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Zundel

30/08/09. En el hombre, el sexo debe humanizarse, y humanizarse en el nuevo universo que aún no existe.

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“¿Porqué ha tomado esa importancia el sexo, y además en todas partes? ¿Porqué ha dado lugar a tantos dramas, tantas separaciones, tantas enemistades, tantos resentimientos, tantas corrupciones, a tantas promesas extáticas y trágicas decepciones?

Evidentemente porque en la naturaleza el quimiotropismo de los primeros elementos ha llegado al plano psíquico. Si tomamos los primeros elementos por separado, si los cultivamos en laboratorio, vemos que el comportamiento del espermatozoide respecto del óvulo es gobernado por un quimiotropismo, es decir una especie de atracción química. El espermatozoide se pone en movimiento hacia el óvulo en virtud de esa atracción química.

Es cierto que el primer tropismo, la primera polaridad ha llegado al nivel psíquico en todos los reinos de la naturaleza, y muy especialmente en los reinos más desarrollados, y más todavía en el hombre. En efecto, la química del ser vivo, como ya lo hemos señalado, está asociada a la afectividad que es una de las características del ser vivo.

El ser vivo toma partido por sí mismo, se defiende, es cómplice de su existencia, el ser vivo defiende su vida contra todas las agresiones y se deja ir a todas las agresiones, indispensables además para asegurar su propia supervivencia. Y justamente, la complicidad del ser vivo, en materia de reproducción consiste en que la naturaleza, simbólicamente hablando, la naturaleza se las arregló para que el individuo confunda los intereses de la especie con los suyos, confunda el bien de la especie con el suyo y se imagine que se ocupa de sus propios intereses cuando se está ocupando de los de la especie, si no, claro está, ningún animal se reproduciría, si no tuviera el sentimiento, la conciencia oscura, de que la generación es su propio bien. Esto se acentúa con el progreso de la complejidad humana. Mientras más complejo sea el animal, mientras más perfecto, más se vuelve para él la generación un acto que le interesa, un acto que él desea monopolizar, un acto que se prohíbe compartir con los demás, como vemos en los combates de los machos unos contra otros cuando se disputan la misma hembra.

La afectividad ha asumido pues la generación como bien del individuo y la naturaleza se las arregló precisamente para que esa identificación fuera tan perfecta como posible a fin de que la generación fuera perfectamente asegurada a pesar de los riesgos que corre todo ser vivo en su medio, la vida dura solamente en virtud de la voluntad tenaz, apasionada y feroz que empuja a los seres a reproducirse en un impulso que confunden ellos con su propio bien.

El psiquismo está pues totalmente impregnado de sexualidad, con miras a los intereses de la especie y se puede decir que el quimiotropismo, el impulso del espermatozoide hacia el óvulo se transpone al nivel psíquico en el impulso del macho hacia la hembra, o a nuestro nivel, en el impulso del hombre hacia la mujer y recíprocamente.

En el hombre esa transposición se realizó y está tan bien enraizada en el psiquismo humano que sobrevive a la extinción del poder reproductor. En la mujer, cuando llega a la menopausia, cuando ya no es posible la reproducción, el psiquismo sigue totalmente impregnado de sexualidad, con todas las demandas que esto puede implicar y los impulsos que puede producir.

Esa es la dificultad, inmensa, pues cómo resistir a una atracción tan profundamente enraizada, que va hasta las raíces del ser, que colorea toda la afectividad, que implica toda la fisiología, y que crea en el ser un llamado, una necesidad y un vértigo. Parece imposible, ilusorio y absurdo escapar, ya que finalmente uno es lo que es, pues uno está totalmente in-formado, impregnado por ese impulso. Inclusive, en virtud del poder de ese impulso, uno puede olvidar completamente el elemento biológico, el espermatozoide al menos, ya que está siempre implicado en la situación. Uno lo puede olvidar ya que no ve sino al otro en el cual encuentra su realización. Sigue siendo cierto que a la base de ese impulso está el quimiotropismo original del espermatozoide y el óvulo. Tan psíquico como sea el impulso, tan difundido en todos los sectores del ser, sigue cierto que su primera impresión, su primer origen, es la química de los elementos complementarios, el espermatozoide y el óvulo, y la prueba de ello es que si se cambia la orientación hormonal, se logra cambiar el sexo o en todo caso los humores del sexo – se puede cambiar en gallo una gallina o viceversa, según las impregnaciones hormonales que se le den y no hay duda de que en el hombre y la mujer hay posibilidades de masculinización en la mujer o de feminización por parte del hombre, como se ve desafortunadamente cuando uno se ve obligado a administrar hormonas sexuales en particular para tratamiento de cáncer. Hay un cambio fisiológico aparente, puede cambiar la voz, pueden cambiar los humores. Si vamos hasta el final, (y ¿porqué no, en el futuro?), llegaríamos simple y llanamente a cambiar de sexo.

No hay duda alguna de que ahí estamos en un contexto en que funciona la química y en que es imposible ignorar la filiación entre la unión sexual del uno con el otro y el impulso primero, puramente químico, del espermatozoide hacia el óvulo o viceversa. Desde luego, para seres constituidos sexualmente de manera normal, es decir con diferencias suficientemente marcadas para que no haya hibridación ni confusión, permanecerá hasta el final una sensibilidad femenina y una sensibilidad masculina, y la atracción sexual correspondiente.

Pero sigue siendo cierto que el psiquismo es el reflejo de una química y que en virtud de los mismos orígenes mecánicos y materiales, puede haber cortocircuito, no controlamos ese impulso ya que lo sentimos en virtud de un quimiotropismo elemental, y, aunque lo sigamos con todo el impulso, no estamos seguros de que en el otro pasa lo mismo, ni de que dure tanto tiempo como en nosotros. Estamos ahí en un mundo que nos escapa, no percibimos ni su origen ni su fin, y tanto mejor si funciona, pero no es seguro que funcione siempre. Estamos en un terreno esencialmente oscuro, precisamente porque no somos su origen y que cediendo a un vértigo de origen químico, nos preparamos a trabacuentas infinitos, porque justamente si en su primer impulso el amor implica una promesa de infinito, de hecho ese infinito sigue siendo un sueño que la realidad no cesa de desmentir, pues para darse infinitamente sería necesario que seamos infinitos, y precisamente en este terreno ya que en él juega la naturaleza un papel primero, pues la especie también prosigue su propio interés a través de nosotros, pues todos nuestros deseos de infinito son perfectamente vanos si no nos transformamos en infinito, ¡si no nos hacemos fuente y origen! A causa de todo eso, el amor que comienza extático, bifurca con frecuencia hacia situaciones catastróficas, llega hasta negarse ya que habiendo utilizado todas sus posibilidades en una experiencia que no produjo infinito, vuelve a comenzar con la esperanza de descubrirlo en una nueva aventura.

¿Qué quiere decir eso? Eso quiere decir que si existe una moral, si existe una moral sexual, no puede consistir en un esfuerzo para satisfacer al máximo la unión carnal excluyendo la fecundidad por todos los medios que creamos legítimos. El problema está mal planteado, el verdadero problema está en saber si el sexo se debe humanizar en el hombre, si el sexo está llamado a personalizarse en el hombre, si el sexo debe afirmarse en el hombre en el nuevo universo que no existe todavía, pero que cada uno de nosotros está llamado a crear”. (Continuará)

 

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