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Zundel

November 2009 - Posts

  • 30/11/09 – Es imposible escribir una vida de Jesús…

    4ª conferencia de M. Zundel en el Cenáculo de París en enero de 1965. Es capital, pero tan difícil como desconocida. Ya hemos publicado extractos; aquí la vamos a publicar integralmente.La lectura del Evangelio no es fácil. Encontramos ahí, en boca de Jesús inclusive, palabras que no son conformes con la verdad del misterio de la Trinidad pues Jesús nos dice que el Padre es más grande que él. Habrá que esperar los concilios de Éfeso, de Nicea y de Constantinopla para que sea enunciada claramente la perfecta igualdad de las personas divinas.Sutil y muy inteligentemente, Zundel nos va a exponer las razones de la inexactitud de lo que dice Jesús al declarar su inferioridad en relación con el Padre, debido a cierto subordinacionismo (inferioridad y dependencia respecto del Padre) en que creían fácilmente en la Iglesia primitiva, al mismo tiempo que esperaban un fin del mundo muy cercano. Era sólo el fin de un mundo, que llegará cuando Tito invada a Jerusalén y destruya su templo.También se hacen precisiones sobre el libro “Escandalosa verdad” del P. Daniélou, y sobre su lógica demasiado sencilla. He aquí el comienzo de la conferencia.  “En su libro “escandalosa verdad”, el P. Daniélou define así su fe: “Siento que Dios existe porque choco con él, y que, si yo lo hubiera fabricado, seguramente lo habría hecho diferente. Pero tengo que entenderme con Él, estoy obligado a tomarlo como es. No soy yo el que lo hago a imagen mía, me veo finalmente obligado a entrar en Sus caminos. Ahí siento que toco lo real, es decir que siento algo que me resiste, algo de que no dispongo, y al contrario, a lo que tengo finalmente que adaptarme, ceder, ir a disgusto, murmurando, y no hay otra manera de hacer. Así es, y por ahí tendré que pasar. Entonces sé que estoy en presencia de algo real y no de una creación de mi imaginación y de mi sensibilidad”.Esta posición es lo más opuesta posible al testimonio del historiador que permanece digno de respeto ya que por otra parte el P. Daniélou compromete su vida a propósito de datos de la historia. “Pero, prosigue el P. Daniélou, de ellos resulta algo absolutamente cierto y es que Cristo se presentó como Dios.Entonces hay tres soluciones posibles: o es un iluminado, no sé qué místico perdido en las nubes y que habría creído ser Dios entre los hombres, o es un mentiroso. La hipótesis fue sostenida una vez en el siglo 18, o bien dijo la verdad. Y tan extraordinario como pueda ser esto, tenía derecho de decir que era el Hijo de Dios.En presencia del Cristo del Evangelio, sólo son posibles tres actitudes: considerarlo como loco, o como mentiroso, o reconocer que tenía razón, tan inverosímil como sea.El drama del pueblo judío es que no tenía otra opción posible sino creer en él o condenarlo a muerte, pues si Cristo no tenía razón de decir que era el hijo de Dios, era un monstruo de orgullo y, del punto de vista judío, caía en la peor falta, en un sacrilegio que para nosotros es el peor sacrilegio, el del hombre que quiere hacerse Dios.La grandeza del judaísmo, como la del Islam, es precisamente denunciar la idolatría para recordar que sólo Dios es Dios, denunciar toda pretensión humana a hacerse Dios.El único problema es de saber si no hay un caso – y un caso único – en que un hombre tuviera derecho de decir que era Dios, no porque él se hiciera Dios, sino porque Dios se hubiera hecho hombre. Es entonces sobre este testimonio imposible de rechazar que la fe cristiana debe construirse”.Yo pienso que esta manera de plantear el problema exigiría al menos que se defina el Dios de que se habla. ¿De qué Dios se trata? Que se defina también lo que puede significar para Dios hacerse hombre, y ahí es donde podemos situar el problema.¿Qué sabemos de Jesús? ¿Cómo abordar la vida de Jesús? ¿Es posible escribir una vida de Jesús? Se pueden citar numerosas tentativas como la de Hegel, a comienzos del siglo 19, y la reciente del Padre Xavier Léon Dufour. Evidentemente, ninguna ha sido satisfactoria. En el fondo, es imposible escribir una vida de Jesús.Entonces, los datos de que podemos disponer, los del Nuevo Testamento, los datos positivos de la documentación, nos presentan esencialmente un misterio de fe, es decir un misterio de salvación”. (Continuará) 

     

  • 29/11/09 - La fiesta del advenimiento de Jesús, celebrada durante el Adviento.

    El tiempo de Adviento, 1er domingo. Reflexiones del P. Debains.Durante 4 semanas celebramos la venida de Jesucristo en la historia y en el mundo, y la fiesta culmina en navidad, momento en que aparecerá Jesucristo en forma visible, al entrar en la historia hace ya 2000 años, dándole sentido al mismo tiempo que le da sentido a cada historia nuestra, a cada vida.¿Porqué vinimos al mundo, y porqué en tal lugar y en tal época, ínfimo espacio de lugar y tiempo? Estamos insertados en una larga historia que nos desborda por todos los lados.Nos podríamos preguntar qué vinimos a hacer en la tierra, y por un tiempo tan breve… Ustedes quizá se preguntan a veces: ¿Al fin de cuentas, para qué estoy aquí, porqué aquí y porqué ahora? Esta pregunta no tiene respuesta fuera, o al lado, de la venida de Jesucristo a la tierra hace 2000 años, que continúa hasta el fin de los tiempos. Con el Padre y el Espíritu, e inseparablemente del Padre y del Espíritu, Él está al origen de la tierra y del Universo, y hasta el final, si se acaban, y ahora sabemos que el Universo no puede tener límites.Haciéndose hombre, el Hijo de Dios viene a salvar todo lo que hizo con el Padre y el Espíritu. Viene a salvar el proyecto de Dios al crear el Universo y la tierra, puntito ínfimo en su inmensidad. Y al celebrar su advenimiento, es bueno que hablemos del proyecto divino que dirige todas las cosas.Podríamos decirnos: ¿Después de todo, qué vengo a hacer yo en todo esto que tanto me rebasa? Nos equivocaríamos haciéndolo, pues querámoslo o no, estamos implicados en el proyecto, y tanto, que Dios tiene necesidad de cada uno de nosotros para realizarlo.Dios sólo puede crear según lo que Él es, y según el amor perfecto que Él es, que se construye, si se puede decir, en la generación del Hijo y en la procesión del Espíritu, las dos operaciones eternas que constituyen al Dios Trinidad en su esencia y felicidad. Él quiere que se realice en el corazón de cada hombre lo que hace que Él es Dios, quiere hacer del corazón de cada uno el santuario en que va a realizar lo que hace que Él es eternamente Dios: el Padre quiere engendrar al Hijo en nosotros, quiere gestarlo y hacerlo nacer en nosotros y de nosotros y que el Espíritu surja de esa operación en y del corazón del hombre, y esa es inseparablemente la voluntad del Hijo y del Espíritu, ya que las operaciones esenciales de Dios son del Hijo y el Espíritu, inseparables en todo el uno del Otro, pues la relación con el Otro es constitutiva de la personalidad en la Trinidad divina.Son cosas capitales que es necesario atreverse a decir hoy. El advenimiento de Jesucristo no tiene otro sentido ni otra finalidad. Son todas cosas nuevas pero contenidas en la revelación cristiana aunque sólo las desarrollemos ahora.Es tiempo de desarrollar ahora así y de mil maneras, esas realidades fundamentales del ser de Dios y consiguientemente del ser del hombre. No hay otra manera de responder a nuestro cuestionamiento fundamental sino situando el advenimiento de Jesucristo en la historia y en el mundo. Celebrémoslo a lo largo de las cuatro semanas antes de la fiesta de navidad.Cuando venimos al mundo, de cierto modo ya existíamos en Dios, muy misteriosamente, pues como dice San Pablo, Dios nos escogió desde antes de la creación del mundo. Estamos integrados en una historia inmensa en que cada uno tiene no sólo un lugar sino una función que cumplir para el mejor desarrollo de la historia, la cual no puede realizarse sin nosotros. Y la función se realizará siempre según el modelo dado por Jesucristo, el del don de sí mismo.Habrá que decir también que sólo podemos cumplir esa función como miembros de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, asegurando su real presencia en medio de nosotros y hasta el fin de los siglos… pero sería necesario un catecismo largo y nuevo...Nos preguntamos a veces porqué Dios no creó el mundo diferente, porqué tanto mal y porqué tan cruel. La respuesta es simplemente que no puede. Dios solo puede crear según el Amor que es Él, y según la forma eterna y perfecta de ese Amor.¿Porqué no puede el hombre hacerse auténticamente hombre sino con tanta dificultad? Simplemente, quizá, porque así vive su semejanza con Dios Trinidad, y podemos pensar que es heroico devenir eternamente el Dios Amor, el Dios Trinidad que es. La generación del Hijo por el Padre y el brote del Espíritu del Uno y del Otro no se hacen solos, sino Dios lo realiza eternamente del modo más heroico.(¿Continuar o retomar?) 

     

