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Lausana, domingo de Sexagésima, 1960 (B30), Epístola a los corintios, 11,19-33;12.1-9.
Después de un examen de historia,
un alumno que estaba contento con su nota se quejó amargamente ante el Profesor
que no había estimado lo suficiente su composición. Como no se trataba de un
examen de estado, y que el Profesor quería evitar toda discusión, dijo al
alumno: "Pues, ¿cuánto quieres que te ponga?" y le puso la nota que
el alumno pensaba merecer.
Son cosas que se pueden hacer,
pero ¿qué más da, en lo que respecta la historia, que el alumno tenga una nota
más elevada? ¿La conoce mejor porque le aumentaron la nota? ¡Claro que no! El
juicio, la nota que le dio el Profesor, sigue siendo exterior a su mente. Subió
en clasificación pero no en conocimiento, y su mente no se ha enriquecido en lo
más mínimo.
Esta es una parábola que nos
permite considerar el texto de la epístola de hoy en que San Pablo, después de
haber hablado de todos sus trabajos, del martirio sufrido sirviendo a Cristo, llega
a las visiones extraordinarias, o mejor a la visión extraordinaria con que fue
favorecido, para concluir que todo eso finalmente no es nada comparado con su
debilidad, de la cual quiere gloriarse, la debilidad de salud, probablemente
fiebres de que sufría. De eso quiere gloriarse mucho más que de todos los
trabajos realizados y de la visión extraordinaria de la cual fue a la vez
sujeto y testigo. Estas palabras de San Pablo podrían inducirnos en un concepto
de la humildad que correspondería un poco a la actitud del alumno respecto de
la historia. Y me pregunto, pensando en un joven que entra en la vida con
entusiasmo creador, que es investigador, si puede entrar verdaderamente en esa
actitud diciéndose: "Soy un pobre tipo, soy un miserable, no soy nada, soy
sólo un mendigo, debo gloriarme de mi miseria". ¡Evidentemente no! Tampoco
lo podemos proponer a un niño que adora los cuentos hermosos, que está feliz en
la vida, como el pequeñín que decía su oración de la noche después de la muerte
de uno de sus primitos: "¡Dios mío, no me hagás morir porque gozo
mucho!" Pues evidentemente a ese niñito no se le puede proponer como
horizonte el situarse ante Dios diciendo: "¡Yo no soy sino un pobre niño! ¡yo
no soy absolutamente nada!" porque esa no es una actitud creadora.
Y es justamente una tentación,
una tentación a la cual podrían inducirnos los textos que nos hablan con
demasiada frecuencia de nuestro estado de mendigos delante de Dios. Nunca somos
nada, nunca, somos siempre miserables. Siempre tenemos necesidad de perdón. Yo
creo que esta actitud termina siendo peligrosa, primero porque nos deprime, nos
repliega sobre nosotros mismos, porque para declararse miserable hay que
mirarse a sí mismo y cuando uno se mira arriesga justamente hacerse miserable y
segundo porque si realmente tenemos que jugar un papel en la vida, si tenemos
que ser creadores de algo, no hay que repetirnos sin cesar que somos incapaces.
Nos tenemos que poner a la obra con todo el valor, y esperar que saldremos con
éxito en lo que hayamos emprendido.
Se trata pues de saber si no hay
una forma de humildad que es finalmente la más hermosa humildad cristiana, una
forma de humildad que pueda ser creadora.
Me pongo siempre inquieto cuando
alguien me dice: "¡Yo soy un pobre tipo, sabe! ¡Estoy lleno de pecados,
desde luego, pero creo que Dios es tan bueno que me llevará al Paraíso!" Yo
me digo que el Paraíso no es una clasificación donde le ponen a uno notas sobre
5, y donde se fuerza un poco la nota porque uno quiere quedar bien. El Paraíso,
el verdadero Paraíso, es el conocimiento, el conocimiento y el amor de Dios. Es
la luz interior en la cual es necesario entrar y en que tenemos que
transformarnos. Es la misma situación que la del alumno ante la Ciencia: si le
dieron un rango que no merece – supongo que la Escuela de Ingenieros le dio un
diploma que no merecía – podrá construir puentes que se desplomen, edificios
que sepulten a sus habitantes bajo ruinas, y eso sería muy grave, porque
justamente no es el pergamino, el papel lo que hace de él un ingeniero, sino la
ciencia adquirida personalmente, el conocimiento que haya asimilado.
