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3ª parte de la 2ª conferencia del
Cenáculo de Paris, en 1971.
"Esa Presencia
supremamente delicada que nos induce, o mejor, nos conduce a todos los matices
del amor, que nos lo hace descubrir, que nos permite acercarnos a los demás en
el arrodillamiento del respeto y del amor, no
imaginamos que sea el mago que arroja los mundos en el espacio sin
comprometerse en lo más mínimo.
¡Si Dios es espíritu, crea como
espíritu, si está adentro, crea como interioridad, si es todo Amor, crea como
Amor! Si está en nosotros totalmente entregado a nuestras manos hasta el punto
de no poder invadir nuestra historia sin nuestro consentimiento, es que quiere
dar al universo lo que es Él. Quiere
crear el mundo como mundo libre. Invita toda criatura a la libertad, a la
interioridad, a la ofrenda, a la contemplación, al amor.
Sí, claro, si Dios está
despojado, si es pura interioridad, el universo que debe tomarse en su
totalidad, en la totalidad desde sus raíces físico-químicas más sutiles hasta
nosotros, este mundo que debemos tomar en su totalidad, Dios sólo puede
suscitarlo por mediación de las criaturas espirituales esperando su respuesta y
con su consentimiento.
Si en el universo no hay una
respuesta de amor, el universo es un sin sentido desde el punto de visa
espiritual justamente porque el Espíritu no puede suscitar esclavos, no puede
interesarse por objetos cerrados sobre sí mismos sino por la respuesta de amor
que suscitará dioses delante de Dios, porque Dios al crear crea dioses
precisamente porque se compromete a fondo en una relación nupcial en que la
respuesta de la criatura permanece inviolable a Dios mismo que funda la
inviolabilidad y puede hacerlo fracasar.
Una imagen extremamente sencilla
nos hará entender inmediatamente el sentido de este pensamiento. Un hombre
genial y místico, casado con una mujer de concepción muy estrecha, que quiere
poseer al hombre, dirigirlo, que quiere que todo pase por ella y que sólo haya
las relaciones que ella autoriza y las amistades que ella quiere aceptar, ese
hombre, con toda su grandeza y su genialidad, con toda su espiritualidad, va a
estar prisionero de esa posesividad, y a la mujer le va a fallar lo esencial
por no estar abierta a esa dimensión, por no haber llegado a ser un espacio
donde esa grandeza pudiera florecer. Consiguió marido conforme a su concepción,
mutilándolo, haciéndolo sufrir cruelmente y haciéndose sufrir ella misma al no
poder doblegar esa grandeza a su propia pequeñez.
Pues bien, Dios es ese esposo si
quieren, inmenso en el orden de la santidad y del amor, infinitamente grande,
siempre dado, como el marido de la parábola que acabo de evocar. Estando
siempre disponible, pedía sólo darse como era Él, con todo lo que era, pero al
no ser recibido su don, era como si no existiera.
En el gesto creador, desde el
fondo de Su pobreza, desde el corazón de Su despojamiento más íntimo, desde el
corazón de esa libertad total respecto de Sí mismo que constituye precisamente
Su Santidad infinita, Dios se comunica
para suscitar una libertad semejante a la Suya, para suscitar algo propiamente
divino que es el existir bajo forma de don.
Esto es para todo el universo a
través de las criaturas dotadas de inteligencia, ángeles u hombres, o criaturas
de otros planetas dotadas de pensamiento y capaces de amar. Pero en el don
mismo que es el don creador está también comprendida la posibilidad de fracaso
y eso es justamente lo que indica San Pablo en ese pasaje de increíble
profundidad de la epístola a los romanos, cuando muestra la Creación gimiendo
en dolores de parto, esperando la revelación de la gloria de los hijos de Dios.
La Creación está entregada a la
vanidad, entregada a la exterioridad, entregada a la objetividad, replegada
sobre sí misma, opaca, sin luz ni amor, porque justamente la criatura
espiritual que corona la Creación, que es el espacio de todo el universo, en que
se enraíza toda realidad para ser promovida a la libertad divina, porque la
criatura espiritual no cumple su vocación. En este pasaje de la epístola a los
romanos uno puede presentir un fracaso de Dios en la Creación misma, que
corresponde al fracaso de Dios en Su revelación. Lo mismo que balbucea con la
humanidad infantil, fracasa con una humanidad que se niega, como fracasamos
nosotros todos cuando tratamos de entender un alma que nos escapa y de la que
sabemos bien que jamás podremos llegar a ella a menos de llevarla a la
interioridad donde encuentre su propia libertad, pero en un encuentro
silencioso con la Presencia única.
Es pues seguro que si nuestra
experiencia fundamental de nosotros mismos no es jamás exitosa fuera del
encuentro divino, si nuestra experiencia fundamental nos pone ante un Dios que
es libertad infinita, que es la única posibilidad de dar inclusive sentido a la
palabra "libertad", pues ¿qué quiere decir libertad sino liberación
de sí mismo? ¿Y cómo hacerlo si no podemos darnos totalmente a un amor que es
el don infinito y eterno de sí mismo? Un fracaso de Dios es entonces posible, y
la Pasión de Jesucristo nos revela precisamente ese fracaso.
Y aquí tocamos al problema del
mal que es otro problema insoluble e imposible de plantear como es imposible de
plantear el problema de la libertad si no hemos entrevisto en el encuentro
divino nuestra vocación de liberación. Como nuestra libertad sólo toma sentido
en nuestra liberación, así también sólo es posible plantear el problema del mal
ante la Presencia adorable que está confiada a nuestra vida y que debemos
proteger constantemente contra nosotros mismos. ¡Y aquí, una vez más, se trata
de una interiorización inmensa! Aquí no estamos, ya no estamos, en una moral de
obligación: "¡Debes, tienes que…, está prohibido, está prohibido so pena
de tal o cual castigo, inclusive hasta con castigo eterno!" ¡No es que nos
demos licencias, no es que las exigencias sean menores, van a ser infinitamente
más graves, más totales, van a pedirlo todo, pero desde adentro, desde adentro!
Como un amor nupcial lo pide todo, pero desde adentro. El mal cambia
radicalmente de de apariencia según lo consideremos de afuera o de
adentro". (Continuará)