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13/09/09 – Para los biólogos en la vida no hay nada más que química.

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1ª parte de la 1ª conferencia en el Cenáculo de París el 22/01/66.

Para los biólogos no habría en la vida sino química que llega a la sensibilidad y al razonamiento.

"¿Existe el hombre? Es una cuestión capital y es quizá la única cuestión por plantear. Todos se preguntan si Dios existe, habría que preguntarse primero si el hombre existe, y estamos tanto más inclinados a plantearnos esta cuestión que la cibernética parece introducir, o fundar, o difundir un nuevo materialismo.

La cibernética, es decir el arte de hacer eficaz la acción humana, la cibernética, es decir el arte de construir máquinas que remplazan al hombre, se desarrolló de modo considerable y se desarrollará todavía más para alcanzar realizaciones increíbles pues constatamos cada día que las máquinas calculan, las máquinas razonan, las máquinas recuerdan, las máquinas se corrigen, las máquinas son capaces eventualmente de construir teorías que el hombre es absolutamente incapaz de comprender. Y se llegará a la situación de un universo en que la máquina hará todo, quiero decir, realizará todas las operaciones que antes llamábamos mentales, y el hombre se limitará a sacar partido de los resultados en provecho propio, es decir en la inmensa mayoría de los casos, para satisfacer necesidades pasionales.

El hombre será parásito de las máquinas que pensarán, razonarán, calcularán, harán descubrimientos en su lugar, y él vivirá como parásito de las máquinas que le permitirán satisfacer sus deseos con un máximo de eficacia.

La situación se agrava por el hecho de que los biólogos, por su parte, los biólogos consideran el origen de la vida a partir de la fotosíntesis de ciertos elementos como los nitratos o los fosfatos irradiados por rayos ultravioletas. La vida habría nacido elementalmente de un proceso puramente fotoquímico y no habría en la vida finalmente nada más que una química que se perfecciona, que se equilibra, que llega a la sensibilidad y al razonamiento, razonamiento que por otra parte no tiene nada de sensacional puesto que, si las máquinas pueden razonar, no hay razón para imaginar que el hombre que razona sea más que una máquina, máquina mal estructurada además, pues es incapaz de realizar mentalmente ciertas operaciones que las máquinas realizan con increíble facilidad.

Por otra parte además, al estudiar la evolución, los biólogos llegan a la conclusión de que la evolución ha sido realizada únicamente por fuerzas naturales, sin ningún autor, sin ninguna finalidad, establecidas o se desarrolladas en ciertas direcciones en virtud de una necesidad físico-química, por cierta necesidad de equilibrio fundada en diferencias de potencial.

Para los biólogos entonces no cabe duda. Tenemos además la prueba si leemos el enorme libro publicado por Gallimard sobre la biología que es una especie de enciclopedia de los conocimientos biológicos actuales y en que todos los autores sin excepción rechazan toda finalidad. La evolución, como la vida, y como el origen de la vida no supone dirección, no suponen intención, no hay finalidad, sólo hay resultados fundados en energías de origen físico-químico.

Si imaginan la resonancia inmensa de los trabajos de cibernética donde la electrónica es naturalmente puesta en juego o constantemente aplicada, si imaginan la resonancia de las teorías biológicas que constituyen para el lector sincero y en búsqueda de verdad, que constituye la última palabra de la ciencia actual, llegan al cuado extraordinario de que finalmente la vida, cada vez más, se establece en un maquinismo exterior al hombre, construido por él, pero exterior a él, que sugiere cada vez más que él mismo es una máquina pues tanto las operaciones que se creían reservadas a la mente – a lo que se llamaba la mente – son realizadas, y mucho mejor, por las máquinas. Eso nos lleva a concluir que el hombre mismo no es sino una máquina, una máquina deficiente por otra parte debido a una afectividad de la cual las máquinas artificiales que construimos están afortunadamente exentas. Y eso, precisamente, asegura la infalibilidad de las máquinas artificiales, porque no están embarazadas por ninguna afectividad.

Cuando el hombre razona, su actividad o su afectividad pesan sobre él. Puede falsear ciertas conclusiones, puede temerlas, puede interpretarlas y, de todos modos, su afectividad constituye un obstáculo al desarrollo de sus facultades mentales, las cuales una vez más, triunfan en las máquinas artificiales.

Naturalmente esta visión puede ser corregida en cierta medida si recordamos que las máquinas artificiales, las calculadoras que construimos, son sobre todo sensibles a las formas. Me explico del modo más sencillo: cuando se aborda un lenguaje desconocido, sospechando además que tales inscripciones representan verdaderamente un lenguaje, si el lenguaje hipotético está por otra parte escrito en una escritura desconocida, lo cual redobla la dificultad, ¿cómo proceder? ¿Cómo descifrar una inscripción que suponemos de origen humano, una inscripción que vehicula un mensaje?

El hombre tiene antenas para este género de descubrimientos, va naturalmente a buscar en lo que está grabado en las piedras, va a buscar los motivos que se repiten. Será un primer dato en ese desierto indescifrable. Hay indicaciones: las primeras indicaciones son las semejanzas, los signos que se repiten suponen uniones, suponen lazos y procuran ya un primer dato. Se estudiará al menos la frecuencia de los signos siempre semejantes. Se estudiará también su posición: ¿dónde están colocados? Se sospechará también que tienen valor de conjunción, o se sospechará por proximidad que tal palabra o tal grupo de letras que vuelve con mayor frecuencia juega el papel de substantivo, o de predicado, o de verbo, y todo eso sin entender ni una palabra de la inscripción. Pero simplemente en los trazos que se tienen a la vista, simplemente en función de la disposición de los signos, se tiene ya cierto número de indicaciones que, al multiplicarse, nos acercan de la solución.

Es decir que la lectura de una inscripción en lenguaje desconocido trazada en escritura desconocida no puede naturalmente ser abordada buscándole sentido, sino primero descubriendo ciertas formas. Si quieren, el desciframiento se aborda mediante cierto formalismo y para terminar, si se tiene suerte, si se tienen disposiciones para este tipo de trabajo, se termina por descubrir o al menos descifrar una o dos palabras, o una frase cuya coherencia sea quizá garantizada por el contexto, por los dibujos que acompañan la inscripción, que orientan el sentido mismo del mensaje. Cuando se haya descifrado una frase o algunas palabras a partir de la primera lectura, se podrá avanzar y llegar a descifrar los demás, pero todo eso únicamente a partir del dibujo, de la forma, y no a partir del sentido, es decir que es el soporte, como se dice en cibernética, es el soporte del mensaje lo que se considera y no la semántica, es decir la significación.

Y parece que es en este orden como hay que situar el razonamiento de las máquinas y su pensamiento y la precisión de su memoria. Se trata de una operación puramente formal, fundada en contornos, fundada en signos, fundada en soportes y no en un sentido". (Continuará)

 

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