  • 28/11/09 – Dios está siempre presente…

    3ª conferencia en el Cenáculo de París el 31 de enero de 1965, según notas demasiado sucintas y elípticas.“La experiencia de Dios de San Agustín es una experiencia liberadora: se trata de nacer a sí mismo, experiencia que podemos hacer si lo deseamos. El hombre que ha hecho esta experiencia no puede ya dejarse aprisionar, su libertad ha nacido, Dios no podría obligarlo nunca. Le ofrece Su presencia divina en una generosidad total. Es un descubrimiento en que se puede comprometer toda la vida, es imposible concebir una relación divina que nos someta a su yugo.Todo lo que limita al hombre en la Biblia no es efecto de Dios sino del hombre. Antes de su conversión san Agustín era extranjero a Dios, Lo limitaba. De la revelación emerge un Rostro y San Agustín dice: "Dios está presente, pero nosotros no lo estamos".El mundo no ha nacido todavía. Hay que nacer de nuevo para que el mundo sea lo que está llamado a ser, es necesario que el hombre sea él mismo. Dios está siempre presente en todas las pulsaciones de nuestro corazón. Si nosotros no lo estamos, quedaremos sin nacer, el mundo permanecerá en estado de embrión y Dios no puede ser el creador del mundo tal como está, así como tampoco es el creador de San Agustín pecador, sino del Adán inocente.Si somos espíritu es justamente para no sufrir el universo sino para elevarnos, a fin de que la vida divina se realice y nuestra oración sea escuchada. Dios realiza todo, pero nuestro consentimiento es indispensable para que el mundo se realice, nuestra apertura debe permitirlo.Hay otro mundo que el universo del odio, cargado de lágrimas y sangre.Tomemos el mundo tal como es, haciendo abstracción de nuestro consentimiento: Dios que iba a poder todo se convierte en obstáculo. Sólo conocemos a Dios en el nacimiento nuestro. Nuestro sí condiciona el sí de Dios. Somos actores, el Dios interior no puede manifestarse en nuestro universo sin el consentimiento de nuestro amor.El dogma puede tomarse a niveles diferentes. El juicio final reside en nosotros y decide de un destino eterno. El infierno popular es una imagen; el infierno significa la dimensión infinita de nuestra libertad bajo colores diferentes. San Mateo pone en relieve el juicio que reside en nosotros. Eso no impide concebir la consecuencia de nuestros rechazos como un infierno: el místico considera el infierno como la crucifixión de Dios. Primacía del Amor: se propone sin jamás imponerse. Gratuidad del acto en que uno se compromete totalmente porque ama. El régimen de la gracia es eterno. Los místicos ven en la vida espiritual un matrimonio de amor con Dios (cf. 1 Cor.13)Un "Salvador": purificar esta palabra y tomarla en un nivel supremo. Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios. No se trata de humillarnos, sino de resucitar nuestra vocación divina. El nombre es creador con Dios, su destino está en sus manos."El Verbo se hizo carne para que la carne se hiciera Verbo". Transfiguración de todo el universo de la "carne" que designa al hombre en sus dependencias. Se trata de ser fermento de libertad y de grandeza. Hacer del cuerpo una oración rehusando sufrirlo para re-crearlo convirtiéndose en fuente de todo, ofrenda de nosotros mismos, visión reconciliada con la vida terrestre.En esta perspectiva, Cristo realiza la unidad del universo y le da toda su dimensión. Rehusando sufrir todo lo que nos condiciona para re-crearnos en nuestra ofrenda a la luz que surge de ahí, visión que nos reconcilia con la vida terrestre y nos aleja del mal.Como Cristo es una realidad interior, se debe ver en la transparencia de una carne penetrada de esa presencia divina. Rostro inaccesible, Rostro  que se aborda con respeto, afirmación de que Jesús es el Salvador. No se trata de dependencia sino de generosidad, de consentimiento y de amor. Se trata de establecer una amistad auténtica en una vida transformada. Todas las vacunas contra la carne son vanas: se trata de ordenar las pasiones, la luz debe absorber las tinieblas, todo nuestro ser pasional debe ser imantado hasta las raíces y el universo debe serlo a través de nosotros.Elevando las pasiones con la dimensión espiritual aparece el universo divinizado por la gracia, experiencia fundamental. Es imposible volver la espalda a esta exigencia, admitir todo lo que podría privarnos de la luz que nos conduce hacia Dios y hacia nosotros mismos.Glorificando la vida, una eternidad que debe florecer hasta vencer la muerte, experiencia final que impregna todo el ser con la Presencia de Dios. La muerte debe ser vencida por la resurrección de Jesús. Para Francisco, todo es amor en su corazón, él no abandona nada, es libre de escuchar todo, de cantar el Cántico y él hace de su cuerpo la ofrenda total. Así encuentra el Evangelio su realización.El mundo humano, el mundo del amor, el mundo de la alegría se convierte en el centro cada vez más transparente en que se revela la Presencia de Dios, el cual nos aparece como nuestra respiración misma, como la vida de nuestra vida.¿Porqué tropezamos? porque no nos hemos alejado de nuestra biología, estamos lejos de la perfección, lejos del amor perfecto – ¡pero no pongamos eso a cuenta de Dios!No limitemos al único Dios el cual está en nosotros, permanezcamos abiertos sin límites. Todo lo que limita a Dios, al universo o al hombre, no es de Dios. En Dios tenemos la plenitud, estamos en el corazón del amor. ¡Dios es el amigo que permanece en nosotros, que no cesa de imantarnos hacia una vida creadora!  Tenemos que construir la catedral interior para acceder a nosotros mismos. El universo es una verdadera custodia. En un mundo centrado sobre un rostro no se puede salir del mundo del amor.El genio del Evangelio y su milagro plantado en la tierra va hasta las últimas fibras de la carne, en la síntesis creadora que revela al Señor como Alguien que no limita nuestra vida sino que es el Verbo hecho carne”. 

     

  • 27/11/09 – El mal.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} 2ª conferencia en el Cenáculo de París, en enero de 1965. Notas sucintas y muy elípticas.

    "La esencia del espíritu consiste en la imposibilidad de sufrir el universo prefabricado y de sufrirse a sí mismo. El espíritu debe tener de sí mismo todo lo necesario, mediante la ofrenda de sí mismo. Aunque el mundo fuera organizado a la perfección, y la vida creada en tubos de ensayo, sería todavía necesario a la humanidad, a los hombres geniales, hacerse hombres, es decir espíritus; todavía tendrían que crearse en la dimensión del Amor. Nadie está dispensado de hacerse hombre, nos haremos tales encontrando otro yo en Dios. A cada instante podemos anular nuestra liberación o decidir pasar de afuera a dentro. Esta experiencia no implica ninguna construcción artificial sino el encuentro con nosotros mismos.

    Nada hiere más al amor que descubrir a los que amamos como inferiores a ellos mismos. No se puede amar sin apoyarse sobre un origen en una relación entre la creación y la divinidad. La presencia interior es responsable del origen del universo, el mundo prefabricado no es obra de la interioridad. Si somos fieles a la conciencia tendremos horror del sufrimiento infligido a cualquier otro ser; todo sufrimiento gratuito, inútil, deberá ser excluido. Un hombre hecho hombre, que ha hecho la experiencia del espíritu, no se rebajará a provocar un sufrimiento.

    ¿Cómo concebir que un microbio pueda destruir un ser de genio? Un ser interior nos pide intervenir en ayuda de los demás seres.

    Dios podría ser simbolizado como un difusor que difunde la mejor música, pero necesita un receptor perfectamente sintonizado. El difusor permanece intacto, es perfecto, pero el hombre está mal sintonizado...

    Entrevemos una creación que sería un dúo de Amor, pero que podría abortar por culpa de un receptor mal sintonizado. San Pablo, en el capítulo 8 de la epístola a los romanos, habla de la Creación desviada de su propio destino.

    El Dios interior no actúa sobre nosotros si no estamos en reciprocidad, lo cual supone un diálogo, si no el impulso de amor no tendrá éxito, o terminará en fracaso.

    La ayuda divina es ofrecida a todos acto humano; sólo puede estar orientada al bien y a pesar de esa ayuda, el hombre hace el mal. La colaboración entre Dios y nosotros puede terminar en desacuerdo: hay una falla, un hiato, entonces la acción divina no tiene efecto pues necesita consentimiento humano.

    El mal que hiere a los inocentes es inconcebible.

    Cuando Sartre toma responsabilidades, cuando se compromete, cree en un universo de valor. Si estuviera convencido del absurdo no se daría la pena de comprometer su vida. El orden de la felicidad está fundado en una dignidad que está en nosotros. Si todo fuera absurdo no tendría importancia aplastar a los hombres. El mal nos da el sentimiento de una violación de los valores, el mal no puede ser fecundo ni creador, sólo está unido a sufrimientos que hacen parte integrante de toda existencia.

    Dios, presencia en nosotros de la Belleza siempre nueva, y Dios creador, nos introduce en nuestra propia intimidad.

    Es difícil plantear el problema de la Creación aislándolo de la presencia del Dios interior, pues sin esa presencia el problema seguiría siendo una herida y no podría iluminar la Creación que no es belleza, amor, equilibrio y alegría y que no es creación divina. Tenemos que formar ese universo, si no, toda la Creación abortará. Es necesario un equilibrio digno de Dios, digno del hombre, y el Dios interior no aparecerá sino en esa Creación.

    Es necesario tomar precauciones al considerar la presencia interior del Dios interior. Hay ahí algo patético: un mal puede ser una herida que se hace a Dios, al Amor.

    El bien es el espacio de amor en que el amor se revela y se intercambia. Toda crueldad hiere el amor. El mal debe ser considerado como pisoteo de Dios y provocar compasión con Él (San Francisco) fundada sobre el misterio de la Cruz.

    El amor muere por ser rehusado, sólo puede enraizarse en el otro en la generosidad, Dios puede estar presente sin que nos demos cuenta. El amor no tiene más recurso que morir de amor por los que rehúsan amarlo. La vida divina sólo puede realizarse en un espacio de amor. Ya no se trata de salvarse, sino de salvar a Dios de nosotros mismos.

    Hablamos del Dios interior. Ya no podemos considerar el problema del mal sin la Cruz, remedio del mal. Palanca de toda moral mística, se trata de "Su Vida" y ya no de la nuestra. El mal inscrito en el corazón de la Cruz no es todavía una experiencia común. Extraña historia de un satanismo en el universo.

    ¿Cómo concebir que seamos la apuesta de Dios en este combate?¿Porqué deja Dios libre acción a Satanás? Es claro que el diálogo se sitúa entre Dios y nosotros. Dios sólo puede entrar en la Historia a través de nosotros. El Dios interior es la vida de nuestra sensibilidad, es un compromiso personal, si no, todo vuelve al universo prefabricado y Dios sólo puede subsistir como ídolo.

    Separase de la Presencia Divina, de la eterna Belleza, es separarse del Sol de Dios. El problema de la Creación se plantea de nuevo, hay que añadir al universo prefabricado el hombre transfigurado. La Encarnación es la manifestación de la Presencia Divina. El único Dios real está en el corazón del universo desde que nos sintonizamos con el Amor, lo único que podemos hacer es desapropiarnos para no herir a Dios.

    Experiencia de Job: no se trata del Dios interior. Job considera el mundo prefabricado como solo, resume así todas nuestras rebeliones humanas. Cuando el hombre asimila a Dios con su mirada, Dios es limitado.

    Finalmente, el mal es la muerte de Dios. Dios está esperando en lo más íntimo de nosotros; la difusión de la música eterna pasa por nosotros. El universo puede hacerse sacramento si nosotros entramos en el circuito del amor. Aceptando ser la encarnación de Dios, el hombre se hace la Providencia de Dios en el corazón de la Historia.

    Nuestra presencia genera una corriente procreadora donde estemos.

    Es inútil hablar de Dios. Sólo cuenta la transparencia que ofrecemos a la Presencia de Dios. Debemos tomar en manos el destino de Dios y encarnarlo.

    Dios es inocente de la muerte, del dolor, pero está esperando otro mundo que sólo puede surgir con nuestra colaboración. Ninguna luz puede brillar si no damos los primeros pasos revelando a los demás un rostro de luz y de amor.

    Es la pobreza según el lenguaje evangélico. Las heridas de Dios sangran en nosotros, hay que tratar de crear el espacio en que respira el Amor. En esta forma humana hay lugar para un heroísmo secreto. La atención de amor que vela a que Dios no sea derrotado nunca, y a ofrecer a través de nosotros un espacio en que cada uno pueda tomar conciencia de lo que pide el mundo de hoy, en el cual vamos a descubrir al verdadero Dios cuya cuna estamos llamados a ser todos y cada uno de nosotros.

     

  • 26/11/09. Toda la historia del mundo está en nosotros.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Bernardo propone que se publique toda la serie de retiros de Zundel en los cenáculos de París y Ginebra. Muchos han sido ya publicados aquí. Trataremos de publicar lo que falta, a veces con retomas.

    Cenáculo de París, 1965. Las 3 primeras conferencias no fueron grabadas ni figuran en las notas resumidas revisadas por M. Zundel. Las transcribimos aquí.

    Sábado 30 de enero de 1965. Primera conferencia.

    Retranscripción de notas demasiado elípticas que por lo mismo no desarrollan todo el pensamiento expresado por Zundel.

    "El mundo humano no existe todavía y ahí es donde Dios encuentra su lugar. Pero la existencia de ese mundo depende de nosotros. Para encontrar al Dios vivo, sería necesario crear ese mundo, ya que nuestro mundo es sólo prefabricado.

