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16/10/09 – Dios se comunica para suscitar una libertad semejante a la suya.

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"Esa Presencia supremamente delicada que nos induce, o mejor, nos conduce a todos los matices del amor, que nos lo hace descubrir, que nos permite acercarnos a los demás en el arrodillamiento del respeto y del amor, no imaginamos que sea el mago que arroja los mundos en el espacio sin comprometerse en lo más mínimo.

¡Si Dios es espíritu, crea como espíritu, si está adentro, crea como interioridad, si es todo Amor, crea como Amor! Si está en nosotros totalmente entregado a nuestras manos hasta el punto de no poder invadir nuestra historia sin nuestro consentimiento, es que quiere dar al universo lo que es Él. Quiere crear el mundo como mundo libre. Invita toda criatura a la libertad, a la interioridad, a la ofrenda, a la contemplación, al amor.

Sí, claro, si Dios está despojado, si es pura interioridad, el universo que debe tomarse en su totalidad, en la totalidad desde sus raíces físico-químicas más sutiles hasta nosotros, este mundo que debemos tomar en su totalidad, Dios sólo puede suscitarlo por mediación de las criaturas espirituales esperando su respuesta y con su consentimiento.

Si en el universo no hay una respuesta de amor, el universo es un sin sentido desde el punto de visa espiritual justamente porque el Espíritu no puede suscitar esclavos, no puede interesarse por objetos cerrados sobre sí mismos sino por la respuesta de amor que suscitará dioses delante de Dios, porque Dios al crear crea dioses precisamente porque se compromete a fondo en una relación nupcial en que la respuesta de la criatura permanece inviolable a Dios mismo que funda la inviolabilidad y puede hacerlo fracasar.

Una imagen extremamente sencilla nos hará entender inmediatamente el sentido de este pensamiento. Un hombre genial y místico, casado con una mujer de concepción muy estrecha, que quiere poseer al hombre, dirigirlo, que quiere que todo pase por ella y que sólo haya las relaciones que ella autoriza y las amistades que ella quiere aceptar, ese hombre, con toda su grandeza y su genialidad, con toda su espiritualidad, va a estar prisionero de esa posesividad, y a la mujer le va a fallar lo esencial por no estar abierta a esa dimensión, por no haber llegado a ser un espacio donde esa grandeza pudiera florecer. Consiguió marido conforme a su concepción, mutilándolo, haciéndolo sufrir cruelmente y haciéndose sufrir ella misma al no poder doblegar esa grandeza a su propia pequeñez.

Pues bien, Dios es ese esposo si quieren, inmenso en el orden de la santidad y del amor, infinitamente grande, siempre dado, como el marido de la parábola que acabo de evocar. Estando siempre disponible, pedía sólo darse como era Él, con todo lo que era, pero al no ser recibido su don, era como si no existiera.

En el gesto creador, desde el fondo de Su pobreza, desde el corazón de Su despojamiento más íntimo, desde el corazón de esa libertad total respecto de Sí mismo que constituye precisamente Su Santidad infinita, Dios se comunica para suscitar una libertad semejante a la Suya, para suscitar algo propiamente divino que es el existir bajo forma de don.

Esto es para todo el universo a través de las criaturas dotadas de inteligencia, ángeles u hombres, o criaturas de otros planetas dotadas de pensamiento y capaces de amar. Pero en el don mismo que es el don creador está también comprendida la posibilidad de fracaso y eso es justamente lo que indica San Pablo en ese pasaje de increíble profundidad de la epístola a los romanos, cuando muestra la Creación gimiendo en dolores de parto, esperando la revelación de la gloria de los hijos de Dios.

La Creación está entregada a la vanidad, entregada a la exterioridad, entregada a la objetividad, replegada sobre sí misma, opaca, sin luz ni amor, porque justamente la criatura espiritual que corona la Creación, que es el espacio de todo el universo, en que se enraíza toda realidad para ser promovida a la libertad divina, porque la criatura espiritual no cumple su vocación. En este pasaje de la epístola a los romanos uno puede presentir un fracaso de Dios en la Creación misma, que corresponde al fracaso de Dios en Su revelación. Lo mismo que balbucea con la humanidad infantil, fracasa con una humanidad que se niega, como fracasamos nosotros todos cuando tratamos de entender un alma que nos escapa y de la que sabemos bien que jamás podremos llegar a ella a menos de llevarla a la interioridad donde encuentre su propia libertad, pero en un encuentro silencioso con la Presencia única.

Es pues seguro que si nuestra experiencia fundamental de nosotros mismos no es jamás exitosa fuera del encuentro divino, si nuestra experiencia fundamental nos pone ante un Dios que es libertad infinita, que es la única posibilidad de dar inclusive sentido a la palabra "libertad", pues ¿qué quiere decir libertad sino liberación de sí mismo? ¿Y cómo hacerlo si no podemos darnos totalmente a un amor que es el don infinito y eterno de sí mismo? Un fracaso de Dios es entonces posible, y la Pasión de Jesucristo nos revela precisamente ese fracaso.

Y aquí tocamos al problema del mal que es otro problema insoluble e imposible de plantear como es imposible de plantear el problema de la libertad si no hemos entrevisto en el encuentro divino nuestra vocación de liberación. Como nuestra libertad sólo toma sentido en nuestra liberación, así también sólo es posible plantear el problema del mal ante la Presencia adorable que está confiada a nuestra vida y que debemos proteger constantemente contra nosotros mismos. ¡Y aquí, una vez más, se trata de una interiorización inmensa! Aquí no estamos, ya no estamos, en una moral de obligación: "¡Debes, tienes que…, está prohibido, está prohibido so pena de tal o cual castigo, inclusive hasta con castigo eterno!" ¡No es que nos demos licencias, no es que las exigencias sean menores, van a ser infinitamente más graves, más totales, van a pedirlo todo, pero desde adentro, desde adentro! Como un amor nupcial lo pide todo, pero desde adentro. El mal cambia radicalmente de de apariencia según lo consideremos de afuera o de adentro". (Continuará)

 

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