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Zundel

20-21/10/09 – Alegría, por comulgar en la alegría del Padre!

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Intervención del Padre Abad HOUIX, el miércoles 16 de septiembre de 2009

 

Durante el retiro a la escucha de Mauricio Zundel que tuvimos en la abadía de Timadeuc en septiembre pasado, el P. Abad HOUIX aceptó dar testimonio de su encuentro personal con Mauricio Zundel cuando él dio el retiro en Timadeuc, en abril de 1973.

Con su autorización, conservando la espontaneidad del estilo oral, presentamos la intervención del padre abad, la cual marcó profundamente a todos los ejercitantes. Y a los que aprecien o queden subyugados por la fuerza de su testimonio, les recomendamos leer el libro "La brisure du coeur" (El corazón roto) - Paul Houix, Ed. Desclée de Brouwer, colección Voie spirituelle.

 

Vamos a presentar la intervención del P. Paul Houix en tres partes:

Primera parte: encuentro con Mauricio Zundel

Segunda parte: la teología de Mauricio Zundel.

Tercera parte: conversaciones con los ejercitantes.

 

Primera parte: encuentro con Mauricio Zundel

- Padre P. Debains: hoy estamos en la mitad del retiro, felices de acoger al Padre Paul Houix. Le agradezco desde ya el poder escucharlo hablar de Zundel.

- Abad Paul Houix: Estoy encantado de encontrarme con ustedes como abad. Espero que su retiro transcurra bien. Y para nosotros es una gracia ya que en efecto tuvimos la suerte, la gracia, el placer de acoger al Padre Zundel entre nosotros en 1973 para un retiro. Además, acaban de publicar un libro "Fidelidad de Dios y grandeza del hombre" (sobre ese retiro de 1973) y yo ni lo sabía.

Quisiera hablarles esta mañana de mi encuentro con el P. Zundel, que fue para mí algo muy importante, iba a decir casi decisivo. Cuando llegó, confieso que yo no sabía estrictamente nada de él. Yo sabía que existía, y como había predicado en Bellefontaine, me precipité a la biblioteca para buscar un libro del P. Zundel. Teníamos entonces un libro, "Moral y mística" y lo leí, sin entender mucho además. Cuando llegó, Fray Marcos fue a buscarlo a la estación de Rennes. Es interesante ver cómo sucedió. El P. Zundel llega con su sotana blanca y su capa negra, y el P. Marcos le pregunta si ya comió. – "¡No!" – Entonces el P. Marcos lo lleva al restaurante de la estación de Rennes, con su gran maleta. Había mucha gente y el P. Zundel se puso de pie, hizo un gran signo de cruz, y se puso a orar largo tiempo en el restaurante. El P. Marcos estaba un poco sorprendido. Ese fue el comienzo. Cuando llegó al monasterio, todavía lo veo entrar al capítulo. Era ya interesante verlo avanzar lentamente, los ojos bajos, el rostro interiorizado. Parecía alguien completamente presente y al mismo tiempo radicalmente ausente. Y esa fue mi experiencia durante todo el retiro. Un hombre realmente presente, por la palabra que era de fuego, y al mismo tiempo aparentemente ausente. Nos dio conferencias de tres cuartos de hora, con los ojos cerrados, y al cabo de tres cuartos de hora hablando, había terminado, sin mirar el reloj ni nada. Hombre curioso, y creo que todo su ser, toda su persona proclamaba el misterio de un hombre presente y ausente. Creo que es el misterio mismo de Dios. Dios está al mismo tiempo presente y ausente, presente en la ausencia, ausencia en la presencia. O mejor, Dios es un Dios escondido. Juan Pablo II proclamó ante los jóvenes en el Bourget, lo hizo adrede evidentemente: "¡El problema de la ausencia de Dios no existe!" Quería decir que Dios no está ausente sino escondido. Así era Zundel: a la vez, alguien presente y ausente.

Con toda sencillez confieso que no entendí mucho en las primeras conferencias. Yo lo escuchaba, lo miraba, era fascinante, pero pensaba: "¿De qué está hablando? ¿Qué es lo que cuenta?" Hasta que comenzó a citar a San Agustín en la segunda conferencia intitulada: "Cómo encontrar al hombre. Encuentro con un Dios interior". Cita a Agustín: "Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo; Tú estabas adentro, pero yo, afuera". Y añade: creo que es difícil encontrar una expresión más noble, más profunda, más humana, más universal…" ¡Y el estilo de Zundel! Tenía un estilo extraordinario, hablaba y hablaba… Por decir algo esencial, la famosa frase de Agustín en las Confesiones, "Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé, pero Tú estabas adentro, era yo el que estaba afuera y te buscaba corriendo sin belleza hacia las bellezas que Tú hiciste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo".

Esta frase de Agustín la citó continuamente. No hay una conferencia, ni un texto donde no cite esa frase: "Tú estabas adentro y yo estaba afuera". Entonces, desde el comienzo nos colocaba en una zambullida audaz. Uno presentía que la zambullida era liberadora, pero era difícil. ¿De qué se trata? De nada más que entrar en el templo interior, de entrar en el yo profundo, en el yo habitado por el Espíritu. Zundel deseaba gritar al hombre: ¡Hombre! ¿Sabes que eres un santuario? ¡Hombre! ¿Sabes que estás habitado?