    En efecto, nosotros entramos en la existencia sin haberlo deseado, toda la historia del mundo está en nosotros, pues somos su producto, nosotros lo sufrimos. Para vivir, tenemos que ajustarnos a sus engranajes. El conocimiento del mundo prefabricado nos es indispensable para subsistir, pero para subsistir sólo en estado de máquina. Camino a seguir para eso: buscar las condiciones del mundo a fin de poder reproducirlo. Pero eso no nos informa sobre el sentido de la existencia.

    ¿En qué medida es legítimo o necesario el verdadero mundo, que no aparece? Todos los investigadores llegan ya a una ley de la naturaleza, pero ¿es necesario fundar la investigación sobre algo más profundo?

    Mentes muy inteligentes e informadas, como Jacques Monod, llegan a la conclusión de que todo eso no tiene sentido. Inútil pues buscarle sentido a todo lo que no lo tiene.

    Otros le buscan sentido a lo que aparece: ven su fundamento en Dios como fuente y criterio supremo del saber, pues el mundo que no aparece es la condición última de todo lo que aparece.

    Ahí está el problema del mal. Si Dios es el fundamento de todo, Él es la mente perfecta y posee todas las cualidades. ¿Cómo encontrar a Dios en esta afirmación, y al mismo tiempo encontrar la explicación definitiva frente al mal? No queda nada de todo eso y todos los inmensos esfuerzos caen ante el absurdo del mundo actual.

    Ante este mundo, todo lo que podemos hacer es aceptarlo u oponernos. Si admitimos que el hombre es absurdo, la última palabra será el torrente cósmico. Si la oscuridad es nuestra única luz, chocamos con fenómenos que nos perturban. Hay sin duda en la experiencia humana algo que indica hacia un mundo que, aunque poco aparente, hace surgir una presencia de generosidad, pero eso no impide que el mundo prefabricado esté infectado por el mal que nos habita, el inmenso mal representado por el hombre, ese mal extraño.

    Jung se hace de él una representación singular. Lo ve como inevitable en las catástrofes del Apocalipsis, lo ve como venganza de la bondad y del amor de Juan. Toda la impaciencia, toda la ira, etc., que había en el hombre Juan la habría primero reprimido en su inconsciente por estar liberada en una especie de fatalidad.

    Aunque sean ejemplares, ustedes pecan sin darse cuenta en ese mundo de tinieblas, mientras más ejemplar sea su vida: es un contrapeso entre el consciente y el inconsciente, pero sería triste pensar que para Jung existan dos principios al origen del universo, Dios y el Mal.

    Nietzsche hace un esfuerzo para superar el mundo prefabricado, para fundar sus valores sobre sí mismo, pero ese no es el buen camino… Además, conduce a la locura.

    ¿Cómo escapar a todo eso, incluso al yo que representa nuestra identidad formada por la herencia, por todo el pasado del mundo? ¿Qué hay en el yo que sea realmente de nosotros? Casi nada.¿Cómo llegar a un ser a partir del yo? ¿Es posible cambiar de yo hasta la raíz del inconsciente y del consciente? Es cuestión de experimentar una transmutación.

    En sus Confesiones, San Agustín lo dice con palabras sencillas: "Tarde te amé, Belleza siempre antigua y siempre nueva. ¡Pero tú estabas adentro! Tú estabas conmigo, era yo el que no estaba contigo".

    Cambio de afuera a dentro, iniciativa creadora. San Agustín siente que había sido un objeto, una cosa, y se siente ahora liberado, respira en un espacio ilimitado, libre de toda obligación. El cambio de polaridad se hace posible y se convierte en ofrenda de amor. Presencia personal, vida origen, vida fuente mediante don, mediante ofrenda, mediante evacuación de sí mismo por amor. Si existe una posibilidad es por ahí. Si podemos llegar hasta las raíces del ser es mediante la total desapropiación. Todo lo que soy, lo soy ante Otro y para Él. Si la generosidad no significara nada, sería insensato hablar de absurdo, uno mismo lo experimenta.

    El universo en que el hombre se realiza es un mundo que no existe todavía.

    Presencia que aparece como encuentro personal al encontrarse a sí mismo, el yo origen, el yo valor que nos inclina en todo ante posibilidades infinitas.

    Saber si el Dios interior puede acomodarse con el mal es otra cuestión. Es un Dios infinitamente frágil, basta que estemos distantes (¿distraídos?) para que sea un concepto vacío. No puede manifestarse en nuestra vida ni en el universo sin nuestro consentimiento: estamos en una reciprocidad de amor que sólo solicita nuestra generosidad, diálogo nupcial en que nuestro amor responde al Suyo.

     

  • 24-25/11/09 -¿Es odioso el yo?

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Homilía pronunciada en Lausana, en los años 1954/1956

    "El yo es odioso", dice Pascal, y nos pinta con humor cáustico la imagen de nuestra vanidad estúpida. Confieso que siento cierto malestar ante los análisis de Pascal sobre la estupidez del yo, pues finalmente si el hombre está solo, si estamos solos con nosotros mismos, solos en nosotros, ¿cómo mantenernos en la existencia si no creemos en el valor de la vida? No podemos vivir sin creer en el valor de lo que hacemos y de lo que somos.

    Ante todas las dificultades de la vida, ante todos los sufrimientos, ante todas las catástrofes, ante todas las amenazas, ante la muerte, ¿cómo perseverar en la existencia sin darle cierto valor al ser propio? Muchos a quienes se acusa de vanidad y de orgullo son simplemente personas que tratan de mantenerse de pie cuando quisieran tanto renunciar a la vida y dimitir de responsabilidades aplastantes.

    El hombre sólo puede escapar al amor de sí mismo, a la adoración de sí mismo, si encuentra dentro de sí una Presencia que lo libere de sí mismo y justamente San Pablo (con quien hemos pasado el día, cuya liturgia se desarrollaba en Roma en la basílica del gran apóstol), San Pablo nos hizo la mayor confidencia de su vida en esa frasecita tan emocionante, tan plena, que brota de la epístola a los filipenses: "Para mí, la vida es Cristo". ¡Qué admirable confidencia! "Para mí, la vida es Cristo".

    Eso es. El no está solo. Y nosotros no estamos solos si somos discípulos del Evangelio, y todos los corazones sinceros lo son. No estamos solos, Cristo vive en nosotros. Y por eso San Pablo, desarrollando en la carta a los gálatas su confesión a los filipenses, dice: "ya no soy yo, ya no soy yo el que vive, es Cristo el que vive en mí". Y en el corazón de la misma epístola a los gálatas, ese verso admirable que cantamos en las liturgias orientales en tiempo de pascua: "Vosotros, todos los que habéis sido bautizados, estáis revestidos de Cristo".

    Ustedes están revestidos de Cristo: ya no son ustedes, ya no están solos, su vida ya no es un monólogo sino un diálogo. En lo más íntimo de su ser, son dos, Cristo está con ustedes, Cristo está en el centro de su intimidad, y eso hace justamente de ustedes un valor, una presencia y una libertad.

    Es algo admirable, si realmente logramos vivirlo. En mí mismo, no estoy solo. En mí mismo, somos dos, Jesús y yo y ya no estoy aplastado por el yo y ya no estoy aplastado por el yo que tenía el día de mi nacimiento, un yo que no escogí. En adelante, mi vida íntima es una mirada hacia Él, un impulso hacia Él, un descanso en Él, una liberación de mí mismo en el espacio infinito que es Él.

    Y ahí está todo para San Pablo que no cesa de repetir esas palabras, o equivalentes, que vuelven hasta 164 veces en una carta: "Mi vida está en Cristo Jesús". Cristo Jesús es para él el medio en que su vida se despliega, él respira en Jesús, ama en Jesús, sufre en Jesús. Finalmente nunca está solo porque está siempre ante ese Rostro impreso en su corazón, cuyas heridas lleva, y cuyo Amor no cesa de cantar.

    Y ahí está todo el cristianismo: el Bien es la vida de Jesús en nosotros. El Bien es estar en Cristo en el pensamiento, en la voluntad, en el corazón, en la sensibilidad, en todas las fibras de nuestro ser. Porque el Bien es Alguien, Alguien a amar, Alguien que vive en nosotros, Alguien que se confía a nosotros.

    Ustedes recuerdan lo que respondió el Padre Pío al hombre que le decía: "Padre, yo no creo en Dios", y le respondió: "Pero Dios cree en usted". Dios cree en usted… Dios cree en usted… y eso basta. Tanto cree Dios en nosotros, en efecto, en la perspectiva de San Pablo, que está totalmente puesto en nuestras manos. El que es la Vida de nuestra vida, de suerte que nuestra intimidad está sólo hecha del diálogo con Él, en que Él está comprometido, comprometido en la vida y en la muerte, comprometido hasta el punto de que cada decisión nuestra repercute primero, repercute primero en Él y no en nosotros.

    Es un descubrimiento siempre por hacer. El Bien es Alguien, el Bien es una Persona, el Bien es una Vida, el Bien es un Amor y toda santidad está ahí: dejar vivir en nosotros ese Otro que está confiado a nuestro amor, retirarnos ante Él, ser un espacio para Él, serle cada vez más transparentes para que nuestra vida sea revelación de la Suya.

    Es una inmensa liberación. Si el bien fuera un impuesto por pagar, si el Bien fuera un mandamiento, una obligación, si estuviéramos bajo el terror de un juicio que nos amenaza, eso sería imposible. Dios no puede aumentar nuestra carga, sería una desgracia más. Pero justamente, no es así en el Evangelio que es la Buena Nueva: el Bien es Él, el Amor, el espacio donde respira nuestra libertad. El Bien es Él que vive en nosotros.

    Se trata pues de no dispersar los esfuerzos y de ver en cada tentación un nuevo llamado al Centro interior en que se constituye la intimidad ya que sólo existimos de verdad, sólo somos hombres, somos fuente, sólo somos creadores, a partir del momento en que pasamos del monólogo en que el yo se aferra a sí mismo, al diálogo en que el yo se convierte en impulso hacia Jesús, en mirada hacia Dios, en don de todo nuestro ser al Eterno Amor.

    No hay pues que perder el tiempo luchando contra sí mismo, pues luchar contra sí equivale a seguir mirándose, y con frecuencia la lucha exasperada contra uno mismo sólo hace más violenta y fascinante la tentación. Se trata más bien de escapar a sí mismo reuniéndose en Dios, recogiéndose en Su Presencia, dejando de hacer ruido consigo mismo.

    Y creo que prácticamente eso es resultado de la maravillosa revelación del Apóstol: "Para mí, la vida es Cristo". "Ya no soy yo el que vive, es Cristo el que vive en mí". Ese debe ser el resultado, el silencio de nosotros mismos. El que no hace ruido consigo mismo, el que escucha oye la voz de Dios, oye la música misteriosa, está abierto a una plenitud, es poco a poco liberado de sí mismo, ya no se ve y se vuelve transparente a la Presencia de Dios, la comunica sin pensarlo porque la respira.

    No por nada nos dio San Pablo la maravillosa imagen del matrimonio, diciendo en la segunda Epístola a los corintios: "Os he desposado con un Esposo único, para presentaros a Cristo como una virgen pura". Se trata de un matrimonio de amor entre Dios y nosotros. No hay obligación ni amenazas, no hay nada que temer sino el no amarlo bastante. Porque Él nos amará siempre, nos amará eternamente, hagamos lo que hagamos. Pero nosotros podemos herirlo, podemos crucificarlo ya que está totalmente entregado a nuestro amor.

    Y eso es finalmente el "Bien": cuidar en nosotros la Presencia Divina de que estamos encargados. No traicionar esa Vida, no interceptar ese Rostro, ser la sonrisa de esa Bondad.

