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12/09/09 – Una perspectiva absolutamente necesaria.

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Una perspectiva absolutamente necesaria que puede darnos sola el sentimiento un sentimiento de novedad inagotable.

"Es muy claro, en efecto, que si soy sensible a la dignidad humana, si me siento deudor de toda la humanidad, es porque encuentro en cada humanidad de hombre el mismo valor infinito, es porque me es imposible creer en un valor en mí mismo sin cuidar ese mismo valor en los demás ya que ¡es precisamente el mismo valor! Sería renunciar a toda creación de mí mismo si no cooperara con la misma intensidad al nacimiento humano de los demás. Es lo mismo, la misma presencia, el mismo valor el que nos está confiado en los demás y en nosotros mismos. (1)

Llámenlo como quieran. Ya le den el nombre de Dios o de Cristo, ésa no es la cuestión. La cuestión es de saber justamente si el universo que no existe todavía pero puede existir es realmente el universo humano y el único universo humano posible, y yo creo que en efecto es el único universo humano posible, pero es difícil darle toda su realidad ya que eso supone de parte nuestra un compromiso de cada instante, y que al menor rechazo, es decir al menor rechazo de generosidad y de amor consciente y voluntario, tan pequeño como fuere, toda la realidad de ese universo refluye y arriesga descomponerse y derrumbarse pues la realidad del mundo humano no puede mantenerse sino por la reciprocidad del amor en que nuestro consentimiento es siempre esencialmente necesario.

Ustedes ven qué perspectivas puede ofrecer todo eso en el campo de la revelación, al menos en lo que llamamos la revelación; que si suponemos una dogmática que es retrospectiva, si no damos al testimonio evangélico una resonancia actual en la misma búsqueda y en la creación del orden humano, llegaremos ciertamente a compromisos no satisfactorios, y ésa es la impresión que tuve ante el concilio, donde se hicieron tantas cosas, útiles y buenas además, pero en el fondo no se planteó el verdadero problema porque el problema de fondo es: "¿de qué Dios hablamos, frente a qué hombre?" Pues si nos situamos ante el hombre por venir, el hombre que debemos crear, pasamos forzosamente al lado y volvemos a la medida de una humanidad que no es humana todavía y que pertenece finalmente a una biología cósmica.

Yo creo que el cristianismo es prospectivo. Yo pienso que, cuando Jesús dice a propósito de Juan Bautista: "el menor en el Reino es más grande que el mayor de los profetas", hace alusión y nos orienta justamente hacia un porvenir en que el hombre será el santuario de la divinidad y en que la divinidad se revelará en esa especie de reciprocidad nupcial que constituye toda la vida espiritual.

No sé si me equivoco, pero me parece que esa es una perspectiva absolutamente necesaria que puede darnos sola el sentimiento, no de ruminación o de déjà vu, sino al contario, de una novedad inagotable pues en una promoción constante de nosotros mismos es como descubrimos cada vez mejor el rostro del hombre y el rostro de Dios, lo que es lo mismo al fin de cuentas, puesto que es imposible admitir que el hombre exista en el sentido de una creación, que merezca toda la estima, todo el respeto, toda nuestra colaboración, imposible creer en una dignidad real si no creemos o si no podemos encontrarlo en el corazón del hombre Infinito que lo llamen como quieran, lo mismo da llamarlo Dios, a condición de que al pronunciar el nombre de Dios, ése sea también el nombre del hombre! Es el terreno que vamos a tratar.

Un terreno que tenemos que explorar y sólo puede ser una experiencia, una experiencia en que nos constituimos nosotros mismos y que va a desarrollarse de manera imprevisible, pues las fronteras pueden ampliarse constantemente y los muros de separación derrumbarse, y una experiencia que debe crecer al infinito pero que se concentra siempre alrededor de la presencia inefable, única, frágil y desarmada que está constantemente confiada a nuestro amor puesto que sólo puede expresarse a través de nosotros como tampoco nosotros podemos expresarnos sino a través de ella. La reciprocidad es absoluta, el hombre sólo puede hacerse humano trascendiéndose en una ofrenda ilimitada, y Aquél a quien se ofrece no puede ser origen de la historia sino transparentando a través del hombre. Entonces los dos rostros, el rostro del hombre y el rostro de Dios, están en correlación constante el uno con el otro". (Fin de la conferencia).

 

(1) Nuestra relación con la humanidad entera, concretamente con nuestro projimo, con el que nos está cerca, hace parte constituyente de nuestra identidad humana auténticamente cristiana tanto como nuestra relación con Dios. "El segundo mandamiento es semejante al primero".

 

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