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19-20/09/09 - El milagro de los milagros: el prójimo es Dios.

Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Nuestra Señora del Valentín, LAUSANA, hacia 1956, probablemente el domingo de quincuagésima, 12 de febrero de 1956, cuya epístola es el Himno a la Caridad: I Cor.13/1-13

(Falta el comienzo) "... Es pues cierto que la caridad es el milagro de los milagros y hay que decir en seguida que es imposible, radicalmente imposible, si no se ve en ella una virtud teologal – lo que es además. La palabra "teologal" es decisiva en este caso, y es admirable porque quiere decir que la caridad, en el sentido evangélico, tiene por objeto, por medida y por motivo a Dios mismo. Es decir que la caridad sólo tiene un prójimo, que es Dios. El verdadero prójimo es Dios, tan prójimo que está infinitamente más cerca de nosotros que nosotros mismos. Y es a través del prójimo divino como tenemos prójimo humano.

Si la vida de Dios no se interpusiera entre los demás y nosotros, sería imposible amarlos. Sin duda, existen ciertos seres escogidos con cuidado que son los amigos, los padres, hacia los cuales sentimos ternura espontánea y a veces pasión ciega, listos a perdonarles todo, a aprobar todo, a admirar todo para obtener un retorno de ternura. Pero fuera de ese pequeño círculo excepcional y tanto más precioso, los demás siguen siendo justamente los demás, es decir, seres exteriores a nosotros, objetos colocados delante de nosotros y percibidos de afuera.

Entonces si la caridad está en el centro del Evangelio, es porque en el centro de la vida está la presencia de Dios. Dios es la Vida de nuestra vida. Dios está confiado a cada uno de nosotros. Dios circula en nosotros y nosotros en El y todas las virtudes son simples resplandores de la Presencia de Dios en el cuerpo o en la mente, en la conducta y en la acción. En la medida en que Dios se encarna en nosotros, en la medida en que Lo dejamos transparentar en nuestra vida, existe verdadero Bien. Y justamente esa es la vocación el hombre, encarnar a Dios, expresar la vida divina, hacerse Rostro del Señor, aportar a toda la vida el brillo de Su gracia y de Su Amor, es decir que la Vida Divina es el fundamento de la nuestra y que la nuestra se enraíza en la de Dios.

Entonces puede brotar la caridad, porque estamos ante un Bien realmente infinito que puede solicitar toda nuestra capacidad de adhesión y de amor, porque no se puede ir más lejos, no se puede encontrar una fuente más inagotable que la Bondad misma de Dios.

Esa es pues la única raíz de la caridad evangélica. Es absolutamente necesario recordarlo para que ese magnífico programa contenido en el Cantar de los Cantares del Nuevo Testamento que es el capítulo 13 de la Primera a los Corintios, no se vuelva una trampa, ya que, si nos forzamos por sentir estima por personas que no son estimables, por sentir afecto por personas que nos son antipáticas, llegaremos forzosamente a una caricatura, tomaremos una actitud que será puro artificio y finalmente mandaremos todo a la porra, con el sentimiento de que es falsedad, irrealidad y mentira.

Pero el Evangelio no pide que hagamos contorsiones. El Evangelio nos coloca en el centro mismo del debate al revelarnos que nuestro primer prójimo, nuestro único prójimo, es Dios, Dios en el hombre, Dios en el universo, Dios que nos está confiado en nosotros mismos y en cada uno, Dios cuya Providencia tenemos que ser en la vida de los demás como en la nuestra.

Es pues por una mirada totalmente nueva, una mirada que se hunde en la intimidad divina como podemos ver hermosos a los demás, como veía Nuestro Señor a Sus apóstoles el Jueves Santo cuando les lavaba los pies. Eso era terriblemente difícil ya que entre sus apóstoles estaba Judas que ya lo había vendido, estaba Pedro que Lo iba a abandonar, a negar, estaban todos los demás que iban a huir ante la catástrofe imprevisible. Y sin embargo, Jesús está de rodillas porque en ellos adora la Presencia Divina, adora al Prójimo Infinito que es nuestro único Prójimo.

Él sabe que un día, inclusive para Judas, hay posibilidad de conversión, posibilidad de regreso y que si Dios toma posesión de estos hombres, o mejor, si ellos se abren a la Visita Divina que se ofrece siempre y a todos, ellos se transfigurarán, esos cuerpos serán cuerpos gloriosos y todos esos seres aparecerán en el mundo como creadores, como fuente, como comienzo, como origen, como eje mismo de la Historia y del mundo.

Entonces, desde luego, se los podrá amar a la locura, amarlos como los ama Dios, amarlos sin medida, o mejor, con la medida que es la medida de Dios: amarlos infinitamente.

La caridad supone pues una oración continua que rebasa las apariencias y que, a través del hombre, se hunde hasta las raíces de la Vida, donde precisamente brota la existencia en el Corazón de Dios. Y en el contacto con la fuente infinita, en el encuentro con el Dios Vivo, en lo más íntimo del corazón del hombre, la caridad puede por fin convertirse en el Cantar de los Cantares, el milagro de los milagros que San Pablo acaba de celebrar en un lenguaje incomparable.

Entonces, al que es el cantor de esas Palabras inspiradas, a él le vamos a pedir que interceda por nosotros a fin de obtener esa caridad ardiente hacia nuestro primer Prójimo que es Dios, a fin de que podamos extenderla al prójimo universal que es el hombre, sin artificios, sin contorsiones, sin mentiras y sin parcialidades, como Jesús lo hacía cuando estaba de rodillas ante sus apóstoles en el Lavatorio de los pies, recordándonos que sólo existe un medio de encontrar al hombre, un solo camino hacia el hombre, y es Dios.

 

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