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4ª parte de la 2ª conferencia del
Cenáculo de París, en 1971.
"En favor de la revelación
del Antiguo Testamento, hay que decir además que este problema fue planteado de
cierta manera, al contrario de lo que se piensa, quiero decir de una de las
maneras más conmovedoras, en la historia del pecado original, porque, con todas
sus imágenes, este relato es en el fondo la revelación bíblica, sea cual fuere
la fecha del relato que es probablemente bastante posterior en la génesis de
los escritos bíblicos pero, de todos modos, el relato que abre el Génesis es la primera tentativa bíblica por
resolver el problema del mal.
Y de manera muy profunda, el
relato bíblico hace entrever la imposibilidad de crear un mundo humano sin
consentimiento del hombre. El universo sólo será humano si el hombre se presta
y consiente. Dios no puede crear solo, precisamente, porque se trata de una
relación nupcial, se trata de interponer relaciones interpersonales, se trata de
un diálogo de espíritu a espíritu, en que el
éxito depende consustancialmente del consentimiento.
Pero evidentemente el relato del
pecado original, así sea muy profundo, es sólo una primera tentativa, digna de
toda admiración, primera tentativa ya que Dios permanece fuera del juego. El
hombre está condicionado por el orden divino, por el mandamiento que se le
impone con la perspectiva de castigo en que incurrirá si transgrede la
prohibición, pero Dios está fuera del juego. El hombre es el castigado, el hombre
es el condenado a muerte, el hombre es el que cae. Queda una verdad
fundamental: que un mundo humano jamás
se constituirá sin consentimiento del hombre, y según la intuición de Pablo a los
romanos, si el mundo está en esta situación, la causa no es Dios sino el hombre.
Otra etapa demasiado importante
será el Libro de Job. El Libro de Job, poema de prodigiosa grandeza, contiene
uno de los mayores gritos de protesta que el hombre haya proferido jamás. El
Libro de Job retoma el problema alrededor del siglo 5° antes de Jesucristo,
quizás al mismo tiempo que Esquilo escribía "Los Persas" donde
plantea también el problema del destino.
Una vez más, el Libro de Job es
un poema y no una historia, poema de suma grandeza, de un genio totalmente
desconocido, donde el poeta se confronta con el mal. Puesto delante de Dios, se
interroga. ¿Cómo es posible que ese Dios que todo lo puede deje que el mal
torture al hombre? ¡Y al hombre inocente! ¡Al hombre inocente! Al hombre sin
recursos, al hombre que no tiene esperanza ni siquiera en la inmortalidad, al
hombre que debe recibir en esta vida la recompensa de su rectitud, o
eventualmente la sanción de sus faltas. ¿Qué hace Dios? Entonces, bajo la
presión de amigos que lo ponen al pie del muro, que quieren absolutamente que su
miseria sea resultado de sus faltas, Job se enfada, se exaspera, provoca a
Dios, lo pone a su vez contra el muro, le pide cuentas por la situación hasta
ser confrontado con la omnipotencia de Dios que lo aplasta! Dios lo pone ante
las constelaciones, ante el hipopótamo, el cocodrilo, el avestruz, ante las criaturas
más sutiles o más grandes, y le dice: "¿Dónde estabas tú cuando todo esto
comenzó a existir? ¿Dónde estabas? ¿Y qué haces, cómo puedes cuestionar al
autor de todas estas maravillas?" Y Job cae en el polvo.
El problema no está resuelto, ha
sido planteado magistralmente, con los datos de la época, que suponen todos recompensas
o castigos aplicados en esta vida. Pero el problema no está resuelto. Sólo
podrá serlo en Cristo y en la Pasión de Cristo.
Y justamente en ese momento el
mal revela su verdadera naturaleza y no como violación de una obligación
impuesta de afuera sino como una herida mortal infligida a alguien que está
indefenso y que es el Amor eterno confiado a nuestro amor". (Continuará)