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Fiesta de San Agustín.
Reflexiones de P. Debains.
Con vacilación.
Estamos poco acostumbrados a
hablar de la fragilidad de Dios, magníficamente expuesta en los textos
publicados en este sitio en los últimos días. Si comenzamos a comprenderlos de
modo no intelectual, ya hemos comenzado a hacernos santos. Se trata siempre de
lo mismo, del nivel a donde nos elevamos, se trata de otro nivel donde uno
comienza a devenir semejante a Dios y a donde hay que llegar para comprender
estas cosas de otra manera que con la inteligencia o con la mente.
Para Zundel "el amor de los hombres sólo puede sostenerse a partir de la raíz
divina (en todos nosotros) y sólo puede perpetuarse gracias a una
compasión constantemente renovada ante la fragilidad divina expuesta a todos
los golpes".
El sentido de la creación
es para Dios comunicarse Él mismo, hacer que repercuta en el otro, humano,
creado, el don supremo de Su Amor, y
eso es posible solamente si el otro, el hombre, consiente en recibirlo, si el
hombre está dispuesto a vivir heroicamente, como cada persona divina vive
heroicamente en Dios, tengo tentación de decirlo, en la desapropiación. Porque
podemos pensar que para ser vivida perfectamente, la desapropiación supone en
Dios un heroísmo eterno e infinito.
Hay que recordar aquí lo ya dicho
muchas veces: el verdadero amor, y
Dios ama verdaderamente, no puede
soportar que el amado permanezca inferior a él. No se puede pensar entonces
que nuestro Dios pueda no querer "igualar" su criatura.
Y la inmensa dificultad, que nace
entonces con todo el engranaje del pecado posible, abre toda la historia de la
redención. Prestarse a esa igualación es muy difícil en un mundo en que el mal
ha hecho irrupción. Más difícil todavía por el hecho de que el hombre sólo
puede ser salvo junto con todos los demás. Se trata entonces mucho más de la
calidad de nuestra relación con los demás que de la calidad de nuestra relación
con Dios. El segundo mandamiento es tan importante como el primero, e inclusive
todavía más cuando vemos que el amor del prójimo es también amor de Dios
presente realmente en el corazón de todo prójimo. La práctica del segundo
mandamiento es también práctica del primero…