A mi entender, Zundel era verdaderamente un aventurero de las profundidades. ¡Había que seguirlo en esa aventura de interioridad! Y era difícil descender porque, a veces, apenas era audible, su voz era un murmullo entrecortado de largos silencios, y de repente comenzaba a gritar, sobre todo cuando deseaba hablar del verdadero Dios. Todavía lo oigo decir: "¡Ese es el verdadero Dios!" E inclusive añadía: "¡Es un nuevo Dios!" Zundel quería hacernos encontrar la presencia interior, cautivante, que saca al hombre de lo que él llamaba el yo posesivo, el yo prefabricado. Yo hice una nota personal en la que anoté todas las expresiones en que Zundel habla a la vez del yo posesivo y del otro yo. El yo positivo y el yo negativo.

Yo fantasma, yo prefabricado, yo biológico, yo primario, yo instintivo, yo bruto, yo propietario, yo resultado, yo objeto, yo límite, yo pesadez, yo encierro, yo parásito, yo cómplice, yo cósmico, yo robot, yo pasional, yo infantil, yo ficticio, no narcisista, yo cupido, yo animal, y hasta yo cero.

Al lado está el otro yo, y me parece que hay mucho menos. 

Nuevo yo, yo autónomo, yo origen (es una de sus grandes expresiones, el hombre debe hacerse origen), yo abierto, yo relativo, yo auténtico, yo universal (es una intuición de Zundel, que mientras más "yo" se encuentre, más universal se hace o puede hacerse el hombre), yo solar (¡qué bello!), yo dignidad (la palabra dignidad vuelve con frecuencia a sus labios), yo sujeto, yo divino, yo interior, yo fuente (esa es otra e las grandes expresiones de Zundel: hacerse fuente de su propia vida), yo creador.

Para Zundel era necesario pasar del yo posesivo al yo oblativo. Es toda la aventura humana. El yo prefabricado. Y entonces la palabra caía en un silencio contagioso. Lo sorprendente en el capítulo es que se sentía que el silencio se hacía cada vez más denso y profundo. Pero como si Zundel hubiera sentido un peligro enorme de mirarse, iba a decir contemplativo, entonces se ponía a rugir: un profeta, nos sacaba de nosotros. Y entonces, a medida que el retiro avanzaba, tenía impresión de que el camino se hacía escarpado. Porque la vocación de creador no se rehúsa a nadie, todos estamos llamados a ser templo de interioridad, habitado, a vivir ese santuario de inviolabilidad, pero hay que confesar que ese santuario se parece extrañamente al crucificado del Gólgota. Todo cambiaba cuando comenzaba a decir la palabra mayor que utilizaba en todas partes, la desapropiación. Desapropiarse. Uno es propietario de sí mismo, y desapropia, se sale de sí mismo. Como Jesús en la Cruz. Y entonces hay que vivir un despojamiento total para que surja en nosotros, en el vacío absoluto, que se levante en nosotros la figura del hombre nuevo, del hombre entregado a Dios. Es realmente la palabra grande de Zundel, uno es desapropiado. Ya no es propietario de sí mismo. Ya no es propietario. "Eso es Dios: la desapropiación fundamental en el horno de la eterna trinidad". Para él, así es Dios. Y yo tenía conciencia de que a medida que el retiro avanzaba, Zundel nos proponía el crucificado con los brazos crucificados. ¡El crucificado con brazos crucificados por los clavos liberadores! Y ésa era nuestra vocación: ¡ser libres! En la desposesión más radical, ¡como el servidor que marcha hacia la ley a través del fuego del calvario!

La teología de Zundel es al mismo tiempo una gran teología de la resurrección, el hombre huevo, el hombre solar, y una teología profunda de la crucifixión, del calvario. En él siempre hay los dos.

Entonces, a medida que avanzaba el retiro, yo pensé: tengo que ir a ver a este hombre. Al principio no iba porque no entendía nada. Yo entendía algunas palabras, pero no veía la experiencia y sólo al cabo de dos o tres días comencé a apasionarme por ese hombre y pensé: tengo que ir a verlo. Y entonces fui a ver al P. Zundel. Seguirá siendo uno de los momentos decisivos de mi vida, porque sin decir demasiados secretos, yo me encontraba entonces en una fase un poco difícil, atravesaba un período – en la vida monástica, ustedes saben, hay siempre momentos difíciles en que es necesario retomar el camino del amor – durante un año o dos pasé por momentos difíciles, especialmente al nivel de la obediencia. Ya había pasado ese período, entonces fui a verlo y le conté mi historia. El espectáculo era el mismo: estaba en su sillón, abrigado, con los ojos cerrados, no se movía. No se sabía bien si dormía o no. En realidad no estaba dormido, escuchaba pero sin decir estrictamente nada. Yo hablaba y el sin decir nada. Al final, me puse de pie y le dije: "Padre Zundel, quisiera que pida por mí, para que yo permanezca en la humildad". ¡Oración! ¡No sé porqué dije eso! Quizá por haber atravesado un período difícil y haberlo superado me sentía feliz, y sentía quizá la necesidad de vivir más en la humildad. Entonces sucedió algo absolutamente extraordinario. Literalmente saltó fuera de su sillón, levantó los brazos al cielo y me dijo: "¡No! ¡No! ¡No!" Yo estaba completamente petrificado, anonadado, y pensé: pero ¿qué fue lo que le dije? En ese momento abrió los ojos y en su rostro había una sonrisa mística, esa sonrisa sorprendente, esa sonrisa espiritual, de ternura. Y me dijo: "¡En la alegría! En la alegría uno ya no se mira". Yo me fui, me fui con esa frase sorprendente "uno ya no se mira". El me decía: "Está muy bien, padrecito, usted vivió una gracia, Dios lo salvó, usted está todavía ahí, feliz de ser monje, pero ahora corre un riesgo enorme y es el de seguir mirándose a sí mismo. Y eso no tiene ningún interés". (Continuará)

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