    Es lo que vamos a pedir a Nuestro Señor, por intercesión del Apóstol San Pablo. Amarlo simplemente, amarlo alegremente, amarlo con una confianza inquebrantable, amarlo sin temor, amarlo sabiendo que cree en nosotros, que nos tiene confianza y sólo nos invita a la generosidad, tratando de no hacer ruido con nosotros mismos a fin de escuchar en silencio la Voz del Eterno Amor que es justamente el diálogo en que se construye nuestra intimidad, en que nos hacemos realmente hombres en el don de nosotros mismos, en que nos perdemos con San Pablo en Cristo Jesús.

     

  • 23/11/09 La revelación es inseparable de la Persona de Jesucristo (7)

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Final de la conferencia sobre la Iglesia sacramento. Cenáculo de Ginebra, septiembre 1969.

    La Iglesia es Jesucristo, pero finalmente no sabremos que la Iglesia es Jesucristo, y los de afuera, los que no están abiertos a la mirada de la fe, no lo sabrán, si Jesucristo no transparenta en nosotros. Y eso es lo grave, justamente. Lo vemos cuando los cristianos quieren simplemente referirse a textos escritos en papel. Por los esfuerzos de la exégesis contemporánea, sobre todo en los medios no católicos, vemos que el texto acaba por diluirse y no queda prácticamente nada, pues justamente no son las palabras, no es una doctrina, no es un lenguaje, no es un discurso lo que puede suscitar en nosotros un encuentro con Jesucristo, sino Su Encarnación continuada en una humanidad que se eclipsa en Él. Y en la medida en que tomamos conciencia de que el misterio de la Iglesia es el misterio de Jesús, nos encontramos inmediatamente contra el muro, porque se requiere que seamos para los demás el Rostro de Jesucristo.

    ¡No se trata de probar, de demostrar, es necesario mostrar! Ningún argumento podrá llevarnos a Jesucristo, a un Cristo auténtico, si no es la plenitud de una vida hoy. Y como esa plenitud sólo se puede realizar por el vacío que hacemos en nosotros, de nuevo es en la medida en que seamos espacio para los demás como Jesucristo será realidad para nuestros contemporáneos.

    En el fondo, tendrán razón de desacreditarnos. Tendrán razón de rechazarnos como seres inútiles y estériles, mientras no seamos de verdad la manifestación visible de Jesucristo. Una vez más, en la jerarquía apostólica, eso no impedirá a las almas de fe que buscan la luz con todas sus fuerzas, no les impedirá que accedan a Jesucristo, más allá de los defectos de los ministros mismos, pero de hecho, práctica y concretamente, en la historia de hoy, en este mundo tan lleno de ideas contradictorias, la única prueba de Cristo será finalmente nuestra transformación en Él.

    Es pues necesario volver al diálogo con Cristo en que se inflamó el corazón de Pascal el 23 de noviembre de 1654. Es necesario volver al diálogo personal con Jesucristo para eclipsarnos totalmente en Su Persona y que nuestra presencia sea la Suya.

    Las palabras llevan cada vez menos la vida, el lenguaje vehicula cada vez menos lo esencial. Se lo ha utilizado demasiado, hemos oído demasiadas palabras, sus fórmulas están en la memoria, ya no dan fruto – lo que suscitará Vida será el Verbo en Persona.

    El Verbo en Persona es Jesucristo Vivo en nosotros. Y si vive en nosotros, ya no vivimos nosotros, como dice el Apóstol, sino es Cristo el que vive en nosotros, y eso se verá y no habrá necesidad de nombrarlo, o al menos, si lo nombramos, será después, cuando las almas pidan confidencias explícitas, pero sólo las pedirán cuando hayan encontrado a Cristo vivo en nosotros.

    Justamente, ese nos parece ser el misterio de nuestro sacerdocio, el misterio de desapropiación total que hace que sólo somos acreditados, sólo somos recibidos porque somos sacerdotes y porque no somos nosotros. ¡No somos nosotros! Si nos llaman "Padre" en todas las regiones del mundo, a través de todas las razas, en todas las lenguas, es por cuanto no somos Don Fulano, porque la ordenación a la Persona de Jesucristo nos eclipsó en Él.

    Y eso es lo maravilloso, nosotros no somos nada, nada; nada, es Él quien actúa en nosotros, y mediante la acción siempre actual del Señor siempre vivo se realiza en los corazones el misterio de la Iglesia, misterio virginal e inmaculado para el que mira con los ojos de la fe y la Luz de la Llama de Amor.

    No hay pues razón para que nos dejemos perturbar por la situación actual. La situación será superada auténticamente en la medida en que profundicemos. Si permanecemos al exterior seremos eliminados, y será justo, y si nos concentramos en la Persona de Jesucristo, el resplandor de Jesucristo pasará por nosotros, y el resplandor del Amor no se puede contestar.

    Se trata pues de recuperar nuestra vocación cristiana a partir de las fuentes apostólicas, siempre vivas, con respeto, con veneración totalmente espiritual hacia la jerarquía, y concurriendo, cada vez más eclipsados, a la difusión de la Palabra que es el Verbo que resuena ante todo en el silencio de nosotros, según las palabras admirables de San Ignacio de Antioquía: "Misterio de clamor en el Silencio de Dios". (Fin de la conferencia).

     

    Nota: Todavía hoy, (como ante el misterio de la Trinidad), la Iglesia se contenta con toda una serie de enunciados sobre el misterio de la Iglesia (ver el libro "Enraizarse" del P. Marie, pp. 52 y ss. ¡Como todo el libro, son meros enunciados! No rechazamos ninguno, pero deseamos que se vaya más lejos, como lo hace Zundel continuamente)

    Aquí, como en muchas otras enseñanzas sobre los misterios de Jesucristo, el aporte considerable del pensamiento místico de Zundel consiste en plantearse primero la cuestión "¿Porqué la Iglesia?" con respuestas luminosas. Jesús nos dijo que estaría con nosotros hasta el fin de los siglos, la Iglesia asegura esa presencia y es real.

    El misterio de la Iglesia es Jesús que permanece con nosotros y en nosotros. La Iglesia, identificándose con Jesús como Su Cuerpo místico, permite desde el comienzo asegurar su "permanencia", su presencia real hasta el fin de los siglos. Jesús dirá pues a Pablo que perseguía la Iglesia naciente: "Yo soy Jesús a quien tú persigues".

    Lo segundo dicho por Zundel que podemos considerar como capital, y que no se dice claramente en la Iglesia de hoy, es que esa identificación provoca la necesaria dimisión de sí mismo de parte de todos los que tienen autoridad y poder en la Iglesia, y se puede decir lo mismo de todo cristiano. Si en la Iglesia se puede, o se debe decir que ya no podemos mirarnos, es porque estamos sin cesar ante la presencia real de Jesús en la Iglesia, que permanece en cada cristiano. El es ahora nuestro "Yo profundo", nuestro "Yo" cristiano. Nuestra relación con la humanidad entera es constitutiva de nuestro ser cristiano.

    Será necesario en la Iglesia que toda puesta en la presencia de Dios al comienzo de toda oración incluya la conciencia de que finalmente sólo Cristo Iglesia está realmente presente a cada uno de nosotros y de que entonces es delante de ese Cristo Iglesia, presente en cada uno de nosotros donde se deberá aprender a ponerse en presencia, particularmente cuando queremos entrar en oración. Y cuando recibimos como alimento el Cuerpo de Cristo mismo, es también ese Cristo Iglesia el que recibimos, con la exigencia de caridad que ello implica.

    Prière : « Jésus, Jésus-Christ ! Tu veux remplir le cœur de tout homme de ta présence ! Et dans ce cœur le Père veut que tu naisses et que, du Père et de toi, le Fils, vous en laissiez jaillir l'Esprit-Saint, et c'est en et par ton Eglise, le sacrement de ta demeure parmi nous et en nous, jusqu'à la fin des temps, que tu veux devenir ainsi le cœur de notre vie !

    Donne-nous d'être partout et toujours les témoins de cette présence, donne-nous de devenir les artisans dans l'Eglise de ta toujours nouvelle naissance ! et que l'Esprit jaillisse sans cesse de notre cœur par une vie toute donnée à ton Amour et à celui de tous les hommes.

     

  • 22/11/09 La revelación es inseparable de la Persona de Jesucristo (6)

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} 6ª parte de la conferencia sobre la Iglesia sacramento. Cenáculo de Ginebra, septiembre 1969.

    "Hay una circumincesión de la comunidad y de la soledad (la una entra en la otra) que asegura a la vez la universalidad de la soledad y la espiritualidad de la comunidad. La comunidad eclesial no es una comunidad biológica, fundada en la raza y la sangre, sino una comunidad fundada en la libertad interior, en el encuentro con un Cristo siempre vivo y culturalmente universal, de modo que toda la comunidad respira su vida profunda a través del corazón de cada uno.

    El centro del misterio de la Iglesia está en Cristo, pero en Cristo presente en el interior de cada uno y reconocido por cada uno en los signos que manifiestan la unidad de la comunidad, mientras que nosotros sólo estamos unidos al Cristo integral a través del ministerio apostólico, porque el ministerio apostólico es puro sacramento, porque el hombre no puede mezclarle nada de sí mismo sin excluirse del Reino, y que, a los ojos de la fe, jamás son válidas sus intervenciones cuando son hechas en su nombre y en prolongación de su propio egoísmo.

    Se trata de unirse con Jesús siempre actualmente presente, de unirse a Él sin limitarlo, a través del Sacramento apostólico. Y lo que entendemos por infalibilidad, como lo entendía San Pablo – y Dios sabe que San Pablo está seguro de que el evangelio que él predica es el Evangelio eterno, y, "¡si un Ángel del cielo, o yo mismo, os trajera otro evangelio, que sea anatema!", dice él. La infalibilidad quiere decir precisamente la transmisión virginal e inmaculada de la Presencia de Jesucristo.

    El hombre, tan malo como fuere, no puede alterar nada del tesoro que pasa por sus manos, no puede quitarle nada, no puede disminuirle nada, no puede oscurecer nada para la fe que sólo se dirige a Jesucristo. Pues justamente, el Apóstol, o el sucesor del apóstol, el ministro eclesial, el ministro de la Iglesia, no es tal sino como pura dimisión, puro eclipse total de su ser en la Persona de Jesucristo.

    ¡En esta perspectiva vemos bien con qué veneración se puede considerar, vivir, la jerarquía eclesiástica!, justamente porque es un sacramento indispensable para unirse a la totalidad de Jesucristo: Cristo está siempre vivo, pero inaccesible en su totalidad excepto a través del misterio de la Iglesia y del ministerio apostólico al cual le confió actualizar hasta el final de la historia Su Presencia real.

    Bajo esta Luz, las condiciones de lo que llamamos el gobierno de la Iglesia no tienen mucha importancia, porque justamente la Iglesia nos toca sólo en lo más profundo nuestro, en la mirada de la fe y en la libertad de la gracia. No puede imponernos nada, como tampoco Dios nos impone nada. Nos propone a Cristo, como Él mismo se propone eternamente. A nosotros (nos toca) unirnos con Él liberándonos de nosotros mismos, ¡eso constituye la única manera de unirse con Él! Pero ¿cómo podría molestarnos esto o aquello – quiero decir los límites humanos, puesto que tenemos que aceptar los nuestros?

