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Final de la 1ª conferencia del
Cenáculo de París en enero de 1966.
Una perspectiva absolutamente
necesaria que
puede darnos sola el sentimiento un sentimiento de novedad inagotable.
"Es muy claro, en efecto,
que si soy sensible a la dignidad humana, si me siento deudor de toda la
humanidad, es porque encuentro en cada humanidad de hombre el mismo valor infinito, es porque me es imposible creer en un valor en mí mismo sin cuidar ese mismo
valor en los demás ya que ¡es precisamente el mismo valor! Sería renunciar
a toda creación de mí mismo si no cooperara con la misma intensidad al
nacimiento humano de los demás. Es lo mismo, la misma presencia, el mismo valor
el que nos está confiado en los demás y en nosotros mismos. (1)
Llámenlo como quieran. Ya le den
el nombre de Dios o de Cristo, ésa no es la cuestión. La cuestión es de saber justamente si el universo que no existe todavía
pero puede existir es realmente el universo humano y el único universo humano
posible, y yo creo que en efecto es el único universo humano posible, pero
es difícil darle toda su realidad ya que eso supone de parte nuestra un
compromiso de cada instante, y que al menor rechazo, es decir al menor rechazo
de generosidad y de amor consciente y voluntario, tan pequeño como fuere, toda
la realidad de ese universo refluye y arriesga descomponerse y derrumbarse pues
la realidad del mundo humano no puede
mantenerse sino por la reciprocidad del amor en que nuestro consentimiento
es siempre esencialmente necesario.
Ustedes ven qué perspectivas
puede ofrecer todo eso en el campo de la revelación, al menos en lo que llamamos la revelación; que si suponemos una
dogmática que es retrospectiva, si no damos al testimonio evangélico una
resonancia actual en la misma búsqueda y en la creación del orden humano,
llegaremos ciertamente a compromisos no
satisfactorios, y ésa es la impresión que tuve ante el concilio, donde se
hicieron tantas cosas, útiles y buenas además, pero en el fondo no se planteó el verdadero problema porque el problema de
fondo es: "¿de qué Dios hablamos, frente a qué hombre?" Pues si
nos situamos ante el hombre por venir, el hombre que debemos crear, pasamos
forzosamente al lado y volvemos a la medida de una humanidad que no es humana todavía
y que pertenece finalmente a una biología cósmica.
Yo creo que el
cristianismo es prospectivo. Yo
pienso que, cuando Jesús dice a propósito de Juan
Bautista: "el
menor en el Reino es más grande que el mayor de los profetas", hace
alusión y nos orienta justamente hacia
un porvenir en que el hombre será el santuario de la divinidad y en que la
divinidad se revelará en esa especie de reciprocidad nupcial que constituye
toda la vida espiritual.
No sé si me equivoco, pero me parece que esa es una perspectiva
absolutamente necesaria que puede darnos sola el sentimiento, no de
ruminación o de déjà vu, sino al contario, de
una novedad inagotable pues en una promoción constante de nosotros mismos
es como descubrimos cada vez mejor el rostro del hombre y el rostro de Dios, lo
que es lo mismo al fin de cuentas, puesto que es imposible admitir que el
hombre exista en el sentido de una creación, que merezca toda la estima, todo el
respeto, toda nuestra colaboración, imposible creer en una dignidad real si no
creemos o si no podemos encontrarlo en el corazón del hombre Infinito que lo
llamen como quieran, lo mismo da llamarlo Dios, a condición de que al
pronunciar el nombre de Dios, ése sea también el nombre del hombre! Es el
terreno que vamos a tratar.
Un terreno que tenemos que
explorar y sólo puede ser una experiencia, una experiencia en que nos constituimos
nosotros mismos y que va a desarrollarse de manera imprevisible, pues las
fronteras pueden ampliarse constantemente y los muros de separación
derrumbarse, y una experiencia que debe crecer al infinito pero que se
concentra siempre alrededor de la presencia inefable, única, frágil y desarmada
que está constantemente confiada a nuestro amor puesto que sólo puede
expresarse a través de nosotros como tampoco nosotros podemos expresarnos sino
a través de ella. La reciprocidad es absoluta, el hombre sólo puede hacerse humano trascendiéndose en una ofrenda
ilimitada, y Aquél a quien se ofrece no puede ser origen de la historia
sino transparentando a través del hombre. Entonces los dos rostros, el rostro
del hombre y el rostro de Dios, están en correlación constante el uno con el
otro". (Fin de la conferencia).
(1) Nuestra relación con
la humanidad entera, concretamente con nuestro projimo, con el que nos está
cerca, hace parte constituyente de nuestra identidad humana auténticamente cristiana
tanto como nuestra relación con Dios. "El segundo mandamiento es semejante
al primero".