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1ª parte de la 5ª conferencia en
el Cenáculo de Paris, el 23 de enero de 1966.
Considerar la moral del vacío en
el plano sexual.
"Si el Evangelio es la
religión del vacío en el sentido en que lo hemos dicho, es ciertamente la religión
de la pobreza, según el espíritu de la desapropiación, la que condiciona además
el advenimiento de un personalismo auténtico, ya que uno se hace persona en la
medida exacta en que se deshace de todo límite y de toda opacidad. Si se
necesita esa evacuación para hacerse verdaderamente alguien, para ser fuente y
origen, la moral evangélica será también moral del vacío, moral de la
desapropiación, que terminará a la máxima personalización del hombre y del
universo.
Kierkegaard escribió estas
palabras, que podrían encabezar esta meditación: "La proximidad
absoluta está en la distancia infinita". Se necesita una
distancia respetuosa para abordar lo real, y en la medida en que uno hace de sí
mismo un espacio ilimitado se llega a la plenitud de la realidad. Naturalmente hay
que experimentar esa moral del vacío ya que no tenemos otra fuente de
conocimiento que la luz que sólo se puede adquirir en el devenir; haciéndose
hombre, haciéndose fuente y origen, haciéndose espacio ilimitado, se puede a la
vez conocer a Dios y a la creación en su origen auténtico y en su desarrollo
integral, es pues únicamente mediante un proceso experimental como podremos
volver a descubrir la moral evangélica como moral del vacío".
Primera parte: Moral del
Vacío y Moral Sexual:
"Se puede considerar la
moral del vacío en el plano sexual por ejemplo, ya que es uno de los problemas
que concierne todos los hombres y que toma actualmente una importancia capital
por el hecho de disociar cada vez más el amor y la fecundidad. El Concilio
trató este problema. ¡Vimos Padres (conciliares)
más que octogenarios martillar en favor del amor, disociar la generación! Me
pregunto si es lo apropiado. De todos modos el problema se plantea
universalmente y asistimos a una especie de inmoralismo cada vez más difundido,
en que justamente, porque la disociación se convirtió en una especie de
convicción general, porque se piensa que en efecto la fecundidad y el amor son
dos cosas diferentes, que por eso se puede conocer la unión carnal excluyendo
deliberadamente la fecundidad pero satisfaciendo lo que pide el amor. Es
urgente más que nunca plantear el problema e iluminarlo precisamente en la
perspectiva de una moral del vacío.
No es novedad para ustedes si les
digo que al origen del problema del amor, tal como se plantea en la vida
conyugal o fuera de ella, pues finalmente el amor no surge necesaria e
inevitablemente entre seres capaces de desposarse. Cuando el amor tiene esa
característica de hombre-mujer, cuando implica unión sexual, supone siempre,
tiene en sus fundamentos, es decir en sus orígenes más profundos, la voluntad
de la naturaleza de reproducirse y por eso en el intercambio conyugal hay
siempre, al menos por parte del hombre, hay siempre ese elemento que es la
primera célula de la vida humana. Todos fuimos, todos comenzamos nuestra vida
bajo forma de un espermatozoide y de un óvulo. Esos son los primeros elementos
de nuestra vida y siguen presentes en los intercambios del amor cuando esos
intercambios implican precisamente unión carnal. Es imposible hacer abstracción
de ellos si queremos permanecer en la realidad simplemente biológica.
¿Qué significa el espermatozoide?
¿Qué significa el óvulo? ¿Podemos pasarlos en silencio, o es necesario tomar
posición al respecto? ¿Constituyen para nosotros un llamado a una
responsabilidad universal? Dicho de otro modo, ¿son ya una persona el
espermatozoide y el óvulo? ¿Pueden ellos en todo caso indicar una persona
posible? Esto es incontestable. Todos los hombres, en cuanto capaces de engendrar,
todas las mujeres en cuanto capaces de concebir, llevan en sí una posibilidad
de vida, una posibilidad de vida humana, y están confrontados uno con otro como
creadores del hombre.
Esto es algo tan enorme que el
primer movimiento de un ser que es consciente de ese poder sería, debería ser
ponerse de rodillas ante ese poder creador que se dirige al hombre, que lleva
el destino de una persona, de una tercera persona que no existe todavía pero
que está presente ya en la posibilidad actualizada, en los gérmenes que pueden
llegar a ser un hijo, un ser humano, como sucedió con nosotros cuando se
reunieron las dos primeras células que constituyeron el comienzo de nuestra
existencia.
El primer acto de un ser
inteligente ante el poder de concebir o de engendrar debería ser un acto de
respeto. Si es cierto que esos elementos están al origen de la vida, si es
verdad que contienen virtualmente una persona, nos encontramos inmediatamente
en el terreno más sagrado. Qué más sagrado que una tercera persona que depende
de nosotros y cuyo destino está suspendido a nuestra decisión, y cuyo
crecimiento dependerá naturalmente de nuestra propia actitud pues sólo hay una
educación posible, la constituida por la influencia de los padres.
Biológicamente hablando,
es muy claro que, si uno es consciente, no se pueden concebir estos elementos
primeros que constituyen el comienzo de una vida humana sin respeto precisamente porque ya está presente alguien que tiene rostro de niño, hay
en nosotros alguien que es un hijo posible y que justamente constituye el amor
como realidad trinitaria. No hay dos personas sino tres.
Cuando se percibe la
calidad trinitaria del amor, cuando lo vemos abrirse al tercero posible,
entramos inmediatamente en el terreno sagrado. Imposible imaginar no sé que oscuridad fangosa, no sé qué vértigo
malsano y sucio cuando se ha entrevisto que uno se encuentra en el campo mismo
de una creación del hombre por el hombre.
Y sin embargo, ¡qué pocos son los que logran dominar
esa fuerza en su virginidad, quiero decir en su apertura a la tercera persona,
qué pocos son los que llegan a desapropiar esa función, es decir a consagrarla
en vez de hacer de ella el objeto de un placer personal!" (Continuará)