    Aquí todos somos miembros de la Iglesia, todos somos testigos, todos somos enviados, todos estamos encargados de Cristo, todos, desde el bautismo, estamos en estado de dimisión – y sin embargo traicionamos con tanta, tanta frecuencia. Miles de veces al día traicionamos el bautismo y la vocación de cristianos, pero sin poder perjudicar, o hacer daño a la Santidad de Jesucristo. Su santidad sólo pone en evidencia las sombras y los límites nuestros, pero no es limitada por ellos. Quiero decir, "limitada por ellos" a los ojos de quienes buscan en la luz de la fe y se liberan sinceramente de sí mismos.

    Nuestra adhesión a la Iglesia, a la Iglesia que somos además, nuestra adhesión a la Iglesia no es pues otra cosa que nuestra adhesión a Jesucristo que vive en el misterio de la Iglesia, que Se comunica a través de ella, hasta el fin de los siglos, y dispensará a la Humanidad la Luz, a través del sacramento que es inmaculado, "sin mancha ni arruga" como dice San Pablo, para el que se acerca a él por medio de la fe.

    La Iglesia es un misterio de Fe, un misterio oculto en lo más profundo de nosotros, es el misterio de Jesús que invade la Humanidad para transformarla por fin en una humanidad de personas, en humanidad que tiene su centro adentro, en una humanidad en que, justamente, la unidad se realiza en la intimidad de cada uno.

    Ahora pues seamos fieles a la Iglesia, reconociéndola, por medio de la fe, en su virginidad mística, justamente porque como Cristo no es limitado por nuestros defectos personales, tampoco lo es por los defectos personales de los apóstoles o de sus sucesores, o de los jerarcas, sean cuales fueren, ni hace desaparecer sus límites ni los nuestros, y a los ojos de la fe sólo existe Su Rostro como Sol de nuestra inteligencia y de nuestro corazón. ¡Sólo Su Rostro focaliza, concentra, toda nuestra capacidad de amar!

    Hace pues falta ver en el misterio de la Iglesia, más allá de las palabras limitadas, más allá del lenguaje siempre imperfecto – inclusive el del Nuevo Testamento – hace falta ver a través de lo que dicen la difusión del Verbo eterno, la única Palabra que dice todo, que contiene todo y que nos conduce a la plenitud que es Jesucristo. Y siendo nosotros la Iglesia misma, cada uno por su parte, tenemos que rendir testimonio cada vez más de la Iglesia, ser por fin miembros vivos de ella, aceptando ser responsables de Jesucristo, de la Presencia de Jesucristo, en una dimisión total de nosotros mismos. Misión igual dimisión, eso es lo único que puede hacernos aceptar la Iglesia sin traicionar a Jesucristo al cual, además, sólo lo conocemos y lo recibimos por medio de ella. Pero no hay oposición, no hay pantalla, la Iglesia no nos oculta el Rostro de Jesucristo, pues cuando el Rostro de Jesucristo cesa de transparentar ya no estamos tratando con la Iglesia.

    Eso es lo que espera de nosotros nuestra época, ante todas las contestaciones que suponen finalmente una visión demasiado exterior del misterio de la Iglesia. Esto no quiere decir que no hay una cantidad de reformas humanas deseables, sino en fin, el misterio de fondo es eterno y ese misterio tenemos que manifestarlo nosotros". (Continuará)

     

  • 21/11/09 La revelación es inseparable de la Persona de Jesucristo (5)

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} 5ª parte de la conferencia sobre la Iglesia sacramento. Cenáculo de Ginebra, septiembre 1969.

    "Si Jesús va a permanecer en Persona, y si no puede permanecer visiblemente encadenado a las necesidades el universo físico, sólo podrá hacerlo mediante una mediación sacramental, a través del signo del ministerio apostólico, a través de Pedro, Santiago, Juan, Pablo, y los demás, y de los sucesores, en cuanto que precisamente, todos estos hombres no cuentan para nada y ya no son sino sacramentos que representan y comunican, quiero decir más bien que presentan y comunican la Presencia misma de Nuestro Señor.

    Eso es lo que constituye el misterio de la Iglesia, si es verdad que Jesús es el segundo Adán, si es verdad que es el gran unificador, si es verdad que Su Humanidad es tan extensa, tan ilimitada que puede abrazar toda la historia y ser interior a cada uno de nosotros, si es verdad que Jesucristo, por su despojamiento insuperable, puede formar en nosotros un espacio bastante grande como para contener toda la Humanidad, a condición, justamente, de que permanezca con nosotros hasta el fin de los siglos y que no se transmita su recuerdo como simple discurso sino que se transmita Su Presencia y el discurso mismo sea sin cesar consumido por el Verbo que es Él.

    Y esta visión de la Iglesia, que es la única visión de la fe, que es la visión mística del Cuerpo místico – visión totalmente interior – en que, a través de los hombres y de sus límites, pero haciendo continuamente la sustracción de sus límites en la luz de la fe, nos unimos siempre a la Persona misma de Jesucristo.

    Bajo esta luz (hay que considerar) la Iglesia, y jamás conoceremos algo de Jesucristo sin esta luz y si esta mediación, pues Jesucristo no escribió nada. Jesucristo había sido sepultado y todo el mundo juzgó que se había acabado todo, estaba muerto y enterrado, la aventura había resultado breve. Sus enemigos se alegraban, Sus amigos estaban desesperados, y la Resurrección es un acontecimiento confidencial, no es un acontecimiento público como la crucifixión. La condenación, la Crucifixión fueron acontecimientos públicos, ante la luz de la historia profana.

    La Resurrección es un acontecimiento confidencial dirigido a los discípulos, a los testigos que deben tomar la releva, porque nos introduce en un mundo interior en el cual es imposible penetrar sin comprometerse, y sin comprometerse no se conoce (nada) en el universo crístico. A Dios lo conocemos sólo comprometiéndonos.

    Los Apóstoles se comprometieron, pero su compromiso, como el nuestro, está sometido a crecimiento o disminución. Pueden tener momentos de desaliento, de rechazo, pueden tener cierta división en su amor, pero no vamos remolcados por el flujo y reflujo, no vamos a remoque de las cualidades o defectos de la persona visible. Estamos a priori exentos de esos límites, porque la persona visible no cuenta para nosotros, para la fe, sino como signo de Jesucristo, en cuanto cumple su ministerio en estado de pura dimisión.

    Y, claro que el sacerdote debe primero hacer la sustracción de sus límites al cumplir su ministerio. ¿Cómo podría expresar el perdón de Dios en el sacramento de la penitencia si no se eclipsara totalmente, si no viviera el carácter sacramental de su propio ser, si no pensara que por su medio, a pesar de todos sus límites, se realiza algo divino, porque la Persona del Señor está ahí para absolver, para consagrar, para hacer nacer a la vida, en fin, para suscitar la libertad divina.

    Claro está que si se considera el misterio de la Iglesia bajo esta luz, la transparencia de los signos, la transparencia de las instituciones se impone a la mirada de la fe. Ya ni existe la institución, en el sentido ordinario de la palabra, ya que finalmente todo es sacramento y sólo sacramento.

    Si no vemos el marco tradicional, si no vemos los ritos tradicionales, si no escuchamos la palabras tradicionales como sacramento, es que todavía no estamos en contacto con el verdadero Cristo. El verdadero Cristo permanece hasta el fin de los siglos, permanece entre nosotros, permanece bajo forma de Iglesia, sin duda para unirse con cada uno en lo más íntimo nuestro, a condición de que aceptemos la experiencia universal, a condición de que asumamos a los otros y tomemos en cargo toda la humanidad y todo el universo, porque no podemos estar en auténtica relación con el Cristo Universal sino haciéndonos universales, sin separar jamás la soledad de la comunidad. ¡Estamos juntos y solos, y estamos tanto más juntos cuanto más profundamente estemos solos con Dios! Quiero decir, recogidos en Su Amor". (Continuará)

     

  • 19/11/09 - La revelación es inseparable de la Persona de Jesucristo (3)

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} 3ª parte de la conferencia sobre la Iglesia sacramento, en Ginebra, en septiembre de 1969.

    La clave del misterio de la Iglesia.

    Todo el misterio de la Iglesia es que la Iglesia es Jesús, Jesús que perdura.

    Retoma: " La revelación perfecta dependerá de la Humanidad de Nuestro Señor, y es inseparable de Él ya sea porque la Palabra misma de Nuestro Señor estaba condicionada por su auditorio, ya porque esa Palabra fue comprendida por hombres limitados, como eran los más finos de los Apóstoles, ya porque los tiempos cambian y es necesario trazar nuevas perspectivas para acceder a la Revelación. De todos modos la revelación perfecta depende de la Persona de Nuestro Señor".

    Continuación: "Y por eso, separada de su Persona, la revelación da lugar a comentarios, glosas, interpretaciones que diluyen la Palabra, la materializan, la adaptan finalmente a los límites de cada uno. Para que la revelación de Jesucristo perdurara, era necesario que Jesucristo permaneciera, y es precisamente eso lo que constituye el misterio de la Iglesia: Jesús perdura.

    Tenemos de ello la prueba más conmovedora en el relato de los hechos que nos cuenta la conversión de Saulo, que se hace Pablo. Hay conflicto entre dos comunidades, la comunidad de Israel donde Saulo está enraizado con celo ardiente, y la comunidad naciente bajo el nombre de Cristo, que se va a llamar la Iglesia. La rivalidad de estas dos comunidades pone a Saulo en el camino de Damasco para ahogar en el huevo la comunidad rival que se va a instalar allá. Es entonces cuando lo fulmina la gracia y el Amor y reconoce en El que se apodera de él en lo más íntimo de su ser: ¡Jesús! "Yo soy Jesús al que tú persigues". Reconoce pues inmediatamente que la comunidad que quiere destruir no es lo que ve con sus ojos carnales, sino que esa comunidad es Jesús.

    Y ese es todo el misterio de la Iglesia, ¡la Iglesia es Jesús! Desde luego, y San Pablo lo dira magníficamente a los corintios: "¿Es Pablo el que fue crucificado por ustedes? ¿Los bautizaron en el nombre de Pablo? ¿Quién es Pablo, quién es Pedro, quién es Apolo? ¡Simples servidores!" Tan convencido como pueda estar de su autoridad apostólica, como vemos en la epístola a los gálatas, tan seguro como esté de ser el enviado, el embajador, el sacramento, el signo vivo de Cristo, está seguro de que no puede cumplir su ministerio sino en la dimisión total de sí mismo, y eso es precisamente la clave del misterio de la Iglesia: si la Iglesia es Jesús, lo es a condición de que todos los que son miembros suyos, miembros de la Iglesia, estén en estado de dimisión absoluta.

    Lo vemos en breve, por ejemplo, en el capítulo 16 de San Mateo, cuando Jesús les pregunta a sus discípulos "¿Quién es el Hijo del Hombre?" o "¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?" y obtiene de Pedro el asentimiento de todo el colegio apostólico: "Tú eres Cristo, al que esperamos, ¡Tú eres el Mesías de nuestras esperanzas!" Él responde a Pedro: "Tú eres Pedro…" y el resto que ustedes saben de memoria.