Y el Paraíso es un conocimiento
que es necesario asimilar, una luz que debemos ser, una generosidad que debe
brotar en nosotros como de su Fuente.
Por consiguiente es perfectamente
inútil imaginar que Dios nos va a poner en un buen puesto, o darnos un pequeño
traspuntín para que podamos asistir al espectáculo a pesar de todo. ¡El Paraíso
no es un espectáculo! El Cielo es justamente la comunión de todo el ser con
Dios, es el enraizamiento de la intimidad en la de Dios: por consiguiente, no
hay rangos que se mantengan, es necesaria una transformación radical de sí
mismo, y sólo mediante la transformación estaremos al nivel de la contemplación
de Dios, del Dios que llevaremos en nosotros, del Dios que se habrá convertido
en la Vida de nuestra vida, y que seguiremos amado porque lo habremos preferido
esencialmente a nosotros en un descubrimiento progresivo de todos los días de
nuestra vida.
Hay pues otra humildad que no
consiste en decir a Dios: "¡Soy un pobre tipo, pero ten piedad de mí,
porque soy un mendigo, no pido mayor cosa, sólo un pequeño traspuntín!"
hay otra humildad infinitamente más real, la única verdadera finalmente, que
consiste en no mirarse.
¡El sabio que está haciendo un
descubrimiento y que siente que va a llegar al resultado buscado durante años,
no se mira a sí mismo! ¡No va a perder su tiempo felicitándose! ¡Va a quemar
las etapas para llegar, para descubrir! ¡Y está admirando el resultado que
siente ya al alcance de sus manos!
Pues esa es justamente la
verdadera humildad: estar en tal admiración ante la Belleza de Dios, ante la
Bondad de Dios, que no podamos pensar ya en nosotros. Y el único modo de curarse
de la tonta vanidad en que caemos tan fácilmente es justamente aprender a
admirar.
Mejor que decir que son un pobre
hombre, que saben muy bien que no merecen el Paraíso, pero que Dios se lo va a
dar a pesar de todo porque sabe que no valen nada, me parece que la mejor
manera de salir de ese sentimiento de mendicidad y de encontrar de nuevo la
dignidad humana, es entrando en la música, entrando en el conocimiento,
cultivando ardientemente la ciencia, amando la naturaleza, escalando la
montaña, yendo a buscar la salida del sol, entusiasmándose con la paz de una
noche estrellada, presenciando las risas y los movimientos de un niñito,
admirando sus primeras sonrisas, buscando por todas partes como suscitar la
eclosión de la Belleza, de la Grandeza y de la Dignidad. Entonces ya no hay
necesidad de rebajarse, ya no pensamos en nosotros mismos, nos perdemos en la
belleza encontrada, nos olvidamos en la música, admiramos la sonrisa de un niño
y con el gozo de admirar comulgamos más profundamente con la Presencia divina
que se revela bajo todos los rostros innumerables, bajo todos los aspectos de
la naturaleza, del arte, de la ciencia y de la humanidad.
Y vemos justamente sabios como
Einstein, como Jean Rostand, como Pierre Termier, sabios llenos de humildad, no
porque dicen: "¡Yo no soy nada! ¡Soy un incapaz!", sino porque hablan
de la Verdad, porque la aman, porque están apasionados por el conocimiento, o
los artistas porque están apasionados por la pintura, la escultura, la
arquitectura o la música. Entonces no necesitan compararse con nada, porque
todo el día están buscando, porque cada mañana recomienzan a descubrir la vida
y el mundo y a través del descubrimiento sienten mejor brotar en ellos la
Fuente que es ya la vida eterna.
