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1ª parte de un bosquejo de nuevo
proyecto monástico. Sólo balbuceos por ahora.
A los ejercitantes de Timadeuc, a los monjes de la comunidad
cisterciense y a su Padre Abad, y a toda persona de buena voluntad.
En junio pasado me encontraba yo
en Timadeuc con G. Cadel y C. Blin cuando murió M. Jackson. Quedé estupefacto
por la resonancia inmensa de esa muerte sobre el mundo entero. Centenares de
millones de jóvenes lloraron por la muerte de su ídolo, y los medios de
comunicación contribuyeron a dar a esos encuentros una orquestación mundial
extraordinaria.
Me acordé entonces de una página
de los Ejercicios espirituales de San Ignacio que invitaban a contemplar la
Trinidad divina llena de compasión por los innumerables hombres que están
aparentemente condenados a la perdición, y que decidía enviar al Hijo para
salvarlos.
Y les pedí a los ejercitantes que
hiciéramos juntos durante la semana de retiro una larga y ferviente oración por
la salvación de la humanidad actual aparentemente abandonada por completo. Y ya
que se trataba esencialmente de una primera concretización de tal oración, que
participáramos en primer lugar en la Eucaristía con la comunidad, y si posible
en todas las oraciones y cánticos del oficio monástico. Me admiró el que
prácticamente todos respondieron con todo corazón, pues algunos participaron
hasta en los oficios nocturnos, a las 4 a. m. Quiero dar gracias al Señor con todos
ellos por el fervor casi unánime.
Si me dirijo a todos ahora, unos
días después del retiro, es porque pienso que no debemos quedarnos ahí. Todos
son testigos de que el retiro no fue como los que pudimos hacer antes, y yo
quisiera que una de sus características sea justamente que, sea cual fuere el
lugar donde estemos ahora, continuemos suplicando al Señor por los innumerables
jóvenes, y menos jóvenes, en perdición segura, si creemos en ciertas páginas
del Evangelio. Es ahora tan importante y tan grave.
En casi todas las ciudades o
pueblos de nuestro país, son numerosos los jóvenes que después del trabajo quedan
completamente ociosos hasta tarde en la noche: lamentable espectáculo, pues son
capaces entonces de las peores tonterías ante las cuales permanecemos
impotentes. He tenido de ello la triste experiencia en San Gaciano.
Con la resonancia que tuvo la
muerte de M. Jackson, me vino entonces la idea de tratar de crear con ustedes
una comunidad cuyos miembros se encuentren sólo en raras ocasiones, por ejemplo
en el retiro anual, pero una comunidad que conserve entre sus miembros,
inclusive muy alejados unos de otros, una relación constante al menos en la
oración. Estaríamos entonces seguros de que cada miembro ore constantemente por la salvación de la juventud actual,
y de que también sea intención capital
de oración para la comunidad monástica. Y se puede estar seguro de que la
comunidad trapista dará no solamente su consentimiento a esa reunión de
corazón, sino de que orará intensamente con nosotros, y ese será quizá un medio
providencial para acoger un día quizá dos o tres nuevos miembros, y más aún
después.
Quizá no saben que la primera
intención de oración de los monjes de Timadeuc es suplicar al Señor que les
envíe nuevos hermanos, pues están inquietos por la disminución progresiva de su
número, ya que de 80 que eran hace 50 años, ya no quedan sino 26. Hacemos
nuestra esta preocupación que puede convertirse en verdadera angustia.
El pensamiento principal que me
voy a permitir proponerles sería que entre los jóvenes que vengan a retiro con
nosotros – veremos después cómo y a qué condiciones (que deberemos cumplir) es posible
que vengan – algunos puedan sentirse llamados a vivir en comunidad con los
monjes durante uno o dos años, después de los cuales podrán escoger entre quedarse en la comunidad de Timadeuc de
manera más estable, o irse a otra comunidad por crear para la
evangelización en el mundo entero. (Continuará).