de nuestro espacio vital, el amor de los cuales por otra parte es un amor muy interesado, hablo del amor verdadero del hombre, es radicalmente imposible si no se inscribe en la perspectiva de la encarnación de Dios. En efecto, es esto nuestra gran esperanza, podemos amar al hombre, amarlo a fondo, amarlo hasta morir por él eventualmente como lo hace Cristo, si vemos en el hombre la única realización posible de Dios". (Continuará)

 

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