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4ª parte de la 3ª conferencia del
Cenáculo de París en febrero de 1971.
Retoma: "Dios sólo puede
crear libertades y el mundo fenomenal aferrado a sus necesidades es un mundo
que invita a su liberación lo mismo que nosotros. El mundo fenomenal finalmente
sólo puede ser un mundo llamado a hacer de sí mismo, como toda realidad, una
ofrenda de amor y eso es lo que esporádicamente manifiesta el milagro: el milagro significa un golpe de
liberación de un fenómeno ordenado a los fines del espíritu y manifiesta las
intenciones del Amor; es como una
realización fugitiva de la vocación de toda realidad, de cantar Dios, es
decir de cantar el Amor, de hacerse nota de alegría en el Cántico del
Sol".
Continuación: "Toda criatura
está llamada a realizarse finalmente y en esta dirección, y el universo inmenso es nuestro cuerpo
finalmente, ya que estamos en él por
nuestras raíces físicas y él está en nosotros por sus raíces espirituales.
Es pues cierto que, en la medida
en que un hombre realiza su liberación total, su liberación concierne toda la
humanidad, todo el universo, entra en la continuación de la historia que
comienza virginalmente en Jesucristo y en su Santísima Madre, la historia
incomparable en que el hombre es portador de Dios, el sacramento, lo digo de
Jesucristo, en que el hombre es el sacramento inseparable de Su advenimiento en
la historia.
La
ecuación: "para Dios el hombre
iguala a Dios" nos introduce pues, finalmente en el corazón de la Trinidad
divina, en el corazón del despojamiento infinito, en el corazón de nuestra
propia vocación, llamándonos a realizarnos infinitamente en una humildad
infinita.
Porque la paradoja del
lavatorio de los pies precisamente es que la transmutación de los
valores se realiza en ella totalmente y que para ser grande no se trata de mirar a
los demás desde arriba, de dominarlos, de tener esclavos, admiradores o
cortesanos, es decir seres que finalmente son objetos en las manos de un gran
hombre o de la vedette, se trata de crear libertades por doquiera haciéndose fermento de
liberación en todos y en todo por medio de la liberación propia. El más
grande es el que se da más y crea más libertad en sí mismo y en los demás. Y esto nos permite
considerar el sentido del ecumenismo que, justamente, está al orden del día en
la semana de la unidad en que entramos.
Nada es más difícil que
concebir un ecumenismo bien equilibrado,
enteramente sincero, que no consista en suprimir las diferencias, que no sea
una especie de denominador común que anula todas las fronteras pero disolviendo
también toda existencia.
El ecumenismo está
inscrito en el corazón mismo de la Persona de Jesucristo como lo experimenté en Biblos cuando me preguntaba que relación había
entre un esqueleto de 5500 años y mi persona: ¿Qué relación hay entre él y yo? ¿No
habría más relación que entre la carcasa de dos animales, como la que habría
entre la carcasa de un león de esa época con la de un león actual? ¿Estaríamos
unidos sólo por una cadena material que no implica significación alguna? ¿O
existe un lazo entre él y yo? ¿Somos contemporáneos? ¿Tiene sentido la historia
humana? ¿Tiene desenlace? ¿Hay un proyecto impreso y realizado en ella? ¿Pueden
reunirse hoy las generaciones y hacerme yo contemporáneo de ese esqueleto
desconocido que fue el soporte de una vida como la mía, que se creyó moderno
como yo, que miraba el mismo paisaje pensando poseerlo para siempre y que está
ahora anónimo entre tantos otros, sin haber inscrito su nombre en la historia?
Entonces Jesucristo me
pareció justamente el gran unificador, el
que puede resucitar a los muertos, el que tiene la medida de la Eucaristía, el que
llama a todos los que creemos difuntos, a
todos los que vendrán y que aún no existen así como a nosotros, que los llama a formar un solo cuerpo, una sola vida,
iba a decir, una sola persona, una sola presencia en la Suya.
El ecumenismo está inscrito
en el corazón mismo de la Persona de Jesucristo, y precisamente en el despojamiento supremo, infinito,
que le comunica su subsistencia en el Verbo". (Continuará)