Normal
0
21
false
false
false
MicrosoftInternetExplorer4
/* Style Definitions */
table.MsoNormalTable
{mso-style-name:"Tableau Normal";
mso-tstyle-rowband-size:0;
mso-tstyle-colband-size:0;
mso-style-noshow:yes;
mso-style-parent:"";
mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;
mso-para-margin:0cm;
mso-para-margin-bottom:.0001pt;
mso-pagination:widow-orphan;
font-size:10.0pt;
font-family:"Times New Roman";
mso-ansi-language:#0400;
mso-fareast-language:#0400;
mso-bidi-language:#0400;}
Nuestra Señora del Valentín,
LAUSANA, hacia 1956, probablemente el domingo de quincuagésima, 12 de febrero
de 1956, cuya epístola es el Himno a la Caridad: I Cor.13/1-13
(Falta el comienzo) "... Es
pues cierto que la caridad es el milagro de los milagros y hay que decir en
seguida que es imposible, radicalmente imposible, si no se ve en ella una
virtud teologal – lo que es además. La palabra "teologal" es decisiva
en este caso, y es admirable porque quiere decir que la caridad, en el sentido
evangélico, tiene por objeto, por medida y por motivo a Dios mismo. Es decir
que la caridad sólo tiene un prójimo, que es Dios. El verdadero prójimo es
Dios, tan prójimo que está infinitamente más cerca de nosotros que nosotros
mismos. Y es a través del prójimo divino como tenemos prójimo humano.
Si la vida de Dios no se
interpusiera entre los demás y nosotros, sería imposible amarlos. Sin duda,
existen ciertos seres escogidos con cuidado que son los amigos, los padres,
hacia los cuales sentimos ternura espontánea y a veces pasión ciega, listos a
perdonarles todo, a aprobar todo, a admirar todo para obtener un retorno de
ternura. Pero fuera de ese pequeño círculo excepcional y tanto más precioso,
los demás siguen siendo justamente los demás, es decir, seres exteriores a
nosotros, objetos colocados delante de nosotros y percibidos de afuera.
Entonces si la caridad está en el
centro del Evangelio, es porque en el centro de la vida está la presencia de
Dios. Dios es la Vida de nuestra vida. Dios está confiado a cada uno de
nosotros. Dios circula en nosotros y nosotros en El y todas las virtudes son
simples resplandores de la Presencia de Dios en el cuerpo o en la mente, en la
conducta y en la acción. En la medida en que Dios se encarna en nosotros, en la
medida en que Lo dejamos transparentar en nuestra vida, existe verdadero Bien.
Y justamente esa es la vocación el hombre, encarnar a Dios, expresar la vida
divina, hacerse Rostro del Señor, aportar a toda la vida el brillo de Su gracia
y de Su Amor, es decir que la Vida Divina es el fundamento de la nuestra y que
la nuestra se enraíza en la de Dios.
Entonces puede brotar la caridad,
porque estamos ante un Bien realmente infinito que puede solicitar toda nuestra
capacidad de adhesión y de amor, porque no se puede ir más lejos, no se puede
encontrar una fuente más inagotable que la Bondad misma de Dios.
Esa es pues la única raíz de la
caridad evangélica. Es absolutamente necesario recordarlo para que ese
magnífico programa contenido en el Cantar de los Cantares del Nuevo Testamento
que es el capítulo 13 de la Primera a los Corintios, no se vuelva una trampa,
ya que, si nos forzamos por sentir estima por personas que no son estimables, por
sentir afecto por personas que nos son antipáticas, llegaremos forzosamente a
una caricatura, tomaremos una actitud que será puro artificio y finalmente
mandaremos todo a la porra, con el sentimiento de que es falsedad, irrealidad y
mentira.
Pero el Evangelio no pide que
hagamos contorsiones. El Evangelio nos coloca en el centro mismo del debate al
revelarnos que nuestro primer prójimo, nuestro único prójimo, es Dios, Dios en
el hombre, Dios en el universo, Dios que nos está confiado en nosotros mismos y
en cada uno, Dios cuya Providencia tenemos que ser en la vida de los demás como
en la nuestra.
Es pues por una mirada totalmente
nueva, una mirada que se hunde en la intimidad divina como podemos ver hermosos
a los demás, como veía Nuestro Señor a Sus apóstoles el Jueves Santo cuando les
lavaba los pies. Eso era terriblemente difícil ya que entre sus apóstoles
estaba Judas que ya lo había vendido, estaba Pedro que Lo iba a abandonar, a
negar, estaban todos los demás que iban a huir ante la catástrofe imprevisible.
Y sin embargo, Jesús está de rodillas porque en ellos adora la Presencia
Divina, adora al Prójimo Infinito que es nuestro único Prójimo.
Él sabe que un día, inclusive
para Judas, hay posibilidad de conversión, posibilidad de regreso y que si Dios
toma posesión de estos hombres, o mejor, si ellos se abren a la Visita Divina
que se ofrece siempre y a todos, ellos se transfigurarán, esos cuerpos serán
cuerpos gloriosos y todos esos seres aparecerán en el mundo como creadores,
como fuente, como comienzo, como origen, como eje mismo de la Historia y del
mundo.
Entonces, desde luego, se los
podrá amar a la locura, amarlos como los ama Dios, amarlos sin medida, o mejor,
con la medida que es la medida de Dios: amarlos infinitamente.
La caridad supone pues una
oración continua que rebasa las apariencias y que, a través del hombre, se
hunde hasta las raíces de la Vida, donde precisamente brota la existencia en el
Corazón de Dios. Y en el contacto con la fuente infinita, en el encuentro con
el Dios Vivo, en lo más íntimo del corazón del hombre, la caridad puede por fin
convertirse en el Cantar de los Cantares, el milagro de los milagros que San
Pablo acaba de celebrar en un lenguaje incomparable.
Entonces, al que es el cantor de
esas Palabras inspiradas, a él le vamos a pedir que interceda por nosotros a
fin de obtener esa caridad ardiente hacia nuestro primer Prójimo que es Dios, a
fin de que podamos extenderla al prójimo universal que es el hombre, sin
artificios, sin contorsiones, sin mentiras y sin parcialidades, como Jesús lo
hacía cuando estaba de rodillas ante sus apóstoles en el Lavatorio de los pies,
recordándonos que sólo existe un medio de encontrar al hombre, un solo camino
hacia el hombre, y es Dios.