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29/10/09. En la persona de Jesucristo encontramos el despojamiento divino que debemos realizar dentro de nosotros para hacernos universales.

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La humanidad de Cristo se va a hacer universal… eso es Dios, en espera infinita…

"Entonces Cristo entra en el mundo, aparece en la historia como Segundo Adán en el cual vuelve a comenzar toda la Creación, en una Humanidad que no se posee de ningún modo, que es pura referencia a Dios, que tiene su yo en Dios y a la cual Dios precisamente comunica la pobreza súper-esencial, el poder de evacuación infinita que hará que esa Humanidad que es finita de por sí – hablo de la Humanidad de Jesucristo que es sólo una cáscara de nuez en el océano inmenso del ser – esa Humanidad va a hacerse universal, va a portar toda la Creación en su significación espiritual, va a poder reunirnos, va a poder estar presente en todas las generaciones y hacerlas contemporáneas porque, siendo cáscara de nuez, es arrojada en Dios por el océano de despojamiento que es la subsistencia del Verbo en el Corazón de la Trinidad.

Porque lo que constituye el Verbo es justamente la capacidad de vaciarse que arroja al Hijo en el seno del Padre, y esa capacidad de vaciarse (del Hijo de Dios) es la que toma la cáscara de nuez que es la Humanidad de Jesucristo, la arroja en Dios con el impulso infinito que es la personalidad misma del Verbo.

Se trata pues de contemplar la Humanidad de Jesucristo en una capacidad de despojamiento insuperable. No existe en Él ninguna apropiación posible porque Su Humanidad sólo puede testimoniar de Dios en todo lo que dice, en todo lo que hace, en todo lo que es ella y si podemos apropiarnos el Evangelio de Jesucristo, lo tenemos como la Palabra de Dios, como la Palabra definitiva, eso es posible precisamente en cuanto que en Su Persona encontramos el despojamiento divino mismo y en cuanto que todo ese evangelio que es el evangelio de nuestra liberación se refiere precisamente a un despojamiento divino que debe realizarse dentro de nosotros mismos para hacernos universales, sin frontera, en una desapropiación que nos abre a toda la historia y a todo el universo, abriéndonos primero, claro está, al Dios que nos está esperando en lo más íntimo de nosotros mismos.

1971, es pues siempre referencia al acontecimiento colosal en que la vocación del hombre, la divinización del hombre, deviene en efecto lo que se le propone como la única solución de su destino. Ahí es donde escapa al destino, ahí escapa a las necesidades, ahí escapa a la gravedad para que en adelante todo su ser esté orientado hacia el Amor, o al menos esté llamado a orientarse hacia el Amor.

Creando pues en nosotros el inmenso espacio de despojamiento, poniéndonos en el movimiento de Jesucristo, en la irradiación de Su Presencia y de Su Persona, es como debemos realizar la divinización en que lo más divino de Dios, si se puede decir, se nos comunica, que es justamente el poder que tiene infinitamente de no sufrirse sino hacer de Su existencia un don eternamente comunicado.

Si sentimos adentro la rebeldía, ¡somos hombres como los demás!, y es evidente que como los contestatarios tampoco tenemos gusto en someternos; sentimos la dignidad del Espíritu como algo inviolable y nada puede movernos más precisamente que la ecuación que brilla en el nacimiento de Jesucristo y en toda su carrera: a los ojos de Dios, el hombre iguala a Dios.

Por tanto, es totalmente imposible que estemos delante de Dios en estado de rivalidad y, cuando Nuestro Señor se pone de rodillas en el lavatorio de los pies, manifiesta de manera suprema e incontestable esa ecuación.

¡Eso es, eso es Dios! Ante el santuario del hombre que es el sentido mismo de la Creación, ante la posibilidad de una vida espiritual que brota en completa libertad, Dios sólo puede estar de rodillas, es decir esperar, darse, hacer contrapeso, aceptar la muerte interior que el hombre le inflige cuando rehúsa acogerlo aunque Él permanezca en nosotros en espera infinita. ¡Eso es Dios!

Y justamente si quieren que la ecuación significada por el nacimiento de Jesús tome forma inmediatamente asimilable, tenemos justamente que referirnos a la escena del lavatorio de los pies que la traduce en acción y en la cual es imposible dudar sobre el sentido mismo de la intervención divina.

Dios sólo puede crear libertades y el mundo fenomenal aferrado a sus necesidades es un mundo que invita a su liberación lo mismo que nosotros. El mundo fenomenal sólo puede finalmente ser un mundo llamado a hacer de sí mismo, como toda realidad, una ofrenda de amor y eso es lo que esporádicamente manifiesta el milagro: el milagro significa un golpe de liberación de un fenómeno ordenado a los fines del espíritu y manifiesta las intenciones del Amor. Es como una realización fugitiva de la vocación de toda realidad, de cantar Dios, es decir de cantar el Amor, de hacerse nota de alegría en el Cántico del Sol". (Continuará)

 

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