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3ª parte de la 3ª conferencia del
Cenáculo de París, en 1971.
La humanidad de Cristo se va
a hacer universal… eso es Dios, en espera infinita…
"Entonces Cristo entra en el
mundo, aparece en la historia como Segundo Adán en el cual vuelve a comenzar
toda la Creación, en una Humanidad que no se posee de ningún modo, que es pura
referencia a Dios, que tiene su yo en Dios y a la cual Dios precisamente
comunica la pobreza súper-esencial, el poder de evacuación infinita que hará
que esa Humanidad que es finita de por sí – hablo de la Humanidad de Jesucristo
que es sólo una cáscara de nuez en el océano inmenso del ser – esa Humanidad va a hacerse universal,
va a portar toda la Creación en su significación espiritual, va a poder
reunirnos, va a poder estar presente en todas las generaciones y hacerlas
contemporáneas porque, siendo cáscara de nuez, es arrojada en Dios por el océano de despojamiento que es la
subsistencia del Verbo en el Corazón de la Trinidad.
Porque lo que constituye el Verbo
es justamente la capacidad de vaciarse que arroja al Hijo en el seno del Padre,
y esa capacidad de vaciarse (del Hijo de
Dios) es la que toma la cáscara de nuez que es la Humanidad de Jesucristo,
la arroja en Dios con el impulso infinito que es la personalidad misma del
Verbo.
Se trata pues de
contemplar la Humanidad de Jesucristo en una capacidad de despojamiento
insuperable. No existe en Él ninguna
apropiación posible porque Su Humanidad sólo puede testimoniar de Dios en todo
lo que dice, en todo lo que hace, en todo lo que es ella y si podemos
apropiarnos el Evangelio de Jesucristo, lo tenemos como la Palabra de Dios,
como la Palabra definitiva, eso es posible precisamente en cuanto que en Su Persona encontramos el despojamiento
divino mismo y en cuanto que todo ese evangelio que es el evangelio de nuestra liberación se
refiere precisamente a un despojamiento divino que debe realizarse dentro de nosotros mismos
para hacernos universales, sin
frontera, en una desapropiación que nos abre a toda la historia y a todo el
universo, abriéndonos primero, claro está, al Dios que nos está esperando en lo
más íntimo de nosotros mismos.
1971, es pues siempre referencia
al acontecimiento colosal en que la vocación del hombre, la divinización
del hombre, deviene en efecto lo que se le propone como la única solución de su destino. Ahí es
donde escapa al destino, ahí escapa a las necesidades, ahí escapa a la gravedad
para que en adelante todo su ser esté orientado hacia el Amor, o al menos esté
llamado a orientarse hacia el Amor.
Creando pues en nosotros
el inmenso espacio de despojamiento,
poniéndonos en el movimiento de Jesucristo, en la irradiación de Su Presencia y
de Su Persona, es como debemos realizar la divinización en que lo más divino de Dios, si se puede decir, se nos comunica, que es justamente el poder que tiene infinitamente de no sufrirse
sino hacer de Su existencia un don eternamente comunicado.
Si sentimos adentro la rebeldía, ¡somos
hombres como los demás!, y es evidente que como los contestatarios tampoco
tenemos gusto en someternos; sentimos la dignidad del Espíritu como algo
inviolable y nada puede movernos más precisamente que la ecuación que brilla en
el nacimiento de Jesucristo y en toda su carrera: a los ojos de Dios, el hombre
iguala a Dios.
Por tanto, es totalmente
imposible que estemos delante de Dios en estado de rivalidad y, cuando Nuestro Señor se pone de rodillas en el
lavatorio de los pies, manifiesta de manera suprema e incontestable esa
ecuación.
¡Eso es, eso es Dios! Ante el santuario del hombre que es el sentido mismo de la Creación, ante la posibilidad de una vida
espiritual que brota en completa libertad, Dios sólo puede estar de rodillas,
es decir esperar, darse, hacer contrapeso, aceptar la muerte interior que el
hombre le inflige cuando rehúsa acogerlo aunque Él permanezca en nosotros en
espera infinita. ¡Eso es Dios!
Y justamente si quieren que la
ecuación significada por el nacimiento de Jesús tome forma inmediatamente
asimilable, tenemos justamente que referirnos a la escena del lavatorio de los
pies que la traduce en acción y en la cual es imposible dudar sobre el sentido
mismo de la intervención divina.
Dios sólo puede crear libertades
y el mundo fenomenal aferrado a sus necesidades es un mundo que invita a su
liberación lo mismo que nosotros. El mundo fenomenal sólo puede finalmente ser
un mundo llamado a hacer de sí mismo, como toda realidad, una ofrenda de amor y
eso es lo que esporádicamente manifiesta el milagro: el milagro significa un
golpe de liberación de un fenómeno ordenado a los fines del espíritu y
manifiesta las intenciones del Amor. Es como una realización fugitiva de la
vocación de toda realidad, de cantar Dios, es decir de cantar el Amor, de
hacerse nota de alegría en el Cántico del Sol". (Continuará)