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27/08/09. La ecuación "Dios iguala al hombre" funda la caridad, funda el amor del hombre.

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Final de la 3ª conferencia de Ginebra, en enero de 1971.

Los hombres tienen lazos entre sí sólo en la medida en que Dios circula entre ellos…

"De hecho el Señor mismo estableció esta ecuación: Dios iguala al hombre. Puesto que Jesús da su vida por el hombre, es que a los ojos de Dios la vida del hombre iguala a la Suya, iguala a la Suya porque el sentido de la Creación es comunicarse a Sí mismo, y se trata de hacer brotar en el otro, como don supremo de Su Amor – lo cual sólo es posible si el otro consiente en recibirlo. Entonces esta ecuación es la que funda la caridad, funda el amor del hombre, y, como el Dios que se revela en el hombre es un Dios que puede ser cubierto continuamente por los límites humanos y desfigurado por ellos, ese es un motivo constante para superarnos.

¡Es difícil! A cada instante nos sorprendemos juzgando a los demás por lo menos interiormente, criticándolos, comparándonos con ellos, justificándonos por comparación con ellos, a cada instante nos incomodamos con sus límites y, si podemos trascender todos los malestares que sentimos ante el hombre, como también los demás deben encontrarlos, sentirlos en nosotros, en la medida en que, regresando al silencio interior veamos que finalmente se trata de Dios, Dios más íntimo en nosotros que lo más íntimo nuestro, Dios vida de nuestra vida, Dios espacio en que respira nuestra libertad, Dios fundamento de nuestra dignidad, Dios que es el bien universal que hace de cada uno un fin.

Entonces ¡sí!"Ama a tu prójimo como a ti mismo", porque si te amas por el Otro con mayúscula, encuentras en ti mismo en Él y, encontrándote en Él encuentras al otro que es interior en ti porque tiene las mismas raíces que tú en el mismo Dios Vivo.

Ahí vemos justamente que la oración, en lo que tiene de más constante, más surgente, más vital, más indispensable, es la atención de amor a la Presencia Infinita que nos está confiada en el interior de cada uno. Pues nada hay más necesario para tomar contacto con los demás, si el contacto ha de ser pacífico, si ha de ser a base de respeto, si no ha de degenerar en conflicto, si no debe poner barreras entre razas, clases, naciones, tradiciones y situaciones, el contacto sólo es posible finalmente si encontramos en el corazón del silencio el mismo Rostro que transfigura el rostro humano y que le da a toda vida una posibilidad infinita de brillar.

¿Dónde está el prójimo? Esa es, me parece, la respuesta a este problema tan difícil. Porque se habla de amar a los demás, de amar al hombre, y es fácil de hacer de ello un tema de discursos, pero es imposible hacerlo realidad de cada día y de cada instante cuando uno no se ha encontrado en el Único que hace que todos seamos uno. Ese es el gran espacio del amor humano justamente: el amor humano quisiera penetrar en la intimidad del otro, el amor humano está tentado a forzar la intimidad, profanando la propia intimidad.

Recuerdan ustedes que en "El nudo de víboras" la mujer perdió todo, la mujer que creyó tener que confiarse, no dejar ignorar nada a su marido y tuvo la imprudencia de contarle que había estado prometida y que su compromiso había sido roto, lo cual le hizo pensar a él que era "el segundo". ¡¿Entonces lo habían elegido porque querían casarla a toda costa para no deshonrar la familia!? Y se echó a perder todo con esa confidencia indiscreta que no respetaba la intimidad del otro, creyendo al contrario entrar en ella de manera definitiva.

El amor humano quiere alcanzar la intimidad con el otro, pero para ello es necesario que el otro esté de acuerdo, hay que concurrir entonces a su nacimiento en el respeto y en el silencio de sí mismo, y entonces la comunicación se hará espontáneamente. Una madre no puede conocer a su hijo simplemente obligándolo a hablar, a confiarse a ella, a decir lo que hace, ella sólo podrá penetrar en esa intimidad concurriendo a formarla, respetándola como santuario de Dios y si madre e hijo comulgan en la misma presencia infinita.

Y es lo mismo en todas partes: finalmente los hombres sólo tienen lazos entre sí, lazos realmente humanos, en la medida en que Dios circula entre ellos, pero es un Dios que no se puede nombrar sin vivirlo, es un Dios que es necesario conquistar cada día conquistándose a sí mismo, y es un Dios que uno pierde al renunciar a crearse.

Pero queda la inmensa esperanza de llegar al hombre, y la posibilidad de alcanzarlo en efecto, en la medida en que lo tomamos en sus raíces divinas. La persona nunca podrá impedir que penetre el amor, una madre podrá siempre recuperar al hijo que se aleja, aunque él muera, una mujer al marido, un amigo al amigo, y los vivos a los difuntos. Siempre hay posibilidad de comunicación si se hace por medio de ese Centro que es nuestro único origen.

Es, pues, muy cierto que el primer prójimo es Dios, y que debido a ese primer prójimo somos prójimos, y tanto más prójimos en la medida en que estemos más cerca de Dios. Y entonces, es finalmente la Encarnación de Dios lo que está en nuestras manos, su Reino en la humanidad y en todo el universo, Su Presencia detrás de cada rostro, Su Amor en el fondo de cada uno, la transfiguración de todo el cosmos en que, como decía Patmore, toda realidad está llamada a cantar, porque todo cantará, toda realidad cantará y nada más cantará.

Pero todo eso comienza por el silencio y es cierto que, si nos esforzamos por mantenerlo y volverlo a encontrar, es en el recogimiento donde haremos el descubrimiento esencial y nos uniremos a todos los hombres, inclusive a los más distantes, inclusive a los muertos más lejanos, nos uniremos con ellos porque en Dios no hay ausencia, no hay ausentes, no hay pasado ni futuro, porque en Dios estamos en el eterno presente de una presencia que es el regalo infinito del eterno Amor. Ahí salimos de las banalidades del humanitarismo, del discurso sobre el amor de los demás ya que es la vida de Dios lo que está en nuestras manos. ¿Qué haremos de Él? Esa es la pregunta que se nos plantea: ¿Qué vamos a hacer de ese Dios que nos está confiado? ¿Qué Le va a suceder en nuestra vida? Cuando decimos: "Venga tu reino", pues bien, Su reino sólo puede llegar por medio de nosotros. Entonces, ¿qué le va a suceder en nosotros? Es la pregunta que vamos a conservar". (Fin de la conferencia y del encuentro)

 

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