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28-29/09/09 – Interioridad de Dios.

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Lausana, 1962 

Los grandes artistas, los grandes escritores son los que pueden dar a las palabras un peso de luz eterna disponiéndolas en un equilibrio justo: "El hombre es sólo una caña, la más débil de la naturaleza, pero una caña que piensa". Esta frase admirable e inmortal de Pascal, contraste de la caña frágil y pensante que hace de él el árbitro del mundo, realiza una de las creaciones eternas.

San Agustín, que es también un gran artista en sus horas y que lo es precisamente en el momento en que menos lo piensa, forjó también sin pensarlo, en la espontaneidad de su genio y en el ardor de su fe, palabras en equilibrio perfecto que nos introducen en abismos de luz.

Y precisamente, en las "Confesiones", que datan de cerca de 397, en que este gran obispo nos cuenta, sin ocultar nada, su vida, sus desórdenes, su conversión, su bautismo y en que no cesa de alabar a Dios por haberlo llamado a Su Luz, expresa el estado en que se encontraba antes de la conversión con las palabras de las que, en su admirable sencillez, expresan de inmediato un peso eterno de luz. Dijo pues: "¡Tarde te amé, tarde te amé, Belleza siempre antigua y siempre nueva! Tarde te amé, y sin embargo tú estabas adentro, pero yo estaba afuera". (Libro X/XXVII).

"Tú estabas adentro, pero yo estaba afuera…" ¡Qué admirable! Entonces, la situación del hombre que no ha encontrado todavía al verdadero Dios, es estar afuera, fuera de sí mismo, como decimos de un hombre con ira que está "fuera de sí mismo": fuera de sí mismo, no es dueño de sí mismo, ya no se controla, ya no es dueño de sus actos, ya no es origen de su propia conducta, está alienado de sí mismo…, está afuera, mientras la condición normal del hombre sería adentro, siendo centro de toda su actividad hermosa, ordenada, luminosa y creadora.

Y Agustín resume todo eso oponiendo genialmente las dos palabras: "Tú estabas adentro, pero yo estaba afuera". Y comentándose añade algo que no es menos admirable: "Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo". Es magnífico. "Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo". Entonces, Dios estaba ahí desde siempre, como un sol escondido en él, esperándolo, pero él no estaba con Dios.

Vemos en seguida que el Dios que encontró es un Dios interior, interior a sí mismo, interior a nosotros, un Dios que estaba adentro mientras nosotros estamos afuera. Y la conclusión es que evidentemente Agustín sólo encuentra a Dios cuando él mismo haya entrado adentro.

Dios lo invita adentro. Lo invita a recogerse, a recentrarse, a hacerse justamente fuente y origen de su propia conducta, creador de su vida y de su universo. Esto brilla como las palabras, ya que Dios está adentro y nosotros afuera, ya que la situación intolerable que constituye la condición del hombre pecador como estaba Agustín, la situación intolerable sólo puede ser superada si el hombre alienado a sí mismo y a todo, a Dios y al universo como a sí mismo, si el hombre vuelve al interior, si se constituye en la intimidad en que intercambia con Dios como una Persona con otra Persona.

Es una corriente formidable pues justamente en ese itinerario de Agustín vemos que la imantación que Dios ejerce sobre nosotros no es absolutamente un mandamiento de alguien que quiere imponernos algo sino la atracción de una belleza, de un amor que quiere transformarnos en Él, que quiere arrancarnos a la dispersión, a la impotencia, a las servidumbres, a las dependencias, para ponernos en el centro de nuestra libertad. Cuando estemos recogidos en el centro, cuando seamos interioridad e intimidad, comienzo, origen y fuente, entonces estaremos delante de Dios no como esclavos sino como amigos que intercambian con el ser amado en la luz de una generosidad recíproca.

El Dios de Agustín, el Dios cristiano, el Dios que se revela en Jesucristo, el Dios que lo llama, el Dios que fascinará su genio y hará de él el gran Doctor de la gracia, ese Dios es justamente un Dios liberador. Él nos revela que nosotros estamos afuera, Él remedia a nuestra exterioridad, Él nos introduce en nuestra intimidad, Él nos permite encontrarnos a nosotros mismos, Él hace de nosotros finalmente no criaturas miserables y sumisas, sino amigos, hijos, colaboradores, dioses.