Es pues esencial que no nos
equivoquemos y que no escuchemos la lección de San Pablo en un sentido
negativo. En el fondo, la verdadera humildad está en no mirarse a si mismo y
hay un admirable místico alemán del siglo 17, Ángelo Silecio, o mejor, un
altísimo poeta, que dice algo que podría ser escandaloso: "Yo soy como
Dios, y Dios es como yo; soy tan grande como Dios, y él es tan pequeño como yo;
no puede estar por encima de mí, ni yo por debajo de Él". Si remplazamos
la palabra Dios por la palabra "verdad" para mejor comprender este
texto, entenderemos lo que quiere decir: "No puedo llegar a La verdad a
menos de convertirme en ella. No puedo poner la verdad ante mí, es necesario
que esté en mí. Y por consiguiente, está en mí en la medida en que estoy en
ella. Mientras más me hago Verdad, más crece la Verdad en mí, y mientras menos
la soy, menos se desarrolla en mí su luz y su alegría".
Y eso es literalmente el verdadero
Dios! En el fondo Dios parece con tanta frecuencia un ídolo desmedrado porque
nosotros mismos estamos desmedrados. Justamente porque no queremos conquistar
nuestra dignidad de hombres, nuestra libertad creadora, porque no entramos en
la magnífica aventura de la vida, entonces naturalmente Dios se vuelve un Buen
Dios insignificante, un bonachón, sí, que es finalmente un ídolo, un dios
falso.
El verdadero Dios exige, para ser
conocido, que crezcamos, que crezcamos sin fin, y los que pueden hablar de Él,
los únicos que pueden hablar de Él, justamente son los que le dan a su
humanidad toda su dimensión y toda su grandeza. Es por otra parte lo que nos
dice San Pablo: que estamos llamados a conquistar la plena estatura de la
humanidad en Cristo Jesús.
Por eso pienso que en la epístola
a los Corintios que acabamos de leer San Pablo les habla a los corintios, y les
dice expresamente que todavía son niños y que no puede darles carne sólida,
sino que debe alimentarlos con leche! Habla pues para ellos, y les da una
lección de humildad en su lenguaje, pero es claro que la verdadera humildad es
simplemente la admiración en que uno se olvida, la admiración en que uno
desaparece, y que es la más hermosa forma del amor.
Es claro que un artista jamás
podría crear algo si se contempla a
sí mismo! Uno crea algo olvidándose a sí mismo, porque sólo se crea algo
admirando, perdiéndose en el otro y dejándolo expresarse en nosotros.
Entonces, dejemos las falsas
fórmulas de humildad, humildad de cinco centavos, cuando decimos: "Según
mi humilde opinión, etc.", !o cosas por el estilo! !Eso no es serio, nadie
lo cree además, nadie lo toma en serio! La verdadera humildad es no hablar de
sí mismo porque no penamos en nosotros, simplemente porque estamos admirando a
los demás, porque !vivimos en el descubrimiento y en la admiración continua!
Todos podemos ver además cómo
admirar, pero es capital. ¿Porqué tanto aburrimiento en las parejas? !Porque no
se sube! !Porque no se progresa! Siempre leyendo las mismas cosas de literatura
barata, viendo las mismas películas eróticas, no hay nada que contar, !nada
nuevo que dar! Al contrario, habría que trabajar, estudiar, seguir los estudios
de los hijos, ponerse a su nivel. !Eso es apasionante! Eso sería apasionante
porque siempre habría algo nuevo que aprender, algo nuevo que comunicar, !no
acabaríamos jamás de descubrirnos los unos a los otros! !Que cada uno tenga una
pasión, una pasión noble y grande, y a través de la pasión, sea la música, la
literatura, sea la pintura, el dibujo, o el montañismo o la botánica, no
importa! Es necesario que cada uno tenga una pasión que mantenga su impulso y
que cada día le permita comenzar de nuevo. Entonces comprenderá que no puede
entrar al Paraíso, sino que debe serlo. No se trata de tener 5 en la lección de
historia si no lo merecemos, sino de conocer la historia y no la conocemos si
no nos apasionamos por ella y hacemos el esfuerzo de estudiarla.
A Dios vamos del mismo modo.
Queremos conocerlo sólo en la medida en que hacemos en nosotros el vacío
sagrado que lo deje crecer en nosotros al mismo tiempo que nosotros crecemos en
Él.