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15/10/09 La concepción de Dios como una especie de mago...

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"Entonces, al decir "Palabra de Dios" debemos tener mucho cuidado. Palabra de Dios, sí, pero palabra pedagógica, palabra que balbucea la madre con su bebé lactante, y esos balbuceos no los atribuimos a la madre y a sus imperfecciones, sino al niño que no puede seguir desde la cuna razonamientos platónicos, sino que debe ser tratado con un lenguaje accesible para él.

Por eso también la revelación sólo podía alcanzar su perfección mediante una humanidad perfecta como la de Jesucristo, desde el punto de vista cristiano. Esa Humanidad totalmente despojada de sí misma era necesaria para que Dios transparentara sin ninguna especie de limitaciones y que nosotros nos encontráramos por fin ante el Dios-Espíritu.

Dios es Espíritu. ¡Eso es! Es puro interior y sólo puede llegar a nosotros por el interior, haciendo surgir nuestra interioridad llevándonos al corazón de la intimidad, ya que nos es imposible llegar allá por nosotros mismos. Él es el único camino hacia nosotros mismos y ese camino sólo podía ser descubierto muy lentamente, tanto más que, como ya observaba hace un instante, al comienzo la revelación tuvo necesariamente aspecto colectivo.

En verdad jamás hubo pueblo escogido sino una colectividad elegida – es decir elegida por ella misma – hubo una colectividad elegida para dar testimonio de una Presencia divina en favor de todos los pueblos, y no en su propio favor, tanto que la noción de "pueblo elegido para sí mismo" no puede ser más que desviación de una misión colectiva que tomó precisamente esa forma porque la personalidad no había alcanzado todavía todo su valor.

Pasternak lo observó de manera extraordinariamente conmovedora en el Doctor Jivago, en dos páginas trascendentes, a propósito de la Anunciación de María. En un lenguaje de lirismo infinitamente silencioso, nos hace sentir el paso de la Antigua a la Nueva Alianza. La colectividad es el ruido de las muchedumbres, la muchedumbre de pueblos, todo ese gran movimiento que se manifiesta necesariamente en una colectividad misionera que no puede serlo sino muy aproximadamente, que arriesga siempre replegar sobre sí misma una elección destinada a los demás. Pasternak observa que toda la novedad es el diálogo entre el Señor y la jovencita, el coloquio secreto, silencioso, esencialmente personal, donde se va a decidir el destino de la humanidad. Es necesario el consentimiento de la joven. Es necesario que ella pronuncie en su intimidad profunda el "sí" que va a decidir de todo para que la Encarnación se haga realidad.

Y así es en efecto. En Cristo, la Revelación concierne las personas, implica toda persona. Dicho de otro modo, en Cristo cada persona se convierte en un universo, cada persona se hace universal porque lleva en sí misma el tesoro depositado en cada conciencia y que hace de cada conciencia una fuente y origen, que hace de cada conciencia el centro del universo y de la historia, no reduciéndola a ella sola sino justamente porque la inmensifica la Divina Presencia, porque no puede vivir sin comunicarla. No hay pues que aferrarse a encontrar el Nuevo Testamento en el Antiguo.

El Padre Lagrange dice ya en "el método histórico" que protesta contra la asimilación indiscreta que pretendía encontrar en el Antiguo Testamento todo el Nuevo, ¡anulando el aporte de Jesucristo! Él no era necesario si ya todo estaba contenido en la letra antigua. Lo que es verdad es que había señales, señales infinitamente preciosas, pero que eran sólo señales hacia la comunicación infinita, inagotable y maravillosa que es la Encarnación de Jesucristo.

Nos previene pues que no busquemos en el Antiguo Testamento lo que no puede darnos. Nos protege contra el escándalo que es para nosotros el Dios que amenaza, que castiga, que encierra nuestro destino en su arbitrariedad, imagen inevitable justamente si nos situamos al nivel de una colectividad, pues una colectividad como tal no puede tener lazos místicos con la divinidad, sólo puede ver en la divinidad un poder que la protege, la defiende contra sus enemigos, le da la victoria sobre ellos y es tanto más poderosa cuando más terrible sea.

La revelación es pues una relación recíproca pues es un diálogo cuyos lados débiles son evidentes y manifiestan precisamente los balbuceos del hombre, que es tan lento para liberarse de sí mismo y proyecta inevitablemente sobre Dios los límites que lo aprisionan, de modo que si vemos en el Antiguo Testamento el Rostro que será, o al menos que se revelará como el Rostro del Crucificado, si percibimos ese Rostro, nos conmueve tanto más que haya aceptado esa especie de desfiguración que le impusieron durante siglos dándole finalmente el rostro demasiado humano del hombre.

Dios pasó por la pobreza en que se expresaba su eterna Pobreza precisamente para llegar hasta nosotros, lo mismo que ustedes hacen cuando quieren conquistar a un niño que les resiste o una mujer o un marido que se aleja: saben que no tienen más recurso que intensificar su amor, hacer del respeto de su inviolabilidad el centro de gravedad de todas sus intervenciones.

Imposible lograr intimidad sino en la libertad de sí mismo, estando uno libre de sí mismo. La revelación-diálogo nos lleva a concebir igualmente una creación-diálogo y esto es capital. En efecto, en la mayoría de los sistemas filosóficos, en la mayoría de las tradiciones religiosas, en la tradición bíblica del Antiguo Testamento, Dios es el Creador del mundo, la explicación de este universo. Este universo tiene origen, viene de alguna parte, surgió de la no existencia por intervención de Aquél que existe eternamente y naturalmente se concibe a Dios como origen del mundo en que estamos, del mundo que perciben los sentidos, del mundo en que estamos enraizados, del mundo cuya evolución está grabada en el inconsciente, del mundo que es para nosotros la realidad primera. Si Dios es el Creador del mundo tal como se presenta, surge la pregunta de si está o no comprometido en la Creación, o si ella es totalmente exterior a Él.

Hay una visión de Dios como una especie de mago colosal que, con una palabra, arroja el mundo a la existencia imponiéndole su forma y sus leyes, sin que por otra parte el Creador esté comprometido en lo más mínimo en los destinos de la Creación. Parece que esta concepción, que parece evidente, está en el fondo de todos los que se dicen creyentes. Son creyentes precisamente porque creen que el mundo tiene origen en Dios y que Dios se caracteriza ante todo como Creador del universo.

Parece que esta concepción no coincide con el descubrimiento de un Dios que es, en el fondo de nosotros, el espacio en que respira nuestra libertad, de un Dios que es, en el fondo de nosotros, una Presencia que jamás se impone, que está eternamente disponible pero que no ejerce jamás ninguna coacción sobre nosotros". (Continuará)

 

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