Pues según palabras del mismo Agustín, "Dios se hizo hombre para que el hombre se  hiciera Dios". Y es tan cierto además, está tan en el centro de la experiencia agustiniana que Agustín nos dice unas líneas más abajo, escuchen la frase extraordinaria y prodigiosa: "Adhiriendo a Ti con todo mi ser, mi vida estará toda llena de Ti". ¡Qué arte tan grande, qué magnífica poesía y qué sabiduría! ¡Abismal!... Adhiriendo a Ti con todo mi ser, mi vida estará toda llena de Ti".

Entonces en Dios, que San Agustín llama en las "Confesiones" "Vita vitarum" – Tú eres la vida de nuestra vida – en Dios es donde nuestra vida se vuelve viva, encuentra su plenitud en la adhesión de luz y de amor que nos identifica con Dios y que enraíza nuestra intimidad en la Suya a fin de que nuestra vida sea Su Vida y Su Vida la nuestra.

Por consiguiente, todas las fantasmagorías de dependencias, de servidumbres, de dominación, de despotismo, todo eso se derrumba en la luz de la experiencia esencialmente cristiana. El cristiano no va a Dios como extranjero, sino como va hacia su intimidad.

¿Qué buscan ustedes en el amor? ¿Qué esperan encontrar? Justamente, siempre, poder intercambiar con otro u otra que sea interior a ustedes y en quien realicen su interioridad.

Pues bien, Dios es todo interioridad. No tiene exterior. Entonces sólo puede llevarnos adentro y establecernos en el corazón de nuestra intimidad haciendo de nuestra libertad algo absolutamente inviolable, que no puede sino constituir la libertad, llamarla a nacer, ayudarle a crecer porque justamente Dios no puede actuar sino con miras a la interioridad, para protegerla, para confirmarla, para hacerla crecer. Dios no puede cogernos jamás del exterior. Sólo puede cogernos por dentro, entrando en nosotros sin violar la frontera, haciendo estallar la frontera en un inmenso espacio de amor en que nos hacemos lo que Él es: generosidad, luz y amor.

Por eso se puede decir que el mundo, el universo, toda la creación es sostenida por la fragilidad de Dios, como la caña pensante. En cuanto caña, ¿qué hay más frágil? La caña, como pensante, es el árbitro del mundo. Dios se nos presenta como el que, al invitarnos a ser libertad inviolable, se va a poner en nuestras manos cuando tenemos el poder terrible de decir "No", como también tenemos el de decir "Sí".

Si llegamos al Prólogo de San Juan: "La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la reciben. Dios está en el mundo, y el mundo no lo conoce. Viene a los suyos, y los suyos no lo reciben". Dios siempre está ahí: "Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo". Él está siempre ahí, pero si nosotros no estamos, es como si Él no existiera. El más grande amor no puede nada sobre el que no ama. El genio más grande no puede nada sobre una mente cerrada y que rehúsa. Y la belleza más grande, la música más grande, no pueden nada sobre aquél cuyos oídos están obstinadamente cerrados.

Así Dios no puede nada sobre un universo que está suspendido a su amor y que está llamado a ser ofrenda de amor. Por eso Dios puede ser vencido, puede fracasar. Por eso Dios es un Dios crucificado, crucificado por todos los rechazos de amor que reducen a la impotencia su presencia perpetua, como lo constata San Agustín diciendo: "Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo".

Así, el mundo entero, suspendido todo a esa fragilidad divina, el amor que cualquiera puede aplastar, rehusar, crucificar, entonces el mundo no es lo que pensamos. El mundo, tenemos, tenemos que llevarlo nosotros, transformarlo, darle su verdadero significado. Tenemos que hacerlo entrar en el circuito de luz y de amor que cerrará el anillo de oro de las bodas eternas.

Retengamos pues esta mañana, recordando estas tres frases de Agustín:

  • "Tú estabas adentro, pero yo estaba afuera".
  • "Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo".
  • "Adhiriendo a Ti con todo mi ser, mi vida estará toda llena de Ti".

Reteniendo este admirable itinerario y estas frases que son dignas de la ascensión hacia la luz, trataremos de escuchar al huésped amado que nos llama en lo más profundo de nosotros y que quiere llevarnos adentro, que quiere hacernos libres, que quiere identificarnos con Él, que quiere llevarnos a nuestra más profunda intimidad, que quiere hacer de nosotros realmente un centro, un comienzo, una fuente y origen.

¡Qué magnifico es ser llamado por ese amor! ¡Oh! Pidamos que no vacilemos hoy en sellar con el "sí" del entusiasmo y de la libertad el "sí" eterno que se pronuncia en lo más íntimo de nosotros mismos al Dios que está siempre ahí y que no cesa jamás de esperarnos y de amarnos.

 

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