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14/10/09 – Nadie puede actuar auténticamente sobre el hombre sin estar liberado de sí mismo.

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"Recuerdan el episodio narrado por Gottfried Keller: un niño, hijo único de una madre que había enviudado, que no tiene sino a él en el mundo, que le prodiga toda su ternura y toda su atención, que lo educa en un protestantismo tradicional a base bíblica, que le enseño a orar mañana y noche y antes de comer, este niño regresa de la escuela, se pone a comer sin orar, y cuando su madre le llama la atención finge no escucharla. Finalmente se empecina, rehúsa, dice no: "¿No quieres orar?" – "¡No!" – "¡Pues anda a la cama sin cenar!" El niño acepta el reto, se va a la cama sin comer. Su madre se arrepiente, le lleva la comida a la cama. Demasiado tarde: desde ese día dejó de orar. Ese detalle infinitesimal tuvo sin embargo mucho significado, nos hace sentir la autonomía que comienza a despertar en un alma, un ser humano siente que hay en él algo inviolable donde nadie puede penetrar sin su autorización.

Y en efecto eso es lo que constituye una de las experiencias humanas más corrientes y fundamentales, por defecto o por exceso, en el sentido de que el hombre toma conciencia de su dignidad cuando la ignoran. Cuando la pisotean, se da cuenta de hay en él un valor infinito, que no sabe nombrar, pero al rebelarse contra una agresión que lo pisotea, toma conciencia de cierta dimensión que la mayoría de las veces no logrará dominar plenamente, no logra realizarla pero en fin, es claro, en el hombre existe una zona inviolable.

Ustedes son perfectamente conscientes de ello en sus relaciones con los hijos, en sus relaciones con el marido, con la esposa, en todas sus relaciones humanas: en una palabra, toman conciencia de la imposibilidad de forzar cierta barrera y si están centrados en una acción humana, propiamente humana, toman disposiciones para no herir la inviolabilidad, para actuar en cierto modo por el interior, eclipsándose, creando en sí mismos un espacio donde el otro se sienta acogido y pueda responder con plena libertad a lo que esperan.

En efecto, todos hacemos esa experiencia, la renovamos a cada instante del día. En todo contacto humano hay esa exigencia fundamental: el contacto no dará resultados, no logrará crear nada, suscitará un bien auténtico sólo si tiene por base el despojamiento. En todo ser hay esta posibilidad infinita de entrega sólo en la medida en que se actualice, en que sea hecha efectiva por medio del amor.

Ahí es donde fracasan todos los métodos: no hay trucos para penetrar en ese santuario, sólo es posible arrodillarse ante él y esperar en el silencio de sí mismo que despierte la disponibilidad para encontrar su verdadero objeto o mejor, para encontrar la única Presencia que pueda realizarla efectivamente.

La revelación del hombre para el hombre ha tenido siempre como condición ese eclipse, esa dimisión, ese despojamiento, y nadie puede actuar auténticamente sobre el hombre sin estar liberado de sí mismo y es en la medida en que esa libertad es efectiva en él como puede ser para los demás un fermento de liberación.

Esta situación nos pone inmediatamente frente a la revelación divina. Será evidentemente un error fundamental imaginar la revelación divina como una oficina de información que nos trasmite un boletín de noticias sobre lo que sucede en el Cielo.

La Revelación es justamente la maduración lenta de la reciprocidad nupcial entre Dios y nosotros. Como un matrimonio se construye por dentro, como la intimidad del uno se hace accesible al otro sólo en la transparencia del amor, ¡así sucede, con mayor razón, con Dios que es pura interioridad! No hay exterioridad. Nosotros podemos camuflar los disentimientos, las diferencias, las distancias por formas de cortesía que pueden hasta cierto punto llenar las brechas, pero Dios que es pura interioridad, que no tiene exterior, que es puro interior, no puede ser accesible sino en la medida en que nosotros nos transformamos.

Las manifestaciones de Dios están pues unidas a un devenir inmenso, Dios se revela en la medida en que el hombre se hace hombre. Dicho de otra manera, ¡la revelación es un diálogo y no un monólogo en que Dios hablaría desde lo alto de una montaña y dejaría caer sobre nosotros sentencias definitivas! La Revelación es un diálogo que supone que en la medida en que Dios se compromete, y lo hace infinitamente, nosotros nos comprometamos a la vez a nuestro nivel y, liberándonos de nosotros mismos en el resplandor de Su Presencia, Lo dejemos transparentar.

Es lo que explica que la revelación bíblica que mencionaba hace un momento, esté como tal manchada de imperfecciones, sea cual fuere para nosotros, en ciertos momentos, totalmente inasimilable, no por parte de Dios, sino por parte del hombre.

Si el Papa Gregorio pudo decir: "Es balbuciendo como hacemos eco a las grandezas de Dios", también nosotros podemos decir: es balbuciendo como Dios se adapta a nosotros, nos comunica lo que podemos recibir de Él, adaptándose a nuestra lentitud, haciéndose pobre con todas nuestras pobrezas, asumiendo, como decía un gran exégeta, el vestido de pobreza que Lo desfigura, que traiciona Su Verdadero Rostro pero que es a pesar de todo el comienzo de un conocimiento que se va a desarrollar y que sólo puede avanzar al ritmo de nuestra propia transformación". (Continuará)

 

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