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Nuestra Señora del Valentín,
Lausana, hacia 1956.
Si somos leales con nosotros
mismos, debemos confesar que los mayores sufrimientos nos vienen de nosotros
mismos: nos aferramos al yo, un yo que no escogimos, que se nos impuso desde el
nacimiento y, como en nosotros sólo estamos nosotros, tornamos alrededor de
nosotros mismos en una cautividad atroz en que nos asfixiamos. Por eso Ramuz,
el gran escritor del Vaud, dijo en una frase muy impresionante: "Tenemos
que sanar de nosotros mismos".
Es verdad. Tenemos que sanar de
nosotros mismos. Deberíamos poder salir del yo, revestirnos de otro yo que sea en
nosotros espacio, luz, respiración de alegría y belleza. Es finalmente el sueño
del hombre, del hombre que no puede resistir la presencia de sí mismo, que
quiere siempre escapar a sí mismo, el hombre sueña con encontrar otro yo, un yo
al que pueda escoger, al cual poderse dedicar, en el cual poder respirar. Por
eso también la antigua fórmula de matrimonio hindú se formulaba en estas
palabras admirables: "Tú eres yo". El novio decía a la novia:
"Tú eres yo" porque esperaba justamente encontrar en el amor ese yo
totalmente nuevo, el yo que uno puede escoger, el yo que deja de ser obligación
y que se hace fuente viva e inagotable de vida.
Y justamente es aquí donde el
Evangelio interviene. En este punto nos agarra el Evangelio. Jesús viene al
mundo para traernos otro yo, para liberarnos de la intimidad asfixiante con
nosotros mismos, para hacer de nuestra vida íntima un inmenso espacio donde
pueda ser comprendido el mundo entero y donde todo ser pueda encontrar su vida
y su respiración.
Porque Cristo es justamente el
hombre que perdió su yo, el hombre que ya no es forzado en sí mismo, por sí
mismo, el hombre que se abrió, el hombre que es transparente a Dios, el hombre
en el que la Divinidad se expresa sin obstáculo y se comunica personalmente.
Y si estamos reunidos esta noche,
si estamos esperando el acontecimiento de la noche sagrada, es justamente con
la esperanza de alcanzar finalmente la liberación, de poder cambiar nuestro yo
por otro, de que el eje de nuestra personalidad pase en adelante por el corazón
de Dios y de poder ya no estar solos en el silencio más íntimo de nuestro ser,
agobiados por nosotros mismos sino en una Presencia que contiene toda
presencia.
Y además, en seguida, en el curso
de esta liturgia, vamos a expresar precisamente esa fórmula nupcial, vamos a
revestir el yo de Jesucristo. Pues qué significan las palabras de la
consagración, "Esto es MI cuerpo, Esto es MI sangre" sino que a
través de los labios humanos puede expresarse el YO divino.
El sacerdote va a decirlas. Pero
las diremos nosotros también, cada uno por su cuenta, en el silencio de nuestro
corazón. Jesús viene a nosotros para revestirnos de El mismo, es decir para
hacer del Yo divino el centro y la fuente de nuestra eterna personalidad. Ahí
es donde llegaremos a expresarnos por entero, a descubrirnos a nosotros mismos
en nuestras infinitas profundidades y a realizar la misión universal que es la
nuestra.
Pero para eso tenemos que
abandonarnos a Él. Tenemos que dejarnos agarrar por Él. Él tiene que ser
verdaderamente el nuevo yo en que toda nuestra conducta tenga su principio.
Por eso vamos a decir
silenciosamente, poniendo en ello todo el impulso de nuestra vida, para que ya
no vivamos nosotros sino que Cristo sea el que vive en nosotros: "Señor,
heme aquí, tómame. Te ofrezco mi cuerpo para que se convierta en Tu cuerpo. Te
ofrezco mi sangre para que sea Tu sangre y toda mi vida para que en ella se exprese
Tu Vida: "ESTO ES MI CUERPO, ESTO ES MI SANGRE".