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Maurice Zundel se dirige a
niños, en Lausana, en 1962.
Queridos niños,
Un escritor muy grande llamado
André Malraux nos cuenta una escena absolutamente alucinante de la primera
guerra mundial: los alemanes frente a los rusos. Los alemanes habían decidido
utilizar los gases, gases cuyas nubes llevadas por el viento debían invadir las
trincheras rusas y hacer podrir los hombres, pues esos gases terribles tenían
la propiedad de extinguir toda vida: la vida de las plantas, la vida de los
animales, la vida de los hombres. Y unos químicos habían enviado esos gases y
los soldados alemanes esperaban que el efecto se produjera, es decir, que los
rusos fueran asesinados por los gases para poder avanzar, invadir sus
trincheras y seguir adelante hacia Rusia.
Pasado el momento de espera,
cuando los soldados alemanes se acercaron a las trincheras rusas, al ver a los
sobrevivientes – pues no habían muerto todos – al ver a esos hombres pudriéndose
a su vista, los alemanes sintieron tanta compasión que arrojaron los fusiles,
cargaron a los soldados rusos sobre sus hombros y con paso incierto,
atravesando una zona donde toda la vegetación se había podrido, trataron de
llevar a esos pobres miserables hacia lazaretos, hacia las ambulancias para
cuidarlos y salvarlos.
Es un momento formidable,
¿verdad? Soldados que se preparaban a invadir las trincheras enemigas, alemanes
que sólo pensaban en destruir a los rusos, de repente olvidan que se trata de
rusos y no ven sino hombres, sienten compasión y cansados como están, cargan a
esos hombres sobre sus hombros para tratar de salvarlos.
¿Qué fue lo que sucedió? Acaban
de descubrir algo extraordinario: ¡acaban de descubrir "al Hombre"!
ya no hay rusos ni alemanes, ya no hay franceses ni ingleses, ya no hay negros
o amarillos. Hay hombres, y cuando el hombre sufre, cuando está en peligro
extremo, uno olvida, olvida que es ruso, inglés, francés, amarillo o negro. Uno
ya no piensa sino una sola cosa: que es un hombre.
¿Reconocen en esto algo que les
recuerda el Evangelio? Hay en el Evangelio una historia magnífica que debe
hacer palpitar el corazón de entusiasmo, es la del Buen Samaritano.
Cuando Nuestro Señor cuenta esta
admirable historia, ¿no va en el mismo sentido que la que acabo de contarles? El
samaritano era un desconocido, un extranjero, y para los judíos, un enemigo.
Pero cuando Nuestro Señor nos presenta al sacerdote y al levita que pasan de
largo simulando no haber visto, es para criticar al sacerdote y al levita y
decirnos: no hay que hacer diferencias cuando un hombre ha caído al bordo del
camino. Hay que acercarse, tener compasión, ayudarle, porque el prójimo es
cualquiera que tenga necesidad de nosotros.
¡Así nos hace descubrir al hombre
el Evangelio! Justamente, eso es lo que el Evangelio quiere hacernos conocer, ¡el
Hombre! Si somos tan malos cristianos, y lo somos, es porque aún no hemos
comprendido que el Evangelio quiere hacernos descubrir al Hombre.
Pero ustedes saben que existen
miserias más grandes todavía que los gases, miserias más grandes aún que las
heridas corporales… Hace poco, una enfermera me hablaba de una de sus enfermas,
una mujer anciana, y me decía: "Se está enloqueciendo, va a perder la
cabeza. Es horrible! Yo preferiría un cáncer que me destruya viva, más bien que
el horror de perder la cabeza". Y es cierto que cuando un hombre ya no
tiene el uso de razón, cuando ya no es capaz de dirigir su pensamiento, cuando
ya no es sino un manojo de necesidades, comer, beber, dormir, y es incapaz de
manejarse, ya no hay hombre, a pesar de la apariencia de su rostro: ya no hay
persona.
Existe pues una miseria mayor que
la del cuerpo, es la de la mente. Yo conocí una muchacha, quizá de 17, 18 años,
que justamente perdía la razón, y era horrible pensar que a esa edad, estaba
condenada a vivir toda su vida en la locura. Y una médica de admirable
generosidad se conmovió, la tomó en su casa, la cuidó genialmente, y sobre
todo, la amó tanto, le dio a la joven un amor tan dedicado y maternal que
finalmente la luz entró en el alma de la joven y ella recobró la razón, y se
salvó! Eso es admirable!
