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21-22/09/09 – La Humildad es admirar al otro hasta el punto de no pensar en sí mismo.

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Después de un examen de historia, un alumno que estaba contento con su nota se quejó amargamente ante el Profesor que no había estimado lo suficiente su composición. Como no se trataba de un examen de estado, y que el Profesor quería evitar toda discusión, dijo al alumno: "Pues, ¿cuánto quieres que te ponga?" y le puso la nota que el alumno pensaba merecer.

Son cosas que se pueden hacer, pero ¿qué más da, en lo que respecta la historia, que el alumno tenga una nota más elevada? ¿La conoce mejor porque le aumentaron la nota? ¡Claro que no! El juicio, la nota que le dio el Profesor, sigue siendo exterior a su mente. Subió en clasificación pero no en conocimiento, y su mente no se ha enriquecido en lo más mínimo.

Esta es una parábola que nos permite considerar el texto de la epístola de hoy en que San Pablo, después de haber hablado de todos sus trabajos, del martirio sufrido sirviendo a Cristo, llega a las visiones extraordinarias, o mejor a la visión extraordinaria con que fue favorecido, para concluir que todo eso finalmente no es nada comparado con su debilidad, de la cual quiere gloriarse, la debilidad de salud, probablemente fiebres de que sufría. De eso quiere gloriarse mucho más que de todos los trabajos realizados y de la visión extraordinaria de la cual fue a la vez sujeto y testigo. Estas palabras de San Pablo podrían inducirnos en un concepto de la humildad que correspondería un poco a la actitud del alumno respecto de la historia. Y me pregunto, pensando en un joven que entra en la vida con entusiasmo creador, que es investigador, si puede entrar verdaderamente en esa actitud diciéndose: "Soy un pobre tipo, soy un miserable, no soy nada, soy sólo un mendigo, debo gloriarme de mi miseria". ¡Evidentemente no! Tampoco lo podemos proponer a un niño que adora los cuentos hermosos, que está feliz en la vida, como el pequeñín que decía su oración de la noche después de la muerte de uno de sus primitos: "¡Dios mío, no me hagás morir porque gozo mucho!" Pues evidentemente a ese niñito no se le puede proponer como horizonte el situarse ante Dios diciendo: "¡Yo no soy sino un pobre niño! ¡yo no soy absolutamente nada!" porque esa no es una actitud creadora.

Y es justamente una tentación, una tentación a la cual podrían inducirnos los textos que nos hablan con demasiada frecuencia de nuestro estado de mendigos delante de Dios. Nunca somos nada, nunca, somos siempre miserables. Siempre tenemos necesidad de perdón. Yo creo que esta actitud termina siendo peligrosa, primero porque nos deprime, nos repliega sobre nosotros mismos, porque para declararse miserable hay que mirarse a sí mismo y cuando uno se mira arriesga justamente hacerse miserable y segundo porque si realmente tenemos que jugar un papel en la vida, si tenemos que ser creadores de algo, no hay que repetirnos sin cesar que somos incapaces. Nos tenemos que poner a la obra con todo el valor, y esperar que saldremos con éxito en lo que hayamos emprendido.

Se trata pues de saber si no hay una forma de humildad que es finalmente la más hermosa humildad cristiana, una forma de humildad que pueda ser creadora.

Me pongo siempre inquieto cuando alguien me dice: "¡Yo soy un pobre tipo, sabe! ¡Estoy lleno de pecados, desde luego, pero creo que Dios es tan bueno que me llevará al Paraíso!" Yo me digo que el Paraíso no es una clasificación donde le ponen a uno notas sobre 5, y donde se fuerza un poco la nota porque uno quiere quedar bien. El Paraíso, el verdadero Paraíso, es el conocimiento, el conocimiento y el amor de Dios. Es la luz interior en la cual es necesario entrar y en que tenemos que transformarnos. Es la misma situación que la del alumno ante la Ciencia: si le dieron un rango que no merece – supongo que la Escuela de Ingenieros le dio un diploma que no merecía – podrá construir puentes que se desplomen, edificios que sepulten a sus habitantes bajo ruinas, y eso sería muy grave, porque justamente no es el pergamino, el papel lo que hace de él un ingeniero, sino la ciencia adquirida personalmente, el conocimiento que haya asimilado.

