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2ª parte de la 5ª conferencia del
cenáculo de París el 23 de enero de 1966.
“¿Porqué ha tomado esa
importancia el sexo, y además en todas partes? ¿Porqué ha dado lugar a tantos
dramas, tantas separaciones, tantas enemistades, tantos resentimientos, tantas
corrupciones, a tantas promesas extáticas y trágicas decepciones?
Evidentemente porque en la naturaleza el quimiotropismo de los
primeros elementos ha llegado al plano psíquico. Si tomamos los primeros
elementos por separado, si los cultivamos en laboratorio, vemos que el
comportamiento del espermatozoide respecto del óvulo es gobernado por un
quimiotropismo, es decir una especie de atracción química. El espermatozoide se
pone en movimiento hacia el óvulo en virtud de esa atracción química.
Es cierto que el primer tropismo,
la primera polaridad ha llegado al nivel psíquico en todos los reinos de la
naturaleza, y muy especialmente en los reinos más desarrollados, y más todavía
en el hombre. En efecto, la química del ser vivo, como ya lo hemos señalado,
está asociada a la afectividad que es una de las características del ser vivo.
El ser vivo toma partido por sí
mismo, se defiende, es cómplice de su existencia, el ser vivo defiende su vida
contra todas las agresiones y se deja ir a todas las agresiones, indispensables
además para asegurar su propia supervivencia. Y justamente, la complicidad del
ser vivo, en materia de reproducción consiste en que la naturaleza,
simbólicamente hablando, la naturaleza se
las arregló para que el individuo confunda los intereses de la especie con los
suyos, confunda el bien de la especie con el suyo y se imagine que se ocupa
de sus propios intereses cuando se está ocupando de los de la especie, si no,
claro está, ningún animal se reproduciría, si no tuviera el sentimiento, la
conciencia oscura, de que la generación es su propio bien. Esto se acentúa con
el progreso de la complejidad humana. Mientras más complejo sea el animal, mientras
más perfecto, más se vuelve para él la generación un acto que le interesa, un
acto que él desea monopolizar, un acto que se prohíbe compartir con los demás,
como vemos en los combates de los machos unos contra otros cuando se disputan
la misma hembra.
La afectividad ha asumido pues la
generación como bien del individuo y la naturaleza se las arregló precisamente
para que esa identificación fuera tan perfecta como posible a fin de que la
generación fuera perfectamente asegurada a pesar de los riesgos que corre todo
ser vivo en su medio, la vida dura solamente en virtud de la voluntad tenaz,
apasionada y feroz que empuja a los seres a reproducirse en un impulso que
confunden ellos con su propio bien.
El psiquismo está pues totalmente
impregnado de sexualidad, con miras a los intereses de la especie y se puede
decir que el quimiotropismo, el impulso del espermatozoide hacia el óvulo se
transpone al nivel psíquico en el impulso del macho hacia la hembra, o a
nuestro nivel, en el impulso del hombre hacia la mujer y recíprocamente.
En el hombre esa transposición se
realizó y está tan bien enraizada en el psiquismo humano que sobrevive a la
extinción del poder reproductor. En la mujer, cuando llega a la menopausia,
cuando ya no es posible la reproducción, el psiquismo sigue totalmente
impregnado de sexualidad, con todas las demandas que esto puede implicar y los
impulsos que puede producir.
Esa es la dificultad, inmensa,
pues cómo resistir a una atracción tan profundamente enraizada, que va hasta
las raíces del ser, que colorea toda la afectividad, que implica toda la
fisiología, y que crea en el ser un llamado, una necesidad y un vértigo. Parece
imposible, ilusorio y absurdo escapar, ya que finalmente uno es lo que es, pues
uno está totalmente in-formado, impregnado por ese impulso. Inclusive, en
virtud del poder de ese impulso, uno puede olvidar completamente el elemento
biológico, el espermatozoide al menos, ya que está siempre implicado en la
situación. Uno lo puede olvidar ya que no ve sino al otro en el cual encuentra
su realización. Sigue siendo cierto que a
la base de ese impulso está el quimiotropismo original del espermatozoide y el
óvulo. Tan psíquico como sea el impulso, tan difundido en todos los
sectores del ser, sigue cierto que su primera impresión, su primer origen, es
la química de los elementos complementarios, el espermatozoide y el óvulo, y la
prueba de ello es que si se cambia la orientación hormonal, se logra cambiar el
sexo o en todo caso los humores del sexo – se puede cambiar en gallo una gallina
o viceversa, según las impregnaciones hormonales que se le den y no hay duda de
que en el hombre y la mujer hay posibilidades de masculinización en la mujer o
de feminización por parte del hombre, como se ve desafortunadamente cuando uno
se ve obligado a administrar hormonas sexuales en particular para tratamiento
de cáncer. Hay un cambio fisiológico aparente, puede cambiar la voz, pueden
cambiar los humores. Si vamos hasta el final, (y ¿porqué no, en el futuro?),
llegaríamos simple y llanamente a cambiar de sexo.
No hay duda alguna de que ahí
estamos en un contexto en que funciona la química y en que es imposible ignorar
la filiación entre la unión sexual del uno con el otro y el impulso primero,
puramente químico, del espermatozoide hacia el óvulo o viceversa. Desde luego,
para seres constituidos sexualmente de manera normal, es decir con diferencias
suficientemente marcadas para que no haya hibridación ni confusión, permanecerá
hasta el final una sensibilidad femenina y una sensibilidad masculina, y la
atracción sexual correspondiente.
Pero sigue siendo cierto que el psiquismo es el reflejo de una química
y que en virtud de los mismos orígenes mecánicos y materiales, puede haber
cortocircuito, no controlamos ese impulso ya que lo sentimos en virtud de un
quimiotropismo elemental, y, aunque lo sigamos con todo el impulso, no estamos
seguros de que en el otro pasa lo mismo, ni de que dure tanto tiempo como en
nosotros. Estamos ahí en un mundo que nos escapa, no percibimos ni su origen ni
su fin, y tanto mejor si funciona, pero no es seguro que funcione siempre. Estamos en un terreno esencialmente oscuro,
precisamente porque no somos su origen y que cediendo a un vértigo de
origen químico, nos preparamos a trabacuentas infinitos, porque justamente si
en su primer impulso el amor implica una promesa de infinito, de hecho ese
infinito sigue siendo un sueño que la realidad no cesa de desmentir, pues para
darse infinitamente sería necesario que seamos infinitos, y precisamente en
este terreno ya que en él juega la naturaleza un papel primero, pues la especie
también prosigue su propio interés a través de nosotros, pues todos nuestros deseos de infinito son
perfectamente vanos si no nos transformamos en infinito, ¡si no nos hacemos
fuente y origen! A causa de todo eso, el amor que comienza extático, bifurca
con frecuencia hacia situaciones catastróficas, llega hasta negarse ya que
habiendo utilizado todas sus posibilidades en una experiencia que no produjo
infinito, vuelve a comenzar con la esperanza de descubrirlo en una nueva
aventura.
¿Qué quiere decir eso? Eso quiere
decir que si existe una moral, si existe una moral
sexual, no puede consistir en un esfuerzo para satisfacer al máximo la unión
carnal excluyendo la fecundidad por todos los medios que creamos legítimos. El
problema está mal planteado, el
verdadero problema está en saber si el sexo se debe humanizar en el hombre,
si el sexo está llamado a personalizarse en el hombre, si el sexo debe afirmarse en el hombre en el nuevo universo que no
existe todavía, pero que cada uno de nosotros está llamado a crear”. (Continuará)