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2ª parte de la 2ª
conferencia del Cenáculo de París en 1971.
"Entonces, al decir
"Palabra de Dios" debemos tener mucho cuidado. Palabra de Dios, sí,
pero palabra pedagógica, palabra que balbucea la madre con su bebé lactante, y
esos balbuceos no los atribuimos a la madre y a sus imperfecciones, sino al
niño que no puede seguir desde la cuna razonamientos platónicos, sino que debe
ser tratado con un lenguaje accesible para él.
Por eso también la revelación
sólo podía alcanzar su perfección mediante una humanidad perfecta como la de
Jesucristo, desde el punto de vista cristiano. Esa Humanidad totalmente
despojada de sí misma era necesaria para que Dios transparentara sin ninguna
especie de limitaciones y que nosotros nos encontráramos por fin ante el
Dios-Espíritu.
Dios es Espíritu. ¡Eso es!
Es puro interior y sólo puede llegar a nosotros por el interior, haciendo
surgir nuestra interioridad llevándonos al corazón de la intimidad, ya que nos
es imposible llegar allá por nosotros mismos. Él es el único camino hacia
nosotros mismos y ese camino sólo podía ser descubierto muy lentamente, tanto
más que, como ya observaba hace un instante, al comienzo la revelación tuvo
necesariamente aspecto colectivo.
En verdad jamás hubo pueblo
escogido sino una colectividad elegida – es decir elegida por ella misma – hubo
una colectividad elegida para dar testimonio de una Presencia divina en favor
de todos los pueblos, y no en su propio favor, tanto que la noción de "pueblo
elegido para sí mismo" no puede ser más que desviación de una misión
colectiva que tomó precisamente esa forma porque la personalidad no había
alcanzado todavía todo su valor.
Pasternak lo observó de
manera extraordinariamente conmovedora en el Doctor Jivago, en dos páginas
trascendentes, a propósito de la Anunciación de María. En un lenguaje de
lirismo infinitamente silencioso, nos hace sentir el paso de la Antigua a la
Nueva Alianza. La colectividad es el ruido de las muchedumbres, la muchedumbre
de pueblos, todo ese gran movimiento que se manifiesta necesariamente en una
colectividad misionera que no puede serlo sino muy aproximadamente, que
arriesga siempre replegar sobre sí misma una elección destinada a los demás.
Pasternak observa que toda la novedad es el diálogo entre el Señor y la
jovencita, el coloquio secreto, silencioso, esencialmente personal, donde se va
a decidir el destino de la humanidad. Es necesario el consentimiento de la
joven. Es necesario que ella pronuncie en su intimidad profunda el
"sí" que va a decidir de todo para que la Encarnación se haga
realidad.
Y así es en efecto. En
Cristo, la Revelación concierne las personas, implica toda persona. Dicho de
otro modo, en Cristo cada persona se
convierte en un universo, cada persona se hace universal porque lleva en sí
misma el tesoro depositado en cada conciencia y que hace de cada conciencia una
fuente y origen, que hace de cada conciencia el centro del universo y de la
historia, no reduciéndola a ella sola sino justamente porque la inmensifica la
Divina Presencia, porque no puede vivir sin comunicarla. No hay pues que aferrarse
a encontrar el Nuevo Testamento en el Antiguo.
El Padre Lagrange dice ya
en "el método histórico" que protesta contra la asimilación
indiscreta que pretendía encontrar en el Antiguo Testamento todo el Nuevo, ¡anulando
el aporte de Jesucristo! Él no era necesario si ya todo estaba contenido en la
letra antigua. Lo que es verdad es que había señales, señales infinitamente
preciosas, pero que eran sólo señales hacia la comunicación infinita,
inagotable y maravillosa que es la Encarnación de Jesucristo.
Nos previene pues que no
busquemos en el Antiguo Testamento lo que no puede darnos. Nos protege contra
el escándalo que es para nosotros el Dios que amenaza, que castiga, que
encierra nuestro destino en su arbitrariedad, imagen inevitable justamente si
nos situamos al nivel de una colectividad, pues una colectividad como tal no puede tener lazos místicos con la
divinidad, sólo puede ver en la divinidad un poder que la protege, la
defiende contra sus enemigos, le da la victoria sobre ellos y es tanto más
poderosa cuando más terrible sea.
La revelación es
pues una relación recíproca
pues es un diálogo cuyos lados débiles son evidentes y manifiestan precisamente
los balbuceos del hombre, que es tan lento para liberarse de sí mismo y
proyecta inevitablemente sobre Dios los límites que lo aprisionan, de modo que
si vemos en el Antiguo Testamento el Rostro que será, o al menos que se
revelará como el Rostro del Crucificado, si percibimos ese Rostro, nos conmueve
tanto más que haya aceptado esa especie de desfiguración que le impusieron
durante siglos dándole finalmente el rostro demasiado humano del hombre.
Dios pasó por la pobreza en
que se expresaba su eterna Pobreza precisamente para llegar hasta nosotros, lo
mismo que ustedes hacen cuando quieren conquistar a un niño que les resiste o
una mujer o un marido que se aleja: saben que no tienen más recurso que
intensificar su amor, hacer del respeto de su inviolabilidad el centro de
gravedad de todas sus intervenciones.
Imposible lograr intimidad
sino en la libertad de sí mismo, estando uno libre de sí mismo. La
revelación-diálogo nos lleva a concebir igualmente una creación-diálogo y esto
es capital. En efecto, en la mayoría de los sistemas filosóficos, en la mayoría
de las tradiciones religiosas, en la tradición bíblica del Antiguo Testamento,
Dios es el Creador del mundo, la explicación de este universo. Este universo
tiene origen, viene de alguna parte, surgió de la no existencia por
intervención de Aquél que existe eternamente y naturalmente se concibe a Dios
como origen del mundo en que estamos, del mundo que perciben los sentidos, del
mundo en que estamos enraizados, del mundo cuya evolución está grabada en el
inconsciente, del mundo que es para nosotros la realidad primera. Si Dios es el
Creador del mundo tal como se presenta, surge la pregunta de si está o no
comprometido en la Creación, o si ella es totalmente exterior a Él.
Hay una visión de
Dios como una especie de mago colosal
que, con una palabra, arroja el mundo a la existencia imponiéndole su forma y
sus leyes, sin que por otra parte el Creador esté comprometido en lo más mínimo
en los destinos de la Creación. Parece que esta concepción, que parece
evidente, está en el fondo de todos los que se dicen creyentes. Son creyentes precisamente porque creen que el mundo tiene origen en
Dios y que Dios se caracteriza ante todo como Creador del universo.
Parece que esta concepción no coincide con el
descubrimiento de un Dios que es, en el fondo de nosotros, el espacio en que
respira nuestra libertad, de un Dios que es, en el fondo de nosotros, una
Presencia que jamás se impone, que está eternamente disponible pero que no
ejerce jamás ninguna coacción sobre nosotros". (Continuará)