¿Se les parece eso al Evangelio?
¿Es allá donde el Evangelio nos quiere llevar? ¿Quiere Nuestro Señor enseñarnos
justamente que el mayor tesoro que hay en el mundo es el pensamiento, el
corazón del hombre? ¡Claro! ¡Eso es!
¿Qué nos dice el Evangelio? Nos
dice que el Reino de Dios es una perla, un tesoro escondido. Y ¿dónde está
escondido ese tesoro? Nuestro Señor lo dice a la samaritana: está escondido en
nuestro corazón. Ahí justamente está escondido el Reino de Dios, como un sol
invisible, en nuestro corazón. Y la perla del Reino, la perla que hay que
comprar al precio de todos los bienes, la perla del Reino, somos nosotros,
nosotros cuando recibimos la luz de Dios y dejamos pasar en nosotros como en un
diamante todo el fuego de la Presencia y del Amor de Dios. Escuchen: esto es
capital. ¿Para qué están aquí ustedes? Justamente para aprender a conocer al
hombre, para creer en el hombre, la cosa más difícil del mundo. Hay montones de
gente que dicen que creen en Dios, pero es un Dios falso porque para encontrar
al verdadero Dios es necesario creer primero en el hombre, hay que creer que
todo pasa en el hombre.
En el hombre es donde está
escondido el tesoro del Reino y Jesús vino a salvar ese Reino dentro de
nosotros, para eso sufrió y murió, y para eso nos reúne esta mañana y nos está
esperando.
Escuchen. Cada vez que les falta
bondad, bondad hacia uno de sus camaradas, hacia uno de sus hermanos o
hermanas, y más aún hacia su papá o su mamá, están lo más alejados del
Evangelio.
Hay un gran pintor llamado
Cesanne, un gran pintor. Era todavía niño como ustedes y había en su escuela
otro niño flaco, débil, en mal estado y todos los camaradas se aprovechaban de
ese pequeño y lo golpeaban. Y Cezanne que era bueno y valiente, defendió al
compañerito perseguido, entró en la pelea y lo sacó de las manos de sus
camaradas que lo perseguían. Al día siguiente, ese compañerito le llevó a
Cezanne un magnífico cesto de manzanas. Y más tarde, cuando Cezanne era ya un
gran pintor, pintó una naturaleza muerta como se dice justamente, pintó un
compotero lleno de las manzanas más bellas del mundo. Y es uno de los cuadros
más hermosos de Cezanne y todos los que conocen la historia de Cezanne piensan
que en su memoria es el cesto de manzanas del compañero que él había liberado y
que se había transformado para dar lugar a esa obra maestra.
¡Pues eso es el Evangelio! Hay
que respetar la vida. Hay que descubrir en nosotros el Tesoro del Reino, la
Perla preciosa. Y en la medida en que son buenos y generosos con sus
compañeros, en que respetan a sus papás y a sus maestros, en la medida en que a
causa de ustedes se sienta que la vida humana tiene valor infinito, en esa
medida son cristianos.
Todos tenemos que convertirnos al
Evangelio que no conocemos. Pusimos a Dios más allá de las estrellas, así es
mucho más cómodo, así nos deja tranquilos! Hay que ponerlo dentro de nosotros,
ahí es donde hay que buscarlo, ahí es donde hay que honrarlo y amarlo.
Por eso nos dice Nuestro Señor:
"En eso conocerán que son discípulos míos, si se aman los unos a los otros
como yo los he amado". Tratemos
pues de comenzar hoy mismo y verán que cada vez que hayan superado un
movimiento de crueldad, de cobardía, de mal humor, cada vez que uno de sus
compañeros sea más feliz a causa de ustedes, cada vez que sus papás estén
felices por su conducta, sentirán ustedes que Dios está muy cerca porque
justamente en el rostro de sus padres o de sus camaradas, iluminado de alegría,
descubrirán el Rostro que los estaba esperando, el Rostro de amor, el Rostro de
luz, el Rostro de Jesús.