    Y unas líneas después vemos que el mismo Pedro es tratado de Satanás. Porque sólo es Pedro, sobrenombre que le dio Jesús, sólo es Pedro para dejar de ser él, Simón, hijo de Juan. Cuando vuelve a ser Simón, hijo de Juan, se vuelve Satanás. Cuando quiere hacer lo que quiere, desviar a Cristo de Su vocación que es morir, cuando rehúsa aceptar como es natural, que la omnipotencia que cree ser una especie de poder mágico que actúa materialmente, cuando rehúsa aceptar que el Poder de Amor, que apenas conoce, pueda manifestarse en el fracaso t en la crucifixión – y se comprende, pues tenemos tanta dificultad para vivir ese misterio – él es Satanás. Es decir, él es el que se opone al proyecto de Dios, porque sólo es Pedro cuando cesa de ser él mismo, cuando está en estado de total dimisión.

    Y justamente, ese es el punto central del misterio de la Iglesia. La misión en la Iglesia se cumple por una dimisión radical. Y cuando no se realiza la dimisión, ya no es la Iglesia sino Simón, hijo de Juan, que traiciona su misión, que ya no tiene autoridad alguna, que es un pecador como nosotros, que ya no tiene ninguna comunicación que hacernos porque él mismo se puso fuera del circuito.

    Y la Iglesia misión está en estado de dimisión, pero para comunicarnos la integralidad de Jesucristo, porque repito, no se trata de transmitirnos un discurso, de transmitirnos palabras, que se lleve el viento. Las palabras, así sean las más hermosas, acaban por gastarse, y cuando se las comenta, se diluyen y pronto ya no queda sino la envoltura.

    Para tener la totalidad de la revelación en la intimidad de Dios que es la Luz misma que brilla en la Persona de Jesucristo, necesitamos a Cristo en persona. Y puesto que Jesucristo no puede normalmente seguir viviendo en el corazón de nuestra humanidad visible, puesto que pertenece al universo de la resurrección, que ciertamente Le permite manifestarse en el universo pero que hace que ya no depende de él, ya no está pues en el circuito en que estamos enraizados nosotros.

    Si Jesús va a permanecer en Persona, y si no puede permanecer visiblemente encadenado a las necesidades el universo físico, sólo podrá hacerlo mediante una mediación sacramental, a través del signo del ministerio apostólico, a través de Pedro, Santiago, Juan, Pablo, y los demás, y de los sucesores, en cuanto que precisamente, todos estos hombres no cuentan para nada y ya no son sino sacramentos que representan y comunican, quiero decir más bien que presentan y comunican la Presencia misma de Nuestro Señor. Eso es lo que constituye el misterio de la Iglesia". (Continuará)

     

  • 18/11/09 - La revelación es inseparable de la Persona de Jesucristo (2)

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} 2ª parte de la conferencia sobre la Iglesia-sacramento, en septiembre de 1969.

    Retoma: "Si la revelación supone una transformación del hombre, una purificación del hombre, una liberación del hombre, y si la liberación es perfecta y total en Jesucristo, la revelación no se puede separar de su Persona. La revelación no consiste en las palabras en su materialidad sino en la luz interior que viene de la palabra, justamente del despojamiento del hombre".

    Continuación: "Las palabras portadoras de vida son palabras vividas y que viven porque son vividas, pero como ningún lenguaje puede vivir si no está animado por una Presencia auténtica, toda revelación era imperfecta mientras la presencia humana era limitada, y cuando la presencia humana dejó de ser limitada, como en el caso de la humanidad de Jesucristo, la revelación es perfecta, pero es inseparable de esa Persona.

    Comprendemos pues inmediatamente que no son las palabras de Jesús separadas de Él, pronunciadas por Él o escritas en el memorial de los Apóstoles, es decir en el Nuevo Testamento, no es la palabra escrita y en su materialidad lo que constituye la revelación, sino la Persona misma de Jesucristo, la cual consume los límites de las palabras y le da al lenguaje el llegar a ser el Verbo de Dios (1).

    Por otra parte Nuestro Señor lo declaró formalmente: si habla en parábolas, es porque la muchedumbre no es capaz de escuchar más. Y en las últimas conversaciones del Evangelio de San Juan vemos que Nuestro Señor afirma que tiene todavía muchas cosas que decir, pero que no puede decirlas porque todavía no pueden entenderlas y finalmente sólo el Espíritu Santo, es decir precisamente el Espíritu que transforma al interior del Bautismo de fuego de Pentecostés, sólo el Espíritu Santo llevará a los Apóstoles a toda la Verdad, a la Verdad que es una Presencia y una Persona.

    Cuando San Pablo afirma que el Antiguo Testamento – es decir la antigua Alianza – fue el pedagogo del Evangelio, nos deja entender admirablemente que es una etapa terminada, que justamente ya no estamos bajo el pedagogo sino en pleno zenit de la revelación en Jesucristo, estamos liberados de la ley y de sus límites, estamos en el régimen de la libertad divina que nos llega por medio de Jesucristo.

    Jesucristo mismo, acabo de insinuarlo – y Él lo declara formalmente – debió adaptarse a su auditorio, debió usar de una pedagogía extremadamente prudente en las condiciones más difíciles posibles, bajo régimen de país ocupado, donde el mesianismo podía continuamente tomar aspecto revolucionario. Al mismo tiempo debía apoyarse en la esperanza mesiánica para rebasarla, y debía realizar la formidable revolución de pasar del Dios de las naciones al Dios de las personas.

    Pasternak hizo una observación admirable e inesperada en el "Doctor Jivago" hablando de la Anunciación a María. Observa que hasta ahora los pueblos estaban en movimiento, se escuchaba el paso de los ejércitos. Dios era el Dios de los pueblos, el Dios de las naciones, el Dios de Israel, y ahora se convierte en el Dios de las personas, el Dios de la jovencita con quien conversa por intermedio del ángel, conversa con la jovencita y ¡la decisión que ella tome es lo que va a decidir del reino de Dios!

    Pasamos entonces del régimen de las naciones al régimen de las personas. Dios deja de ser el Dios de los pueblos, para ser el Dios de cada uno, ¡el Dios de las personas de las que cada una es un universo!

    Pero Jesús no puede decir a sus Apóstoles que no es enviado por el Dios de Israel, que no existe Dios de Israel, que en el fondo, era una concesión, es decir que en el momento de la revelación, en sus primeros comienzos, la humanidad vive más en grupo que bajo un régimen de personas.

    Sabemos que la persona se despierta muy tarde en la humanidad, y, para comenzar, en nosotros. La persona se despierta muy tarde, comenzamos por vivir en sociedad, en sociedad familiar, sociedad de barrio, sociedad de ciudad, sociedad de estado, de nación, de continente. Vivimos primero en grupo y la humanidad comenzó por vivir y tomar conciencia de sí misma en grupo, y naturalmente tuvo moral de grupo y religión de grupo, y un Dios nacional, un Dios de la ciudad, un Dios del imperio, un Dios del reino, antes de tener un Dios de la persona.

    Era necesario que la persona despertara, que pasara al nuevo nacimiento para existir, y todo eso, en cierto modo, es el régimen del Nuevo Testamento.

    Hay una transformación muy profunda que además Nuestro Señor nos hace sentir cuando haciendo el elogio de Juan Bautista, afirma que " Juan el Bautista es sin duda el mayor de los profetas, pero que el más pequeño en el Reino – es decir en la Nueva Alianza – es más grande que él", porque pertenece justamente a la alianza fundada sobre la libertad de la gracia que reúne o mejor suscita las personas en el Reino interior que es el Reino de Dios en lo más íntimo nuestro.

    Entonces – y es lo que debemos retener porque es capital – la revelación de un Dios que es todo interioridad, puro interior, la revelación no puede hacerse sino mediante el surgimiento de las personas, y es limitada en la medida en que la personalización de lo humano, es decir el nacimiento de la persona en el hombre, en la medida en que ese nacimiento es imperfecto y limitado.

    La revelación perfecta dependerá de la Humanidad de Nuestro Señor, y es inseparable de Él ya sea porque la Palabra misma de Nuestro Señor estaba condicionada por su auditorio, ya porque esa Palabra fue comprendida por hombres limitados, como eran los más finos de los Apóstoles, ya porque los tiempos cambian y es necesario trazar nuevas perspectivas para acceder a la Revelación. De todos modos la revelación perfecta depende de la Persona de Nuestro Señor". (Continuará)

     

  • 17/11/09 - La revelación es inseparable de la Persona de Jesucristo.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Cenáculo de Ginebra, 21 de septiembre de 1969.

    La Iglesia, sacramento de Jesucristo.

    Comienzo de la instrucción.

    Dios se puede revelar sólo a través de una intimidad humana que Lo acoge y Lo deja transparentar.

    El misterio más profundo, más inviolable, es el de la persona.

    Dios es persona, entera, total e infinitamente.

    "Por ser intimidad, por ser puro interior, como dice Agustín: "Tu estabas adentro, yo afuera…", Dios no es cognoscible sino por medio de nuestra intimidad. Dicho de otro modo, en su realidad profunda, en su intimidad pura, Dios sólo puede revelarse a través de una intimidad humana que Lo acoge y Lo deja transparentar. Esto tiene importancia capital porque el sentido mismo de la revelación depende de esta perspectiva.

    Y por otra parte, nada es más fácil de entender, ya que es lo que sucede en todas las relaciones interpersonales. Sólo conocemos una intimidad humana en la medida que abrimos la nuestra. Y la acogida interior es la que determina el conocimiento y el nivel del conocimiento: "Conocemos en la medida en que amamos". Conocemos en la medida en que nos damos, y si ya no amamos, ya no conocemos. Me refiero al orden interpersonal donde se trata precisamente de abordar el misterio más profundo e inviolable que es el de la persona – y Dios se sitúa justamente de manera eminente y única en el universo interpersonal.

    ¡Dios es Persona, entera, total e infinitamente! Nosotros somos personas sólo por intermitencia, recaemos siempre en el viejo fondo de nuestra naturaleza biológica, animal o cósmica. En Dios, la personalidad es la expresión total de Sí mismo en la circulación de toda la Luz y de todo el Amor que Él es, entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

    Y eso es justamente lo que nos da inmediatamente la perspectiva de la revelación. La revelación puede realizarse sólo a través de una humanidad que se transforma. En la medida en que una humanidad se transforma, se interioriza, se hace más "persona" es como la intimidad de Dios se refleja, se prismatiza y se comunica. De tal modo que a priori, es decir, por adelantado y en principio, se ve que en la medida en que la acogida del hombre a Dios es limitada, limita forzosamente el testimonio que rinde.

    Por ejemplo Jeremías. Hay en Jeremías cosas admirables, gritos inolvidables que atravesarán los siglos, y al mismo tiempo, ahí está la oración de Jeremías por la destrucción de sus enemigos, la cual está lejos de entrar en el espíritu del Nuevo Testamento en que justamente, Cristo ora por sus enemigos pidiendo al Padre que les perdone porque no saben lo que hacen.

    Entonces la Revelación, y esto nos da la clave de la Biblia, la revelación es proporcional a la apertura del hombre, a la liberación del hombre que deja pasar la intimidad de Dios en la medida en que el hombre se abre a ella, pero como jamás ningún hombre, siendo limitado, ha sido bastante perfecto como para no limitar a Dios, la revelación será siempre imperfecta hasta que lleguemos a la humanidad perfecta, que es la Humanidad de Jesucristo.

    En Jesucristo es donde la Revelación alcanza su cumbre, porque en Jesucristo la humanidad está totalmente liberada de sí misma, por estar radicalmente enraizada en la personalidad del Verbo, en la pobreza que constituye esa personalidad en su despojamiento eterno e infinito, y por eso la Humanidad de Jesucristo está expropiada de sí misma a un grado infinito, insuperable. Ninguna humanidad presentará jamás la transparencia que permita a Dios expresarse en Persona a través de ella sin encontrar límites.