Y el Paraíso es un conocimiento que es necesario asimilar, una luz que debemos ser, una generosidad que debe brotar en nosotros como de su Fuente.

Por consiguiente es perfectamente inútil imaginar que Dios nos va a poner en un buen puesto, o darnos un pequeño traspuntín para que podamos asistir al espectáculo a pesar de todo. ¡El Paraíso no es un espectáculo! El Cielo es justamente la comunión de todo el ser con Dios, es el enraizamiento de la intimidad en la de Dios: por consiguiente, no hay rangos que se mantengan, es necesaria una transformación radical de sí mismo, y sólo mediante la transformación estaremos al nivel de la contemplación de Dios, del Dios que llevaremos en nosotros, del Dios que se habrá convertido en la Vida de nuestra vida, y que seguiremos amado porque lo habremos preferido esencialmente a nosotros en un descubrimiento progresivo de todos los días de nuestra vida.

Hay pues otra humildad que no consiste en decir a Dios: "¡Soy un pobre tipo, pero ten piedad de mí, porque soy un mendigo, no pido mayor cosa, sólo un pequeño traspuntín!" hay otra humildad infinitamente más real, la única verdadera finalmente, que consiste en no mirarse.

¡El sabio que está haciendo un descubrimiento y que siente que va a llegar al resultado buscado durante años, no se mira a sí mismo! ¡No va a perder su tiempo felicitándose! ¡Va a quemar las etapas para llegar, para descubrir! ¡Y está admirando el resultado que siente ya al alcance de sus manos!

Pues esa es justamente la verdadera humildad: estar en tal admiración ante la Belleza de Dios, ante la Bondad de Dios, que no podamos pensar ya en nosotros. Y el único modo de curarse de la tonta vanidad en que caemos tan fácilmente es justamente aprender a admirar.

Mejor que decir que son un pobre hombre, que saben muy bien que no merecen el Paraíso, pero que Dios se lo va a dar a pesar de todo porque sabe que no valen nada, me parece que la mejor manera de salir de ese sentimiento de mendicidad y de encontrar de nuevo la dignidad humana, es entrando en la música, entrando en el conocimiento, cultivando ardientemente la ciencia, amando la naturaleza, escalando la montaña, yendo a buscar la salida del sol, entusiasmándose con la paz de una noche estrellada, presenciando las risas y los movimientos de un niñito, admirando sus primeras sonrisas, buscando por todas partes como suscitar la eclosión de la Belleza, de la Grandeza y de la Dignidad. Entonces ya no hay necesidad de rebajarse, ya no pensamos en nosotros mismos, nos perdemos en la belleza encontrada, nos olvidamos en la música, admiramos la sonrisa de un niño y con el gozo de admirar comulgamos más profundamente con la Presencia divina que se revela bajo todos los rostros innumerables, bajo todos los aspectos de la naturaleza, del arte, de la ciencia y de la humanidad.

Y vemos justamente sabios como Einstein, como Jean Rostand, como Pierre Termier, sabios llenos de humildad, no porque dicen: "¡Yo no soy nada! ¡Soy un incapaz!", sino porque hablan de la Verdad, porque la aman, porque están apasionados por el conocimiento, o los artistas porque están apasionados por la pintura, la escultura, la arquitectura o la música. Entonces no necesitan compararse con nada, porque todo el día están buscando, porque cada mañana recomienzan a descubrir la vida y el mundo y a través del descubrimiento sienten mejor brotar en ellos la Fuente que es ya la vida eterna.

