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3ª parte de la conferencia sobre
la cibernética.
"Si como piensan biólogos de renombre como Dauvillier o Hovasse, la vida se desarrolló a partir de fenómenos
puramente físico-químicos, si todos los seres vivos son finalmente sólo
máquinas, si no hay ningún misterio en la vida sino fuerzas físico-químicas
de las que procede y que son su origen, el mundo no necesita, no necesita Creador,
es evidente, ya que se desarrolló espontáneamente y además sin fin ni finalidad,
y no hay razón alguna de suponer detrás
del universo un pensamiento. La vida se desarrolló espontáneamente a partir
de la físico-química y, si es cierto que el universo actual tuvo comienzo, es
bien difícil probar, pero suponiendo que el universo en que estamos tuvo
comienzo, ¿qué quiere decir "comenzar"?
Los físicos, o al menos algunos
de ellos, fundándose en la segunda ley de la termo-dinámica, admiten que visto
que la entropía aumenta sin cesar, el mundo terminará en una especie de
neutralidad absoluta, es decir que, no teniendo ya ninguna diferencia de
potencial, ¡ya no sucederá nada! Todas las energías se extinguirán, ya no habrá
intercambios, ya no habrá fenómenos, ya no sucederá nada, entonces ya no habrá
nada.
¿No podemos imaginar el origen
del mundo precisamente en esa especie de estado inmóvil, inerte, en que no sucede
nada hasta que haya una pequeña arruga en alguna parte, que ponga todo en
movimiento? Pero suponiendo inclusive que el universo haya surgido de la nada,
si estas palabras tienen sentido, suponiendo inclusive que haya un constructor
trascendente, ¡ese constructor no habría necesitado tener un fin ya que la
naturaleza no lo tiene! No habría necesitado construir cosas bien complicadas,
sólo habría tenido que construir o producir una diferencia de potencial en
alguna parte, tan pequeña como se quiera, en elementos por demás indefinibles,
y no tenía que ocuparse más de eso porque la continuación habría sido
totalmente espontánea.
Es muy difícil ver en ese
constructor, suponiendo que fuera necesario para iniciar los fenómenos, algo
parecido a un creador, al Creador como lo presenta la tradición, y finalmente
esa especie de constructor trascendente, de mecánico original, una vez más, le
habría bastado con poner en movimiento elementos extremamente indiferenciados,
a condición que haya en alguna parte una diferencia de potencial que permita un
movimiento.
Ahora bien, ¡es absolutamente
imposible que no tengamos cuenta de la cibernética actual que invade toda la
vida! Es imposible que no tengamos cuenta de la biología a la cual recurrimos
además espontáneamente nosotros mismos: cuando estamos en una situación en que
el dolor se vuelve intolerable, tomamos calmantes, ¡nos volvemos pues a la química!, compramos morfina, y
son elementos físico-químicos que suspenden la sensibilidad y nos aseguran un
momento de descanso. Admitimos pues constantemente la intervención de la
físico-química en nuestro organismo, y hay medicamentos, precisamente, en las
enfermedades mentales, que se fundan en la quimioterapia.
Muchos psiquiatras renuncian a
curas psicoterapéuticas, a curas psicoanalíticas, para limitarse a una
quimioterapia en los casos que los ocupan, y pretenden que su eficacia está
asegurada a casi 100%. Entonces, si la quimioterapia es eficaz, si la química
interviene en nuestra sensibilidad, si suspende el dolor, si cantidades de
remedios sintéticos, que no tienen origen natural sino que reposan sobre una fabricación
humana, son eficaces en el organismo, ¿qué dificultad hay en admitir que el
organismo mismo tenga origen físico-químico?
En efecto, la situación es
extremamente grave, y es incontestable. Iremos
cada vez más hacia una cibernética universal que confirmará justamente una
biología que excluye toda finalidad en que el desarrollo de la vida se
explica únicamente por acontecimientos físico-químicos.
La mente va a retroceder
cada vez más. La razón aparecerá cada vez más como una
máquina y será absolutamente imposible afirmar una trascendencia de la mente
fundándose en la experiencia de la vida cotidiana. Y entonces el Dios Creador
de la tradición será cada vez más impensable pues sólo se le pedirá ya, si aún
es necesario, que construya a ciegas un mecanismo elemental que se desarrolle
por sí mismo.
Todo eso tenemos que
considerarlo si no queremos convertirnos en un gueto de gente que no quiere ver
(1), que no quiere
darse cuenta, que pretende saber más que los sabios, que cree que su solución
es intangible porque jamás han considerado las demás.
Uno de estos días nos vamos a
encontrar ante una especie de océano de eslóganes difundidos por todas las
revistas de vulgarización científica, vamos a encontrarnos ante un océano de
afirmaciones que ponen exactamente todo en duda, que se habrán convertido en
moneda corriente, ¡que serán aceptadas por la mayoría de las mentes y que los
periodistas van a divulgar como última palabra de la ciencia! (Continuará)
Nota (1) Todo eso es de gran
importancia. ¿No está la Iglesia misma convirtiéndose en gueto?