    Pero eso es evidente, si la revelación supone una transformación del hombre, una purificación del hombre, una liberación del hombre, y si la liberación es perfecta y total en Jesucristo, la revelación no se puede separar de su Persona. La revelación no consiste en las palabras en su materialidad sino en la luz interior que viene de la palabra, justamente del despojamiento del hombre". (Continuará)

     

    Nota (1). Para los cristianos, y según parece para la Iglesia oficial, ¡la revelación es el contenido de la Escritura! Lo es realmente ya que, en fin de cuentas, la Escritura sólo nos habla de Jesucristo que se identifica entonces con la revelación.

     

  • 15-16/11/09. Una inmensa acción de gracias la amada Presencia que es la vida de nuestra vida.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Homilía en sus 50 años de sacerdocio. Ginebra septiembre de 1969. Con las antiguas del hogar.

    ¡Es tan extraordinario descubrirlo como una presencia en lo más íntimo de nosotros…!

    "Hay tantas cosas sucedidas y que no pasan. Y desde luego, el día de hoy es una prueba de que en nuestra vida hay manifestaciones de lo eterno, y lo que se funda en Dios no muere jamás, ¡no pasa jamás! Más aún, no cesa de crecer y desarrollarse en vida más abundante.

    Y es claro que este día lo considero ante todo como un milagro de fidelidad. Es realmente algo inaudito que 50 años después estemos como el primer día y nos sintamos tan jóvenes como entonces, si se puede decir, tan jóvenes como entonces. Todo lo que aprendimos juntos, ¡todo lo que descubrimos, lo seguimos descubriendo aún más profundamente ahora!

    Nada ha pasado – eso es lo maravilloso – ¡nada ha pasado, todo persiste! Y, en efecto, ese querido hogar de que hablaban ahora no he dejado de vivirlo, como tampoco ustedes mismas, porque justamente reinaba allá una especie de inserción de nuestra vida en la vida divina. Y claro, siempre es nuevo, siempre es joven, y ese hogar sigue siendo para nosotros, a la vez de una humanidad que permanece asociada a todas las demás humanidades, y al mismo tiempo una liberación cada vez más profunda que nos permite en cierto modo experimentar el Infinito.

    ¡Y es muy cierto que ese descubrimiento de Dios está siempre comenzando! Y puedo decir con toda sinceridad que ahora comienzo yo a entrever lo que podría ser una vida humana, una vida cristiana y una vida sacerdotal. Pero como tenemos la eternidad para profundizar esos descubrimientos, como no cesaremos jamás de hundirnos en esos abismos de luz y de amor, como Dios será siempre nuevo, no hay razón de pensar que nuestra vida esté atrás, ya que está infinitamente adelante.

    Siempre nos volveremos a encontrar en la búsqueda, ¡siempre estaremos unidos en la búsqueda de Dios que es inagotable, y lo que sabemos de Su amistad es una garantía de nuestra eternidad! En Él nos hacemos eternos desde ahora, justamente por eso podemos vivir hoy nuestros orígenes, podemos revivir el pasado como una realidad presente. Hay tantas cosas que decir, pero quisiera decirles una, y es gracias, ¡gracias por lo que han hecho de sus vidas! ¡Gracias por lo que han hecho de sus vidas!

    Ustedes, la mayoría, creo que todas o casi todas, eran de condición muy modesta, tenían pocos recursos, se vieron obligadas a dar su vida muy temprano, ninguna de las antiguas del hogar, si no me equivoco, pudo hacer estudios secundarios, para los cuales tenían ciertamente las capacidades y el deseo! Pero su vida urgía, había necesidades urgentes, tuvieron que contribuir al presupuesto familiar y lo hicieron admirablemente, e inclusive en muchos casos, heroicamente.

    Y la cultura que asimilaron ustedes no era esnobismo, no era un pasatiempo diletante. Absorbieron, asimilaron con esfuerzo la cultura, con sufrimiento, en el trabajo, en una santa pobreza, la asimilaron admirablemente, y sus inteligencias se abrieron maravillosamente, tanto que no hay diferencia entre hablarles a ustedes o a profesores de universidad, justamente porque esa cultura no se apoya en palabras sino en contacto verdadero y auténtico con la Verdad que es Alguien, con la Belleza que es Alguien y que se ha convertido en la compañera diaria de su existencia, en sus hogares, en su interior.

    Sucedió algo verdaderamente extraordinario y admirable, claro, gracias a concursos diversos. No necesito recordar la presencia de las Señoritas de Aranjo, Henri y Prigioni, y de la Sra. Broisin. Sabemos lo que les debemos, precisamente porque todo eso sigue vivo en nosotros, y puesto que son ustedes las que están aquí, sólo puedo rendirles homenaje por lo que han hecho de sus vidas. Lo han hecho con sencillez, humildemente, decididamente, y eso es realmente admirable. ¡Y, claro, en todo estaba Dios a la obra!

    No tengo la menor ilusión sobre lo que pude ser o hacer. Es evidente que sólo fui, y muy, muy imperfectamente, una especie de signo de la Presencia de Dios que tuve que descubrir lo mismo que ustedes a lo largo de mi vida por caminos que no siempre fueron fáciles pero que estuvieron siempre llenos de bendiciones.

    Mi vida ha sido siempre una especie de aventura bastante imprevista. Jamás hubiera pensado, cuando estaba con ustedes en el hogar o en las diferentes obras de apostolado de la región, estaba muy lejos de pensar que erraría un día – afortunadamente además – que iba a errar en los caminos de Oriente y que iba a tener parroquia en Beirut, en el Cairo, en Alejandría, en París y en otras partes más, sin salir del apego siempre muy fiel al comienzo de mi sacerdocio en la Parroquia de San José y en la ciudad de Ginebra.

    A través de la errancia, que es escuela de desapego extremamente preciosa, ha habido siempre una presencia que no puedo dejar de nombrar, y es la de la Santísima Virgen. El monasterio de Einsiedeln me marcó de por vida. En cierto modo todavía estoy en él. Hay en mí una especie de monje que aspira siempre a la contemplación, pero es cierto que la gracia primera fue el encuentro con la Virgen María desde antes de mis 15 años…

    Sin intervención mía, simplemente he sido siempre protegido, y esa presencia me acompaña a lo largo de mi vida, me acompaña cada vez más, y por eso estoy seguro de que jamás he hecho nada sin ella, y de que todo el mal que he podido hacer fue precisamente porque ella no estaba bastante presente en mi pensamiento y en mi corazón.

    ¡Ojalá pueda rendirle un homenaje profundo! Justamente, mediante la Virgen Madre de Dios, el mundo se hizo virgen y yo pude descubrir, quizá cada vez mejor, la fuente que brota hasta la vida eterna y que está dentro de nosotros.

    Hubo muchas etapas, ¡muchas! Hubo que soltar lastre, hubo que desapegarse de tantas fórmulas para llegar a lo único necesario y comprender por fin que todo era sencillo: ¡había que salir de sí mismo! ¡La fórmula es fácil de pronunciar pero es muy difícil vivirla a fondo!

    En fin, gracias a esa predilección, a esa ayuda, a esa luz, a esa ternura, a esa virginidad incomparable, gracias a ella, no digo que pasé la vida porque sigue presente. No digo que la viví porque todavía estoy vivo. Digo que se ha presentado como una aventura increíblemente bella, como una aventura creadora que me lleva siempre a descubrir algo nuevo, y en que el secreto del eterno amor aparecía como siempre más en el universo.

    Y ese ha sido finalmente el lazo entre nosotros, entre ustedes y yo. En las diferentes etapas me encontré con algunas de manera constante, con otras me encontré un poco más tarde, y hubo también los amigos de otras partes, los amigos de Oriente, todos los que yo amo, en fin, tantas presencias, unas de las cuales ya murieron, otras siguen en vida todavía, y todas son presencia inmortal en el fondo de nuestro corazón.

    Así pues, lo que nos reúne hoy es una inmensa acción de gracias para los amigos que permanecen en nosotros, para la amada Presencia que es la Vida de nuestra vida, porque fue en Él donde nos encontramos. En el fondo, si no hubiera sido sacerdote, jamás habría tenido el honor de conocerlas a ustedes. – ¡Fue a causa del sacerdocio que tuve la experiencia de la paternidad universal, sin fronteras de raza, de sexo, ni de lengua! Fue porque Dios quiso servirse de mi, ¡a pesar de mí, a pesar de mis debilidades, a pesar de todos mis límites! Precisamente por ser sacerdote tuve el gozo de encontrarme con ustedes, y por eso nuestros lazos son tan profundos y no pueden envejecer. Ustedes siguen siendo niñitas o niñitos, ustedes siguen tan jóvenes como cuando nos encontramos, y su experiencia, su madurez sólo hace más precioso a mis ojos ese encanto.

    Entonces, una vez más, todo eso es Dios el que lo escribe. Y ni un instante me permitiré tomar algo, tomar para mí todo lo que acaban de decir tan admirablemente los unos y las otras, ¡no! ¡Se trata de Dios! Y es una gran felicidad, se trata de Dios. Es tan extraordinario tan real de verdad, cesar de verlo como una fórmula, como un objeto extrapolado en un universo físico, verlo o percibirlo, descubrirlo una Presencia en lo más íntimo de nosotros, ¡saber que uno no puede amarse a sí mismo sin pasar por Él, que no puede amar a los demás sin comunicarles Su Presencia! ¡Ah, es muy cierto! Nada hay más cierto, pero no la podemos expresar, sólo podemos vivirla y eso es lo mejor que podemos desear pensando en todos los que nos han ayudado a entrar en el camino, pensando en todos los que nos compartieron sus talentos, nos llevaron por el camino de la belleza, pensando en todos los que ya atravesaron el velo, pero que están precisamente en el Corazón de Dios, infinitamente vivos en nosotros, pensando en todos los ausentes por la distancia pero presentes por el corazón y la mente, correspondemos con ellos en la unidad maravillosa que Cristo selló en su Sangre y en su Amor.

    Por eso queremos alegrarnos con una alegría sin fin, porque no viene del fondo cósmico, no viene del fondo instintivo en que estamos aprisionados al comienzo, sino de que Él vino a nuestro encuentro, de que a través del rostro de la Virgen, Él es para nosotros la sonrisa de una ternura infinita. Entonces sabemos bien que ¡no se acabará nunca, nunca! Nos inmortalizamos en el Amor que es la eternidad y no hay razón de que haya término para la amistad que ha sido enraizada en su Amor.

    Queremos pues concluir con la acción de gracias al Señor del Amor eterno, y hundirnos cada vez más en la luz, a través del misterio de la Santísima Pobreza.

    Sabemos bien que ese es el Corazón de Dios. Sabemos bien que Dios no tiene nada y que da todo – y que para encontrarlo hay que consentir en no tener nada, ¡absolutamente nada! Pero esto no se puede realizar diciéndolo, hay que encontrar el silencio que evocaban ustedes ahora. Es nuestro único bien, y cómo no estar deslumbrados pensando que el Señor atraviesa los siglos en silencio, sin decir nada. A los gritos, a todos los discursos, a todas las palabras que Lo martirizan, Él opone un silencio lleno de amor, que es la respiración de todo contemplativo.

