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29/08/09 - ¿Qué significan ese espermatozoide y ese óvulo?

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1ª parte de la 5ª conferencia en el Cenáculo de Paris, el 23 de enero de 1966.

Considerar la moral del vacío en el plano sexual.

"Si el Evangelio es la religión del vacío en el sentido en que lo hemos dicho, es ciertamente la religión de la pobreza, según el espíritu de la desapropiación, la que condiciona además el advenimiento de un personalismo auténtico, ya que uno se hace persona en la medida exacta en que se deshace de todo límite y de toda opacidad. Si se necesita esa evacuación para hacerse verdaderamente alguien, para ser fuente y origen, la moral evangélica será también moral del vacío, moral de la desapropiación, que terminará a la máxima personalización del hombre y del universo.

Kierkegaard escribió estas palabras, que podrían encabezar esta meditación: "La proximidad absoluta está en la distancia infinita". Se necesita una distancia respetuosa para abordar lo real, y en la medida en que uno hace de sí mismo un espacio ilimitado se llega a la plenitud de la realidad. Naturalmente hay que experimentar esa moral del vacío ya que no tenemos otra fuente de conocimiento que la luz que sólo se puede adquirir en el devenir; haciéndose hombre, haciéndose fuente y origen, haciéndose espacio ilimitado, se puede a la vez conocer a Dios y a la creación en su origen auténtico y en su desarrollo integral, es pues únicamente mediante un proceso experimental como podremos volver a descubrir la moral evangélica como moral del vacío".

 

Primera parte: Moral del Vacío y Moral Sexual:

"Se puede considerar la moral del vacío en el plano sexual por ejemplo, ya que es uno de los problemas que concierne todos los hombres y que toma actualmente una importancia capital por el hecho de disociar cada vez más el amor y la fecundidad. El Concilio trató este problema. ¡Vimos Padres (conciliares) más que octogenarios martillar en favor del amor, disociar la generación! Me pregunto si es lo apropiado. De todos modos el problema se plantea universalmente y asistimos a una especie de inmoralismo cada vez más difundido, en que justamente, porque la disociación se convirtió en una especie de convicción general, porque se piensa que en efecto la fecundidad y el amor son dos cosas diferentes, que por eso se puede conocer la unión carnal excluyendo deliberadamente la fecundidad pero satisfaciendo lo que pide el amor. Es urgente más que nunca plantear el problema e iluminarlo precisamente en la perspectiva de una moral del vacío.

No es novedad para ustedes si les digo que al origen del problema del amor, tal como se plantea en la vida conyugal o fuera de ella, pues finalmente el amor no surge necesaria e inevitablemente entre seres capaces de desposarse. Cuando el amor tiene esa característica de hombre-mujer, cuando implica unión sexual, supone siempre, tiene en sus fundamentos, es decir en sus orígenes más profundos, la voluntad de la naturaleza de reproducirse y por eso en el intercambio conyugal hay siempre, al menos por parte del hombre, hay siempre ese elemento que es la primera célula de la vida humana. Todos fuimos, todos comenzamos nuestra vida bajo forma de un espermatozoide y de un óvulo. Esos son los primeros elementos de nuestra vida y siguen presentes en los intercambios del amor cuando esos intercambios implican precisamente unión carnal. Es imposible hacer abstracción de ellos si queremos permanecer en la realidad simplemente biológica.

¿Qué significa el espermatozoide? ¿Qué significa el óvulo? ¿Podemos pasarlos en silencio, o es necesario tomar posición al respecto? ¿Constituyen para nosotros un llamado a una responsabilidad universal? Dicho de otro modo, ¿son ya una persona el espermatozoide y el óvulo? ¿Pueden ellos en todo caso indicar una persona posible? Esto es incontestable. Todos los hombres, en cuanto capaces de engendrar, todas las mujeres en cuanto capaces de concebir, llevan en sí una posibilidad de vida, una posibilidad de vida humana, y están confrontados uno con otro como creadores del hombre.

Esto es algo tan enorme que el primer movimiento de un ser que es consciente de ese poder sería, debería ser ponerse de rodillas ante ese poder creador que se dirige al hombre, que lleva el destino de una persona, de una tercera persona que no existe todavía pero que está presente ya en la posibilidad actualizada, en los gérmenes que pueden llegar a ser un hijo, un ser humano, como sucedió con nosotros cuando se reunieron las dos primeras células que constituyeron el comienzo de nuestra existencia.

El primer acto de un ser inteligente ante el poder de concebir o de engendrar debería ser un acto de respeto. Si es cierto que esos elementos están al origen de la vida, si es verdad que contienen virtualmente una persona, nos encontramos inmediatamente en el terreno más sagrado. Qué más sagrado que una tercera persona que depende de nosotros y cuyo destino está suspendido a nuestra decisión, y cuyo crecimiento dependerá naturalmente de nuestra propia actitud pues sólo hay una educación posible, la constituida por la influencia de los padres.

Biológicamente hablando, es muy claro que, si uno es consciente, no se pueden concebir estos elementos primeros que constituyen el comienzo de una vida humana sin respeto precisamente porque ya está presente alguien que tiene rostro de niño, hay en nosotros alguien que es un hijo posible y que justamente constituye el amor como realidad trinitaria. No hay dos personas sino tres.

Cuando se percibe la calidad trinitaria del amor, cuando lo vemos abrirse al tercero posible, entramos inmediatamente en el terreno sagrado. Imposible imaginar no sé que oscuridad fangosa, no sé qué vértigo malsano y sucio cuando se ha entrevisto que uno se encuentra en el campo mismo de una creación del hombre por el hombre.

Y sin embargo, ¡qué pocos son los que logran dominar esa fuerza en su virginidad, quiero decir en su apertura a la tercera persona, qué pocos son los que llegan a desapropiar esa función, es decir a consagrarla en vez de hacer de ella el objeto de un placer personal!" (Continuará)

 

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