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Víspera de Todos los Santos.
5ª parte de la 3ª conferencia del
Cenáculo de París, en enero de 1971.
Retoma: "El
ecumenismo está inscrito en el corazón mismo de la Persona de Jesucristo, y precisamente en el
despojamiento supremo, infinito, que le comunica su subsistencia en el
Verbo".
Continuación: "Y eso es,
evidentemente, algo infinitamente delicado. Las misiones encuentran hoy
dificultades inmensas en su realización. Los países recientemente emancipados y
llegados a la independencia nacional son extremadamente celosos de su
independencia. Quieren afirmar sus tradiciones, el valor de sus tradiciones.
Sospechan a los que quieren hacerlos entrar en otras tradiciones, están
tentados de verlos simplemente como tradiciones de una raza, de un continente,
que pueden ser buenas para ellos pero que no deben exportarse.
Hace mucho tiempo que se
manifiesta en India en especial y aún en la persona misma de Gandhi, esta
aversión por la actividad misionera. ¿Qué vienen ustedes a hacer entre
nosotros? ¡Nosotros tenemos lo que necesitamos! ¡Tenemos una espiritualidad que
vale bien la de ustedes! ¡Guarden la suya para ustedes y no pretendan cambiar
las estructuras de nuestra mentalidad! Eso sería como un insulto al valor de
nuestras tradiciones y una intromisión en nuestra autonomía mental.
Y sabemos que todos los que
fueron heridos por la colonización tienen un deseo muy comprensible de borrar
sus huellas, de afirmar que se bastan a sí mismos y que tienen en su cultura
todo lo que necesitan para cumplir la vocación humana.
En cierto modo, es como las
diferentes confesiones cristianas que se afrontan, cada una con el sentimiento
de la legitimidad de su posición fundamental, queriendo unirse sin abandonar
una experiencia que le parece válida y que sería criminal rechazar.
¿Cómo construir un
ecumenismo que sea totalmente verdadero sino justamente a partir de la
estructura misma, si se puede decir, de la Persona de Jesucristo? ¿Cómo es unificador Jesucristo? ¿Cómo hacer caer los muros de separación?
Precisamente estando de rodillas para lavar los pies, precisamente porque para
Él el valor esencial se realiza en el corazón de cada uno como una presencia
infinita que lo libera radicalmente de sí mismo y porque de eso se trata
finalmente.
El cristiano injertado en la
Persona de Jesucristo no tiene que poner atención a un sistema, a proponer
cierta "Weltanschung", cierta visión del mundo que sería necesario
instaurar en lugar de la que existe. El
cristiano lleva en sí la ecuación: ¡A los ojos de Dios, el hombre iguala a
Dios! Y tiene que ponerla en obra en todos sus comportamientos, en todas
sus relaciones consigo mismo y con los demás, y de lo que tiene que dar testimonio es del poder de vacío que es en el
Corazón de Dios el nacimiento eterno de la libertad y que es en nosotros el
brote mismo de la libertad divina.
Es claro que si el testimonio
cristiano reside esencialmente en una dimisión, en un espacio ilimitado de luz
y de amor en que los demás se sienten acogidos, no hay amenaza para ellos, no
se sienten en peligro de ser colonizados por una doctrina que pretende ser
superior a la suya, no hay que hacer el acto humillante de renegar de su pasado
para tomar una forma que no es autóctona, que no brota de una tradición de su
raza: es una invitación a enraizarse en lo que constituye precisamente la
humanidad en toda su autenticidad, a enraizarse el al Presencia que está
simbolizada, que es hecha sacramentalmente real por el cristiano auténtico y
que está espiritualmente en el arrodillamiento del lavatorio de los pies.
Y justamente por eso el
ecumenismo sólo puede ser a base de silencio y de contemplación porque en el
ecumenismo como en todo lo demás, encontramos todas las ambigüedades: ¿De qué
hombre hablamos, y de qué Dios?
Se necesita que muchos cristianos
estén de acuerdo sobre la significación de Jesucristo, sobre el sentido de la
revelación, sobre la liberación infinita que resulta del encuentro en
Jesucristo con las tres Personas divinas y porque no estamos de
acuerdo, porque las palabras no tienen el mismo significado, por estar
prisioneros de teologías diversas, lo más urgente es nuestra dimisión
personal, crear la corriente de desapropiación en que la humanidad se
realiza en su plenitud y en que Dios transparenta por fin como el Espíritu de
que habla Jesús a la samaritana y que está dentro de nosotros como fuente que
fluye en vida eterna". (Continuará)