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Final de la 2ª conferencia del
Cenáculo de París en 1971.
En el mal hay más que el hombre torturado, más que la criatura desgarrada, hay un Dios que muere. Esa es nuestra única esperanza. ¿Cómo podríamos justamente darle
sentido a nuestra vida si no estuviéramos delante de ese Rostro Adorable
confiado a nuestro amor?
Es seguro que todos los
sacerdotes que contestan, en la medida en que hacen ruido, si hubieran podido
ponerse ante ese Rostro, si hubieran comprendido que la dignidad humana está
ahí, no se trata de decir que el hombre tiene derechos. ¿Quién tiene derechos?
¿Nuestra dignidad? Lo que tiene derechos en nosotros no es ese complejo, no es
el manojo de deseos y pasiones desordenadas, lo que tiene derechos en nosotros es justamente el ser que debemos ser,
constituido alrededor de la Presencia de Dios.
Si el hombre no llega a Dios, si
no es en el corazón de cada uno que el universo se constituye, forzosamente,
pareciendo satisfacer lo humano, erige una dictadura drástica que confíe la
suerte de la multitud a unos pocos cuyas decisiones sean soberanas y no tengan
ninguna contraparte ya que entonces no es en el hombre, al interior de cada uno
donde se sitúa el futuro de la humanidad.
Pero si vemos el porvenir de la
humanidad en cada uno, es en el corazón
de nuestro corazón donde se constituye la historia del mundo. Si hay que
salvar en cada uno la posibilidad de ser creador, indispensable al equilibrio
del universo, es necesario primero que vivamos intensamente esa Presencia, que
la vivamos en silencio como se vive la vida nupcial.
Tendremos entonces un contagio
sobre los demás, no de rebelión instintiva, no de justicia horizontal, sino lo
que Gandhi deseaba, el sentimiento de que hay en cada uno algo inviolable y de
que ése es el don que debe hacer a los demás para liberarlos. Un solo hombre
liberado, si lo hay, tan liberado de sí mismo, tendrá influencia infinita sobre
toda la humanidad.
Y justamente eso es lo
indispensable, el retorno al silencio, el silencio que violamos, el silencio
que ignoramos, el silencio que es todo. Es imposible, radicalmente imposible,
escuchar la música interior si no estamos ante el silencio de Dios.
Tratemos pues de partir de la
revelación cardinal que es la Trinidad. ¡La
Trinidad es verdaderamente la cuna de nuestro nacimiento, la cuna de nuestra
libertad! ¡Y es totalmente imposible considerar nuestro destino sino en la
ofrenda de amor que cerrará el anillo de oro del desposorio eterno que permite
a Dios expresarse a través de nosotros! Y es claro que las palabras no pueden
expresarlo, las palabras son totalmente
inútiles si no son confirmadas por la verdad de la vida.
Tenemos una tarea inmensa, llena
de esperanza, porque no se trata de una especie de Deus ex machina, no se trata
de una receta para hacer frente a las circunstancias, sino de la obra eterna
que tenemos que realizar: permanecer de pies en el universo frente al Dios
escondido en el fondo de los corazones y darle la respuesta de amor que dé
sentido a toda realidad como lo dice Patmore, "tota realidad cantará y no
cantará ninguna otra cosa".
Ustedes ven la importancia inmensa del movimiento que hace bascular el universo de
afuera a dentro y que inscribe toda la Creación en el corazón del primer Amor
que late en el nuestro y que nos está confiado ya que justamente, Dios
puede fracasar y fracasa de seguro si nosotros no estamos presentes, como
fracasamos nosotros en la ternura humana si no encontramos eco, si el corazón
de los seres amados permanece obstinadamente cerrado.
Se trata de una historia de amor,
de una historia de dos, en que se trata de salvar a Dios, de descrucificarlo y
de darle en nosotros el Rostro de Navidad, el Rostro de Resucitado". (Fin
de la segunda conferencia)