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1ª parte de la 2ª conferencia del
Cenáculo de París, en enero de 1971 (publicada ya en este sitio en octubre de 2005).
"Recuerdan el episodio
narrado por Gottfried Keller: un niño, hijo único de una madre que había
enviudado, que no tiene sino a él en el mundo, que le prodiga toda su ternura y
toda su atención, que lo educa en un protestantismo tradicional a base bíblica,
que le enseño a orar mañana y noche y antes de comer, este niño regresa de la
escuela, se pone a comer sin orar, y cuando su madre le llama la atención finge
no escucharla. Finalmente se empecina, rehúsa, dice no: "¿No quieres
orar?" – "¡No!" – "¡Pues anda a la cama sin cenar!" El
niño acepta el reto, se va a la cama sin comer. Su madre se arrepiente, le
lleva la comida a la cama. Demasiado tarde: desde ese día dejó de orar. Ese
detalle infinitesimal tuvo sin embargo mucho significado, nos hace sentir la
autonomía que comienza a despertar en un alma, un ser humano siente que hay en
él algo inviolable donde nadie puede penetrar sin su autorización.
Y en efecto eso es lo que
constituye una de las experiencias humanas más corrientes y fundamentales, por defecto
o por exceso, en el sentido de que el hombre toma conciencia de su dignidad cuando
la ignoran. Cuando la pisotean, se da cuenta de hay en él un valor infinito,
que no sabe nombrar, pero al rebelarse contra una agresión que lo pisotea, toma
conciencia de cierta dimensión que la mayoría de las veces no logrará dominar
plenamente, no logra realizarla pero en fin, es claro, en el hombre existe una
zona inviolable.
Ustedes son perfectamente
conscientes de ello en sus relaciones con los hijos, en sus relaciones con el
marido, con la esposa, en todas sus relaciones humanas: en una palabra, toman
conciencia de la imposibilidad de forzar cierta barrera y si están centrados en
una acción humana, propiamente humana, toman disposiciones para no herir la
inviolabilidad, para actuar en cierto modo por el interior, eclipsándose,
creando en sí mismos un espacio donde el otro se sienta acogido y pueda
responder con plena libertad a lo que esperan.
En efecto, todos hacemos esa
experiencia, la renovamos a cada instante del día. En todo contacto humano hay esa exigencia fundamental: el contacto no
dará resultados, no logrará crear nada, suscitará
un bien auténtico sólo si tiene por base el despojamiento. En todo ser hay
esta posibilidad infinita de entrega sólo en la medida en que se actualice, en
que sea hecha efectiva por medio del amor.
Ahí es donde fracasan todos los
métodos: no hay trucos para penetrar en ese santuario, sólo es posible
arrodillarse ante él y esperar en el silencio de sí mismo que despierte la
disponibilidad para encontrar su verdadero objeto o mejor, para encontrar la
única Presencia que pueda realizarla efectivamente.
La revelación del hombre para el
hombre ha tenido siempre como condición ese eclipse, esa dimisión, ese
despojamiento, y nadie puede actuar
auténticamente sobre el hombre sin estar liberado de sí mismo y es en la
medida en que esa libertad es efectiva en él como puede ser para los demás un
fermento de liberación.
Esta situación nos pone
inmediatamente frente a la revelación divina. Será evidentemente un error
fundamental imaginar la revelación divina como una oficina de información que
nos trasmite un boletín de noticias sobre lo que sucede en el Cielo.
La Revelación es
justamente la maduración lenta de la reciprocidad nupcial entre Dios y nosotros. Como un matrimonio se construye por dentro, como la intimidad del uno
se hace accesible al otro sólo en la transparencia del amor, ¡así sucede, con
mayor razón, con Dios que es pura interioridad! No hay exterioridad. Nosotros podemos camuflar los disentimientos, las diferencias, las
distancias por formas de cortesía que pueden hasta cierto punto llenar las
brechas, pero Dios que es pura interioridad, que
no tiene exterior, que es puro interior, no puede ser accesible sino en la medida en que
nosotros nos transformamos.
Las manifestaciones de Dios están
pues unidas a un devenir inmenso, Dios
se revela en la medida en que el hombre se hace hombre. Dicho de otra manera, ¡la revelación es un diálogo y no un
monólogo en que Dios hablaría desde lo alto de una montaña y dejaría caer sobre
nosotros sentencias definitivas! La
Revelación es un diálogo que supone que en la medida en que Dios se
compromete, y lo hace infinitamente, nosotros
nos comprometamos a la vez a nuestro nivel y, liberándonos de nosotros mismos en el resplandor de Su Presencia, Lo
dejemos transparentar.
Es lo que explica que la
revelación bíblica que mencionaba hace un momento, esté como tal manchada de
imperfecciones, sea cual fuere para nosotros, en ciertos momentos, totalmente
inasimilable, no por parte de Dios, sino por parte del hombre.
Si el Papa Gregorio pudo decir:
"Es balbuciendo como hacemos eco a las grandezas de Dios", también
nosotros podemos decir: es balbuciendo como Dios se adapta a nosotros, nos
comunica lo que podemos recibir de Él, adaptándose a nuestra lentitud, haciéndose
pobre con todas nuestras pobrezas, asumiendo, como decía un gran exégeta, el
vestido de pobreza que Lo desfigura, que traiciona Su Verdadero Rostro pero que
es a pesar de todo el comienzo de un conocimiento que se va a desarrollar y que
sólo puede avanzar al ritmo de nuestra propia transformación".
(Continuará)