    Ahí hace falta, claro, que volvamos a ese silencio que no impide la palabra. ¡Si la palabra es silencio también es el Verbo de Dios! pero hay que comenzar por ahí, y hay que tomar esa orientación porque escuchándolo es como aprendemos a hablar, escuchándolo adivinamos el corazón de los demás, escuchándolo superamos todas las oposiciones y, finalmente, llegamos a constituir la unidad que sin hacer ruido atraviesa toda la vida la cual se enriquece por estar llena de eternidad.

    Entonces, infinitas gracias a todas ustedes. ¡Infinitas gracias por haber venido hoy con toda la juventud de sus corazones, por haber venido de todas partes, de todo horizonte, con tanta bondad, con tanta generosidad, con tanta complicidad y tanta verdad!

    ¡Y gracias al Señor, nuestro bien más profundo, nuestro único bien auténtico! Gracias a la Virgen bendita entre todas las mujeres y nuestra virginidad mediante la suya, y que ella nos conduzca al Rostro de fiesta de Cristo Jesús".

     

  • 14/11/09. Dios realiza en lo secreto más íntimo de su ser la pobreza que es la primera bienaventuranza.

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    Breve homilía sobre la Trinidad, misterio de pobreza y de don, en Ginebra, en septiembre de 1969.

    Dios es Trinidad, su divinidad no es otra cosa que su despojamiento y su pobreza.

    “Ustedes recuerdan las palabras de Nietzsche: “Si hubiera dioses, ¿cómo soportaría yo no ser dios?” Él podría encontrar su liberación en el evangelio de la Trinidad: “Id y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

    En efecto, si Dios fuera como pensaba Nietzsche en su crisis y su rebelión, si Dios fuera un poder del que dependemos radicalmente, que nos impone su voluntad sin estar en modo alguno comprometido con nosotros, si Dios fuera esa realidad invulnerable totalmente encerrada en sí misma, si Dios fuera un ser solitario que se complace eternamente en sí mismo, si Dios fuera solo, centrado del todo en sí mismo, no se comprendería en efecto por qué, no teniendo diferencia caritativa con nosotros, siendo como nosotros, centrado en un yo que se complace en sí mismo, no se comprendería que Él fuera Dios más que nosotros.

    Lo que Nuestro Señor nos aporta, la revelación esencial que cambia todo, que nos libera esencialmente, es precisamente la confidencia inefable e inagotable en que aprendemos, por el testimonio de Jesucristo, que Dios no es un ser solitario, que en su unicidad puede dirigirse a Otro, que Dios es realmente más sencillo y más inmediatamente accesible, que Dios es una comunión de amor, ¡una comunión de amor!, que en Él no han nada más que Amor, que Él se vacía eternamente de sí mismo: el Padre en el Hijo, el Hijo en el Padre, y el Espíritu santo en el Uno y el Otro, y que la Vida Divina no hace sino circular como don eterno, pues en Dios cada persona es sólo relación a la Otra, en una desapropiación total de sí misma, ya que Dios realiza en lo secreto más íntimo de su ser la pobreza que es la primera bienaventuranza, la pobreza que tanto amó San Francisco y la cantó en todos los caminos de la tierra porque sabía que la pobreza es el gran secreto de Dios.

    Y no era necesario, precisamente hoy, que ella suba hacia Dios a través del misterio de la Trinidad Santa, que suba hacia Dios porque Dios es Trinidad, porque Dios es comunión de amor, porque Dios no tiene nada, porque Él da todo, porque justamente su divinidad no es otra cosa que su despojamiento y su pobreza.

    Y entonces se abren de repente ante nosotros los argumentos inagotables: ya no estamos bajo un yugo, ya no estamos en la esclavitud, ya no somos súbditos de un soberano que nos domina sin que tengamos la posibilidad de una aspiración más grande justamente por su Amor que además es interior a nosotros. Él nos toca solamente por su Amor, al que solo podemos llegar mediante nuestro amor, que es una infinita respiración interior, que es el campo ilimitado en que se revela nuestra libertad.

    Y como no ceso de repetirlo: … estaríamos perdidos en caminos sin salida si no hubiéramos encontrado el Rostro de la Trinidad, si no hubiéramos comprendido que Dios mismo es la Infinita libertad por ser libre de sí mismo, pues no tiene ningún apego a sí mismo, y la libertad es precisamente no tener ninguna adherencia a sí mismo, no estar apegado a sí mismo, no soportarse sino hacer de toda la vida un don en un puro impulso de Amor.

    ¡Ese encuentro con la Trinidad es el comienzo de un mundo nuevo! Ese encuentro con la Trinidad nos conduce al centro íntimo del corazón, al santuario que somos en lo más íntimo de nosotros y donde Dios no deja nunca de esperarnos para comprometerse con nosotros en el matrimonio de amor de que habla San Pablo en su carta a los Corintios: “Os he desposado con un Esposo Único a fin de presentaros a Cristo como una virgen pura” (2 Co. 11,2).

    Y eso deseamos hacer entrar en nuestro corazón de cristianos: tenemos que dar gracias por el privilegio inmenso de encontrar al Señor por haber aprendido del Señor que Él es el Amor y solo el Amor, por haber aprendido por medio del Señor los caminos de la libertad en el despojamiento, la desapropiación y la pobreza. Por medio de Cristo hemos entrado en el inmenso espacio interior en que se reconstituye el mundo y adquiere su verdadero rostro.

    Queremos pues escuchar durante esta liturgia la confidencia esencial de la Trinidad. Queremos penetrar en la comunión de amor que es la eternidad de Dios, para encontrar en ella a todos los que nos han precedido, todos los que reposan en Cristo, todos aquellos que llevamos en nuestro corazón, y que viven en el Dios Vivo. Queremos reunir todos nuestros mayores que están colmados de su liberación, queremos reunir toda la historia, toda la humanidad, todo el Universo en la ofrenda que debe consumar la Creación, que debe conferirle su dimensión de libertad y de amor reuniendo todos los seres alrededor de la mesa del Señor.

    Entremos en esa dimensión en que Cristo va a acogernos llevando nuestra ofrenda que es todo el Universo, que es toda la historia, que es toda la humanidad, dando gracias por todas las criatura, porque Dios es Amor, porque Dios es Trinidad, porque Dios es pobreza, porque Dios es Libertad, porque en Él, justamente, podemos llegar hasta nosotros mismos y aprender el secreto maravilloso que Jesús inscribió para siempre en el lavatorio de los pies; que la grandeza no consiste en colocarse por encima, que la grandeza no es exigir, que la grandeza no consiste en mandar, que la grandeza de ser consiste en darse, y que el más grande es el que más se da, y que si Dios es infinitamente grande es porque existe en el don de Sí mismo, arrodillado eternamente ante sus criaturas en el lavatorio de los pies”. (Fin de la homilía.

     

  • 12/11/09 – Tenemos que hacer de la muerte un estímulo para vencerla, es decir para establecernos en la autenticidad de nuestra vida.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} 6ª parte de la 5ª conferencia del Cenáculo de París en febrero de 1971.

    Retoma: "No se trata de materializar la presencia de nuestros difuntos después de la muerte, como tampoco hay que materializarla durante la vida, pues ya en esta vida es emergencia[1], nos saca del determinismo carnal en esta vida y unifica todo el ser en la intimidad interior donde comunica con la Fuente divina".

    Continuación: "El que resucita es pues el rostro interior centrado en ese punto focal donde justamente irradia todo el ser. No hace falta imaginarlo bajo una u otra forma, como cuando beneficiamos en esta vida de encuentros de luz tampoco tratamos de fijarlos bajo rasgos precisos o en formas geométricas. El rostro es un ser que tiene lazos cósmicos y vocación divina, es todo ese conjunto el que debe liberarse, es todo el conjunto el que debe vencer la muerte y resucitar.

    Con frecuencia he comparado precisamente el cuerpo a una melodía, a un número, a esa música (que es) la más profunda expresión de nosotros mismos, y esa música es la que debe permanecer eternamente y que podemos reconocer como re-conocemos las voces amadas.

    Pero todo eso no será evidente para nosotros sino en la medida en que venzamos la muerte en la vida de cada día. Y, vencer la muerte en lo cotidiano es no solo vencer nuestra muerte, sino todas las muertes, primero la muerte de los seres queridos con quienes podemos reunirnos en Dios más allá del acontecimiento que nos separa, como nos reunimos con ellos en Dios aquí en la tierra en las horas estrelladas en que los encontramos verdaderamente. Podemos reunirnos, podemos acompañarlos, podemos crecer con ellos en la luz y el amor, podemos concurrir a su crecimiento.

    Yo digo siempre a las mujeres que han abortado, al menos a las que han tenido abortos voluntarios y pasionales, les digo siempre: "¡Ustedes siguen siendo responsables de esa vida! ¡Ella continúa, bautícenla en la vida de ustedes! ¡Esa vida, no pudieron echarla a la basura! Ella sigue viva, ustedes son responsables de ella, ustedes pueden continuarla, bautizarla en sus vidas, re-engendrarla en el espíritu, porque en Dios todo es recuperable.

    Finalmente, nada se acaba, la última palabra jamás está dicha, entonces con mayor razón, cuando las relaciones fueron transparentes, cuando han sido purificadas más profundamente de todo egoísmo, subsisten con mayor razón en una comunión recíproca que nos permite reunirnos con los seres queridos, acompañarlos y vivirlos en el santuario interior que es el verdadero cielo.

    Desde luego, el cielo no está allá arriba, detrás de las estrellas, sino en el espíritu, dentro de nosotros, y ahí es donde nos encontraremos con los seres amados, ahí los encontramos de verdad como los encontramos ahí durante la existencia terrestre, en los momentos raros, y tanto más preciosos, cuando descubrimos el rostro de su espíritu y de su corazón.

    Tenemos pues una inmensa esperanza y una profunda certeza, tanto más fundada cuanto más atención prestemos en la vida cotidiana a evitar la diversión, a escuchar la música interior de las almas y a comulgar con los demás en lo que tienen de más humano. De otro modo la muerte sería intolerable, y el signo de que todo esto es a priori verosímil es justamente la capacidad que tenemos de mirar más allá del muro.

    Los animales no tienen esa capacidad, según parece. Ellos tienen como nosotros la capacidad de sentir la muerte con terror y huir de ella con todas sus fuerzas pero no tienen esa capacidad de mirar más allá, que sería terrible y monstruosa si no hubiera nada después. Sería horrible, horrible, tener que considerar un fin que uno tiene que soportar ineluctablemente, pero a sabiendas.

    Pero justamente, nuestra visión de la muerte se transforma a medida que profundizamos la visión de la vida. Ya no se trata de hacer de ella un espectro aterrador sino de hacer un estímulo para vencerla, es decir para establecernos en la autenticidad de nuestra vida. Y la presencia de los seres queridos en el fondo de nosotros mismos puede ayudarnos, justamente, en la medida en que la muerte nos ha vuelto a lo esencial, en que las relaciones con ellos son relaciones centrales, en la medida en que sólo podemos llegar a ellos como en las horas estrelladas de intimidad suprema.

    Los alcanzamos verdaderamente en lo que tienen de más personal, en la eternidad de su ser, y la exigencia de alcanzarlos en la eternidad de su ser nos invita a una purificación. No podemos llegar a ellos en estado de impureza, no podemos llegarles en estado de posesión, sólo podemos llegar a ellos recuperando la transparencia de las horas supremas que nos los revelaron, de modo que las relaciones que tenemos con los difuntos que realizaron su tarea, que no están muertos, que están vivos y viviendo para nosotros; esta comunión con ellos se inscribe en el corazón de la vida". (Continuará)

     



    [1] Emergencia, resultado y acto de emerger.

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