Es pues esencial que no nos equivoquemos y que no escuchemos la lección de San Pablo en un sentido negativo. En el fondo, la verdadera humildad está en no mirarse a si mismo y hay un admirable místico alemán del siglo 17, Ángelo Silecio, o mejor, un altísimo poeta, que dice algo que podría ser escandaloso: "Yo soy como Dios, y Dios es como yo; soy tan grande como Dios, y él es tan pequeño como yo; no puede estar por encima de mí, ni yo por debajo de Él". Si remplazamos la palabra Dios por la palabra "verdad" para mejor comprender este texto, entenderemos lo que quiere decir: "No puedo llegar a La verdad a menos de convertirme en ella. No puedo poner la verdad ante mí, es necesario que esté en mí. Y por consiguiente, está en mí en la medida en que estoy en ella. Mientras más me hago Verdad, más crece la Verdad en mí, y mientras menos la soy, menos se desarrolla en mí su luz y su alegría".

Y eso es literalmente el verdadero Dios! En el fondo Dios parece con tanta frecuencia un ídolo desmedrado porque nosotros mismos estamos desmedrados. Justamente porque no queremos conquistar nuestra dignidad de hombres, nuestra libertad creadora, porque no entramos en la magnífica aventura de la vida, entonces naturalmente Dios se vuelve un Buen Dios insignificante, un bonachón, sí, que es finalmente un ídolo, un dios falso.

El verdadero Dios exige, para ser conocido, que crezcamos, que crezcamos sin fin, y los que pueden hablar de Él, los únicos que pueden hablar de Él, justamente son los que le dan a su humanidad toda su dimensión y toda su grandeza. Es por otra parte lo que nos dice San Pablo: que estamos llamados a conquistar la plena estatura de la humanidad en Cristo Jesús.

Por eso pienso que en la epístola a los Corintios que acabamos de leer San Pablo les habla a los corintios, y les dice expresamente que todavía son niños y que no puede darles carne sólida, sino que debe alimentarlos con leche! Habla pues para ellos, y les da una lección de humildad en su lenguaje, pero es claro que la verdadera humildad es simplemente la admiración en que uno se olvida, la admiración en que uno desaparece, y que es la más hermosa forma del amor.

Es claro que un artista jamás podría crear algo si se contempla a sí mismo! Uno crea algo olvidándose a sí mismo, porque sólo se crea algo admirando, perdiéndose en el otro y dejándolo expresarse en nosotros.

Entonces, dejemos las falsas fórmulas de humildad, humildad de cinco centavos, cuando decimos: "Según mi humilde opinión, etc.", !o cosas por el estilo! !Eso no es serio, nadie lo cree además, nadie lo toma en serio! La verdadera humildad es no hablar de sí mismo porque no penamos en nosotros, simplemente porque estamos admirando a los demás, porque !vivimos en el descubrimiento y en la admiración continua!

Todos podemos ver además cómo admirar, pero es capital. ¿Porqué tanto aburrimiento en las parejas? !Porque no se sube! !Porque no se progresa! Siempre leyendo las mismas cosas de literatura barata, viendo las mismas películas eróticas, no hay nada que contar, !nada nuevo que dar! Al contrario, habría que trabajar, estudiar, seguir los estudios de los hijos, ponerse a su nivel. !Eso es apasionante! Eso sería apasionante porque siempre habría algo nuevo que aprender, algo nuevo que comunicar, !no acabaríamos jamás de descubrirnos los unos a los otros! !Que cada uno tenga una pasión, una pasión noble y grande, y a través de la pasión, sea la música, la literatura, sea la pintura, el dibujo, o el montañismo o la botánica, no importa! Es necesario que cada uno tenga una pasión que mantenga su impulso y que cada día le permita comenzar de nuevo. Entonces comprenderá que no puede entrar al Paraíso, sino que debe serlo. No se trata de tener 5 en la lección de historia si no lo merecemos, sino de conocer la historia y no la conocemos si no nos apasionamos por ella y hacemos el esfuerzo de estudiarla.

A Dios vamos del mismo modo. Queremos conocerlo sólo en la medida en que hacemos en nosotros el vacío sagrado que lo deje crecer en nosotros al mismo tiempo que nosotros crecemos en Él.

 

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