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18/10/09 – Los lazos que constituyen la humanidad son lazos nupciales

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"En la agonía de Jesucristo, en Su Pasión, en Su Soledad, en Su desesperación, en el hecho de que, como dice Pablo en su lenguaje inimitable, "Él se hizo pecado por nosotros", debió ser el contrapeso de todas las fallas y de todos nuestros rechazos de amor, aparece de repente la personalidad del mal, como también, claro está, la personalidad del Bien.

¡El Bien es Alguien por amar! No estamos en un sistema jurídico, ya no estamos bajo la Ley, como no cesa de proclamarlo San Pablo, sino en una relación nupcial. "Os he desposado con un esposo único para presentaros a Cristo como una virgen pura".

Y aquí estamos en el centro de una experiencia bien nuestra: las heridas de amor en un hogar, las heridas de amor entre esposos, las heridas de amor entre padres e hijos, y recíprocamente, son evidentemente lo más grave que hay, pues tocan a la sustancia misma de los lazos que constituyen la familia. Pues bien, esos son los lazos que constituyen el universo: los lazos que constituyen la humanidad, los lazos que nos unen a la fuente misma de nuestra existencia, son lazos nupciales.

El Bien es Alguien por amar, más bien que algo por hacer y el mal es una herida mortal hecha a ese amor, incluso el infierno, el infierno que en su figuración tradicional expresa por el exterior nuestra responsabilidad, y Dios sabe que es necesario mantenerla.

Rehusar pues al hombre el ser responsable es matar al hombre en su germen, es negar al hombre en su esencia, es rehusar toda la dimensión que está delante de nosotros, es rehusar simplemente el existir.

El hombre es responsable, pero no ante un tribunal sino ante una Vida que está confiada a su vida, a tal punto que finalmente el infierno aparecerá como el infierno de Dios: "Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo. No hay que dormir durante ese tiempo".

Y esa es seguramente otra experiencia que podemos verificar a cada instante: ¿Dónde está el Mal? Malraux lo indicó en sus Antimemorias, puso en valor el carácter más horrible de los campos de concentración, el no ser simplemente un lugar donde se está privado de todo lo que hace el confort de la vida, sino un lugar donde se es sistemáticamente humillado. Lo que él denuncia es una voluntad de hacer al hombre despreciable a sus propios ojos, como el sacerdote belga que cuenta en su libro "Yo sufrí el lavado de cerebro", que, las manos atadas a la espalda, esposado inextricablemente, los pies encadenados, debía tomar su alimento lamiéndolo en un tazón y como era muy restringido, y mucha parte se regaba en el suelo, estaba condenado a lamer en el suelo el alimento indispensable para sobrevivir.

La voluntad de perseguir al hombre en el yo más profundo, de humillarlo a sus propios ojos, de hacerlo despreciarse, de darle náuseas de sí mismo, Malraux lo denuncia como la empresa más mortal, más inicua, más salvaje.

Y nadie sabe cuánto se hiere esa dignidad en el mundo de la enfermedad, en el universo de los leprosos, de los cancerosos, de los ciegos. ¡En el mundo condenado al sufrimiento físico no se puede encontrar la dignidad, la grandeza, el despojamiento, la generosidad, el heroísmo del amor! ¡Uno no es descalificado en su yo profundo por la enfermedad! El sufrimiento esencial, finalmente, es el sufrimiento de Dios.

Si no hubiera en nosotros una Presencia infinita, si sólo fuéramos insectos y chacales, si fuéramos simplemente objetos, si no hubiera en nosotros la interioridad divinizable, si no fuéramos  el santuario de una Presencia infinita, el Mal no existiría.

Vemos por otra parte que el mal, la frontera del mal, retrocede siempre cada vez más. Somos cada vez menos sensibles al sufrimiento, nos damos cada vez más espacio. ¡Hacemos finalmente lo que deseamos, creyendo alcanzar así la libertad cuando simplemente llegamos a una esclavitud cada vez más total! Pero eso es inevitable porque la frontera entre el bien y el mal sólo puede ser trazada en función de la creación nupcial en que Dios se da y se compromete tan a fondo que no puede realizar Su Presencia en la creación sino con el consentimiento y la colaboración de ella.

El mal es pues mal de Dios: es Dios el herido cuando no se Lo ama. Cuando Gandhi estaba reducido casi a la muerte por el ayuno, eso no lo descalificaba, él estaba en la cumbre de su grandeza, y toda India lo sabía, y los ingleses lo sabían, y finalmente esa grandeza fue la que impuso la decisión de liberarlo.

Y volvemos a la conclusión de nuestra primera charla: Revelación, Creación, inacabado del universo, fracaso de Dios en la Creación, fracaso de Dios en nosotros, todo eso constituye una revelación única, que es necesario esperar de un universo fundado sobre relaciones interpersonales o, lo que da lo mismo, sobre un lazo nupcial, y es justamente lo que condiciona, en una vida que ha tomado conciencia de la Presencia de Dios, lo que condiciona sus esfuerzos para superarse, para escapar a sus límites y aceptar trascender los límites ajenos.

No es la perspectiva de una recompensa más allá de la vida, porque el más allá está adentro, porque el Cielo está en nosotros, porque estamos enfocados en la eternidad, porque vivimos realmente en la tierra sólo en la medida en que estamos en relación con el Dios Vivo, porque los únicos momentos en que llegamos verdaderamente al centro de nosotros mismos son aquellos en que estamos en diálogo con Él. Eso es justamente lo que estimula nuestra generosidad, y no: "Mañana estaré en posesión de una felicidad más grande", ni: "Después de la muerte gozaré de una situación privilegiada" porque la muerte ya está vencida hoy, en la medida justamente en que me libero de mis determinismos cósmicos y en que establezco mi existencia sobre el centro de gravedad en mí en que la Presencia es "nosotros".

Pero lo que nos impide dar rienda suelta a nuestros deseos es que Él está implicado, Él puede morir en nosotros, Él está en agonía hasta el fin del mundo y que lo estará mientras haya en alguna parte una criatura que se rehúse al Amor.

Dios no podrá ser jamás una especie de padre indiferente que dice: "Bueno, siguió sus caprichos, ¡se perdió, es culpa suya! ¡Que sufra las consecuencias!" porque Dios está implicado hasta la muerte en cada criatura y la derrota de la Creación es su propio fracaso.

Lo sentimos bien en las relaciones humanas cuando herimos a otro, cuando empujamos al prójimo a la desesperación, cuando sentimos que un ser está caído, que viene con su propia oscuridad, sentimos que la única intervención posible es revelarle el Amor, es hacerle presente en su yo profundo esa espera eterna, y sólo podemos hacerlo renunciando completamente a nosotros mismos.

La mirada de Cristo en nuestra vida, la revelación de Cristo, el testimonio que da a la Trinidad, su retorno a la fuente eterna, al primer origen de toda criatura en la divina pobreza, todo eso modifica nuestra visión del mundo, de la historia, de la revelación, de la creación y del misterio del mal que nos tortura.

Pero en efecto, no hay otra respuesta que la respuesta sino la que nos da la agonía de Jesucristo, otra que la que nos da Su Crucifixión". (Continuará)

 

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