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Final de la conferencia sobre la
cibernética.
Es lo mismo ser creador del
universo que no existe todavía y hacer de sí mismo y de todo una ofrenda de luz
y de amor a la Amada Presencia.
"Es evidente, como lo expresa san Agustín, que el universo espiritual sólo puede
surgir de la retoma de todo lo dado, en la retoma de todo lo prefabricado hasta
las últimas raíces, en la retoma que se indica, que sólo se manifiesta, sólo se
realiza en el movimiento de ofrenda maravillada a un Rostro, a una Presencia
que de pronto se descubre en sí mismo,
cuando se es arrojado en un diálogo de reciprocidad, en un diálogo de luz y de
amor en que uno comienza por fin a convertirse en efecto en fuente y origen,
por no estar ya limitado por nada, atado a nada, por estar totalmente
despegado, por no estar ya solo en lo más íntimo, por comprender, por descubrir
en efecto que en cada ser que se nos parece hay esa posibilidad de escapar al
condicionamiento mecánico pero que sólo puede realizarse en ese universo
oblativo, que sólo puede existir a favor de un encuentro con una Presencia que
nos está esperando en lo más íntimo de nosotros y que sólo subsiste mientras
dure ese diálogo pues cuando me retiro del diálogo, cuando dejo de situarme en
la ofrenda de amor, cuando ya no estoy delante de ese Rostro que ha suscitado
en mí el espacio liberador, recaigo inevitablemente en mi biología. El cuerpo
es inmediatamente amputado de su cabeza. Todas las líneas no pueden ya
converger hacia la cumbre y, forzosamente, todas mis actividades van a estar de
nuevo imantadas por una polaridad instintiva.
Ahí tienen pues, como ustedes lo
sienten, un dato del que hay que sacar las consecuencias, una perspectiva a la
cual tenemos que acostumbrarnos para no situar a Dios donde no está, para no
situar al hombre donde no está.
Todos han debido notar en sí
mismos que es lo mismo encontrarse a sí mismo y encontrar a Dios. Es lo mismo ser creador del universo que no
existe todavía y hacer de sí mismo y de todo una ofrenda de luz y de amor a la
Amada Presencia que nos solicita en el silencio de nosotros mismos: es lo
mismo, es el mimo momento, es el mismo nacimiento, es el mismo espacio, es la
misma libertad.
Entonces la única pregunta que
prácticamente queda es esta: ¿Creo yo en el hombre posible? ¿Espero en el
hombre posible? ¿Tengo presentimiento del hombre que estoy llamado a ser?
¿Puedo vivir sin ser sensible a la dignidad y al valor posible en cada uno? Esa
es la pregunta.
Estoy confrontado todos
los días con la miseria. ¡Todos los días o casi, tocan a mi puerta! Todos los días me piden ayuda
material, todos los días debo hacer frente a problemas insolubles. Todos los
días mis cálculos son deshechos porque no puedo no creer en la dignidad del
hombre privado de todo, reducido además a buscar su alimento, que no puede
dedicar las fuerzas que le quedan sino a exigir que le den alimento para
escapar a la muerte, para que lo salven del frío. No puedo no creer, aunque no quede
sino un solo ser con hambre, un solo ser con frío, no puedo no creer en su
dignidad posible. Yo sé que cuando estén satisfechas sus necesidades, que son
urgentes, que lo destruyen (si no son satisfechas) – yo sé que cuando estén
satisfechas podrá quizá, podrá, tendrá en todo caso la posibilidad de emerger y
hacerse hombre. Eso es tan importante, tan precioso, tan esencial que,
naturalmente, todo lo que tengo le
pertenece porque tiene como yo vocación a hacerse hombre y derecho de alcanzar
su dignidad lo mismo que Dios, para manifestarse, necesita esa
transformación en él tanto como en mí.
El ser es sensible a ese valor
posible, se embarca, está necesariamente invitado a superar la máquina, a
trascender el universo prefabricado. Está orientado hacia la creación del
universo que no existe todavía y que no puede existir sin él, y será a la vez
el hombre real y el revelador de Dios, o en él en todo caso se revelará Dios
porque sólo en ese hombre que surge, que se separa de la mecánica, que se
libera de ella, sin por eso negarla claro está, ahí es donde se sitúan a la vez
el hombre y Dios.
Si entramos en esta perspectiva –
y ¿cómo no hacerlo? – no podemos dejar que la cibernética se desarrolle al
infinito, dejar que los biólogos sigan el paso y se comprometan en una visión
cada vez más físico-química de la vida, de la inteligencia, del razonamiento,
del conocimiento y del amor, de los instintos, en fin de todo lo que estábamos
acostumbrados a considerar como psíquico o espiritual, podríamos hacerlo sin la
menor inquietud en cuanto al fondo del problema ya que, justamente, el hombre y
Dios se sitúan en otro universo.
Me parece que buscar estas cosas,
verlas con perfecta lucidez, es primero obra de lealtad, y al mismo tiempo, es
orientarse hacia el verdadero problema, hacia la verdadera acción, hacia la
verdadera creación con la posibilidad de descubrir a la vez al hombre o de
hacerse hombre real, hombre-valor, hombre-dignidad Y descubrir el Dios-Espíritu, el Dios-Verdad, el Dios interior cuyo
santuario somos o estamos llamados a ser". (Fin de la conferencia).